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8 may 2019

Las vi la tarde anterior, deslizándose como si fueran ángeles en un extraño cielo que se enturbiaba a medida que crecía la distancia, hasta fundirse en un azul verdoso y salado. En mi concentración ante un panorama que me resultaba milagroso, no reparé en el mar que había por encima y debajo de las tortugas, un mar de aguas calientes que las envolvía en un abrazo de yodo. Atónito ante las leves brazadas de sus aletas, dibujadas a cuarterones, me despedí de ellas cuando empezaron un descenso ingrávido, como espacial, a las profundidades del coral y los ahogados.

El sol entraba oblicuo en la superficie, para romperse en destellos áureos sobre los caparazones de las tortugas marinas, regalándome, además, la claridad de aquel paisaje que tenía sabor a mitos griegos, un universo amable y abisal a un mismo tiempo que, con aquella luz, alzaba el telón del más fastuoso de los teatros. Ellas eran las protagonistas, siglos nadados de una a otra isla, sin prisas, con temple en cada batida por la masa salada, serenas ante el polen de las medusas. En unos meses se incorporarán a las carreteras abiertas por las corrientes, autopistas invisibles que conocen bien porque les llevan con rumbo fijo hacia las playas en las que desovaron por primera vez, en un misterioso destino que se repite con el fin de que puedan cumplir el mandato de la Naturaleza de volcar, en la misma arena, la nidada de una generación tras otra de crías que, en su mayoría, serán alimento para las gaviotas y las serpientes, para los peces grandes y los delfines. Es el drama del ciclo de la vida, que nada tiene que ver con el paraíso de mazapán que dibujan los animalistas urbanos, que defienden derechos para los animales con más ahínco que para los millones de seres humanos esquinados por la miseria (¿encarcelamos a las serpientes, a las gaviotas, a los peces voraces y a los delfines por merendarse tan tiernas criaturas? La realidad no se parece a los dibujos animados).

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Salí del mar con una borrachera de emociones. Llevaba impreso en los ojos el azul y el naranja, el amarillo y el blanco, el negro y el nacarado, el violeta y el rojo, la plata y el dorado de cientos de especies de peces, de todas las formas y tamaños, que conviven pacíficamente en un jardín de coral y algas, formando rebaños de escamas que pastan sobre el fondo irregular, cuajado de escondites desde donde mirar sin ser visto. Sobrecogido, me fui a dormir con la imagen de las tortugas que no se deshacía en mi cabeza, con la aristocracia en aquel planeta sin sonidos en el se hacen verdad las veleidades de los artistas surrealistas, que deformaban las imágenes como en los sueños de Little Nemo en el país de Slumberland. Las tortugas marinas son más atractivas que las sirenas y las acuné en alguna de las fases REM, adivinando una sonrisa en el dibujo de su boca sin gestos. 

En cuanto desperté, la isla me trajo ecos de otros amaneceres en los que también he sido testigo de la fragilidad de los ecosistemas. Entré en el agua. Mientras avanzaba en mi nadar patoso, las gafas de buceo me permitieron saludar el tráfago de los peces tropicales, que parecían no haber detenido su actividad durante la noche. Me saludaron los bancos de alevines, llamas que me envolvían, veloces, antes de brincar afuera del agua en flechas voladoras. En las honduras se aburrían los erizos de púas largas como agujas de tejer. Pasó una morena, iracunda desde tan temprano, para alegrarme después el trote de una manada de caballitos de mar, enhiestos y marciales. Me cautivó un animal nunca visto, medio transparente medio arcoíris, y saludé a un pez loro que barbeaba el descenso de la escarpadura. 

Fue de pronto, cerca de donde las olas lamían la orilla, que advertí un resplandor. Lo confundí con la flor nacarada de una ostra gigante. Me sedujo y fui a contemplarlo. Al acercarme, comprendí que era el efecto del sol a través de las aguas sobre el caparazón abrigado de verdín de una tortuga solitaria, que sesteaba allí donde mejor se deshacía el frescor nocturno.

Comenzó a jugar conmigo: permitía que me aproximara hasta casi tocarla, antes de arrancarse en un buceo a mi ritmo, sin apenas hundirse para que yo pudiera seguir respirando a través de un ridículo tubo de plástico. En cuanto conseguía rozar con mis dedos el borde de su concha, se volvía y me observaba con sus ojos acristalados, que tomaban un brillo infantil en cuanto emergía para aspirar un soplo de aire. Después parecía marcharse hacia el fondo inaccesible, pero volvía como si se le hubiese quedado en el tintero una pregunta que hacerme. Reanudábamos el juego, pues condescendía a que nadase detrás de ella. Veinte minutos después se cansó de mi compañía y desapareció entre capas de acuarela.

No soy capaz de poner palabras a todo lo que pasó por mi cabeza mientras estuve a su lado. Diré que me sentí afortunado, muy afortunado, por estar vivo.

8 abr 2019


Mis hijos utilizan el término postureo para referirse a todo aquello que no es auténtico, a lo que está forzado con la intención de presumir de aquello que se carece. Por ejemplo, califican de postureo la obsesión de aquel o aquella que desea parecer una persona elegante y para ello recurre a los logotipos, a vestirse con ropa señalada por la marca (un cocodrilo bien grande, un jugador de polo, una banderita, una “g” y una “a”, el apellido de un modista…). El susodicho/a, más que elegante, va por el mundo como un hombre o una mujer anuncio. Y pagando. Y sin cobrar.

Pero el postureo, según ellos, lo inunda todo, desde el peinado con el que los chicos pretenden ser número de una misma tribu al modo con el que las chicas llevan los jerséis, extrañamente introducidos por la cintura del pantalón a la altura del ombligo. Me dicen que hay postureo en el hablar (la jerga va matando, por ósmosis, la riqueza de nuestra lengua con palabros absurdos y polisémicos, con coletillas carentes de significado), así como en elementos hoy fundamentales como el nombre y el serial del teléfono móvil, incluida su carcasa protectora. Hay postureo en las series que se ven (o que no se ven, pero que se cuentan que se ven), en el despilfarro consumista y hasta en el lugar de vacaciones, ese alquilar la casa de veraneo allí donde hay que estar porque no vamos a ser menos. En resumen, el postureo se ha convertido en un modo de supervivencia que une la apariencia y la vacuidad.

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La gastronomía es uno de los puntales de esta curiosa práctica (que, reconozcámoslo, ha existido siempre, pues llevamos la vanidad y la necesidad de aceptación en el ADN). Espumas, vapores, láminas, esferificaciones y un sinfín de cursiladas para describir los platos de la carta de un restaurante como excusa para cobrarlos a precio de oro, no dejan de ser parte del postureo de quien, con tal de poder presumir, es capaz de dejarse una fortuna a cambio de una experiencia de sabores.

Respetando aquello de que sobre gustos no hay nada escrito, soy un escéptico respecto a la cocina oriental, más en concreto de la japonesa. Aunque la sola definición de un pescado como «pez mantequilla» me produce escalofríos, el postureo que ronda los arroces blancos enrollados en un alga seca así como las diminutas porciones de pescado crudo hábilmente congelado y descongelado, aderezados con salsa de soja (industrial y salada como para beberse una piscina), con un toque de engrudo verde que pica y un jengibre para anular sabores que recuerda «en boca» (así dicen los finolis) a la textura y el sabor del jabón Lagarto, que prometo no haber comido pero del que tengo clavado el aroma… digo, el postureo ante semejante comida parece batir todas las marcas de la idiocia de un mundo volcado en adornar la carcasa de la vida.

Y es que acabo de ser víctima de semejante tomadura de pelo, en uno de esos restaurantes japoneses repletos de estrellas y tenedores que, por si fuera poco, presumen de fusionar la comida del país nipón con la dieta mediterránea, al que recomendaría que, junto con la servilleta y el trapito caliente perfumado con ambientador de W.C., facilitara a cada comensal una bolsita de papel como la de los aviones, por si acaso. Les cuento el menú diseñado por una camarera bajo la aquiescencia de la jefa de sala: empezamos con una sopa cuyo sabor reproducía —algo rebajado en potencia— el del contenido de los cuencos en los que después había que mojar el arroz (soja, en una palabra). Seguimos con unas zamburiñas —que hablaban gallego, idioma que no es propio del País del Sol Naciente— cuyo sabor a mar lo mataba un gazpacho con mostaza (al recordarlo se me achinan los ojos como los del Emperador). Continuamos con los filetes empanados de un pez retorcido y que enseñaba los dientes, cuya insipidez la disfrazaba la harina de la fritura, que venía también con el correspondiente cuenco de salsa de soja para teñir su costra. Hubo más: una sopa de pescado y soja. Y una tempura de verduras con salsa de soja (más harina, esta engordada, a la que Wikipedia describe como fritura rápida japonesa. Es decir, alta cocina), otra tempura, esta de langostinos (los crustáceos no se merecían semejante final), con salsa de soja y el plato estrella: huevos semicrudos de codorniz sobre un taco de arroz apelmazado, rematados con un puré de trufa. Fue el momento álgido de la cena, en el que comenzaron las arcadas. Pero nos esperaba el número final, el sushi de cangrejo (rebozado y frito, también) y de vieira, sembrados con láminas de chorizo, por eso de la dieta mediterránea. Ah, y la cuenta… que no me atrevo a describirla. Y el restaurante, a reventar: hay que reservar mesa con varios días de antelación. Ya ven: postureo, todo postureo.

1 mar 2019

Si anuncio que este artículo pretende hablar del uso del teléfono móvil, cabe la posibilidad de que me quede sin la mitad de mi habitual audiencia. Unos renunciarán a leerlo porque opinan que es asunto demasiado trillado y lo esperable es que yo caiga en lugares comunes tantas veces expuestos. Otros empezarán la lectura, pero quedará interrumpida en cuanto adviertan que les ha llegado un wasap, uno más entre los cientos que nos atenazan como una nube de mosquitos alrededor de la cabeza.

No pretendo sermonear a nadie. De hecho, yo también soy usuario de uno de estos aparatos capaces de albergar, dicen, mucha más información que la de aquel Apolo 11 que aterrizó en la Luna. Reconozco que también estoy encadenado a sus funciones, esclavizado a su constante reclamo de sonidos, luces y vibraciones, mérito de sus fabricantes y programadores, quienes han conseguido que giremos alrededor del móvil como el Vostok 1 —la cosa hoy va de cohetes—orbitó la Tierra.

Mis hijos se sorprenden cuando les hablamos de aquel teléfono de cable en espiral, lacado en crema —el de color rojo era todo un capricho—, con su rueda transparente y agujereada. Para explicarles su funcionamiento tenemos que valernos de mímica, pues no entienden en qué consistía descolgar el auricular, pulsar las pestañas cuando se quedaban enganchadas, buscar en la agenda el número deseado —había quien era capaz de llevar en la memoria, y no precisamente digital, toda una guía— y empezar a girar el marcador rotatorio hasta el tope de metal, con maestría para acertar con el índice el hueco del número correspondiente, soltar la rueda a tiempo, aguardar el sonido de los correspondientes pulsos y continuar la operación hasta el último dígito. A ellos les parece que se trataba de un esfuerzo ímprobo, aunque lo que más les desazona es conocer que los hogares dispusieran de un solo aparato —un terminal decimos ahora—, anclado en un lugar de paso, dos a lo sumo en las casas espaciosas, con una palanquita que distribuía la línea de uno a otro, cortando muchas veces las conversaciones. Y si no había palanquita, uno de los teléfonos servía, cuando el usuario lograba descolgarlo con sutilidad, para escuchar el diálogo que mantenía cualquiera de los familiares con vete a saber qué destinatario a través del otro.

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En la casa de mis abuelos todavía se usaba uno de aquellos teléfonos negros de baquelita, una pieza de museo cuyo auricular pesaba como una piedra, con su cableado forrado en tela. Había otro —creo recordar— que carecía de marcador. En su lugar había una pieza inmóvil con un botón en el centro. Una pena que mi acostumbramiento a verlo —la costumbre hace a las cosas y a las personas invisibles— me impidió preguntar por su uso.

Vuelvo al teléfono de mi casa, receptor de tantas confidencias. Su campana era más amable que las melodías de los móviles, aunque atenderlo requiriera, más de una vez, echarse a correr antes de que interrumpieran la comunicación. Mientras charlábamos, enredábamos los dedos con aquel cable en espiral en un juego inconsciente. A ser el cable de material flexible, nos permitía estirarlo en busca de un lugar discreto donde evitar la curiosidad de padres y hermanos. Había también una libreta y un bolígrafo para apuntar el nombre y los recados de aquellas personas que habían preguntado por algún familiar ausente. Antes de que llegaran los contestadores automáticos (primero de casete, después incorporados al servicio de la compañía telefónica) existía la obligación moral de dejar testimonio de las llamadas que no nos correspondían, bajo amenaza de castigo por incumplimiento.

Como pueden entender los lectores que hayan llegado hasta aquí, el teléfono móvil me ha servido como excusa para describir un tiempo y un mundo distinto, que sin duda supuso un paso adelante frente a las generaciones que nos precedieron, aquellas que estaban sujetas a una telefonista y su habilidad para insertar clavijas y ordenar conferencias. Eso sí, déjenme proclamar que la vida era posible sin wasap, aunque los más jóvenes no nos crean.

1 feb 2019

Una máquina para guisar a cocción lenta. Esta parece ser la última innovación que debemos tener en la cocina para epatar a nuestros invitados, en el caso de que nos haya dado por la alta gastronomía. Por lo visto las espumas, los vapores y los aires ya no se llevan, que con el comer pasa desde hace unos años como con el vestir, que las técnicas se identifican con determinadas temporadas y son causa de murmuración y sonrojo cuando el cocinitas se ha quedado atrapado en el tiempo. Así que, insisto, hay que guisar a baja temperatura, que no sé bien en qué consiste pero dicen los especialistas que se tarda un rato, vamos, unas cuantas horas y no precisamente de puchero, que eso sí que es un arte porque depende de la intuición de quien usa la espumadera para remover y retirar grasas, natas y telillas. 

He curioseado en algunas páginas de internet, en las que descubro que hay varios métodos de cocción a baja temperatura: en seco o levemente humedecido (como en la peluquería), al vapor o dentro de una bolsa (el pescado vestido de cadáver…), sumergido el alimento en algún líquido, al vacío (es decir, modo cohete espacial) o sin vacío (ya no se me ocurren más comparaciones chistosas).  Y respecto al tiempo, un solomillo en su punto puede requerir dieciséis horas. Qué mérito del cocinero, que en vez de dominar el chop-chop ha de realizar una carrera de física y química para que el pescado no se pase y la verdurita sea un complemento en su punto, sin durezas.

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A mí me van otro tipo de viandas, sin desmerecer a los sifones, termómetros y demás instrumental de diseño hospitalario. Prefiero la carrillera nadando en su salsa, con patatas panadera a poder ser y pan para mojar. Y el chipirón en su tinta, pero que el contenido en el plato sea más bien generoso y con añadidura del arroz con sofrito para colmar el hambre. Y la menestra de verdura a la vieja escuela, que es destreza de los viejos fogones. Y la cuchara, siempre la cuchara y la legumbre, en especial el garbanzo castellano, pequeño y con un toque dulzón, acompañado de relleno zamorano y más arroz, para que no queden huecos entre ombligo y espalda. 

Abajo con las diferentes texturas, las esferificaciones, las mantequillas aromatizadas, el vasito con alguna patraña antes de pasar a otro sabor, la menudencia cuajada de apellidos en un océano de cerámica, la gelatina a modo de suspiro, la viruta a modo de sorpresa, otro vasito con otra patraña antes de cambiar de sabor, el crujiente a modo de experiencia, la ambrosía a modo de sensación, la salpicadura a modo de decoración, la morcilla pintada de rosa palo con forma de riachuelo, la montaña de nabos salvajes en picadillo de ciruela sobre cama blanda de queso liofilizado en maridaje con una verbena de pensamientos (hablo de la flor) de la isla de Madagascar. 

De nueva cocina se ha escrito mucho. De sus raciones para hormiga, de su deconstrucción hasta hacer del «producto» (eso que todos llaman «producto» y antes era género) un cuadro abstracto, de la presentación (que va del platillo volante a la laja de antracita; de la cuchara de porcelana con forma chinesca—que no hay quien se la introduzca en la boca, provocando escenas humillantes en las que las huevas de pez payaso se vierten por la barbilla para acabar en el cuello de la camisa— al dedal), al precio —¡ay, el precio!—, que no sé si cuando el camarero regresa con el pago de la cuenta el dueño del restaurante de postín lo celebra con una carcajada, pero de esas que te retuerces y los ojos se te llenan de lágrimas. 

Los programas de televisión dedicados a la materia han popularizado unas maneras de cocinar que tiran por el sumidero la tradición de las abuelas y de las bisabuelas que al besugo lo llamaban besugo, y al pollo le sacaban provecho desde la piel a la carcasa, según atestiguaba el ejército de croquetas sin freír que aguardaba turno en ovalada formación.

Los gurúes del ramo advierten ahora que han regresado a las raíces, que eso de llamar filete ruso a un gurruño de papel emulsionado con pinceladas de escabeche de caballito de mar ya no se lleva. Que las cartas de sus restaurantes deben recuperar nombres tan nuestros como pisto, callos, albóndigas, cocido (de cada una de las regiones y con sus correspondientes sacramentos), potaje, sopas de ajo, caldereta, tortilla, etc. Pero me malicio —perdonen esta tendencia a dudar de todo y de todos— que ese tal pisto, que esos callos, que esas albóndigas prometidas, que ese cocido de los miércoles y ese potaje de cuaresma, que las sopas de ajo, la caldereta y las tortillas seguirán siendo una interpretación, un desatino, una minucia, un pellizco de sustancia y un sablazo de toda ley.



1 ene 2019

Atticus Finch es uno de los personajes más inspiradores de la literatura universal. Y no solo por la calidad de la única novela reconocida por la propia autora, Harper Lee, ni por la estupenda adaptación al cine, en la que Gregory Peck convierte al personaje de papel en un referente, contribuyendo a que una película en blanco y negro cumpla todos los requisitos para no envejecer. Atticus Finch es inspirador porque contiene todas las virtudes del padre soñado, a pesar de que a lo largo de las páginas de la novela no haga una sola mención a su mujer fallecida, lo que no es atribuible al abogado del pequeño pueblo de Alabama sino a los recuerdos de la protagonista, su hija, que no guarda memoria de su madre. 


Por tanto, Atticus es padre viudo entre los padres viudos. Me lo imagino deudor de su esposa: en el libro aparece muchas veces retirado en su despacho, sin compañía. Se me antoja que entonces se enfrentaba a su ausencia, a la dificultad de sobrellevar el peso de la familia sin la ayuda de las manos de una madre. Porque manos femeninas sí las tuvo, dos, las de Calpurnia, una cocinera de color en aquel Sur racista de campos de algodón y blancos puritanos, un Sur desconocedor de la riqueza que da la combinación de razas, de sangres, como demostraron los españoles que se asentaron en el vergel de América, hasta el punto de generar un nuevo tipo de hombre, mestizo, en el que se unen las culturas milenarias de ambos extremos del océano.


Pero no quiero distraerme con los odios motivados por el color de la piel, con el desprecio al afroamericano. Hablaba de Atticus, el gran Atticus Finch, espejo al que se han enfrentado y se enfrentan tantos hombres que comprenden la necesidad de prender en el mundo luces de justicia. ¿Que cómo es Atticus? Por lo pronto, un excelente profesional que basa su prestigio en la rectitud del ejercicio de la abogacía. Queda demostrado que no acepta componendas, justificaciones con las que desvirtuar su honradez. Poco le importa que su carrera tenga más o menos recorrido, pues su única ambición reside en defender a sus clientes, especialmente cuando estos tienen todos los elementos para que se les considere inocentes. 

Con Atticus Finch podemos llegar hasta el final de la Tierra: no conoce la doblez, no busca el éxito, comprende la debilidad del corazón humano y defiende aquello que considera justo sin emplear nunca la violencia, ni siquiera dialéctica. Por eso, si le invitaran a participar en cualquiera de los múltiples debates que siembran hoy las parrillas de la radio y la televisión, se sentiría como un pulpo en un garaje.

Atticus desprecia el pensamiento débil, lo políticamente correcto, la mentira aceptada por la mayoría, la demócrata falacia. Sabe que la verdad no es cuestión de mayorías, sabe que la justicia humana no tiene la última palabra, pero no le asusta la miseria intelectual de sus vecinos. El mundo es como es, piensa, el hombre es como es, razona, pero yo soy quien soy: un enamorado de la verdad. Su vivir está comprometido, pase lo que le pase, sufra lo que sufra. Esta autenticidad es la que se revela prodigiosa a ojos del lector desde hace casi sesenta años, quizá porque solo las personas como él son capaces de conciliar a la humanidad, sin que importe la humildad del rincón en el que viven, la aparente poquedad de su oficio, la falta de brillo de su fama frente a quienes aprovechan el grito, el aspaviento, el dinero, los medios de comunicación, la apariencia, el lenguaje, la ciencia e, incluso, las Leyes para imponer un tipo de vida devastador.

Para sus hijos —Jean Louise y Jem— Atticus es un héroe, que es lo que deberíamos ser todos los padres. Héroe sin pretenderlo, admirable a sus ojos de niños porque no le tiene miedo a la vida, porque no da nunca su brazo a torcer a la estulticia. Además, Atticus (al que nunca llaman padre ni papá) respeta su libertad, de tal modo que no sufren la sobreprotección abusiva. Es el modo de educar en la responsabilidad, de que asuman el bien y el mal de cada una de sus acciones, sin comprar su voluntad con caprichos, sin esconderlos entre algodones, sin impedirles reconocer la luz y la oscuridad en sus semejantes.

1 dic 2018

En la calidez de agosto llega el primero de los campanazos: ya podemos adquirir series y décimos para la Lotería de Navidad. Incluso los ofrecen en algunos de los chiringos que jalonan nuestras playas: junto a la barra, una larga tira troquelada e impresa a cuatricromía que ofrece, al lado de la numeración, la correspondiente reproducción de una obra de arte sacro, una rareza en estos tiempos donde las imágenes de la Virgen, San José, el Niño y el pesebre han sido proscritas por las administraciones públicas en el ejercicio de una democrática representación de este estado laicista en el que, mire usted qué curioso, el 70% de españoles son cristianos, declaradamente católicos según los servicios demoscópicos.

No tengo nada que decir respecto a la estrategia del departamento de Loterías y Apuestas del Estado, o de la rabiosa oportunidad con la que Hacienda mezcla décimos con una de calamares, una tapa de paella, otra de pijotas y unas cervecitas bien frías. Bikinis y bermudas no entran en conflicto con la gran bicoca del azar, que ojalá descargue su lluvia de premios entre quienes más necesiten un reintegro, una pedrea, un pellizquito y hasta un empacho de billetes de quinientos.

Supongo que el spot publicitario con el que cada año la Lotería trata de conmovernos, se rodará en esas calendas del estío, con jerséis sudorosos y nieve de polispán, al mismo tiempo que comienzan a elaborarse los turrones y mantecados, que cuajan el aire de Jijona y Estepa con el aroma del azúcar tostado.

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La Navidad se forma de unos días extraños que rompen la rutina. Por una parte, los recuerdos de la infancia, especialmente ligados a aquellos familiares que partieron a mejor vida, así como la ilusión de los pequeños que han venido a ocupar su hueco. Por otra, las comidas pantagruélicas. Además, los regalos. Y por encima la razón de todo esto: el cumplimiento de la asombrosa promesa de Dios, que nació de una mujer, como nacemos todos, para convertir la redención de nuestros pecados en nuestra salvación eterna. ¡Tela!... Ante semejante anuncio, se justifica tanta y tan generosa celebración. Es más, creo que nos quedamos cortos. Así que para compensar montamos un belén, adornamos un árbol, decoramos la casa con espumillón o con adornos más elegantes, le hacemos un hueco a la siempre sorprendente figurita de plastilina de nuestros hijos, acudimos a festivales de villancicos, enviamos felicitaciones por correo, por ordenador, por teléfono y sonreímos más y mejor.

El problema, si es que lo hubiera, es el adelanto de las intenciones. No de las religiosas, a las que solemos dedicar los días previos y los propios de las Fiestas. Me refiero a las comerciales, incapaces de respetar la cadencia de las ocasiones importantes. Recién termina ese festejo gringo de los muertos y los monstruos, almacenes y comercios, marcas de toda clase y condición, junto a las iluminaciones urbanas, abren la veda. Y como en sus señuelos no ha lugar a hitos como la Nochebuena, la Natividad, los Santos inocentes, la celebración del uno de enero con la fiesta mariana más antigua de la cristiandad, la Epifanía o el Bautismo de Cristo, claman por un vago y hueco concepto navideño que serpentea desde el primero de noviembre y que, al menos a mí, ni fu ni fa porque ni siquiera me roza las fibras de mis creencias, de mis sentimientos ni de mis celebraciones.




1 nov 2018

No pocos se frotan las manos ante el nuevo culebrón, que amenaza extenderse a lo largo de los meses y, por qué no, de los próximos años. El gancho lo tiene un famoso cantante, famoso por méritos propios, por su innegable talento, por los lustros que lleva como primera figura del espectáculo no solo en España sino en medio mundo, famoso por sus orígenes (hijo de un torero y de una actriz que lleva cosido el neorrealismo italiano a su carrera), famoso también por la ambigüedad con la que lleva jugando desde que se convirtió en fenómeno de masas. 

No es que a mí el culebrón, en sí, me interese. No me van los líos de alcoba, mucho menos cuando forman parte del estrambote. Además, la vida privada de cantantes, actores, toreros… —eso que el pueblo llama “faranduleo”— me levanta un sarpullido si me dejo prender por los gritos obscenos de los comentaristas que hacen de la televisión un estercolero de pasiones de amor y odio, dimes y diretes, persecuciones por parte de pobres cámaras a los que les obligan a espiar los pasos de personajes que, por lo general, no aportan nada constructivo a la convivencia pacífica de la gente buena, encerronas en directo, dinero fácil, exclusivas, insultos, bazofia, ordinariez, difamaciones, calumnias, mentiras y juguetes rotos por la presión de una gloria sin cimientos.

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Sin embargo, este culebrón tiene varias singularidades que me han hecho volver la cabeza: la ambigüedad que ya no es ambigüedad, dos amantes que han desenvainado las facas del rencor, dos vientres de alquiler y cuatro niños: dos, por lo visto, del famoso artista (que puso su material genético al servicio del cumplimiento de un capricho), dos del otro en discordia (que puso su material genético al servicio del cumplimiento de un capricho). Lo demás, los lectores lo conocen bien: la relación afectiva que mantuvieron en secreto durante casi treinta años, se ha roto. Y se ha roto ante el público, algo que debe ser humillante como pocas cosas, más en este caso en el que los hijos —los cuatro: dos de uno y dos del otro— han roto su hermandad para pasar a ser objeto de litigio.

Un niño es lo más delicado en el puntilloso equilibrio de la naturaleza. Un niño es promesa a la vez que inocencia transparente. Un niño es un vaso vacío que necesita ser llenado hasta los bordes por el agua del amor, de la educación, del criterio, de la responsabilidad… Un niño es un don, un regalo que nos otorga Dios (o la vida, sin más, para aquellos que no tengan fe) a cambio de graves obligaciones que no se quedan en el mero sustento y el abrigo. Por tanto, un niño —un hijo— no puede ser producto de un antojo, aunque este se haya alimentado durante mucho tiempo, porque es un bien en sí mismo, no un objeto con dueño, como una mascota. Y los padres somos los administradores de su vida durante un breve periodo de tiempo, que coincide con el más importante de su recorrido vital.

Como padre, como hijo que fui, como abuelo que espero ser… me duele contemplar el desvarío emocional de los países ricos, en los que la lógica exigida por la naturaleza, por la ética, por la moral y por el bien de los niños ha quedado sometida a las capacidades de una ciencia en progreso. Los adultos, si tienen dinero, se pueden permitir todo tipo de tropelías (fecundar en un laboratorio, elegir y descartar embriones, desentenderse de los que no se consideran suficientemente aptos y de aquellos que son producto del porsiacaso, incluso finalizar este proceso artificial antes de tiempo, con una tajante interrupción del embarazo si aparece algún peligro o el fruto de ese capricho no se adapta a los mínimos de calidad exigidos por los estándares de felicidad pagada a tocateja). 

La vida humana es un fruto extremadamente sensible, al que le sobra la violencia de tantas prácticas a las que las leyes dotan de licitud. Los protagonistas de este culebrón querían ser padre y padre, no dudo que con la mejor de sus intenciones, y para lograrlo recurrieron a dos vientres de alquiler (qué humillante suena el término). El resultado: cuatro pequeños sin derecho a disfrutar de una madre, repartidos como si fueran los despojos de la vivienda común, rotos sus lazos por una fría cuestión de pertenencia al progenitor A, al progenitor B. El espectáculo para las televisiones y las revistas está servido. Y las lágrimas de los cuatro inocentes, también.


1 oct 2018

Me encontraba en el colegio, con un pie en la mitad del recorrido de lo que antes llamábamos BUP, cuando el profesor de Lengua y Literatura nos mandó un comentario de texto acerca de un artículo de prensa firmado por el doctor Gregorio Marañón, al que ya ni se le conoce ni se le espera en ninguno de los programas escolares y universitarios. A los letrados de hoy, como mucho, su nombre le suena a estación de metro o a hospital madrileño. Venganzas del destino (finis gloriae mundi) y una lástima, constatación del desdén con el que los españoles valoramos nuestra historia y a sus personajes egregios.

Marañón, intelectual de primer orden (nacido para la ciencia y el arte, para la medicina y el pensamiento, para la política y la escritura, para la divulgación y el mecenazgo… ¿dónde quedan personas así?), primer espada como conferenciante, de cultura vastísima y disertador políglota, nos echaba en aquella pieza periodística un capote a los estudiantes que íbamos a llegar a la universidad años después de su muerte. Como sucedía por aquel entonces, como sucedió antes, como sucede ahora, como ha sucedido siempre, no es fácil que un muchacho, que una chica, den una respuesta convencida a uno de los primeros dilemas existenciales en la vida: llegar al mercado laboral a través de unos estudios superiores.

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Marañón sabía que se trata de una decisión demasiado importante como para tomarla al buen tuntún, empujado por el «te toca» que impone cumplir diecisiete o dieciocho años. Quien más, quien menos quedará señalado a partir de entonces por la naturaleza de dichos estudios. Quien más, quien menos deberá desenvolverse alrededor de los conocimientos que se supone recibirá en dicha licenciatura. En la época de don Gregorio, esta vinculación entre universidad y profesión apenas ofrecía dudas: uno era, en buena medida, aquello que estudiaba. Hoy disfrutamos de márgenes algo más distanciados entre sí, especialmente en algunos campos que son como el bolso de una mujer sofisticada, en el que cabe todo, lo que redunda en la posibilidad de trabajar en labores no vinculadas a la letra del título oficial.

La universidad fue una de las mejores iniciativas de la humanidad, pues con ella pudo dar pasos de gigante en todos los frentes, liberándose en buena medida del marchamo de la brutalidad y la ignorancia. De los estudios generales de los primeros siglos —desde el médico al filosófico, pasando por el jurídico y el artístico—, al abanico de concreciones que hoy se ofertan para cada una de las ramas del conocimiento, dejes de un milenio que pretende funcionar como una máquina, en el que la especialización (y, por desgracia, la ignorancia en todo lo demás) es clave para que nuestras sociedades acomodadas funcionen con la exactitud de un reloj.

Los antiguos universitarios nos preguntamos alguna vez qué carrera escogeríamos si la vida nos ofreciera una segunda oportunidad, especialmente aquellos que nos sentimos desconcertados al llegar a aquella difícil encrucijada de la que advertía Marañón. En mi caso, que soy un humilde diplomado en Derecho con unas cuantas asignaturas de Periodismo aprobadas en la cartera, ni las leyes ni la actualidad me atrajeron como para dedicarles las mejores horas de mi juventud. Fui víctima —lo escribo sin acritud— de un tiempo en el que la universidad era lugar de paso, requisito de la clase media para continuar siendo clase media. Estaba controlada por la política en sus facultades públicas, por la desidia de muchos profesores en sus facultades públicas y privadas. Íbamos a clase como quien va a por churros, estudiábamos sin apasionamiento y volcábamos en el examen, como papagayos, lo aprendido. No nos enseñaron a elaborar un pensamiento crítico, a debatir, a alimentar una mirada de múltiples direcciones. Al menos aproveché el tiempo para leer, actividad de la que saqué el mejor de los partidos.

Decía Marañón que todos los hombres servimos para casi todo, si es que ese todo lo deseamos con irrefrenable voluntad. La vocación, continuaba, es cuestión de fe y no de técnica. Es en lo único que disiento de su planteamiento sobre el acceso a los estudios superiores: la vocación es cuestión de don, de perseverancia en una habilidad recibida, de ilusión y emociones, también de fracasos, pero no de fe, pues si yo hubiese creído alguna vez que debía convertirme en médico, aún estaría escondido debajo de una camilla.









1 ago 2018

Recuerdo una canción de Mecano —formaba parte de el mejor de sus discos (“Entre el cielo y el suelo”)—, con un curioso título: “50 palabras, 60 palabras o 100”. Aquella propuesta me resultaba sugerente, pues no se trataba del rótulo propio de los temas de música ligera, en los que cabe toda la conjugación del verbo amar. Otra cosa es que los hermanos Cano tuviesen intención distinta a rellenar un estribillo con las sílabas justas para su correcta modulación. Porque la canción habla de la despedida de dos amantes: ella o él se larga; él o ella se queda desolado ante el comienzo de la separación, que implica repartirse los muebles y enseres de la casa común. Un drama de nuestro tiempo, tan extendido que forma parte del paisaje y en el que dichas palabras no encuentran acomodo. ¿O sí?...

Nunca he sabido el contenido de aquellas palabras que iban sumando más palabras. En todo caso, Mecano se quedó en cien palabras nada más. ¿Estaba allí la justificación de la canción? Porque es imposible sostener una relación con tan pocos vocablos. Y si, encima, el que se marcha se lleva la mitad de los términos (cincuenta palabras), el vacío cobra la reverberación del más triste de los ecos.

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Es sino de hoy el vocabulario menguante. Los diccionarios han pasado a la última de las estanterías. Si volviésemos a aquel juego de infancia en el que nos retábamos a explicar el significado de una palabra, tomada al azar entre tantísimas páginas del glosario de la RAE, veríamos que el marcador acababa igual que como empezó: a cero. Porque la mayoría de los términos ni siquiera nos suenan, no los identificamos como parte de nuestra lengua, que se deshace como la mantequilla al sol.

Según pedagogos y lingüistas, los niños de los años 40 y 50 manejaban una baraja de unas diez mil palabras, suficientes, por ejemplo, para declamar y entender buena parte de nuestra poesía, incluida la de los siglos pretéritos, en castellano viejo y cargada de ironía, doble sentido y moraleja. Los de los 60 y principios de los 70, bajaron el conocimiento a unas ocho mil. En todos los hogares había televisor, claro, dos canales con un número aceptable de programas de calidad cultural, también en el habla. El problema se acrecentó en la segunda mitad de los 70 y los 80, cuando los chavales nos quedamos en las cinco o las seis mil palabras. Pero incluso con ese número podíamos leer cualquier novela de calidad con el asesoramiento, a veces, de un diccionario, aunque lo normal era que el contexto salváramos la ignorancia del joven lector.

Todo de desplomó en los 90, la década de las Mamachicho, los primeros programas del corazón, la suma de impresentables, sin oficio ni beneficio, que se hicieron dueños del ocio de la mayoría de los españoles, que cambiaron las inquietudes intelectuales por el vómito de la caja tonta, que rompió todos los índices en cuanto a número de horas por compatriota frente a la tele. ¿Cuántas palabras usaban los jóvenes por aquel entonces? ¿Tres mil?... ¿Dos mil quinientas?... Quizá suficientes para entender las letras de Mecano.

Los expertos apuntan a que el uso del lenguaje está hoy más empobrecido que nunca. Mil palabras, mil —y muchos ni siquiera}–, para que los jóvenes logren expresarse. Y si de las mil consideramos que unas ochocientas están en una segunda o tercera fila (“esto”, “eso” sustituyen los sustantivos empleados por cualquier gachó), y que con muchas de ellas se forman muletillas de múltiples e imprecisos significados de las que abusan hasta la saciedad, entenderemos por qué los jóvenes apenas leen: no pueden; no saben. Y si apenas leen, podemos afirmar —con horror— que su pensamiento y su toma de decisiones están muy limitados, lo mismo que su construcción de ideas, allí donde la palabra exacta es imprescindible. Puede que esta última sea la más objetiva constatación de que las distopías de George Orwell se han puesto en pie. El pensamiento blando hace posible la dictadura del relativismo, aunque relativismo sea un término que casi nadie sepa qué significa.





1 jul 2018

Aquellos que viven cerca del mar y disfrutan de la playa durante todo el año, puede que no entiendan el ansia con que los mesetarios buscamos la costa durante las vacaciones estivales. Se puede descansar en un pueblo tierra adentro, podemos distraernos con la magnificencia de las montañas, tal vez nos esperen una y mil ciudades del interior con las que avivar nuestra pobre cultura… pero nada, absolutamente nada es comparable a lo que nos depara la playa, donde se juntan los elementos para que podamos recomponernos después de todo un curso.

Hay quien se pone muy exigente a la hora de elegir playa. Los hay que prefieren un agua fría, de esas que te cortan la respiración, y quienes escogen vivir la experiencia de sentirse un fideo en un caldo recalentado. A unos les gustan las olas, cuanto más amenazantes y espumosas mejor, y a otros una mar chicha, como un plato, en la que cada brazada rompe una mancha aceitosa de bronceador. Para muchos lo principal es la calidad de la arena: ni muy fina ni muy gorda. Incluso existen raros especímenes que se regodean entre piedras como si fueran faquires, y sobre esas incómodas lajas extienden la toalla y sujetan la sombrilla en un portentoso ejercicio de ingeniería civil. El servicio playero también cuenta a la hora de decidir el lugar del baño. No es lo mismo una cala con una lengua de tierra, que una línea de costa salpimentada de chiringuitos, como no es lo mismo pasar el día en una playa virgen que hacerlo en una de ciudad, con su paseo marítimo, sus hamacas, sus vendedores de pareos y gafas de sol, su pareja de municipales, su equipo de socorro con torreta, prismáticos y tío cachas en bermuda roja, sus redes de vóley, los pedalós, las sombrillas fijas de brezo y la zona acotada para aquellos que practican windsurf. Hay playas para nudistas (extraña especie capaz de mantener una conversación, tomarse el aperitivo, jugar a las palas y hacer castillos en pelotas, de arriba abajo, como si fueran dulces bebés), playas para todos los públicos tomadas también por los nudistas y playas en las que el nudismo es parcial (el verano incita a determinada gente a quitarse la ropa, sin considerar el gusto por la estética y los buenos modales del resto de veraneantes). También hay bañistas que sólo aguantan unas horas en la playa y otros que incluso duermen en los arenales. Los hay que odian los bocadillos con grumos de arena y otros que organizan —en un visto y no visto— un comedor portátil, con primero, segundo y postre, transistor de radio y hasta televisor. Se puede optar por los decibelios del público, que pueden ser moderados o insoportables (abuelos que gritan a sus nietos, nietos que gritan a sus abuelos, padres e hijos chillones…). Así como hay caletas en las que es posible poner una sandía o un melón a remojo, hundido en una bolsa amarrada a un palo (mejor que no haya un cambio significativo en el nivel de las mareas, pues el fruto desaparecería bajo las aguas), hay mares en los que siempre sopla un viento huracanado, donde melones y sandías podrían salir volando antes de que su dueño logre meterlos en la susodicha bolsa de plástico, para riesgo de los turistas. Por último, si unos buscan playas que tengan rocas para pescar cangrejos, mejillones y lapas, otros asientan la silla allí donde se pescan latas vacías de berberechos, una sandalia a medio devorar por los peces o una compresa, extraño elemento que es parte de los ecosistemas de nuestra costa.

En traje de baño no hay lugar para el disimulo: somos como somos, así que nos presentamos a los demás blanquísimos, tostados o ennegrecidos como el carbón; gordos, flacos o esmirriados; con pies feísimos, feos, pasables o bonitos (que suelen ser la excepción).  Por otro lado, es la playa también el lugar ideal para reírse por lo bajini de aquellos que han hecho de la apariencia su razón de vivir: el que pasea, vanidoso, sus horas de gimnasio; la que presume de un moreno más que artificial; aquel que se ha depilado hasta dejar su piel como la de una rana; esa cuyos muslos no son capaces de soportar otra liposucción o ese que el verano pasado brillaba por su calvicie y ahora nos sorprende con un ondulado flequillo.

Si hay algo que me enternece de las playas son los niños y los ancianos. Unos porque hacen del arenal el universo de sus juegos infinitos. Otros porque buscan en los baños una fuente de salud y porque aprovechan sus largos paseos para avivar la llama longeva de su amor.





1 jun 2018

Hay quien tiene ocurrencias maravillosas. Curioseando el perfil de Facebook de una de las seguidoras de mi página en esa red social, me encontré con una divertidísima publicación en la que hace saber que no soporta sentirse “oreja”. Me llamó tanto la atención el uso del término, el apelativo tan sugerente, que no pude dejar de leer lo que venía a continuación: «Das a una cena, te sientas en una mesa redonda con unas ocho o diez personas y empiezas animadamente a charlar con todos los comensales cuando… ¡ay!, por tu flanco izquierdo alguien está planificando un ataque y todavía no te has dado cuenta: Amigo, a tu vera se ha sentado un plasta».

Todos hemos sufrido situaciones parecidas a las que esta mujer narra con tanto gracejo. Un pelmazo es capaz de arruinarte la celebración de cualquier acto social si tienes la mala suerte de que se te pegue como una lapa, como una sanguijuela que no se detiene en su ansia de contártelo todo, de aspirar por su boca venenosa hasta la última viruta de tu paciencia.

Lo peor de lo peor es cuando no encuentras escapatoria, como narra nuestra amiga: en un sarao que promete diversión a raudales, tienes la mala pata de compartir mesa y mantel junto a un invitado al que no conoces o que, aun conociéndole, no te despierta empatía, pues sabes de su cansina y torturante verborrea. Una vez cruzas los saludos de rigor, contemplas con envidia a tu mujer, a la que le han ofrecido un sitio donde tiene asegurada una conversación amena, divertida, interesante pero a distancia suficiente como para que el plasta no te deje escucharla, como si las flores que decoran el centro de la mesa fuesen una pantalla de cristal blindado. Ya sabes lo que te aguarda: asentir con la boca sellada mientras el comensal o los comensales (a veces eres “doble oreja”; es decir, te toca un pelmazo distinto a cada lado) se explayan en un infinito monólogo, por lo general intrascendente y, por ende, aburrido.

Habla que te habla, sin dejarte intervenir e impidiendo enriquecer su soliloquio con lo que se debate al otro lado del tablero, llegas al postre, al café, a la copa y al puro con un hormigueo creciente en las piernas, abotargado, deseando que alguien ponga punto y final al festejo o anhelando un resquicio por el que huir, aunque la única salida sea pedirle un baile a una señora desconocida, fea y mayor (tu mujer, por supuesto, sigue lanzando carcajadas ante las felices ocurrencias de su entorno), a pesar del riesgo más que evidente de que, con tu conocida torpeza, puedes soltarle un pisotón.

Mi seguidora de Facebook se atreve a definir al pelmazo: «aquel o aquella que te larga una chapa interminable, sin ofrecerte un respiro, con la capacidad de alterarte aunque te hayas tomado previamente un Lexatín». Y continúa: «El pesado tiene poca, pero que muy poca gracia. Vamos, que no hay forma de lanzar una sonrisa ni aunque intentes forzarla. Te acorrala y se aprovecha al verte indefensa, atada a una silla, feliz al saber que le quedan unas cuantas horas para secarte las meninges».

El pelma te impide atender las historias de los demás, anécdotas de las que te llega algún eco acompañado de felices risotadas. «Y tú, pobrecito, como un perro que espera recibir un premio»: que otro comensal tenga la misericordia de interrumpir al cargante para hacerte alguna pregunta a la que te puedas agarrar como aquel a quien se lleva la corriente y toma la mano de su salvador. «Pero el plasta entonces utiliza otros recursos»: te da unos golpecitos con la mano, te mira directamente a los ojos, como si pretendiera hipnotizarte, eleva todavía más el tono de voz o lanza una carcajada estentórea que tapa el fuego amigo.

Mi madre, que era sabia, decía que hay dos tipos de personas: las que no precisan respirar mientras hablan, que emplean un terrorífico y constante «y va y me dice», «y voy y le digo», y aquellas que tienen la santificadora paciencia de soportarlas. Es un equilibrio muy complicado, pues trae el riesgo de despertar al misántropo que llevamos dentro. Algunos, inteligentes, se esconden en cuanto atisban entre los invitados al pelmazo, que se pone de puntillas y estira el cuello para escoger a un inocente al que convertir en “oreja” para el resto de la reunión.






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