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2 may 2008

Ardía Kuwait después de una lluvia de fuego verde. Aquellos golpes de luz que surcaban mi pantalla convexa (por aquel entonces los televisores aún no eran de litio) anunciaban un nuevo espectáculo en directo: la guerra. El enviado especial de la CNN, Peter Arnet, convirtió sus crónicas en una suerte de telenovela apocalíptica que los niños occidentales confundían con una noche de artificios: castillos de luces, cascadas estrelladas, petardazos que les hacían revivir esas madrugadas de verano en las que las pupilas infantiles titilan en mil colores antes de que arranque la charanga con el “Porompompero”. En occidente nos sentábamos frente a la tele con una bolsa de pipas (no se estilaba la palomita de microondas) para contemplar las piras de petróleo, el desembarco de los marines, el océano negro y aceitoso de los albatros..., con la seguridad de atender un partido ganado de antemano.

Aquella suerte de directos nos ha empujado a distintas emociones televisivas, hasta desembocar en el relaty-show, que es la sobreadicción a la rutina encarcelada en 365 líneas o en el fluido del litio, el voyerismo de mando a distancia. Un asquete, vamos.

4 abr 2008

Federico debería presentarse al próximo congreso del PP. A juzgar por sus monólogos mañaneros, guarda las claves para que el partido de la derecha se haga con el poder de una vez por todas. Claves que, por supuesto, don Mariano no termina de ver. Pero ahí está el turolense dispuesto a decirle por dónde le aprieta el zapato (a don Mariano, claro), para advertirle de los riesgos de abandonar a Zaplana a cambio de una mujer con tan poco recorrido como esa jovencita con nombre de princesa destronada. La verdad es que cuando Federico habla, tiemblan los cimientos del PP, cuyos votantes adjudican a Losantos buena parte de los últimos cuatro años de oposición pero no la derrota del 9-M. La gaviota había perdido la dirección de las corrientes marítimas después de los bombazos de Atocha y tuvo que venir Federico a imprimirle el rumbo... hacia el banquillo granate.

Muchos aseguran que Federico cansa, que sus diatribas aceleran el pulso antes de haber digerido el café, que después de la tertulia no nos deja fuelle para enfrentarnos a la nadería del ordenador, del jefe, del riesgo del despido. Pero él sigue con su audiencia, fijo en el ministro Bermejo y en Rubalcaba, fijo en Gabilondo aunque Iñaki ya no esté en la competencia de la SER. Ni siquiera la boda de los Príncipes de Asturias, que obligó a los dos presentadores a presenciar la ceremonia en el mismo banco de la catedral, obró el milagro.
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