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8 ago 2016

No es cuestión de cifras porque los hombres nos contamos de uno en uno: yo y mis circunstancias; tú y las tuyas; él y las suyas… sujetos de una historia, un presente y, ojalá, un futuro prometedor. No somos pollos que eclosionaron en una incubadora, sin madre ni padre, amarillos todos y más o menos el mismo gramaje. Somos hombres y precisamos pensarnos y nombrarnos con individualidad, seguros de que la vida nos estaba esperando, de que el mundo no giraría del mismo modo si no se nos hubiese ofrecido la oportunidad de tomar una primera bocanada de oxígeno.

Lo consideré mientras paseaba por una línea de playa que parecía no tener fin, las multitudes distribuidas frente al mar en feliz veraneo. ¿Cuánta gente por cada metro cuadrado de arena? Familias completas, desde la abuela al tierno nietecito, novios, grupos de jóvenes y paseantes de orilla como un servidor. Y entre tantísimos –prometo que la marea borró las huellas de mi andadura antes de que, de vuelta, arribara en mi toalla-, ni una sola persona con síndrome de Down.

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Alertado por esta ausencia, a la que me he habituado, desde mi excursión playera voy y vengo con la necesidad de encontrarlos. ¿Dónde están? ¿Qué ha sido de ellos? ¿Por qué no disfrutan del sol, de la arena, de las olas, del descanso familiar?

A nadie se le escapa que los rasgos físicos de estas personas son fácilmente reconocibles. Por otro lado, se trata de una irregularidad cromosómica a la que no se le puede dar el calificativo de extraña. No es cuestión de cifras, insisto, pero siempre han representado un tanto por ciento significativo entre los nacidos por año. Pequeño pero significativo. De hecho, hasta hace unos años muchas familias contaban con un hijo, hermano, tío, primo o sobrino con síndrome de Down, mejor o peor integrados, casi todos  amados sin límite.


Leemos con preocupación el tormento que sufren los albinos en el África negra, víctimas de una superstición intolerable. Abusan de ellos, los maltratan en pretendidos ritos mágicos e, incluso, los matan después de haber condenado a sus madres por ser portadoras de un “mal” visible para todos. En Occidente nos sucede algo parecido: la superstición del bienestar, que es la magia negra con la que afrontamos la deficiencia, la debilidad, la diferencia… nos aboca a acallar el derecho a vivir de los niños con síndrome de Down, nuestros albinos –con permiso de quienes padecen falta de pigmentación-, pero sin que su fatal destino despierte la indignación del mundo.

22 jul 2016

Toda ciudad tiene sus ratoneras, por más que uno pronuncie “París”, “Londres” o “Nueva York” y sus interlocutores pestañeen como Nenucos que han aspirado rapé. Las imágenes de postal nos empujan a identificar estas tres urbes con escenas cargadas de historia o de cinematografía (más peso tiene el cine que el conocimiento del pasado), de monumentalidad y ese lujo que promete el cosmopolitismo. No tenemos en cuenta que París es un cinturón de asfalto que contiene varios París diferentes, antagónicos, enfrentados. Cualquier gran ciudad es una muñeca rusa que se traga a sí misma en volúmenes cada vez más reducidos, hasta llegar a la mínima expresión de la Matrioska.

Madrid también tiene sus tipismos de puzle, aunque sean tan Villa y Corte las cavas Alta y Baja como la barriada burguesa de la Nacional I en las que antes vivía la Pantoja; las Barranquillas de la droga como el Velázquez de bronce que defiende el museo del Prado.

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Cada ciudadano tiene identificadas las ratoneras, esas cuadrículas del mapa urbano en las que prefiere no poner el pie. Los viajantes también, pero no los turistas, que consideran la sórdida Gran Vía como la expresión natural del corazón de este reino en el que todo el mundo se siente acogido sin necesidad de presentar credenciales.   

Mis ratones corretean por distintos lugares de Madrid, casillas en el tablero del juego de la Oca que te dejan dos turnos sin jugar o que te conducen, sin remedio, a la calavera de la que no hay retorno. Ningún agujero me resulta tan siniestro como Chamartín, la estación pretendidamente moderna de la que parten los trenes hacia los destinos del Norte, con sus escaleras mecánicas que no funcionan, sus pasquines de toples y masajes marcados por las suelas indiferentes de los pasajeros, sus hoteles de medio pelo en los que se alojan los vendedores de cepillos, algunos colegios en visita cultural y lagartas y lagartos que hacen de una habitación doble todo un lupanar.

Azca no le va a la zaga: pasillos subterráneos que huelen a pis, madrigueras para los “sin techo”,  atados de cartones, neones titilantes como los de la canción silenciosa de Simon & Garfunkel, cimientos de hormigón horadados en los años setenta y, tiempo ha, el beso envenenado de la heroína.
A la plaza de España llego con la última tirada del cubilete. Los ratones trepan el ladrillo para colarse por los huecos de ese edificio del que no se pueden contar las ventanas, un rascacielos con prestancia y tripas mudas frente al bullicio del tráfico, de los turistas que preguntan, de las luces de los teatros que se prenden al caer el sol. Me inquieta que alguien quiera abrir sus puertas para devolverlo a la vida.





23 jun 2016

La pederastia se ha convertido en un maldito tropezón de la actualidad. No hay semana en la que no caigan, como frutas podridas, varias noticias acerca de la detención de depredadores de niños en cualquier lugar del mapa, lo que celebramos la gente de bien, que en este mundo paranoico somos mayoría aunque no lo parezca. Lo celebramos con estupor, claro, porque encoge las entrañas que existan quienes se sirven de la confianza o la autoridad para abusar de un pequeño, para quebrar su integridad, dignidad y equilibrio para los restos. No hay perdón humano y dudo –duele pensarlo- de que haya perdón de Dios, porque ¿cómo se resarcen estos crímenes que convierten la vida de las víctimas en un pozo en el que las falsas culpabilidades se alzan como fantasmas de légamo?

Quisiera saber por qué no hay autoridad que investigue qué está pasando para que la pederastia sea alimento que se traba un rato en la garganta pero que, a fuerza de repetición, indiferencia y olvido, termina por pasar. ¿Qué fue de los detenidos de hace dos, seis, quince meses…? Me refiero a los mirones que traficaban y consumían pornografía infantil, una lazada cada dos por tres, gente de toda condición y pretendido respeto, su vecino, mi vecino. Entran en las columnas laterales del periódico al mismo tiempo que salen de la comisaría a la espera de juicio. ¿Cuál fue su execrable recorrido para que acabaran enfangados en el peor de los vicios? ¿De qué modo descabezaron su conciencia? ¿Qué pasos dieron para terminar cuajados de lepra?...

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Ojalá supiéramos, por voz repetida de algún psiquiatra, dónde está la causa de esta horrible multiplicación. Sé que hay perfiles patológicos, que en ningún caso excusan el delito, como sé que las patologías se alimentan del sustrato por donde se mueve el individuo. Y aunque tire piedras contra mi tejado, desde esta columna acuso por banalización a la mayoría de los medios digitales, que reclaman la atención de los lectores con flashes propios de una sex-shop.
Es el sexo convertido en espectáculo empalagoso, la población atrapada por el anzuelo de las gónadas que interesadamente se lanzan desde la prensa, la radio y la televisión. Sexo, sexo, sexo…, escondiendo el precio que se paga cuando el juego se transforma en obsesión, la obsesión en voracidad, la voracidad en crimen.
Puede que la pederastia, como tal, no tenga espacio en los entretenimientos que acabo de citar. Puede que los consumidores de pornografía adulta se indignen por mis palabras. Puede que la explosión de esta clase de barbarie no esté relacionada con la impudicia que todo lo tiñe. O puede que sí.
Que los que mandan den voz a los expertos.



26 may 2016

La primera vez que los vi fue al atardecer, en un rincón ignoto y selvático del Gujarat en el que habitan algunas familias de una tribu adivasi, que es como los hindúes denominan –no sin desprecio- a las poblaciones originarias que se quedaron fuera de ese extraño reparto de gracias y calamidades con el que está dotado el intrincado sistema de castas. Y reconozco que me asusté.

Tenían el tamaño de una gallina con el buche lleno, aunque carecían de plumas, y para medir sus alas membranosas, que sacudían el aire con cierta pereza, se queda corta una de esas cintas métricas de los chinos que tanto les divierten a mis hijos porque cuando sueltan el botón, la tira de metal se recoge a velocidad vertiginosa y con un chasquido contra la boca de la cajita de plástico.

Su vuelo bajo la luz anaranjada y débil del sol de julio, proyectó en la hierba sombras malvas, que cuando pasaron sobre mi cabeza hicieron que me agachara con una contorsión ridícula, pues esas especies de murciélagos gigantes no muestran interés alguno por los seres humanos. Me lo contó una misionera con cierta socarronería, médico de que aquellos dignos adivasis que ni siquiera alzaban la vista, acostumbrados a la vida del revés de los mamíferos repugnantes, que duermen de día y revolotean de noche en busca de frutas, creo, o vaya usted a saber qué porquería.

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A la mañana siguiente aumentó mi miedo, pues apenas abrí los ojos descubrí que dos de aquellos monstruos colgaban de la estructura que sostenía el techo de mi cabaña. Como es fácil de suponer, tenían los ojos cerrados y el cuerpo envuelto por sus dedos, que entre falange y falange sujetan una especie de tela de gabardina que, vista de cerca, tiene el color de la brea. No quería –pero no me quedó más remedio- volver a dormir bajo aquella pareja amenazante.

Después los he visto en África, no hace demasiados meses. Combaban los árboles a la vera de un colegio, en el que los niños jugaban indiferentes a sus vecinos vampíricos. Como los estorninos, aquellas representaciones del mal emprendían un vuelo a escape si de pronto la bocina de un camión ocultaba las risas. Entonces revoloteaban mudos, y con los perfiles agudos de sus alas oscurecían el campo arcilloso antes de volver a engancharse de las ramas por los pies.


Dicen que existe enemistad entre la mujer y la serpiente. Digo que existe enemistad entre el menda que garabatea estas líneas y esos espectros nocturnos que adivino infestados de miasmas.

28 abr 2016

La Madre Teresa de Calcuta será proclamada santa el próximo mes de septiembre, con todos los honores que siempre se resistió a recibir.  El reconocimiento tiene un valor espiritual, el de la certidumbre para las próximas generaciones acerca de la grandeza intercesora de una mujer a la que dieron ese mismo título (el de santa) en vida, a pesar de la oscuridad en la que creía vivir, sorpresa post mortem de quien todos pensábamos que estaba sumida en las complacencias del Cielo.

No fue así. Ella misma lo relató en la intimidad de sus diarios y cartas a lo largo de los años de la fundación de sus Misioneras de la Caridad. Después del chispazo para ponerse en marcha, Dios le apagó todas las luces. Sin haberlo ella calculado, fue la parte del trato que firmó con el Eterno: te haces pobre con los más pobres, para cargar el peso del pecado que les condena a esa pobreza. Fue tan denso el plomo de su “sí”, que la Madre Teresa creyó vivir una suerte de infierno, en el que no disfrutó de un solo consuelo, a pesar de los premios y las ovaciones del mundo.

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Ahora que leo sus apuntes íntimos, atisbo el relieve de su oscuridad. Los menesterosos arrastran por el basurero de los hombres lo peor de cada uno de nosotros: el olvido a toneladas, los vómitos de injusticia y desprecio, la impasibilidad ante el dolor ajeno. Sobre ese basurero fundó la monja de Calcuta sus hogares, sin fiestas benéficas de recaudación, sin oenegés, sin lotería ni rifas para los niños huérfanos. Aquel que no tenga el don de la fe puede no entender una de sus más preclaras anotaciones: el Padre abandonó a Jesús en el huerto de los Olivos, que fue el momento en el que Cristo decidió hacerse pecado. Cargó sobre sí todas nuestras culpas, y Dios, que no puede abrazar el mal, se vio obligado a dejarle solo. Fue esa soledad la que Jesús compartió con la diminuta albanesa, cirenea del siglo XX.

Leo que en México D.F. nadie reclama el cuerpo de una niña de dos años, que hace más de trece meses apareció sin vida dentro de una maleta, con signos de abusos y malnutrición. Ángela –el nombre se lo han puesto los forenses- es el rostro de ese pecado del que nadie quiere hacerse responsable. ¿Nadie?... Se responsabiliza Jesús. También Teresa, la santa. Ambos hacen propios los dolores sin cuento de la pequeña.


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