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5 feb 2005

Mis hijos lo saben: papá no puede comer chocolate. Y no sólo chocolate, tampoco galletas, bizcocho ni dar un mordisco espontáneo al bocadillo que les prepara mamá, bien cargado de nocilla o embutidos que hasta ahora papá nunca había considerado como maravillosos ejes de la cultura culinaria del picoteo.

Papá se debe contentar con un desayuno liviano, manzana a las doce, verduras hervidas y filete a la plancha a la hora del almuerzo, zanahoria cruda a media tarde y frugal cena de caldito y tortilla. De cerveza y refrescos, nada. Es la sentencia, la condena a un triste régimen hasta que desaparezcan estos ocho kilos que he ido regalando a mi fisonomía desde el mismo instante en el que nos casamos. Y todo porque a papá ya no le atan los pantalones.

3 dic 2004

El hombre tiende a la idealización de todo lo que posee un componente afectivo. Los adolescentes mitifican la amistad, entregándose a la admiración de algunos muchachas y muchachos a quienes confieren todas las virtudes del líder y por quienes estarían dispuestos, durante esos años marcados por el extremismo, a tirarse dentro de un pozo. Años después, aún en la juventud, componemos novelitas rosas sobre el matrimonio. Suponemos que cada día será una película romántica en blanco y negro, con paseos de la mano y besos bajo los árboles. Es sino de los novios, por ejemplo, idealizar el día de la boda, que a causa de los nervios apenas disfrutan cuando llega. Y los jóvenes esposos tienden a fabular la paternidad deseada, llenándola de arrumacos imaginarios, de nanas y ropita mona, además de magnánimos planes profesionales para el niño en proyecto. Toda idealización sobre la paternidad se queda corta, pues ser padre cuenta con beneficios inefables que van más allá de la carantoña al bebé regordete. Como no hay entrega más desinteresada, los hijos nos ayudan a dar pasos de gigante en el universal proyecto de convertirnos en mejores personas. La paternidad nos enrecia a base de noches dormidas a medio pelo, a cientos de diversiones a las que ya no podemos acudir, a la rapidez con la que desaparece la nómina mensual, al equilibrio entre una vida profesional de una seriedad intachable y el redescubrimiento de que aún sabemos jugar con muñequitos..., ¡y hasta nos divierte! De madrugada, cuando me despierta de mis mejores sueños el grito de cualquiera de mis hijos –“¡Papá, quiero agua!”-, me viene a la cabeza, espesa por el sueño, la parábola evangélica en la que Jesús muestra que ningún padre negará a sus hijos un pez. Entonces, zigzagueando por el pasillo, de vuelta hacia mi dormitorio, concluyo que no es fácil vaciarse de uno mismo para entregarse a estos seres diminutos que han llenado nuestra casa de risas, juegos y lloros. El ideal se ha convertido en la más bella de las realidades.
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