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15 jun 2005

Más de medio millón de personas se han dado cita, durante el mes de mayo y los primeros días de junio, en la plaza de toros de las Ventas, veintitrés mil por tarde. Veintitrés mil personas que desafían el revuelo atmosférico de la primavera madrileña, que lo mismo te regala sol como viento y agua a espuertas. Veintitrés mil osados que se enfrentan al pensamiento débil de las protectoras de animales y de los partidos nacionalistas y extremistas, que con gusto darían la puntilla al segundo espectáculo de masas de nuestro país, origen de miles de puestos de trabajo directos y otros tantos indirectos, centro y culminación de las fiestas populares de tantos villorrios, desde La Coruña a Gerona, de Cádiz a Bilbao, de Extremadura a Valencia. Pero los toros no sólo salpican la cultura española, sino la de Portugal, Francia, México, Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela.

Comprendo que la fiesta pueda no gustar. Incluso que repugne en su crudeza, pues a la fiera se le da muerte a estoque después de una pelea que incluye varios castigos (la divisa, la pica del varilarguero y las banderillas). Sin ir más lejos, me he sorprendido de mí mismo, aficionado desde la tierna infancia, al sobrecogerme con las descripciones que Vicente Blasco Ibáñez hace de las corridas en una novela menor, “Sangre y arena”, en la que el genial Gallardo, matador sevillano de postín, pasa de muleta a sus enemigos entre caballos destripados. No me cabe duda de que la historia precisa ser leída en su contexto, y que las entrañas descolgadas de aquellos jamelgos no provocaban entonces la misericordia de hoy en día, cuando no se concibe un espectáculo en el que no se den las mayores garantías a todos sus protagonistas, incluido el toro, que disfruta de unos cuidados que para sí quisiera cualquier otro animal.

2 abr 2005

Unos minutos antes de que comenzara la intervención con la que le han colocado una sonda nasogástrica, Juan Pablo II se ha asomado de nuevo desde la ventana de su despacho para bendecir a los fieles del mundo (como en un ensayo de su postrera despedida), tanto a los peregrinos que le acompañan físicamente en el calvario de su enfermedad, apostados bajo la columnata como si de un nuevo cuerpo de guardia suiza se tratara, como a los que nos unimos a él desde la distancia, por los cuatro puntos cardinales del planeta. Es el viaje de vuelta de todos y cada uno de sus centenarios viajes: ahora que el padre no puede desplazarse, somos sus hijos quienes surcamos los caminos metafóricos del mundo para unirnos a su dolor y a su esperanza liberadora.

¿Qué es el Papa? Uno de los más asombrosos misterios, lastrado por más de dos mil años de historia. Un fraude –en palabras del mismo Wojtyla- en el caso de que no aceptemos la Revelación, según la cual Jesús confirmó a un temperamental pescador para pastorear a sus seguidores, un pastoreo que comenzó con la abjuración al Cristo lacerado por los dolores de un proceso injusto y mortal, hasta el asesinato cabeza abajo de quien se propuso cristianizar el imperio pagano. El Mesías concedió a Pedro, y por tradición a todos sus sucesores, autoridad para atar y desatar en la tierra lo que es atado y desatado en el cielo, es decir, el Papa es un designio salvífico que va más allá del gobierno de una institución universal, porque la Iglesia no es una multinacional de lo inverosímil –como juzgan los descreídos- sino cuerpo de aquel mismo Dios hecho hombre que vivió y murió hace tanto tiempo, perpetuado a través de los siglos en el sacramento eucarístico.

22 mar 2005

Este año las vacaciones de Semana Santa han madrugado. En algunos lugares ni siquiera se han retirado las lenguas blancas de este larguísimo invierno, un contrasentido ante unas fechas que huelen a torrija y hachón, a palma aceitada y flor de naranjo. Las carreteras se preparan para la infinita sierpe mecanizada, aunque esta vez queden plazas hoteleras, ya que no es lo mismo un respiro a mediados de abril frente al mar que promete verano, que un paseo por una playa que cruje de escarcha. Ante el laicismo agresivo y cursi que nos revolotea, la Semana Santa acabará por perder su nombre, que no su significado. Los amantes de términos vacuos se referirán a ella como la fiesta de la primavera o el puente de la playa y la montaña. En vez de domingo de Ramos, cargado de tradición y filigrana vegetal, hablarán del día del equipaje. No habrá jueves Santo sino jueves de la amapola. Tampoco viernes Santo ni procesiones con retumbe de tambores, gritos de trompeta y paso silencioso de penitentes, sino manifestación de la concordia y desfile por la paz. El domingo de Resurrección no televisarán la bendición Urbi et Orbe, sino la ceremonia de una logia de ademanes democráticos, y a nadie se le ocurrirá felicitar la Pascua sino la llegada del tiempo de las flores y la buena ventura. Los niños no tendrán por qué besar las llagas de una talla de madera, no les fuera a crear un trauma, ni buscarán huevos de Pascua entre los herbazales del jardín o del parque.

8 feb 2005

Carnaval. Nos gusta la fiesta. El disfraz, la charanga, cualquier motivo para romper la rutina y olvidar las preocupaciones durante un rato. Nuestra naturaleza tiende a la vacación, a la reunión social, a la desinhibición, al disfraz como recreación de otro yo, con el que nos convertimos en lo que quisiéramos ser, incluso en una burla de nosotros mismos, de nuestra pobre condición humana. La limitación de nuestra naturaleza nos va a ser recordada durante los siguientes cuarenta días, tiempo de sayal y penitencia, en el que se preconiza nuestro destino: la gusanera, el mal olor, el polvo, así como nuestra libertad para acoger la promesa de la salvación o la horrible condenación eterna. El carnaval nos permite tomar fuerzas ante la larga cuaresma del ayuno y la abstinencia, de la preparación para la purificación del alma en el confesonario ante la certeza de la finitud de este tiempo terreno. El hombre tiene la fortuna de poder reescribir su destino gracias a la misericordia de Dios, siempre pronto a perdonar, un nuevo motivo para que suene la chirigota y las calles revienten de baile y alegría. Porque el carnaval no sólo es desmadre y paganismo, como decidieron creer los cuarenta años de censura, sino una fiesta para todos en mitad del invierno, cuando el frío invita a quedarse al abrigo de la mesa camilla pero el cuerpo exige música, danza, chiste y risa.

28 ene 2005

Chamindra se acerca con paso trémulo hasta la orilla. Las olas rompen de cara al viento, dejando en el aire una estela de polvo de agua. A sus diecinueve años lo ha perdido todo. Un cocotero de tronco retorcido señala el sitio donde se encontraba su hogar, un altozano frente al Índico esmeralda. De la casa de tablas y calamina no queda ni rastro. El altozano es ahora un lodazal. El mar escupe maderas, aceite y muebles rotos. Hasta hace unos días seguía devolviendo los cadáveres hinchados de pescadores y turistas. El océano no entiende de privilegios.

La esposa de Chamindra majaba coco sobre una estera. Aún la ve, soñada, donde se revuelve el estiércol de la desgracia. Con sus manos aplastaba la pulpa blanca, manjar de su pobreza, y de sus pechos colgaba una niña que aún no había aprendido a caminar. El chico pescaba con otros niños en las pozas del arrecife o volaba cometas cuando los días se levantaban ventosos, como hoy.

Chamindra se ha dado cuenta de que apenas quedan reporteros. Las cámaras de televisión de medio mundo comienzan a levantar sus campamentos. Desde Occidente ya lo hemos visto todo, o casi todo. Nos faltan los fantasmas como Chamindra, que van y vienen del altozano a la orilla, de la orilla al altozano, sin mujer ni hijos, sin ese frasco de cristal en el que guardaba los ahorros de la pesca, unas rupias sobadas, promesa de mil sueños (un campo de arroz, un arado y una búfala).

19 dic 2004

Era mi madre la que sugería sacar las cajas del altillo. Aunque faltaban unas semanas para Navidad, su propuesta nos despertaba la impaciencia por decorar la casa. En la papelería compraba cartulinas de colores, unas tijeras sin punta y un bote de cola, con el fin de que entretuviésemos las tardes del final de noviembre enhebrando cadenetas y recortando angelotes para las ventanas de nuestra habitación. Después arreglaba las cabezas tronzadas de los pastores del nacimiento, y nos pedía que eligiésemos un Rey Mago al que ir acercando al portal con nuestras buenas acciones. Días más tarde, nos ayudaba en el ceremonial de escribir a sus majestades de Oriente, misivas repletas de sueños y disparates –en una ocasión, abusando de su omnipotencia, les pedí un chimpancé– que ella se encargaba de echar al buzón y cuyo contenido casi nunca se correspondía con los regalos que nos llegaban el seis de enero, por más que aquellas chucherías que adornaban los zapatos colmarán todas nuestras aspiraciones.

La Navidad está ligada a la presencia de mi madre y a la de otras mujeres que convertían y convierten estas fechas en un oasis de paz, en una reconciliación con la vida y una llamada cierta a la esperanza. No comparto la mayor de quienes identifican las fiestas con tristeza y ausencias. Es cierto que en las reuniones familiares reparamos en quienes ya no se sientan a la mesa, pero no es menos verdad que hay sillas dispuestas para los recién llegados (hijos, nietos, sobrinos, yernos, nueras...) Mientras haya una mujer dispuesta a celebrarla, la Navidad seguirá siendo ese faro que da luz al resto de los meses.

4 oct 2004

Mi padre murió en casa, después de lo que los panegíricos llaman una “larga y cruel enfermedad”, al igual que mi madre, que también falleció en casa tras más de seis años echándole un pulso al cáncer. Los dos estaban enamorados de la vida. Sin embargo, aceptaron el desenlace y sufrieron con enorme dignidad, que es lo que hace que el hombre trascienda el dolor. No hubo etapa de su cruel proceso en el que perdieran un ápice de su condición de hombre, de mujer (de padre, de madre), incluso cuando ya no les regía la conciencia y necesitaban en todo momento las manos de sus hijos. Cuando mi padre murió, hace casi veinte años, los cuidados paliativos apenas estaban esbozados. Cuando falleció mi madre (han pasado tres años), la medicina del dolor contribuyó a que su muerte resultara pacífica y esperanzada. Conozco personas muy cercanas que acarrean el lastre de una enfermedad vitalicia. Tal es el caso de José María de Moya, un sacerdote que vive atado a una silla de ruedas, sin poder mover nada más que sus ojos y su boca. He compartido también algunas tardes con Miguel, que en la adolescencia sufrió un accidente de moto y no ha vuelto a comunicarse con el mundo. Ni ante José María ni ante Miguel la vida pierde sentido. No son menos persona que yo, por más que no puedan correr, saltar o abrazar a un ser querido: José María expresa su voluntad de seguir adelante, a pesar de los pesares (físicamente se encuentra peor que Sampedro), e incluso se permite el lujo de ejercer su prédica desde internet.

25 sept 2004

La radio fue la primera en anunciar la muerte del torero, desangrado tras la brutal cornada y una cura de urgencia en la enfermería de la plaza de toros de Pozoblanco, que carecía de medios. Por aquel entonces, Paquirri era un torero en retirada, líder del escalafón de matadores durante muchos años y figura referente desde que El Cordobés dejara los ruedos. Millonario, había cumplido todas sus aspiraciones profesionales y tenía previsto dedicarse, en un plazo breve, al campo y a su familia, en esa segunda oportunidad que le brindó Isabel Pantoja. Era ídolo, por su arrojo y verdad, en plazas tan importantes como Sevilla, Valencia o Bilbao. Sin embargo, los intransigentes cuestionaban su facilidad para entender y poder a los toros, como bien reflejó la plaza de las Ventas en su encerrona en solitario, que debió ser su mayor gesta y quedó en un trago amargo a juzgar por los tendidos medio vacíos. Confiaba Paquirri en la respuesta de Madrid después de sus repetidos éxitos, pero dos horas después regresó cabizbajo por la puerta de cuadrillas, con una solitaria oreja en el esportón.

Su muerte conmocionó España. Desde Manolete, no había caído en los ruedos un torero con tanto cartel. Además, el azar quiso que un cámara grabara aquel trance en la enfermería destartalada. Con grandeza, Paquirri calmaba a los médicos, que apenas tenían material quirúrgico para operarle. Un banderillero apretaba su muslo, que se desangraba, mientras el matador pedía un poco de agua para enjuagarse la boca reseca de muerte. Había gritos, empujones, pero sus ojos verdes no se alteraron. Parecían asumir su fatal destino para un torero de corazón, para un hombre vital y de bien, de mucho bien, como me confían aquellos que le trataron.

24 sept 2004

A pesar de que he viajado mucho, tengo dudas de que me guste ser un trotamundos. Disfruto conociendo lugares nuevos, porque conocer equivale a comprender, a profundizar, a reconocerse en los paisajes y en la gente. Por esta razón aborrezco el turismo moderno, ese ir y venir cámara en ristre, cual si fuera una ortopedia, retratando monumentos por la simple vanidad de coleccionar destinos o la de presumir ante nuestras amistades. Me identifico con el viajero que retorna a aquellos lugares en los que amó la vida, como en la canción argentina, y no con quien va sumando nuevas rutas.

La pasada primavera fui invitado a dar una conferencia en Granada, y alargué unas horas mi visita para pasear por la Alhambra. Al llegar a la fortaleza, que la noche anterior contemplé iluminada desde los cármenes del Albaicín, me confundió el tumulto. Pensé que habían convertido el monumento en un parque de atracciones, y que de un momento a otro aparecería un gitano del Sacromonte disfrazado del moro Muza para deleitar a los turistas que habían llegado desde todos los rincones del planeta.

La Alhambra no me decepcionó. Cómo no sucumbir a los patios del palacio nazarí, con sus medias bóvedas como panales de abeja coloreados de añil. Cuando las voces de los estudiantes en viaje de fin de curso lo permitían, disfruté del rumor cantarino del dédalo de fuentes, así como del piar de los gorriones que anidan en los jeroglíficos de yeso, del chillido gozoso de las golondrinas que arañan la altura, de la flauta de los mirlos corretones, del croar de las ranas en los estanques en los que se reflejan las gráciles columnas y los tejados moros, como en un cuadro de Rusiñol.

18 sept 2004

Bilbao arde en fiestas, y las fiestas giran –al menos, sobre el papel– alrededor de las corridas de toros. Y al igual que en Bilbao, antes y después del día de la Virgen apenas queda ciudad o pueblo que, por los cuatro puntos cardinales del mapa, no celebre a su santo patrón en el ruedo. En algunas plazas, los tendidos se llenan a revientacalderas. En otras apenas se cubre un cuarto del aforo. Son muchos los millones de personas que se acomodan sobre la dura piedra o en la más cómoda y fea silla de plástico, a precios nada asequibles, para disfrutar o sobrellevar la lidia y muerte a estoque del feroz animal. Sobre los veletos pitones y la capa zaína o mulata, se descuelgan muchos siglos de historia y de cultura –¡de gran cultura!– que trascienden a la arena, pues han calado en nuestro lenguaje y costumbres. Las corridas de toros podrán no gustar. Podrán, incluso, repugnar por su indiscutible crueldad –crueldad repleta de sentido y belleza para los buenos aficionados, para los poetas y pintores que se han recreado en sus suertes, para los turistas que aún llegan a nuestro país con interés en asistir a la lucha entre el animal ciclópeo y el diestro–. Las corridas, decíamos, podrán interesarnos más o menos, pero nadie puede esgrimir argumentos, ni siquiera económicos, para que dejen de formar parte de la programación de la televisión pública.

14 sept 2004

A veces sorprendo con la mirada perdida a la mujer que trabaja en casa. Se distrae con el colorido del atardecer, con la lluvia, el pensamiento en los suyos, lejos, muy lejos, en cualquiera de esos países del Este que ignoramos durante décadas, por más que la mordaza del asesino comunista elevara sus gritos por encima del vergonzante telón. Ahora esos países se han convertido en el paraíso de la industria, por su mano de obra barata, así como en un filón para el consumo desde que, a través de sus televisores, la población se asoma al derroche de nuestra vida regalada. Pero nos defendemos de ellos, de la lógica avalancha de buscadores de una oportunidad en este occidente próspero y egoísta.

Como en los versos de Goytisolo, “Palabras para Julia”, empapados de una melancólica esperanza, una chica peruana, ecuatoriana, paraguaya, filipina... se asoma también a la ventana de tu casa para recordar a la familia varada en la distancia, tal vez al hijo al que no verán dar los primeros pasos o pronunciar su primera palabra. Se apoyan en el tablero de la plancha y evocan los paisajes lunáticos de sus riscos y volcanes, el aroma dulzón de sus selvas, el fluir ferruginoso de sus ríos, la huella de sus muertos, enterrados al otro lado del océano. Como a ti, como a mí, les ampara el derecho universal a trasladarse por el mundo y vivir allí donde se les antoje, mas a los refugiados de la pobreza y la inseguridad les tratamos con desdén. Viven con el miedo sempiterno de que un policía requiera ese permiso de residencia que nunca acaban de concederles, a pesar de que cuentan con un empleo estable. Basta un mal encontronazo para que les hagan regresar, como a proscritos, a pesar de que aún no han completado el pago de las deudas con las que llegaron a España. Un policía curioso es un golpe de mala suerte que rompe sus sueños de ayudar a la familia varada, de pagar los estudios del niño que aún balbucea, de mejorar el paisaje de sus pueblos o adecentar el túmulo bajo el que yacen sus muertos.

18 ago 2004

Bilbao arde en fiestas, y las fiestas giran –al menos, sobre el papel– alrededor de las corridas de toros. Y al igual que en Bilbao, antes y después del día de la Virgen apenas queda ciudad o pueblo que, por los cuatro puntos cardinales del mapa, no celebre a su santo patrón en el ruedo. En algunas plazas, los tendidos se llenan a revientacalderas. En otras apenas se cubre un cuarto del aforo. Son muchos los millones de personas que se acomodan sobre la dura piedra o en la más cómoda y fea silla de plástico, a precios nada asequibles, para disfrutar o sobrellevar la lidia y muerte a estoque del feroz animal. Sobre los veletos pitones y la capa zaína o mulata, se descuelgan muchos siglos de historia y de cultura –¡de gran cultura!– que trascienden a la arena, pues han calado en nuestro lenguaje y costumbres. Las corridas de toros podrán no gustar. Podrán, incluso, repugnar por su indiscutible crueldad –crueldad repleta de sentido y belleza para los buenos aficionados, para los poetas y pintores que se han recreado en sus suertes, para los turistas que aún llegan a nuestro país con interés en asistir a la lucha entre el animal ciclópeo y el diestro–. Las corridas, decíamos, podrán interesarnos más o menos, pero nadie puede esgrimir argumentos, ni siquiera económicos, para que dejen de formar parte de la programación de la televisión pública.

5 ago 2004

Como la desgracia ha ocurrido en los albores del verano, estas vacaciones prometen la compañía infatigable de Carmina y sus circunstancias, es decir, esa corte de majaderos que siempre acompaña a los majaderos principales y que, como en el infantil juego de las sillas, han tomado posición en los asientos de las televisiones y la prensa. Carmina por aquí y por allá, excesos y defectos de la diva de la nada, un nuevo paradigma para esta sociedad necesitada de referentes, aunque sea el paradigma del malvivir, de la estupidez elevada al cubo, a la portada de la revista del colorín en la que lo importante no es el contenido –basta leer los titulares de cualquier exclusiva–, sino el continente: el cuerpo bello y famoso, la colección de desamores, la cama siempre generosa para recibir a un nuevo arribista...

Los populistas del mundo entero tienen una santa, Evita Perón, para la que compusieron un tatareable musical, por más que a través del libreto se confundiera a la reina de los descamisados con una cabaretera venida a más. Algo parecido se merece la Ordóñez, a tenor de lo que se escucha y leemos sobre ella durante este mes de asueto: según los cronistas de lo rosa, fue una mujer libre, entregada al amor, que apuró la vida a grandes dosis y cuyas cenizas han regresado a su escenario natural, las marismas de Doñana, para volar libres. Carmina también necesita su musical para terminar de mitificarla. Quedaría, además, una obrita con personajes muy atractivos: el padre que torea el aire con las piernas zambas, el primer marido que abraza la muerte a portagayola con sus ojos verdes como el mar de Cádiz, el tío que lo mismo caza con Franco –Franco cantando como el Che, ¡menudo filón!– que se encama con el animal más bello del mundo o le baila el agua a Picasso –Ava y don Pablo Ruiz interpretando a dúo una habanera mientras el público ventea sus pañuelos, ¿se imaginan?–, el hijo que sigue los pasos fúnebres del padre muerto, por más que los caireles del traje de luces aparenten la alegría de la fiesta, la duquesa díscola que se presta a formar parte del folletín, y los fotógrafos, siempre los fotógrafos, que podrían hacer una vistosa coreografía cámara en ristre, acompañados por los maridos y los amantes que completaron la colección de hombres de nuestra protagonista. Y antes del final del segundo acto, Carmina entonaría el número principal, la canción llamada a medirse con el emocionante “No llores por mí Argentina” de Evita Perón, con sones de pasodoble y baile de capotes.

27 jul 2004

En tiempo estival, la televisión se sume en una pereza sesteante, como si el bochorno y la calima cayeran a plomo sobre los estudios de las cadenas. Es época de reposiciones, viejas series que ya se han vendido por entregas en el quiosco, de telefilmes “basados en hechos reales”, de lánguidas tertulias sobre el primer baño de la Obregón, de concursos repletos de golpetazos y mojaduras con los que el personal se desternilla, de presentadores desempolvados del sueño de los justos, los que tocaron la gloria en la tele de los setenta, ochenta y noventa, y aún se empeñan en hacernos creer que no hay nada tan edificante como un karaoke en la plaza mayor.

Relaciono la televisión del verano con festivales baratos en los que Karina se convierte en la estrella invitada, después de un desfile de biquinis, el ventrílocuo de turno, fuentes de colores, balet de plantilla y despelote a partir de medianoche. Todo es cutre, salvo lo que nos llega desde fuera (el tour, mundiales de atletismo, las olimpiadas...), por más que sus personajes se disfracen de vacación de mentira y griten de alborozo cuando se salpican en la piscina del plató. Las misses se hacen con el micrófono, los humoristas de cuarto de pelo embadurnan la pantalla de chistes malos y se rifan euros (miles de euros que después se quedan en casi nada y siempre le tocan a una estudiante de Valencia). El público que aplaude a golpe de realizador ya no es heterogéneo; está compuesto por casi todos los abuelos a los que sus familias no les han dado la oportunidad de veranear. A cambio de autobús, bocata y mil duros, se descomponen al fuego de los focos y se entretienen del ferragosto implacable, pues les permiten bailar agarrados cuando se descuelgan los títulos de crédito.

20 jul 2004

Leo los datos del informe del Centro de Investigaciones Científicas y me recorre un escalofrío. La práctica del aborto legal se ha multiplicado en España por ochenta y ocho en los diez últimos años, especialmente entre las menores, que en el cincuenta por ciento de los casos resuelven su imprudencia en la mesa de esas clínicas negras en la que todo es aséptico y frío, como la muerte de salón. Coincide la presentación de estos tristísimos datos con la caída de caballo del viejo ministro que, al final de los sesenta, desarrolló la ley que despenalizaba la interrupción del embarazo en Inglaterra. Este venerado lord, suplica que se proteja al feto a partir de las doce semanas, ya que los avances de esa rama de la medicina, cargada de luz, que es la neonatología, han logrado mantener con vida a los de veinticuatro, edad en la que aún son carne de bisturí, sal y aspirador, y plazo hasta el que pretende liberalizarlo el gobierno del sonriente Zapatero.

Los comentarios de los políticos son unánimes por una vez: el abuso del aborto, especialmente entre las menores, es un fracaso. ¿Un fracaso...? ¿De quién? Tal vez de los que en su día decidieron abrir la veda del no nacido. Quizás de los que dificultan el derecho de cualquier mujer que decide abortar a que se le ofrezcan salidas más humanas, otras alternativas, algo diferente al “separe usted las piernas y piense que le estoy extirpando un quiste”, todo un abuso, sin lugar a dudas, en una sociedad cuyo principal referente deberían ser los débiles (la menor y el niño aún por nacer). El aborto no soluciona ningún problema (un bebé, incluso en proceso, no puede ser considerado un problema, salvo que estemos locos y la eugenesia forme parte de nuestra rutina), sino que los agrava, como lo demuestra la proliferación de embarazos entre adolescentes desde que existe este recurso como método anticonceptivo.

7 jul 2004

En contadas ocasiones me asomo al televisor para seguir un partido de fútbol. Nunca me ha gustado el deporte rey (nunca me ha gustado demasiado el deporte) y he llegado a aborrecerlo desde que sus bambalinas copan los informativos y los niños se saben al dedillo la recua de busconas que se acuestan con los jugadores afamados. Antes cantaban las alineaciones de los equipos de primera, habilidad que me llenó de asombro durante mis primeros años de colegio. En todo caso, lo acontecido en la Eurocopa ha devuelto al fútbol su dignidad: los más humildes han dado una lección a las selecciones de las estrellas, aquellas de los países de la OCDE en la que sus jugadores, en vez de salir de un vestuario parecen saltar al campo directamente desde un salón de belleza, a juzgar por sus poses, la depilación de las piernas y pectorales y hasta las mechas y moldeados con los que hacen bailar la melena. Las primeras semanas de este lánguido verano han estado cargadas de alegría. Cada vez que un equipo de starlettes regresaba a su país con el rabo entre las piernas, parecía más fácil el triunfo de los humildes.

Llevamos unos cuantos meses padeciendo el fenómeno Beckham. Nos lo vendieron como un astro inglés, mas en vez de goles y buen fútbol encandila al personal con sus aires efébicos y las facturas de su mujer cada vez que la Spice sale de compras. El mancebo aparece un día con brillos pajizos en el tupé; al siguiente se ha rapado el cabello; más tarde se deja patillas; después, se corta las patillas y luce una perilla caprina; de la perilla pasa a las extensiones y las horquillas, y de las horquillas a una ridícula coleta a modo de antena.

27 may 2004

Ha comenzado el centenario de Dalí con poca solemnidad. Bien es cierto que cada año celebramos alguna efemérides destacada, pues España puede enorgullecerse de haber germinado personalidades de renombre universal, lo que nos hace perder furor ante los cumpleaños de nuestros muertos. Sin embargo, por más que los documentales de La 2 divulguen la obra de literatos y artistas plásticos, la cultura –incluso en un genio como Salvador Dalí, esclavo de su propia mercadotecnia– es coto vedado, lujo de unos pocos, materia de muy difícil universalización, salvo que nos contentemos con que se vendan por millares los cristos en oro del catalán, o con que los lofts de las grandes urbes se decoren con pósters de sus manieristas metamórfosis, o las señoras de ringorrango vistan sus muñecas con relojes deformados que llevan la firma de Cartier.

¿Quién era Dalí? Un transgresor con capacidad para abarcar todos los géneros de la trama surrealista –en la pintura, la escenografía, el epistolario, la novela, el ensayo y hasta el diseño de su propio museo–, obsesionado por el yo y el dinero, gran dibujante de sueños froidianos, mecido por la lujuria y despreocupado por los misterios del hombre, por más que algunos de sus cuadros más célebres nos sugieran algunas preguntas sobre la soledad y nuestro destino. Salvador Dalí creyó haber nacido para no morir, o vivir para que cada uno de sus pasos fuese cincelado por los exégetas del escándalo.

24 may 2004

Llegado el viernes santo, era costumbre atávica de algunos pueblos y aldeas de nuestro país, colgar de la rama de un árbol un monigote relleno de paja, vestido con un pantalón viejo y una camisa de cuellos y puños deshilachados. Contra aquel Judas de mentira, los niños se ensañaban con piedras y palos, hasta que lograban rasgarle un boquete por el que iba perdiendo su sangre de mies dorada. Los chiquillos descargaban todo su ardor contra aquel espantajo, al que culpaban no sólo de la muerte de quien después sería el resucitado, sino de los males que habían azotado al villorrio desde la última semana santa: plagas, inundaciones y sequías. Por último, antes de que el viento hiciera volar los jirones de sus ropajes, le prendían fuego, como remate a su venganza.

De la encina de todas las plazas públicas cuelga ahora la silueta de aquel hombre tranquilo, de aburrido vestir, tono monótono y ralo bigote que, sin embargo, hace no muchas semanas seguía siendo el padre del milagro español, una sorprendente receta que creaba empleo mientras el resto de Europa naufragaba a la deriva. Políticos y estadistas de nuevo cuño hicieron de él un espejo en el que mirarse, pues era capaz hasta de poner sus pies sobre la mesa en amistosa tertulia con los poderosos del plantea. Mas ahora, palo viene, palo va, son pocos los que se preocupan en recordar los números asombrosos de una economía saneada. Incluso, entre las filas de sus acólitos, aquellos que ahora se apresuran a retirar de sus bibliotecas el retrato del hombrecito del traje azul, prolifera el sentimiento de que el milagro no fue sino un espejismo que, en cualquier caso, no se debió a un programa de contención económica y liberalismo, sino a la casualidad, como si el arte de la política no existiera y fuésemos esclavos de un demiurgo que nos lleva a su antojo de la bonanza a la crisis, en un triste sarcasmo.

7 may 2004

Me asegura un buen amigo que vive en Barcelona, que ni siquiera los ciudadanos de tan mediterránea ciudad, gente por cierto leída, saben explicarse qué es esto del Forum, algo así como una reedición de las Olimpiadas, dicen, pero en barato y sin videoclip de Freddy Mercury, en la que los corredores y los saltadores de pértiga son pensadores, novelistas y políticos de sospechosa afinidad, y cuyo mayor atractivo son los conciertos de algunas viejas glorias de la música ligera que, por otra parte, se pasean por los escenarios de nuestro país de cuando en cuando. Los más suspicaces, creen que detrás de estos meses de cultura a granel se encierra una operación urbanística, la recalificación de los terrenos sobre los que se asientan los anfiteatros, plazas y pérgolas del invento. En fin, los líos de siempre.

Uno se dispone a estudiar el programa del Forum, o sus cientos de programas, porque no hay quién se aclare sobre qué hay y en qué fechas, y duda si apuntarse a la haima en la que disertará Saramago, toda una rareza (portugués, comunista recalcitrante y premio Nóbel), sobre los problemas de la globalización, o si sacarse un ticket para aplaudir la filosofía gelatinosa de Paolo Cohelo, personaje de la industria del new age, que vende libros como rosquillas. También cabe la posibilidad de escuchar en traducción simultánea los recuerdos de Mijail Gorvachov, cuando los americanos no eran tan malos y en occidente contemplábamos impasibles el sufrimiento de los países del Este. Incluso, se pronostican dificultades para encontrar un pase para la conferencia de Lula, cuyo milagro en Brasil comienza a hacer aguas pero que sigue resultando muy simpático a los populistas de medio planeta.

11 abr 2004

Veinte siglos después, el arte sigue interpretando su paso por el mundo, el misterio de su doble naturaleza, el don de sus gestos y palabras, como si Jesús, el hijo de María, pudiera seguir siendo observado desde nuevos ángulos, como si su plasticidad no se cuarteara, como si su temporalidad –Dios hecho hombre en un momento concreto y lejano de la Historia– se amoldara a todos los tiempos, también a los nuestros, venciendo el desgaste de los siglos, polvo que neutraliza al resto de personajes que llenan los volúmenes de las enciclopedias. Cuando los poderosos intentan ocultar su nombre, éste borbota en la clandestinidad aún con más fuerza. Cuando los sistemas económicos, el bienestar o la pobreza, cuando la relajación de las costumbres apuntillan su mensaje, surgen aquí y allá personas resueltas a vivir sus enseñanzas con mayor compromiso, hasta el punto de que en estos decenios de claroscuros, los santos brillan con un fulgor nuevo e inesperado que hace correr, de boca en boca, aquel nombre como el primer día: Jesús, Cristo, Jesucristo, alfa y omega, principio y final, Señor y Juez de todo lo creado, torrentera de amor que redime al mundo.

¿Quién es Jesús de Nazaret? Sobre esta pregunta gravita el destino de la humanidad desde que un grupo de iletrados, provenientes de un país remoto, viera sucumbir el mundo antiguo. ¿Quién es Jesucristo? Esta misma cuestión vertebra la posible trascendencia de nuestra vida. Las dos biografías de sus testigos oculares (san Mateo y san Juan) y las dos de quienes escucharon la prédica de los primeros cristianos (san Marcos y san Lucas), nos ayudan a desentrañar parte de la respuesta. Jesús de Nazaret, que llegó al mundo de forma bellísima y misteriosa, que vivió treinta años oculto en los quehaceres de un taller de aldea, dedicó los tres últimos de su vida a predicar un mensaje sorprendente que redime al hombre de su culpa –de su infelicidad– y le hace digno heredero de la misericordia de Dios. Los evangelios, desde sus primeros versículos, se refieren a la brutal pasión y muerte del Nazareno como el cúlmen de su misión, un túnel inexcusable, aborrecido desde su corazón de hombre, anhelado desde su condición divina, con el que iba a reconciliar al género humano con el Padre. Gracias a la cruz, la muerte –amarga metáfora del pecado– ya no tiene la última palabra. Gracias a su inmolación, tenemos asegurada la dicha incorruptible después de superar las pruebas de esta vida efímera y limitada.
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