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3 abr 2011

A los pueblos mediterráneos, el mes de abril nos despierta del letargo del invierno. Porque si bien podemos convivir con el frío, los abrigos y las bufandas, e incluso los hay que disfrutan de los deportes de invierno encaramados a los picos de las montañas, nada nos describe mejor que nuestra querencia natural a vivir en la calle.

Todavía es habitual encontrarse, en los pueblos y en las ciudades en las que se saborea la vida de barrio, una escena que parece sacada de almanaque viejo: muchas personas sacan una silla y la colocan junto al portal de su casa, para departir con los vecinos y entretenerse contemplando a los viandantes, que pocas cosas ofrecen tanto entretenimiento como leer la novela que cada paseante trae escrita en la mirada. Incluso hay quien saca al zaguán el transistor de radio o la jaula con el pajarito, que cabriola en su columpio mecido por la música de las conversaciones y los bocinazos, que aletea feliz con la algarabía de los niños que regresan del colegio.

6 mar 2011

A pesar de mis cuarenta años, cada vez que sufro unos días de tensión a causa del trabajo o de algún problema familiar, la naturaleza se venga con una curiosa somatización: a uno u otro lado de la nariz, sobre el carrillo, comienzo a sentir un molesto hormigueo que enseguida me tensa unos milímetros de piel hasta producir cierta quemazón que finaliza, dos o tres días después, con una erupción blanquecina que me retrotrae a los quince o dieciséis años, cuando la explosión cutánea no tenía su origen en la ansiedad sino en el crecimiento. Mejor dicho, en esa revolución corporal de la adolescencia en la que los huesos se estiran al galope, nos cambia la voz, empezamos a ensombrecer los belfos con un vello lacio, las cejas tienden a unirse, se expanden los pies como barcazas, también las manos y la cara parece poblarse con los restos de una paella.

6 feb 2011

En los años setenta del siglo pasado triunfaban en los quioscos las novelas gráficas, folletines realizados mediante sucesiones de fotografías en blanco y negro que iban narrando una historia -por lo general, de amor, lujo y desengaño- que devoraban las novias de los reclutas y que se ayudaban de bocadillos para introducir los diálogos de cada personaje. En el fondo, no dejaban de ser tebeos de baja estofa, que aprovechaban el lenguaje universalizado por los cómics como remedo a las telenovelas que aún no habían llegado a nuestras pantallas para acabar con el subgénero. Intuyo que, incluso, formaban colecciones de distintos personajes a los que sus autores iban enfrentando a unas y otras relaciones erótico-afectivas mediante las sugerencias de los propios lectores. Por entonces nadie imaginaba un invento transformador como internet y era habitual que el público propusiera a la editorial larguísimas prolongaciones del guión, ante el reclamo de premiar la mejor carta con una cena têt-à-têt con el galán o la heroína de la serie.

12 ene 2011

Los llaman call centers, lo que en cristiano debería traducirse como “granja de telefonistas”, ya que cada vez que me veo obligado a marcar algunas de sus infinitas combinaciones de números, por detrás de la persona que me atiende se escucha un guirigay que me hace interpretar sus oficinas como esas naves industriales en las que se crían pollos. Siento tan descarnada comparación, pero es la manera con la que les representa mi imaginación: pasillos y más pasillos de mesas corridas con cientos, miles de personas haciendo turnos durante las veinticuatro horas del día y de la noche frente a un ordenador en cuya pantalla aparecen las respuestas tipo A y tipo B, dependiendo de cuál sea la pregunta realizada por el cliente del otro lado de la línea. Sí, como pollos provistos de unos cascos (algunos les llaman “pinganillos”, lo que suena divertido) y un tubito que les va a los labios, por el que recetan las soluciones tipo C o tipo D, en el caso de que el cliente no se haya quedado satisfecho con la instrucción A y la instrucción B.

10 dic 2010

Pocas ocasiones ofrecen tantos lugares comunes como la Navidad. A veces me invade la sensación de que en el par de semanas que duran las fiestas, decidimos hacer una tregua para vestirnos de frases hechas y felicitaciones de catálogo, a veces con la misma desgana con la que los operarios municipales colocan, a principio de mes, las ristras de luces y las estrellas que llenan de colores las noches de nuestra ciudad. Por eso me tienta hacerme trasgresor, convertirme en una especie de guerrillero invernal dispuesto a hacer trizas las felicitaciones impresas en serie o aquellas en las que se adivina, a pesar del mal pulso de quien se ha visto obligado a escribir una miríada de tarjetones, un desapasionado “Te deseo unas muy felices fiestas”.

La Navidad no la justifica una bola de cristal de colores impresa en el margen inferior derecho de un canal de televisión, ni siquiera el timbrazo de los basureros –el pasado año, el primero aporreó mi puerta a finales de noviembre. Me malicio que se trataba de un buscavidas que, aprovechando que los sábados al mediodía el gremio descansa, se enfundaba un uniforme robado para “felicitar las pascuas y solicitarle un amable aguinaldo”- o el canto monocorde de los niños y niñas de San Ildefonso, con su consabida lluvia de millones en un juego en el que siempre gana el Estado.

5 nov 2010

Noviembre es el mes dedicado a los difuntos. Por influencias norteamericanas de raíces irlandesas, lo comenzamos con el inocente juego de Halloween, cada vez más incardinado entre las costumbres de nuestros hijos, que eligen para la ocasión disfraces de vampiros, de fantasmas, de zombis… De muertos, en suma, por más que sean muertos de risa. A la mañana siguiente, en las puertas de los cementerios se colocan los vendedores de crisantemos dispuestos a hacer su agosto otoñal, y en muchos camposantos se adecentan los panteones y se les da una lavada a los nichos al tiempo que se añora la ausencia de los familiares, de los amigos que crían malvas invisibles, e incluso elevamos una oración para que Dios tenga misericordia y les regale el deleite del Paraíso.

Salvo este paréntesis de noviembre, en nuestro vivir moderno la muerte apenas tiene cabida, tal vez porque vamos demasiado deprisa, centrados en el hoy y el ahora; tal vez porque consideramos una pérdida de tiempo dedicar un solo pensamiento a algo de lo que todo hombre sueña librarse; tal vez porque la muerte nos distrae de nuestro bienestar al recordarnos que el tiempo es finito, demasiado finito aunque se supere la barrera de los cien años, y no queremos que nos hormiguee la conciencia.

3 sept 2010

Internet es un gran mercado: todo está en venta, todo se puede comprar. Una prima de mi mujer comenzó a curiosear ante el ordenador. Que si unos platos, que si unas tazas de café… Le resultaba maravilloso sentarse y descubrir que se le abrían todas las posibilidades del mercado internacional. Así, comenzaron a llegar a su casa unas gafas de sol de los Estados Unidos, un transistor manufacturado en Taiwán, unos zapatos directos desde Italia, unos juguetes suecos… Pero su marido decidió romper aquella magia, que había calcinado la tarjeta de crédito, la tarde que sonó el timbre de la puerta y, al abrirla, se topó con un mensajero que traía una voluminosa caja de cartón a nombre de su esposa. En su interior descubrió que, empujada por la ansiedad de aquella tienda virtual sin límites, su media naranja había terminado por adquirir unos guantes de boxeo de toda ley. Y para que le sirviera de lección, arrumbó en el trastero la colección completa de inutilidades que, a lo largo de los meses, habían ido llegando hasta su casa desde todos los rincones del planeta. Con aquel muestrario, sin duda, podían haber inaugurado un comercio.

5 ago 2010

No deseo hacer filosofía de tres al cuarto, que es a lo máximo que puedo aspirar si me meto por los obtusos campos de la Ciencia de la Sabiduría, pero acabo de cumplir cuarenta años y no dejo de darle vueltas a esta contingencia inexplicable de la vida.

El tiempo es la más inquietante de nuestras realidades: vivimos un presente continuo que tiene fecha de caducidad, la del cumplimiento y consumación de lo previsto y lo imprevisto. A este deslizarse en la conjugación del presente continuo, un escritor podría dedicarle la totalidad de su obra, admirado de nuestra obcecación en descuidar el día a día a favor de un pasado que ya no existe y que, por tanto, no volverá; o de un futuro que, hasta para los metódicos y calculadores, es impredecible.

Todos los hombres y mujeres que admiro porque han supuesto un jalón para la Historia, vivieron desprendidos de las cadenas de los recuerdos y de la fábula de lo que aún no ha sucedido. Ciñeron su actividad -pública y privada- a lo que llegaba en cada momento, por más que no desdeñaran una lógica planificación de sus actividades, compromisos y del descanso. Al leerles, al escucharles y, en algunos casos, al tratarles, descubrí que su vida en presente les conducía a una paz estable con la que lograban zafarse de las angustias hacia lo desconocido (tan propias de las personalidades afectadas por la anticipación), plenos de una fortaleza que no lograban sacudir ni las malas ni las buenas noticias.

4 jun 2010

Selecciones Reader’s Digest es toda una fuente de inspiración para los escritores; doy fe. Hace dos números, nos sorprendió con un divertidísimo reportaje sobre camareros, esas figuras que a veces nos pasan desapercibidas, como si fuesen sombras, y que, sin embargo, son la clave para el éxito de una cena romántica, de un almuerzo de negocios, de un aperitivo en familia o entre amigos. No tengo empacho al asegurarles que me sentí identificado con todas sus desdichas, entre otras cosas porque durante mis años universitarios ejercí tan noble profesión para no andar siempre pidiendo “la paga” a mi madre.

Recuerdo con una mezcla de satisfacción y miedo la primera vez que me vestí una chaquetilla y unos guantes (porque mi lugar no estuvo detrás de la barra de un bar o entre las mesas de un chiringuito, sino en las filas de un catering de lujo). La oportunidad surgió de repente, mientras estudiaba el Código Civil, y apenas sí tuve la oportunidad de confesar a quien me contrataba que jamás había servido una mesa. Aquella empresaria me miró muy seriamente a los ojos y dictó: “Usa el sentido común”. Así que me dirigí, en mi vieja motocicleta, al lugar en donde habían encargado la cena, me cambié en el cuarto de baño de servio y me presenté, ufano y de punta en blanco, dispuesto a pasar las bandejas de ricas viandas. Para mi sorpresa, la señora de la casa me anunció que aquella noche venía a cenar el padre del Rey junto a una representación selecta del mundo de la banca y del periodismo. Me temblaron las piernas y de mi cabeza se borraron los consejos maternos, aquellos que me habían recordado por qué lado se abordaba al comensal y por qué lado se le retiraba el plato. Estaba solo, sin nadie a quien pedirle que me insuflara ánimos.
La interpretación de la Historia también necesita de la ayuda de la psicología. De hecho, me viene a la memoria uno de los best sellers de esta rama de las Ciencias, titulado “Tus zonas erróneas”. En sus páginas, el norteamericano Wayne W. Dyer va diseccionando aquellas conductas que nos hacen daño por partir de principios equivocados. Una de las más comunes es la de tomar la parte por el todo, es decir, la de reducir las inmensas capacidades de nuestra vida a causa de un juicio inexacto de la realidad, más bien parcial, por el que nos obligamos a contemplar nuestra situación con una suerte de gafas ralladas o en las que la mayor parte de las lentes que usamos están turbias. Este tipo de comportamiento suele ser propio de la gente pesimista, aquella que ve siempre el lado oscuro de cada día, lo negativo del prójimo, las limitaciones frente a las virtudes. Y, como decía, puede aplicarse también al análisis de la Historia. Es más, buena parte de los historiadores contemporáneos han caído en el vicio de “tomar la parte por el todo” a la hora de enfrentarse a pasajes claves de la humanidad. Tal es el caso del descubrimiento y conquista de América por parte de los españoles.

7 may 2010

No me cuesta imaginármelas llegando en transporte público al Ministerio, viajando desde la sede de Presidencia al aeropuerto con el bono del autobús en la mano, apagando las luces en cualquier Consejería autonómica, regulando la calefacción y el aire acondicionado y cambiando el agua a las flores para que la decoración sea algo más que el capricho de un día.

Por imaginármelas, las veo controlando el tiempo que sus subordinados dedican a los cafés y contrastando las facturas de los móviles que pagamos entre todos, estudiando las dietas una a una y tachando, de una larga lista, aquellas subvenciones que no tienen pies ni cabeza. Ellas reclamarían los impagos y pagarían al final de obra o servicio, pedirían el menú del día en las comidas oficiales, devolverían los regalos y colocarían bien la solapa de las chaquetas de sus ujieres.

2 abr 2010

Después del largo y duro invierno que acaba de dejarnos, deberíamos celebrar la llegada de la primavera y felicitarnos, unos a otros, como acostumbran en algunos países. De hecho, el 21 de marzo no ha sido un paso más, una fecha aleatoria, un capricho de quienes decidieron los hitos del calendario sino la confirmación de que la vida recupera el ciclo de la esperanza: los brotes se renuevan y otra vez reverdecen los paisajes aletargados por el frío, eclosionan los insectos y pueblan el aire de diminutos vuelos, dispuestos a libar la alegría multicolor de jardines y campos.

Las prisas son una de las desventajas del tiempo que nos ha tocado vivir. Los medios de comunicación nos golpean con sus portadas impactantes que, sin embargo, olvidamos al cabo de pocos días por mediación de otras noticias que nos sobrecogen a pesar de que no tienen destino de permanencia. A esta lluvia incesante de sucesos se suma la urgencia de la gran ciudad, el triunfo de la velocidad en nuestros viajes, el trabajo hecho para ayer, la fugacidad de nuestras relaciones de amistad, el desajuste entre nuestras larguísimas jornadas laborales con las necesidades de la familia. No nos debe extrañar, por tanto, que en muchas ocasiones ni siquiera nos percatemos de la mudanza de la atmósfera, del paso de los meses y hasta de las estaciones, como si fuese imposible que el año avanzara ajeno a nuestros quehaceres. Tenemos tantas cosas en las que poner la cabeza, que raras veces miramos al cielo para interpretar su alianza con el presente, es decir, su continua alteración, imprescindible para que la existencia de los seres vivos siga siendo un milagro sobre la vieja superficie de este planeta.

5 mar 2010

Algunas noches, cuando era un niño, perdía el sueño dándole vueltas a que mi padre había nacido durante la barbarie nazi. Cosas de niños. Y como mi padre era el mejor hombre sobre la tierra, me resultaba una contradicción histórica que hubiese compartido sus dulces balbuceos con las arengas de aquel asesino, responsable de la desolación de Europa.

Crecí y, aunque no me quitaba el sueño, le daba muchas vueltas a que mi madre hubiese compartido su juventud con los Beatles. Quiero decir, con la música de los Beatles en vivo y en directo. No es que mi madre acudiera a ninguno de los conciertos que los melenudos dieron en Madrid y Barcelona, sino que ella fue joven al mismo tiempo que aquel cuarteto de Liverpool cambiaba el horizonte de la música popular de una vez y para siempre. Y aunque mi madre prefirió la armonía de las guitarras que llegaban de Hispanoamérica, no deja de ser cierto que mientras ella tarareaba a Lola Beltrán, Lennon y McCartney regalaban a la posteridad un póquer de canciones inolvidables.

6 feb 2010

Los políticos se han puesto a prohibir a troche y moche. Juegan a padres putativos, responsabilidad que los ciudadanos no les hemos otorgado, empeñados en obligarnos a no fumar, a educar a nuestros hijos en un civilismo cuestionable y hasta impedirnos el libre disfrute de algunas de nuestras aficiones, a las que se atreven a calificar de “bárbaras”, sin considerar su objetivo valor ético o la forma y razón por las cuales las disfrutamos. Me refiero, claro está, a las corridas de toros, a la fiesta nacional, un espectáculo enraizado hasta el tuétano en nuestra cultura (en las artes plásticas, en el habla, en la literatura y la música) y que hemos transmitido a otros países que libremente se han sumado al juego entre la vida y la muerte que se marcan torero y toro.

Comprendo que los aficionados a la fiesta nacional lo tenemos difícil, y no sólo por el valor que nuestra sociedad otorga a los animales (aspecto loable, sin duda, por más que en ocasiones los defensores de la causa velen con más fruición el destino de un animal irracional que el de sus semejantes) sino porque algunos interpretan la liturgia taurina con referencias políticas, sin considerar que este espectáculo pervive más allá del tiempo.

9 ene 2010

Viven ajenos al mundo, embutidos en una banda sonora constante, insensibles al ruido de la gran ciudad, al del tráfico, a las conversaciones en el autobús y en el metro. Apenas se despiertan, atrapan el aparatito que dejaron cargando por la noche, se colocan los cascos, seleccionan la ristra de temas y le dan al “play” antes de tomarse el café o los cereales bajo los ritmos atronadores de cualquier melodía moderna.

Con música se visten y con música estiran las sábanas de la cama. Con música salen de casa, ajenos al saludo de la portera y al ladrido del perro faldero al que acaban de dar un pisotón. Con música se dirigen a la parada del transporte público sin dedicar ni un brevísimo “buenos días” a los pasajeros con los que todas las mañanas recorren parte de la urbe. Esa misma música les impide saludar al revisor, al conductor, al bedel del instituto, de la facultad o del trabajo. El sonido melodioso les ha abducido a una suerte de “El show de Truman” que en vez de cámaras tiene altavoces omnipresentes, un tema tras otro, sin solución de continuidad, una pesadilla orwelliana en la que los hombres entregan su capacidad de pensar, su raciocinio, a una espiral de canciones que, en muchas ocasiones, ni siquiera el sueño pone freno, ya que son muchos los que duermen con los auriculares puestos, confundiendo la etapa REM con una balada o con el aporreo frenético de una batería.

7 nov 2009

Llega el fin de semana en el que los niños se disfrazan de vampiros y las calabazas abren una sonrisa amenazante. <<¿Truco o trato?...>> Caramelos o venganza, un escarmiento de huevos estrellados en la pared, de pedradas en el cristal y jugarretas de peor gusto.

Al invento lo llaman Halloween y nuestros hijos lo conocen por el cine y por aquellas marcas comerciales que abrazan cualquier motivo con tal de vender sus productos a los compradores más compulsivos de la pirámide demográfica. Así, Halloween viene acompañada por una cascada de dulces, vestidos, disfraces, bebidas, cromos, artículos de broma, etc., habiéndose alcanzado el desafío de que cada noviembre venga marcado por tendencias propias: un horror a la moda, un terror de pasarela.

En Estados Unidos fueron los inmigrantes irlandeses quienes hicieron valer la noche de los muertos y las brujas. Aquí en España, mientras tanto, celebrábamos la irrupción de noviembre con un sentido homenaje a los difuntos, pero sin charangas. El primer día del mes lo dedicábamos a festejar a aquellos que ya han alcanzado la gloria, la unión con Dios, el cielo, y viven (en un vivir inaprensible) en la morada prometida por el propio Jesucristo a aquellos que decidieran creer en Él y en su mensaje de misericordia.

2 oct 2009

Dicen que es la enfermedad de la abundancia, aunque seguro que también podría diagnosticarse en los países pobres si el hambre no produjera allí casi todos los problemas. Y aunque aquellos a los que gusta catalogar las cosas aseguran que es uno de los males más extendidos del siglo XXI, no me cabe duda de que ha existido siempre, incluso antes de que algún doctor la incluyera en el vademécum de los dolores. Con la altanería que me otorga el presente, siento una especial piedad hacia todos nuestros antepasados que la sufrieron, porque a su malestar debieron sumar la incomprensión y hasta el rechazo de sus congéneres que veían en las tristezas prolongadas señal inequívoca de una caída en picado a los avernos de la locura.

La depresión es un dolor del alma, un apagamiento del espíritu, un veneno paralizante en la psique, una oscuridad subjetiva a la hora de contemplar el mundo, una incapacidad repentina para relacionarnos, un terror irracional hacia lo cotidiano y hacia lo extraordinario, una mojadura en la tintura de la muerte que, sin embargo, para los demás puede resultar una postura caprichosa y hasta una enfermedad injustificada, un empecinamiento en ver la botella medio vacía, como si no existiera ese humus grisáceo que nos encoge las neuronas y nos arruga el interés por vivir, que nos arrincona después de dominarnos con una fiereza constante y agotadora.

4 sept 2009

En casa nos recibe un olor a calor dormido, la penumbra de las persianas bajadas para que el sol de agosto no se comiera los muebles y el cúmulo de los últimos recibos: la luz, el agua, el gas…, que vienen a recordarnos el continuo caer de las monedas de nuestra cuenta corriente mientras disfrutábamos del descanso, a muchos kilómetros de la ciudad. Nos habíamos olvidado de quienes emiten esas facturas constantes y dolorosas, mas sus emisores no se habían olvidado de nosotros, como lo prueba el fajo de sobres americanos en los que se distingue con claridad nuestro nombre y la cifra total que han pasado por el banco. No cabe duda: hemos regresado.

Volver a la rutina después del tiempo estival me provoca un vacío en el estómago durante un par de semanas. Aunque lo intento, no me encuentro a gusto en los lugares propios de mi vida habitual, de mi trabajo. Añoro las vacaciones, el jaleo de los niños en su anarquía de agosto, la futilidad del reloj, el olvido del jefe -que parece haberse quedado a millones de kilómetros-, la luz del sesteo que acompaña las sobremesas, la compañía de la naturaleza ajena a estos humos y a estos ruidos, los paseos con el perro...

7 ago 2009

Cuando usted y yo éramos niños, nuestros mayores se quejaban de que no sabíamos divertirnos. Nos acusaban, con una sempiterna salmodia, de que para pasar la tarde necesitábamos una habitación rebosante de juguetes a pilas y repletos de botones y luces, de mecanismos y palancas que nosotros, niños al fin y al cabo, no lográbamos gobernar. Nos acusaban de dejarnos llevar por el hastío, que nos empujaba a destripar las tuercas y arandelas, los muelles y bombillitas. Entonces nos caía su retahíla del perfecto infante, del niño que creyeron ser, aquel que pone en pie los mundos literarios de Salgari y Verne, aquel que le saca magia a una chapa de gaseosa y a las tabas del cordero.

Cuando usted y yo éramos un poco más jóvenes y bostezábamos el duermevela de las tardes de los domingos, nuestros mayores se quejaban de que no sabíamos divertirnos. Nos acusaban de exprimir la noche para disfrutar la vida, como si fuésemos licántropos, vampiros que precisaban el néctar de un cubata para que el corazón se nos pusiera en movimiento. Entonces venían con su saco de recuerdos de aquellos bailes a media tarde, de sus compases agarrados, de sus equipos deportivos, del perfecto adolescente que combina con majestad el estudio y la facilidad para la conquista.

3 jul 2009

Menos mal que llegó el verano. Porque en verano solemos dar portazo a las preocupaciones, como los malos estudiantes, que esperan sesteando a las calabazas de septiembre. Nuestras calabazas están marcadas por la dichosa crisis. Pero es verano y debemos aparcarlas, atrincherarlas en el armario de las cosas pendientes, junto a los jerséis y las gabardinas salpicadas de alcanfor. Por fin estamos en época del asueto y tenemos que hacer lo posible para olvidarnos de los problemas, por más que sigan junto a nosotros. Así que disimulemos, como si no los conociéramos, como si no tuvieran que ver con nosotros, por más que no nos abandone la trémula sensación de que nos vigilan, de que la hipoteca, las letras y el final de nuestra prestación por desempleo se han colocado unos binoculares para seguir cada uno de nuestros pasos en pareo y chancletas. Sabemos que llegará septiembre y que entonces se lanzarán sobre nuestro pecho como si fueran mastines que han soportado el encierro de cuatro semanas. Nos pondrán sus patazas sucias encima y nos derribarán, pero el verano nos habrá disipado los miedos, habrá lanzado su sortilegio que nos da fuerza para enfrentarnos al otoño y a los primeros fríos, con la seguridad de que podremos sacar adelante este país que naufraga.
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