Más de medio millón de personas se han dado cita, durante el mes de mayo y los primeros días de junio, en la plaza de toros de las Ventas, veintitrés mil por tarde. Veintitrés mil personas que desafían el revuelo atmosférico de la primavera madrileña, que lo mismo te regala sol como viento y agua a espuertas. Veintitrés mil osados que se enfrentan al pensamiento débil de las protectoras de animales y de los partidos nacionalistas y extremistas, que con gusto darían la puntilla al segundo espectáculo de masas de nuestro país, origen de miles de puestos de trabajo directos y otros tantos indirectos, centro y culminación de las fiestas populares de tantos villorrios, desde La Coruña a Gerona, de Cádiz a Bilbao, de Extremadura a Valencia. Pero los toros no sólo salpican la cultura española, sino la de Portugal, Francia, México, Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela.
Comprendo que la fiesta pueda no gustar. Incluso que repugne en su crudeza, pues a la fiera se le da muerte a estoque después de una pelea que incluye varios castigos (la divisa, la pica del varilarguero y las banderillas). Sin ir más lejos, me he sorprendido de mí mismo, aficionado desde la tierna infancia, al sobrecogerme con las descripciones que Vicente Blasco Ibáñez hace de las corridas en una novela menor, “Sangre y arena”, en la que el genial Gallardo, matador sevillano de postín, pasa de muleta a sus enemigos entre caballos destripados. No me cabe duda de que la historia precisa ser leída en su contexto, y que las entrañas descolgadas de aquellos jamelgos no provocaban entonces la misericordia de hoy en día, cuando no se concibe un espectáculo en el que no se den las mayores garantías a todos sus protagonistas, incluido el toro, que disfruta de unos cuidados que para sí quisiera cualquier otro animal.
Comprendo que la fiesta pueda no gustar. Incluso que repugne en su crudeza, pues a la fiera se le da muerte a estoque después de una pelea que incluye varios castigos (la divisa, la pica del varilarguero y las banderillas). Sin ir más lejos, me he sorprendido de mí mismo, aficionado desde la tierna infancia, al sobrecogerme con las descripciones que Vicente Blasco Ibáñez hace de las corridas en una novela menor, “Sangre y arena”, en la que el genial Gallardo, matador sevillano de postín, pasa de muleta a sus enemigos entre caballos destripados. No me cabe duda de que la historia precisa ser leída en su contexto, y que las entrañas descolgadas de aquellos jamelgos no provocaban entonces la misericordia de hoy en día, cuando no se concibe un espectáculo en el que no se den las mayores garantías a todos sus protagonistas, incluido el toro, que disfruta de unos cuidados que para sí quisiera cualquier otro animal.
