4 dic. 2011

Hay historias que ennoblecen al género humano, por más que sus protagonistas tengan nombre propio y su vivencia quede circunscrita a un ámbito de intimidad. Es el caso de una amiga que entiende la maternidad como una auténtica vocación, es decir, como la llamada de su propia naturaleza para desdoblarse cuantas veces sea menester en el cuidado, crianza y educación de los hijos. Después de un primer parto que le puso al borde de la muerte, el médico le dejó caer que debía conformarse con aquel pequeño (todo un tesoro). Pero ella, apenas se recuperó, no tardó en convencer a su marido de que tenían mucho amor que dar a los niños que no disfrutan de un hogar. Entonces dieron comienzo a un largísimo y tortuoso proceso de adopción.

Una tras otra, fueron pasando las pruebas de idoneidad exigidas por las autoridades competentes de su Comunidad Autónoma y por el gobierno de China. Más de un año después, recibieron una carta. Se les conminaba a trasladarse a determinada localidad amarilla, en la que se encuentra el orfanato donde vivía la pequeña que les habían adjudicado. Les enviaron también una fotografía de la protagonista, que con sus ojitos rasgados, desde aquel papel de colores, parecía gritarles su urgente necesidad de una mamá y un papá. Mi amiga me confesó que, desde el mismo instante en el que contempló aquel rostro impreso, se formó una ligazón indestructible a pesar de que, por la distancia, aún no había tenido ocasión de conocerla.
Aquel sobre sellado en el país de la Gran Muralla, trajo también un nuevo embarazo. Los médicos no se lo explicaban, y desde la primera revisión le dejaron claro que no podría viajar al otro extremo del planeta para recoger a la que ella titulaba como “mi hija”, lo que le quitó el sueño a pesar de que en su interior crecía una nueva vida, pues el gobierno chino no entregaría a la pequeña si no acudían, juntos, padre y madre. Aquel periplo suponía una estancia de tres semanas de aclimatación antes de comenzar una nueva existencia familiar en España.

Una mujer empeñada en una misión, tiene más fuerza que un huracán. Mi amiga, haciendo uso de los beneficios de la naturaleza, habló con su hermana gemela, a la que no tardó en convencer de que, durante esas tres semanas, la suplantara. Y con su pasaporte y su nombre, la gemela acompañó a su cuñado –a ojos del mundo, su marido- en aquella aventura. Los empleados del hotel asiático no entendían las costumbres del matrimonio, que dormía, claro está, en habitaciones separadas. Cuando regresaron a nuestro país, eran tres: padre, tía y sobrina. La niña, que no entendía nada de español, sintió en el aeropuerto que las caricias de aquella mujer embarazada y tan parecida a la que le había rescatado del orfanato, correspondían a las que sólo puede dar una madre.

Todo esto para decirles que los experimentos deberían hacerse con gaseosa, sobre todo aquellos en los que se pone en jaque la inocencia de un niño. Es el caso de Elton Jhon, de Ricky Martin y de tantos hombres y mujeres que confunden el deseo de la paternidad con el derecho de los pequeños a tener un hogar estable y sano. Porque un hijo no es una mascota que viene a rellenar vacíos y frustraciones, ni la adopción puede contaminarse con un ir y venir de extrañas combinaciones afectivas, pues desprestigia la lucha de esos esposos capaces de enfrentarse a numerosísimas trabas burocráticas, a los más duros exámenes de idoneidad, al desembolso por trámites, viajes y estancia en países lejanos, con tal de que esos niños encuentren una familia que garantice su desarrollo equilibrado y dichoso gracias al referente de un padre y de una madre, con los que se fundirá un vínculo como el de la sangre, mimetizando su historia con el misterio de la concepción, el embarazo y el parto doloroso y feliz.

Adoptar un hijo es heroico, ejemplar y sacrificado, alto precio que el matrimonio entrega a cambio de que el hijo forme parte del árbol genealógico por el que se transmite la sabia del amor, con los mismos derechos y obligaciones que los de cualquier otro niño de cualquier otra familia.
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