No soy un experto en moda, ni siquiera un esteta o un filósofo dedicado al análisis de la belleza y, sin embargo, la belleza forma parte de mis obsesiones. Busco la armonía y, como casi nunca la encuentro, me esfuerzo en embaucarla para que se cuele, aunque sea de refilón, en mis escritos. Así que no me resulta ajeno el afán del mundo desarrollado por lo que llamamos moda, tendencias y gustos en el vestir. La mujer ofrece, desde su aparente fragilidad, sensibilidad hacia la estética, valor, gracia para los cambios y equilibrio corporal. Es una fuente inagotable de inspiración que ha convertido la necesidad de cubrir su cuerpo en un sugerente juego de creatividad. Ahora, buena parte de la industria vive empeñada en que la mujer deje de lado sus recursos para gustar a cambio de unos estilos que poco le favorecen. No voy a utilizar el manido asunto de la incompatibilidad habitual entre figurantes de pasarela y compradoras, porque ha sucedido siempre y se entiende que el producto sea más vistoso en una mujer que roza la perfección. Pero el oropel que muestran las citas mundiales de la moda se desdibuja cuando esa misma ropa que fastuosas chicas han mostrado con zancadas largas y embaucadoras se convierte en un Prêt-à-porter desnaturalizado a medida que pasa de manos del original diseñador a los talleres ilegales de copias rápidas.
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2 nov 2007
28 ene 1997
martes, enero 28, 1997
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Todos los años por las mismas fechas, la ciudad se cubre de pasquines que anuncian las atracciones del circo que se aposta junto a la plaza de toros o al campo de fútbol. Los carteles llaman la atención de los viandantes con ilustraciones de cromo barato donde estupendonas señoritas se abrazan a serpientes de quince metros, junto a la cara de un payaso -siempre el mismo payaso americano-, que se ríe de no se sabe qué. ¡Menuda decepción cuando era chico! Sacaban a la pista del circo una pitón medio dormida y el payaso no era el del anuncio, sino un hombre barrigudo que contaba chistes soeces imposibles de entender por los oídos inocentes de los niños. En mi familia nadie quería ir al circo, porque los números eran malos, porque anunciaban la presencia de más de setenta fieras y lo único que enjaulaban era un león tuerto y porque aquel espectáculo de quinta regional duraba demasiado para aguantar quieto sobre un asiento de tabla.
Para circo, el de la tele. Ese sí que era bueno, pues sólo había una atracción de malabaristas y enseguida empezaban las aventuras de Gaby, Fofó, Miliky y Fofito. Fofó se murió e incorporaron al más pequeño de la saga, al que por si acaso no le dejaban hablar. Milikito plagiaba al mudo de los hermanos Marx, aunque en vez de bocina utilizaba un cencerro. Desde la pista de la televisión y luego recorriéndose España de punta a punta, Milikito aprendió el oficio de hacer reír mientras soñaba con mejor vida, porque el circo había entrado en crisis. ¿Dónde estaban los carromatos de madera? ¿dónde las batas rojas y los zapatones? ¿dónde el director con sombrero de copa, chaqué, bombacho y botas de montar? ¿dónde el hombre más fuerte del mundo que levanta pesas de corcho? ¿dónde el <<¡pasen y vean!...>>? La mayoría estaban muertos y ahora el género utiliza vedettes medio desnudas y domadores horteras sin encanto.
Para circo, el de la tele. Ese sí que era bueno, pues sólo había una atracción de malabaristas y enseguida empezaban las aventuras de Gaby, Fofó, Miliky y Fofito. Fofó se murió e incorporaron al más pequeño de la saga, al que por si acaso no le dejaban hablar. Milikito plagiaba al mudo de los hermanos Marx, aunque en vez de bocina utilizaba un cencerro. Desde la pista de la televisión y luego recorriéndose España de punta a punta, Milikito aprendió el oficio de hacer reír mientras soñaba con mejor vida, porque el circo había entrado en crisis. ¿Dónde estaban los carromatos de madera? ¿dónde las batas rojas y los zapatones? ¿dónde el director con sombrero de copa, chaqué, bombacho y botas de montar? ¿dónde el hombre más fuerte del mundo que levanta pesas de corcho? ¿dónde el <<¡pasen y vean!...>>? La mayoría estaban muertos y ahora el género utiliza vedettes medio desnudas y domadores horteras sin encanto.
20 nov 1996
miércoles, noviembre 20, 1996
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España es el país de los homenajes póstumos. Casi todas las celebridades de la cultura, el ocio y la política tienen pensado un epitafio para su tumba, como si tal cursilada fuera a perpetuar su memoria con mayor fuerza que el trabajo de toda una vida. A mí lo de los epitafios me da la risa, porque se leen tales frases que parece que en vez de huesos y polilla, lo que hay enterrado es un lingote de oro. Además, los epitafios nunca debería elegirlos el fiambre, sino aquellos que le acompañaron. Es decir, si muere un político tendrían que reunirse sus seguidores con sus detractores y escribir la frase redonda, porque a la hora de la muerte no hay discusión, todos los finados han representado un ejemplo de tolerancia y buen hacer, cuando en vida se les acusaba sin descanso de tal o cual abuso. En fin, que Pasionaria, marxista hasta el instante en el que murió, pasó a ser santo de devoción hasta de los hijos de la derecha, y a Gregorio Ordóñez se le reconoció de una vez para siempre la categoría de su valor generoso y espartano cuando una bala cobarde fulminó su vida.
No sé si el pecado nacional es la envidia. Si reflexionamos, abulta más la mentira, arma que utilizan con mayor o menor sutileza casi todos los poderes públicos, incluida la prensa. Sin embargo, la envidia menoscaba la proyección profesional y humana de muchísimas personas. Basta con introducirse en una oficina: unos comentan que fulano está donde está por sus tejemanejes. Envidia. O en el mercado: unas aseguran en la cola de la pescadería que mengana no paga la hipoteca de su casa y sin embargo luce un abrigo de visón. Envidia. O entre amigos: comentan que a aquel le va bien su matrimonio porque es un calzonazos. Envidia. No digo que las situaciones que acabo de describir no sucedan, que suceden, pero a veces nos falta elegancia y humildad a la hora de reconocer que fulano ha alcanzado tal puesto en la empresa porque trabaja con responsabilidad y acierto, o que mengana luce un abrigo de visón porque a su marido le van bien las cosas y tuvo ese detalle, o que aquel disfruta en su matrimonio porque quiere mucho a su mujer y jamás se ha permitido una tontería que pueda repercutir de forma grave en la felicidad de su familia.
19 sept 1996
jueves, septiembre 19, 1996
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No hay fin de semana en el que los alevines radicales no salgan en comandita por las calles de los pueblos y ciudades del País Vasco para lanzar tuercas, romper escaparates y partir la cara a quien encuentren sospechoso de pensar distinto. La opinión pública da por perdido a un numeroso grupo de jóvenes, que se identifica con el terrorismo etarra de la misma forma con la que aceptarían la guerrilla si viviesen en cualquier país del Hemisferio Sur que sufra semejante desgracia, porque han sido educados desde el odio y para el odio.
Cuando los telediarios de las últimas semanas muestran las imágenes de estos jóvenes levantando barricadas, quemando cabinas de teléfono o pateando con toda su rabia a un ciudadano, me pregunto por las personas que forjaron sus espíritus. Dicen que la mujer, al dar a luz, siente un arrebato de admiración por la vida que empieza, catarata de esperanza. Seguro que los padres de cada uno de los lectores de estas líneas desearon para sus hijos un futuro en paz, la prosperidad de un buen trabajo, el gozo de formar una familia, y lucharon porque cada uno de estos deseos se cumpliera. Pero si el resultado es el de una sociedad acogotada por la anarquía de unos encapuchados que no alcanzan la edad de votar, es que esos buenos deseos se han diluido en mil consideraciones estériles. Sí, los jóvenes de hoy estamos macerados en política, en el sentido de nación, en lo nuestro muy nuestro que nos hace diferentes del que vive a diez minutos en autobús, y con esa distancia, con lo nuestro muy nuestro, hemos fabricado un tirachinas, un cóctel molotov y un pasamontañas para que no nos reconozcan. ¿Creen que, después de lo dicho, merece la pena tanto ideario? Los políticos aseguran que las circunstancias político-sociales del País Vasco facilitan la manifestaciones de violencia, pero no me da la gana aceptar un argumento tan derrotista, el no hay nada que hacer hasta que llegue el relevo generacional, pues los odios se heredan como se hereda un libro viejo o unos zapatos, a los que se les sigue sacando partido mucho tiempo después.
Cuando los telediarios de las últimas semanas muestran las imágenes de estos jóvenes levantando barricadas, quemando cabinas de teléfono o pateando con toda su rabia a un ciudadano, me pregunto por las personas que forjaron sus espíritus. Dicen que la mujer, al dar a luz, siente un arrebato de admiración por la vida que empieza, catarata de esperanza. Seguro que los padres de cada uno de los lectores de estas líneas desearon para sus hijos un futuro en paz, la prosperidad de un buen trabajo, el gozo de formar una familia, y lucharon porque cada uno de estos deseos se cumpliera. Pero si el resultado es el de una sociedad acogotada por la anarquía de unos encapuchados que no alcanzan la edad de votar, es que esos buenos deseos se han diluido en mil consideraciones estériles. Sí, los jóvenes de hoy estamos macerados en política, en el sentido de nación, en lo nuestro muy nuestro que nos hace diferentes del que vive a diez minutos en autobús, y con esa distancia, con lo nuestro muy nuestro, hemos fabricado un tirachinas, un cóctel molotov y un pasamontañas para que no nos reconozcan. ¿Creen que, después de lo dicho, merece la pena tanto ideario? Los políticos aseguran que las circunstancias político-sociales del País Vasco facilitan la manifestaciones de violencia, pero no me da la gana aceptar un argumento tan derrotista, el no hay nada que hacer hasta que llegue el relevo generacional, pues los odios se heredan como se hereda un libro viejo o unos zapatos, a los que se les sigue sacando partido mucho tiempo después.
1 jul 1996
lunes, julio 01, 1996
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Figúrense el honor de llamar <<colega>> a José Luis Olaizola desde mi modesta pluma, que sólo tiene veintiséis años. No es un escritor-estrella de los que se pasean por el mundo de la literatura como si fueran actores de cine, sino que juega con el encanto de lo cotidiano. Tiene en su haber muchos premios e innumerables ediciones de todos sus libros, que avalan la sencillez -la normalidad-, como fórmula exitosa de vida y de estilo literario. Desde las páginas de la revista Telva, Olaizola se confesó rendido a los encantos de las mujeres de su vida, que no eran Sofía Loren ni Brigitte Bardot, sino su mujer, sus hijas y nietas, su suegra y las empleadas del hogar.
Cuando leía el artículo mensual de Olaizola, pensaba que me gustaría hacer un continuo homenaje a las mujeres de mi juventud. Hasta el momento, puedo hablar de mi novia, de mi madre, de mi hermana, de mis compañeras de oficina y también de la mujer que trabaja en casa, que es un encanto, y con la que me llevo a partir un piñón, pues compartimos la pasión del flamenco y los toros. En fin, me falta experiencia; aún no he cambiado de estado civil y no comprendo del todo el significado de la palabra <<suegra>>, que para algunos suena peor que un taco. Pero esta vez les ha llegado el turno a mis "chicas de oro", tres mujeres muy distintas y a la vez poseedoras del más respetable título: abuela.
No sé de dónde me viene esta adoración por la gente mayor. A la vuelta de los guateques quinceañeros, protestaba ante mis amigos porque con quien tenía de veras éxito era con las madres y las abuelas de las chicas que nos invitaban a sus casas. La verdad es que cuando la fiesta de turno no era muy divertida, me ponía de charleta con los "jefes" de la anfitriona, con el deseo de que me enseñaran los cuadros que tenían por la casa; un defecto profesional. Les sorprendía que con esa edad me interesara más Guayasamín que las grandes cilindradas o la Liga de fútbol, y de esta manera entablé muy buenas relaciones con una generación que superaba los cuarenta. Mis amigos me lo advertían, que dejara los rollos artísticos y empezara a mover el esqueleto. Pero ni con esas; hice el esfuerzo de aprender break-dance -con más buenos deseos que fortuna-, pero sólo conseguí torcerme un tobillo. Como con la pata coja no se puede bailar, profundicé en las colecciones de Regoyos y Sempere, y en la amistad con las madres y abuelas de mis amigas.
25 jun 1996
martes, junio 25, 1996
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Tengo una colección de sombreros a los que procuro dar cierta utilidad. Los he comprado en diferentes viajes por el mundo. Cuando llega el verano me marcho al Norte con alguno sobre la cabeza, en plan viajante antiguo. El sombrero es un artículo imprescindible para los pintores, a menos que quieras jugarte una insolación. Los llevo de acá para allá, junto a mi carpeta y una caja de acuarelas. La gente se sorprende al encontrarse con un pintor en la orilla de un río, en la plaza de un pueblo o sobre los acantilados del mar; algo inusual a juzgar por sus caras, más si el artista se cubre la cabeza con un complemento parecido a los que utiliza Indiana Jones.
La caja de acuarelas es el mejor indicador de que el verano ha llegado. Después de tantos meses pintando con luz eléctrica, no hay nada más saludable que llenar los pulmones con el aire marítimo. Además, se presenta una buena ocasión para trabar amistad con los lugareños y con los veraneantes, aunque hago todo lo posible por retratar mis paisajes lejos de las rutas turísticas en las que abunda la cámara de vídeo y la lata de refrescos.
Un atardecer sobre los rompientes, se acercó un veraneante para ver mi acuarela. Dejó su cesta de pesca en el suelo y aguantó unos minutos en silencio. Después preguntó si me ganaba la vida con la pintura. A muchos les intriga este asunto, creo que no comprenden que se puedan dedicar las mejores horas de la semana a una expresión artística sin que medien unos cuantos billetes. La respuesta me sale de forma mecánica, <<se hace lo que se puede, pero pinto por afición>>. <<Si me pagaran la afición, me pasaría todo el año con la caña en la mano>>, añadió con un tono quejumbroso. Cuando asentí, ya no pudo detener su historia, y habló y habló de sus problemas en el trabajo, de las ilusiones que tiene depositadas en sus hijos, de lo mucho que ha luchado en la vida... Después de una hora, cuando di por terminada la acuarela sin haber vuelto a decir palabra, el hombre entrecerró los ojos con gesto de marchante, asintió con la cabeza y me dio una palmada en el hombro mientras decía: <<nos ha quedado muy bien>>.
La caja de acuarelas es el mejor indicador de que el verano ha llegado. Después de tantos meses pintando con luz eléctrica, no hay nada más saludable que llenar los pulmones con el aire marítimo. Además, se presenta una buena ocasión para trabar amistad con los lugareños y con los veraneantes, aunque hago todo lo posible por retratar mis paisajes lejos de las rutas turísticas en las que abunda la cámara de vídeo y la lata de refrescos.
Un atardecer sobre los rompientes, se acercó un veraneante para ver mi acuarela. Dejó su cesta de pesca en el suelo y aguantó unos minutos en silencio. Después preguntó si me ganaba la vida con la pintura. A muchos les intriga este asunto, creo que no comprenden que se puedan dedicar las mejores horas de la semana a una expresión artística sin que medien unos cuantos billetes. La respuesta me sale de forma mecánica, <<se hace lo que se puede, pero pinto por afición>>. <<Si me pagaran la afición, me pasaría todo el año con la caña en la mano>>, añadió con un tono quejumbroso. Cuando asentí, ya no pudo detener su historia, y habló y habló de sus problemas en el trabajo, de las ilusiones que tiene depositadas en sus hijos, de lo mucho que ha luchado en la vida... Después de una hora, cuando di por terminada la acuarela sin haber vuelto a decir palabra, el hombre entrecerró los ojos con gesto de marchante, asintió con la cabeza y me dio una palmada en el hombro mientras decía: <<nos ha quedado muy bien>>.
26 abr 1996
viernes, abril 26, 1996
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Una de las mejores escuelas que he tenido para conocer ciertos entresijos de la sociedad en la que me muevo, fue mi trabajo como camarero de un elegante catering. Tuve la oportunidad de codearme con lo más selecto del panorama político, financiero, artístico y cultural de España. Digo codearme, porque casi todos mis contactos no iban más allá de apuntar la forma en la que gustaban el Martini a estos personajes.
A mis dieciocho años -que fue cuando empecé con lo de la chaquetilla y el guante blanco- corría el rumor de que lo mejor de las fiestas y las bodas de la gente elegante eran las doncellas. Todas pertenecían a buenas familias, y veraneaban en lugares "in". Niñas guapísimas de modales exquisitos. Algunas, hijas y nietas de aristócratas que, sorprendidos por la evolución de los tiempos, asistían a un cambio radical de papeles. Total, que me inscribí como camarero potencial en una empresa de catering, dispuesto a conocer los entresijos del servicio.
Cuando recibí la primera llamada, estaba seguro de que lo de pasar bandejas era coser y cantar. Engominado y con los zapatos bien limpios, me presenté en la puerta de una urbanización de Madrid. La señora de la casa no dudó de mi experiencia, me llevó al comedor y señaló un lugar preferencial en la mesa.
-Allí se sentará el padre del Rey.
A mis dieciocho años -que fue cuando empecé con lo de la chaquetilla y el guante blanco- corría el rumor de que lo mejor de las fiestas y las bodas de la gente elegante eran las doncellas. Todas pertenecían a buenas familias, y veraneaban en lugares "in". Niñas guapísimas de modales exquisitos. Algunas, hijas y nietas de aristócratas que, sorprendidos por la evolución de los tiempos, asistían a un cambio radical de papeles. Total, que me inscribí como camarero potencial en una empresa de catering, dispuesto a conocer los entresijos del servicio.
Cuando recibí la primera llamada, estaba seguro de que lo de pasar bandejas era coser y cantar. Engominado y con los zapatos bien limpios, me presenté en la puerta de una urbanización de Madrid. La señora de la casa no dudó de mi experiencia, me llevó al comedor y señaló un lugar preferencial en la mesa.
-Allí se sentará el padre del Rey.
19 mar 1996
martes, marzo 19, 1996
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La película Seven vino precedida de una eficaz campaña de márketing. En los espacios de publicidad de los autobuses públicos, unos cartelones enumeraban los pecados capitales con cierto misterio, sin ofrecer más pistas sobre el motivo del anuncio. Creo que los expertos publicistas inventaron un tecnicismo para ese suspense, en el que se divulga el producto mediante una serie de entregas que van despertando en el cliente potencial una dependencia hacia la resolución del enigma. En conclusión, a las dos semanas del comienzo de la campaña, compré con unos amigos tres entradas para la sesión de noche.
No puedo hacer una valoración técnica de la película, no sé de cine. Sólo podría enjuiciar su estética, la puesta en escena, que está conseguida a juzgar por la sensación de humedad y tugurio que se apoderó de nosotros. El mensaje de Seven, además de volver sobre las perversiones imaginativas de los psicópatas de inteligencia prodigiosa, es desalentador. Estamos acostumbrados a que las grandes producciones de ambientes policiacos describan algún personaje en el que nos podamos sentir reflejados. Vamos en busca del malo muy malo al que se le ofrece alguna posibilidad de redención, y del héroe que, pese a naufragar en algunos vicios -pongamos la dependencia del alcohol o una tendencia a la soledad-, estaríamos encantados de invitar a nuestra mesa. En principio, Seven tiene su personaje ejemplar: un policía de color compañero de Brad Pitt, que declara no haber utilizado jamás un arma de fuego. Sin embargo, en una secuencia, una mujer que está experimentando su primer embarazo, le pide consejo. En buen policía hace una reflexión en tono paterno-filial en la que recuerda cómo frustró la única oportunidad que tuvo de ser padre. Tardó semanas, pero al fin convenció a su novia para que abortara. De esta forma, liberó a su hijo de todos los aspectos fétidos a los que tendría que enfrentarse en una sociedad enloquecida por el mal.
No puedo hacer una valoración técnica de la película, no sé de cine. Sólo podría enjuiciar su estética, la puesta en escena, que está conseguida a juzgar por la sensación de humedad y tugurio que se apoderó de nosotros. El mensaje de Seven, además de volver sobre las perversiones imaginativas de los psicópatas de inteligencia prodigiosa, es desalentador. Estamos acostumbrados a que las grandes producciones de ambientes policiacos describan algún personaje en el que nos podamos sentir reflejados. Vamos en busca del malo muy malo al que se le ofrece alguna posibilidad de redención, y del héroe que, pese a naufragar en algunos vicios -pongamos la dependencia del alcohol o una tendencia a la soledad-, estaríamos encantados de invitar a nuestra mesa. En principio, Seven tiene su personaje ejemplar: un policía de color compañero de Brad Pitt, que declara no haber utilizado jamás un arma de fuego. Sin embargo, en una secuencia, una mujer que está experimentando su primer embarazo, le pide consejo. En buen policía hace una reflexión en tono paterno-filial en la que recuerda cómo frustró la única oportunidad que tuvo de ser padre. Tardó semanas, pero al fin convenció a su novia para que abortara. De esta forma, liberó a su hijo de todos los aspectos fétidos a los que tendría que enfrentarse en una sociedad enloquecida por el mal.
3 ene 1996
miércoles, enero 03, 1996
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De mis viajes a Africa, lo mejor que me queda no son los recuerdos de los paisajes, y eso que contemplé el amanecer en la sabana, en la selva y en la costa, un juego de luces y transparencias de enorme belleza. Lo mejor de los viajes a Africa son los amigos. Todavía hoy, años después de dejar Kenia por última vez me carteo con varios de ellos, que me hablan de la situación política de su país y de mis compañeros de aventuras. A algunos, el destino les ha conducido lejos del Continente y viven en las islas del Indico, en los Estados Unidos, en Roma y hasta en la misma España. Hace unas noches que un africano del oeste de Kenia vino a cenar a casa. Hablamos de los viejos tiempos, con esa calma que caracteriza a las gentes de color: no hay prisa para comer ni para charlar en familia y entre amigos. Recordamos el bautizo de un joven kikuyu, que celebró su conversión con una fiesta a la que estuvieron invitados todos sus parientes, sus vecinos, las gentes de su pueblo de origen, las autoridades de su tribu, un sin fin de comensales que daban buena cuenta de la merienda que las hermanas del neófito cocinaban sin descanso. Recordamos las playas de Mombasa, las comidas de la costa..., hasta que mi amigo suspiró, porque regresa esta Navidad a Nairobi después de cuatro años sin gozar del calor selvático en estas fechas que, para los cristianos de los cuatro puntos cardinales representan un guiño a la inocencia, volver a la infancia y convertirse en adorador del misterio más colosal de la Historia.
8 nov 1995
miércoles, noviembre 08, 1995
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Desayuno con la radio. Primero las noticias y después una tertulia con invitados a los que, día a día, se les reconoce la voz. Como si la noche supusiera un paréntesis con el mundo, la radio me devuelve a este fragor de hombres capaces de todo. Parece increíble que, en las horas en que uno sólo está para sus sueños, la actividad del hormiguero común no disminuya. Un titular sorprendente sustituye a otro cada mañana, y se suceden nombres otrora relumbrantes que han de declarar sus presuntas culpas en las salas de la Audiencia Nacional. Se intuye por detrás una cortina de traiciones, de aduladores reconvertidos en testigos de fechorías, de zancadillas y puñaladas traperas. A veces me pregunto, mientras revuelvo el Colacao, qué les quedará a todos esos personajes que han forjado sus triunfos en la mentira. Da la impresión de que el honor se ha devaluado, que los principios por los que se ha de destacar un hombre de responsabilidad pública -un hombre de bien- se han destruido, y se cambia amistad por camaradería, fidelidad por oportunismo, amor por complacencia, alegría por cachondeo, generosidad por despilfarro...
En esta época donde la mentira parece sustituir a la verdad, época en la que los grandes personajes del país pasan las horas inquietos por si sus fieles desvelan sus irregularidades a la prensa, quisiera dedicar unas líneas a la amistad, porque estoy seguro de que la amistad existe y que está muy lejos de los chanchulleos que describen los periodistas.
En esta época donde la mentira parece sustituir a la verdad, época en la que los grandes personajes del país pasan las horas inquietos por si sus fieles desvelan sus irregularidades a la prensa, quisiera dedicar unas líneas a la amistad, porque estoy seguro de que la amistad existe y que está muy lejos de los chanchulleos que describen los periodistas.
27 sept 1995
miércoles, septiembre 27, 1995
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¿Hacia dónde va la juventud? Se trata de una pregunta cíclica que, generación tras generación, se hacen los que alcanzaron una edad desde la que contemplan las etapas de la vida con cierta perspectiva. Nunca me gustaron este tipo de cuestiones. Cuando se publican las famosas encuestas sociológicas de los jóvenes y su opinión sobre la familia, el sexo o la Iglesia, me cuesta comprender que somos un saco lleno de tantos por ciento. Los jóvenes no formamos una masa homogénea. Dudo que la juventud de los años 90 sea la de la ruta del bakalao, o la del sexo seguro. No somos acomodados, aunque estos abunden, ni vivimos al margen de los problemas que abaten a España. La juventud de 1995 no es de izquierdas ni de derechas. Tal vez, en lo único que empezamos a coincidir los jóvenes es en el sentido que cada día cobra la individualidad. Hoy por hoy, los movimientos de masa pueden archivarse en una biblioteca de viejo. A lo sumo, los Rolling consuman la hazaña de reventar un estadio de fútbol, pero sólo se tratan de una horas, y no hay sentimiento colectivo ya que, al final del guitarreo, cada cual a lo suyo. Parece que, tal y como están las cosas, bien nos vendría a los jóvenes una movilización social reclamando transparencia o seguridad en el trabajo. Pero no, la juventud se queda en casa, se marcha con amigos a descubrir el campo o vibra frente al televisor con las raquetas de nuestras tenistas.
17 jul 1995
lunes, julio 17, 1995
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En una sola maleta guardábamos la ropa de los cuatro hermanos. Era una maleta blanca, dura, que mi padre compró en Washington una vez que voló hasta allí cuando todavía se cruzaba el océano en barco.
La aparición de aquella maleta de asa nacarada señalaba el inicio de cada verano. Muy pronto, en unas horas, nos llevarían a la estación de tren, aquellos trenes con departamentos para seis personas que olían a carbonilla, como a piedra quemada.
Había soldados en el tren, chavales que viajaban de permiso hacia el norte y se dormían con el macuto preso entre las piernas en sillones con orejas, recubiertos con un forro blanco en el reposa cabezas. Había reproducciones baratas de grabados históricos y un coche restaurante al que se tardaba en llegar por los pasillos estrechos de los vagones, donde me entretenía más contemplando a los pasajeros adormilados que con el paisaje.
Bilbao era un nombre mágico, la ciudad a la que me llevaron unos días después de nacer, la ciudad de las vacaciones, un verano eterno. A la mujer que nos cuidaba no le gustaba Bilbao; ya en el tren comenzaba a augurar mal tiempo, un sol que no calienta, la contaminación de las fábricas y las tardes aburridas en el parque de Zugazarte. Eramos tan pequeños que en unos meses se nos había olvidado qué era Zugazarte y sólo reconocíamos que Sopelana era una playa porque el mayor de los hermanos se perdió una vez entre la gente y la arena, una de esas historietas que se recuerdan en la familia de cuando en cuando.
La aparición de aquella maleta de asa nacarada señalaba el inicio de cada verano. Muy pronto, en unas horas, nos llevarían a la estación de tren, aquellos trenes con departamentos para seis personas que olían a carbonilla, como a piedra quemada.
Había soldados en el tren, chavales que viajaban de permiso hacia el norte y se dormían con el macuto preso entre las piernas en sillones con orejas, recubiertos con un forro blanco en el reposa cabezas. Había reproducciones baratas de grabados históricos y un coche restaurante al que se tardaba en llegar por los pasillos estrechos de los vagones, donde me entretenía más contemplando a los pasajeros adormilados que con el paisaje.
Bilbao era un nombre mágico, la ciudad a la que me llevaron unos días después de nacer, la ciudad de las vacaciones, un verano eterno. A la mujer que nos cuidaba no le gustaba Bilbao; ya en el tren comenzaba a augurar mal tiempo, un sol que no calienta, la contaminación de las fábricas y las tardes aburridas en el parque de Zugazarte. Eramos tan pequeños que en unos meses se nos había olvidado qué era Zugazarte y sólo reconocíamos que Sopelana era una playa porque el mayor de los hermanos se perdió una vez entre la gente y la arena, una de esas historietas que se recuerdan en la familia de cuando en cuando.
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