Mis hijos lo saben: papá no puede comer chocolate. Y no sólo chocolate, tampoco galletas, bizcocho ni dar un mordisco espontáneo al bocadillo que les prepara mamá, bien cargado de nocilla o embutidos que hasta ahora papá nunca había considerado como maravillosos ejes de la cultura culinaria del picoteo.
Papá se debe contentar con un desayuno liviano, manzana a las doce, verduras hervidas y filete a la plancha a la hora del almuerzo, zanahoria cruda a media tarde y frugal cena de caldito y tortilla. De cerveza y refrescos, nada. Es la sentencia, la condena a un triste régimen hasta que desaparezcan estos ocho kilos que he ido regalando a mi fisonomía desde el mismo instante en el que nos casamos. Y todo porque a papá ya no le atan los pantalones.
Papá se debe contentar con un desayuno liviano, manzana a las doce, verduras hervidas y filete a la plancha a la hora del almuerzo, zanahoria cruda a media tarde y frugal cena de caldito y tortilla. De cerveza y refrescos, nada. Es la sentencia, la condena a un triste régimen hasta que desaparezcan estos ocho kilos que he ido regalando a mi fisonomía desde el mismo instante en el que nos casamos. Y todo porque a papá ya no le atan los pantalones.
