A los pueblos mediterráneos, el mes de abril nos despierta del letargo del invierno. Porque si bien podemos convivir con el frío, los abrigos y las bufandas, e incluso los hay que disfrutan de los deportes de invierno encaramados a los picos de las montañas, nada nos describe mejor que nuestra querencia natural a vivir en la calle.
Todavía es habitual encontrarse, en los pueblos y en las ciudades en las que se saborea la vida de barrio, una escena que parece sacada de almanaque viejo: muchas personas sacan una silla y la colocan junto al portal de su casa, para departir con los vecinos y entretenerse contemplando a los viandantes, que pocas cosas ofrecen tanto entretenimiento como leer la novela que cada paseante trae escrita en la mirada. Incluso hay quien saca al zaguán el transistor de radio o la jaula con el pajarito, que cabriola en su columpio mecido por la música de las conversaciones y los bocinazos, que aletea feliz con la algarabía de los niños que regresan del colegio.
