Ardía Kuwait después de una lluvia de fuego verde. Aquellos golpes de luz que surcaban mi pantalla convexa (por aquel entonces los televisores aún no eran de litio) anunciaban un nuevo espectáculo en directo: la guerra. El enviado especial de la CNN, Peter Arnet, convirtió sus crónicas en una suerte de telenovela apocalíptica que los niños occidentales confundían con una noche de artificios: castillos de luces, cascadas estrelladas, petardazos que les hacían revivir esas madrugadas de verano en las que las pupilas infantiles titilan en mil colores antes de que arranque la charanga con el “Porompompero”. En occidente nos sentábamos frente a la tele con una bolsa de pipas (no se estilaba la palomita de microondas) para contemplar las piras de petróleo, el desembarco de los marines, el océano negro y aceitoso de los albatros..., con la seguridad de atender un partido ganado de antemano.
Aquella suerte de directos nos ha empujado a distintas emociones televisivas, hasta desembocar en el relaty-show, que es la sobreadicción a la rutina encarcelada en 365 líneas o en el fluido del litio, el voyerismo de mando a distancia. Un asquete, vamos.
Aquella suerte de directos nos ha empujado a distintas emociones televisivas, hasta desembocar en el relaty-show, que es la sobreadicción a la rutina encarcelada en 365 líneas o en el fluido del litio, el voyerismo de mando a distancia. Un asquete, vamos.
