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19 may 2019

Fue el niño quien pidió ver al abuelo. Quería despedirse de él. Lo sentía como un acto de justicia, aunque no fuera capaz de razonar sus impulsos por aquello de que el corazón tiene razones que la razón ignora. Sus padres no dudaron de que aquella petición era natural: los pequeños son sencillos e inocentes, con una capacidad no pretendida de dejarnos con la boca abierta. Por eso quería ver al abuelo antes de que lo enterrasen, pues sin preverlo había conseguido que aquel hombre, en el final de sus años, recuperara la sencillez y la inocencia, la sensatez y la sabiduría al prescindir de caretas, poses y heridas. 

Ante los ojos inquisitivos de su nieto, que eran preguntones e inteligentes, el abuelo se había desarmado. Sus hijos conocían bien los arrebatos de mal humor que le caracterizaban, sus gestos de ira, sus sollozos cuando perdía las fuerzas en el culmen de una dificultad y se dejaba tragar por la desesperanza, sus palabras de más, sus amenazas incluso, su discurso rallado de advertencias, con las que cantaba —en voz grave— los golpes de la vida, «de los que nadie se salva». Pero para su nieto era un tipo amable y divertido, gracioso incluso. Por eso, cuando acudía a visitarle le daba un beso sincero, el de quien se alegra al rencontrarse con alguien amado, y le miraba de tú a tú, sin juzgarlo, antes de lanzarle la lluvia de preguntas de quien tiene un corazón limpio y un cerebro esponjado. Después le pedía, sin más preámbulos, lo que en aquel momento pudiera apetecerle: que le diera una galleta, que le leyera un libro, que le enseñara alguno de los tesoros que escondía en su escritorio (una tarjeta de visita, un sello antiguo, unas gomas de colores, una estilográfica con la tinta reseca…), que le sentara en sus rodillas y le contara un cuento o que tomase la chaqueta para acompañarle al parque.

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Lo más sorprendente —para la abuela y sus hijos— era que el abuelo obedecía a las órdenes amables del nieto sin poner cortapisas. Nunca dijo «más tarde» o «hoy no puedo», mucho menos «quita, que tengo muchas cosas que hacer». Al contrario, su ánimo cambiaba con el timbrazo que anunciaba la visita infantil; dejaba a un lado el rictus de importancia, de cierta amargura, con el que le gustaba darse coba entre los suyos, porque aquel niño traía un aire que renovaba la atmósfera de la casa, una luz que caldeaba su corazón viejo.

El tacto de aquellas manitas, el calor de la piel tersa y el soplo de la vocecilla encantadora consiguieron que el abuelo desempolvara habilidades que llevaban siglos adormecidas. Para él hizo animales de papel, plegando con mimo hojas de colores. Le enseñó a lanzar el trompo y a proyectar la sombra de los dedos en la pared, para dar vida a seres fascinantes. Por él sacó lustre a las memorias de su propia infancia: ante sus ojos amargos floreció la presencia de su madre, a la que tanto echaba de menos, quizá la severidad de su padre, al que había acabado por parecerse, quizá el balanceo de un caballito de cartón y las peleas con sus hermanos.

No tuvo miedo el niño al entrar en la funeraria. No se asustó al pasar a la sala donde velaban el cadáver. Su abuelo estaba tendido en una caja, vestido con chaqueta y corbata y con un crucifijo en las manos cerúleas. El rostro se lo habían maquillado. De hecho, el chiquillo exclamó que parecía una estrella de cine. Fue entonces cuando algunos de los presentes jugaron a escandalizarse: «¿Qué hace un niño aquí?», porque es creencia actual que la muerte debe esconderse a los menores, a los que hay que engañar con patrañas acerca de abuelos convertidos en estrellas y abuelas que flotan como hadas en los bosques de un país irreal. 

«Qué suerte tienes, abuelo», habló con certeza. «Ya estás en el Cielo, donde puedes ser niño cada vez que quieras».

28 abr 2019

Cuando se publique este artículo, los atentados en Sri Lanka del Domingo de Resurrección serán un recuerdo desvaído. Es el sino de vivir bajo una catarata constante de noticias de toda índole, que nos lanza sobre los hombros lo grave y lo estúpido a un mismo tiempo, convirtiendo en olvido aquellos acontecimientos que son clave para entender el futuro. Y el futuro de Sri Lanka no puede ser otro que el florecimiento de la Iglesia Católica en la antigua Ceilán, que llegará —eso sí— al ritmo de Dios. ¿Es esto consuelo con olor a sacristía? No; es constatación evangélica según el capítulo décimo de San Mateo (versículos 16-42), que recoge con fidelidad palabras dictadas por el mismo Cristo acerca de la suerte que vivirán algunos de sus discípulos, aquellos enviados «como ovejas en medio de lobos». Los lobos son hoy los terroristas infiltrados entre los fieles que acuden a su parroquia para celebrar el más importante de los días del calendario litúrgico, actualizando el acontecimiento central de la fe: Jesús ha vencido a la muerte y resucitaremos con Él. 

A las víctimas del odio fanático musulmán, Jesús los llama «bienaventurados» (no olvidemos que Dios es un eterno presente, por lo que en la cabeza y en la intención de Jesucristo estaban incluidos los muertos y heridos por las bombas de Sri Lanka, con nombres y apellidos, con sus apodos familiares) por convertirse en «testimonio de la Verdad ante los hombres».

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En la comodidad con la que muchos cristianos vivimos nuestros compromisos de fe, parece no encajar el fuego que ardía en las entrañas de los primeros seguidores del Maestro. Ellos estaban convencidos de que las persecuciones y el martirio eran semilla para la propagación de la Iglesia en el mundo pagano. Lo nuestro es la misa del domingo, muchas veces a regañadientes, buscando el templo donde la ceremonia sea más breve, dispuestos a distraernos, ajenos a la liturgia y —¡tantas veces!— reservando para después del último “amén” una avalancha de críticas al sacerdote que la ha celebrado: que si ha dicho tal, que si ha hecho cual…

El último Concilio vino a recordar que los mártires no son héroes del pasado sino que vivifican a la Iglesia a lo largo de toda la Historia, hasta el final de los tiempos. Si nos detenemos a analizar el devenir de nuestra religión, avanzaremos año a año, siglo a siglo, a través del martirio de nuestros hermanos. Nos sobrecogerá el de los primeros cristianos, de alguna manera representados en la cruz que se alza sobre el Circo romano de la Ciudad Eterna, donde se celebra el Vía Crucis presidido por el Papa. Allí es fácil imaginarse el odio de la gleba y el olor de las fieras cuyas fauces tronzarían los huesos de aquellos que se negaron a reconocer la divinidad del Emperador. Pero no fueron los únicos: el santoral está repleto de historias pavorosas (desde la lapidación de Esteban y el asesinato de once de los Apóstoles a las crueldades de toda clase sobre hombres, mujeres y niños que recibieron la fortaleza del Espíritu para soportar las torturas con el donaire de quien perdona). Y en el siglo XX… ¡Ay el siglo XX!… A la cabeza colocamos a san Juan Pablo II y la reliquia de su sotana blanca empapada en sangre, y con él a los cristianos aplastados por dictaduras de todo pelaje. Y no solo católicos, pues el martirio nos hermana en el Cielo a los bautizados de otras iglesias.

La Iglesia considera el martirio «un supremo don y la prueba de mayor caridad», dado que «el discípulo llega a hacerse semejante al Maestro», Emperador entre la monarquía de los mártires. Los mártires de Sri Lanka (sacerdotes, diáconos, religiosas, catecúmenos, recién bautizados —quizá en la Vigilia de la noche anterior—, los niños que iban a recibir la primera comunión así como todos los laicos) ya han recibido la corona e interceden por la purificación de la Iglesia, vapuleada últimamente por tantas miserias. Y Cristo… ¿acaso no ha vuelto a ser martirizado en los sagrarios reventados con metralla?


15 mar 2019

Nada me produce mayor rechazo que un cristiano triste. No me refiero, claro está, a aquellas personas que están pasando un mal momento —incluso una mala época— por razones subjetivas (una depresión endógena, sin ir más lejos) u objetivas (la ausencia de un ser amado, el fracaso profesional, la errada trayectoria de un hijo, la asimilación de una enfermedad grave, un dolor corporal persistente, etc.). Hablo de los tristes cristianos, que diría aquel, que consideran que el suspiro lastimoso, la suma de penas, el desprecio a lo contingente y el gesto vencido son lo esperable en un bautizado, como si prefirieran la negrura tópica de la Cuaresma y el ayuno del Viernes Santo al gozo de la Resurrección. Quizá no sean conscientes de que, queriendo o sin querer, son la caricatura de la que hacen burla —tomando injustamente la parte por el todo— los ateos, aquellos que no solo no creen sino que no están dispuestos a creer, y que entre sus principales fobias destacan a la Iglesia (distintos son el agnóstico de buena fe y el indiferente a las cosas de Dios). 

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Un triste cristiano, un cristiano mustio, un cristiano obsesionado por lo malo, por lo pecaminoso, por la deuda, por el deber… suele fabricarse un enemigo colectivo de términos vagos: la gente, la sociedad, el mundo… para ocultar la cabeza bajo el ala, como si en esa postura gallinácea fuera a evitar el impacto de las balas. Todo, absolutamente todo —piensa y dice con convicción— está contra lo divino, que es lo mismo (o eso cree) que decir que está contra él. Un triste cristiano repasa con obsesión, una y otra vez, el listado de las cosas negativas, apretando el arco de las cejas para dar —y darse— lástima. El mundo está perdido, asegura, pues se ha rebelado contra el Cielo, por lo que solo cabe esperar el cumplimiento de los pasajes más terroríficos del Apocalipsis (el triste cristiano no sabe —o no quiere saber— que el libro de Juan que cierra el Nuevo Testamento es, sobre todo, un canto de esperanza). 

Le repugnan las leyes que despenalizan y permiten el aborto (¿a qué persona bien informada no le duele la universalidad de semejante crimen neonatal extendido por el mundo?), pero desde una perspectiva de capitulación, de «hemos perdido la guerra», sin aceptar el gozo por cada vida salvada, por cada niño que rompe un primer llanto. Muchos de ellos, además, se dejan el corazón enganchado en el gatillo de esa arma feroz, terrible, aliviándose para no tener que cambiar las coordenadas en un sí a la vida, que es un sí a la familia, a la seguridad del hogar, a la inocencia de los pequeños, a la búsqueda de modos atractivos de transmitir el valor del amor humano, que es incompatible con la división, la deslealtad, la infidelidad y… la infelicidad.

A propósito de los abusos sexuales que están saliendo a la luz, cometidos por algunos clérigos y religiosos —algunos miembros de la jerarquía católica— contra menores de edad o mayores sometidos por la fuerza de una autoridad utilizada con perversión, los tristes cristianos sienten un honroso dolor a causa de la gravedad de los delitos, el daño de las víctimas, el escándalo y las heridas con las que ha sido maltratada la Iglesia, pero se nublan en su tormento moral sin contar con la promesa fundacional de Cristo, cuando advierte a Pedro que la fuerza del Mal no se impondrá sobre ella, porque Él la sostiene. A cambio, como si les gustara la hiel, rebuscan por las redes cotilleos de catedral, murmuraciones de sacristía, dimes y diretes de sotanas, estolas y solideos.

A veces me falta la fe, de tal manera que también me convierto en un triste cristiano que prefiere la queja al abandono, el miedo a la confianza, la pesadumbre a la paz, el pesimismo al optimismo. Entonces busco entre mis libros los apuntes íntimos de los santos, su vivir apasionado. Los leo y los medito. Después ruego. Y respiro tranquilo, aunque a veces no sea capaz de dibujar una sonrisa completa.

22 feb 2019

Han sido siete larguísimos años. Incluso un poco más si sumo el tiempo que transcurrió entre el final de la promoción de mi anterior novela, El arca de la isla, la decisión en firme de abrazar el proyecto más arriesgado y complejo de mi carrera de escritor y su publicación. 

Todo comenzó de manera imprevista, como si no fuese yo quien hubiera escogido esta aventura sino al revés: fue el libro que estaba por escribir el que me esperaba. El proyecto despuntó en una comida, un almuerzo con un sacerdote encargado de la pastoral de un centro de formación profesional especializado en cocina y hostelería, con alumnos en su mayoría sin una buena formación académica, de pocas lecturas, hijos de inmigrantes o recién llegados del otro lado del océano, con los desiertos, selvas y montañas atrapados en el acento de su habla. 

Aquel cura me trazó el estado de la juventud en España. Primero me habló de lo doloroso: entornos hostiles a cuenta de las familias rotas; malos tratos en el hogar y en la intimidad de novios y novias; pocos incentivos para el estudio y el trabajo; falta de referentes culturales y artísticos; ausencia de belleza y armonía; abandono en las tiranías del pensamiento blando (asimilación sin crítica de las teorías de género, relativismo moral, absolutización de la práctica sexual, disociación afectiva, recurso al aborto…); atracción desmesurada por la tecnología y sustitución de Dios por las ofertas de una espiritualidad de mercado, vinculadas al new age

Después me habló de lo luminoso: «Los jóvenes, también aquellos que no están bautizados o participan del neopaganismo occidental, añoran un encuentro con Jesucristo, aunque ni siquiera sean conscientes de ello». Entonces me expuso que en el mercado literario faltaba una novela que hablase de J.C., Dios hecho hombre, Alfa y Omega de la Historia, Principio y Fin por quien todo fue hecho y que es Rey, como respondió a Pilato cuando este quiso saber —porque algo en el porte de aquel hombre maltratado se lo decía— si era verdad su realeza. «Ensayos teológicos hay muchos, pero para un público entendido. Sin embargo, novela…».

Regresé a mi casa con el hormigueo ante los sucesos que parecen refundar nuestra vida. Una novela sobre Jesucristo destinada a lectores que no sepan nada de Él, o que lo que conozcan sean apenas unos apuntes, unos tópicos incluso. Una novela sobre el único ser humano que ha vencido a la muerte y que, por tanto, vive en cuerpo y alma, en humanidad y divinidad, eternamente. Una novela con la que —y eso sí que se queda muy por encima de mis limitadísimas posibilidades— su protagonista pudiera hablar al corazón del lector que lo ignora todo o casi todo acerca de la única persona capaz de dar sentido a las alegrías y sinsabores, ya que nos proyecta a una dimensión —la de correr su misma suerte: vivir para siempre— en la que todo cobra un sentido de justicia que dará respuesta al hambre y al miedo, al dolor y a la ruina, a la enfermedad y al fracaso, al grito enmudecido de todos los inocentes, que serán recibidos y tratados como primeros frente a los causantes de todos sus males y humillaciones.  

En estos siete años han pasado muchas cosas. Entre ellas la sucesión de distintas Jornadas Mundiales de la Juventud: cientos de miles de jóvenes —muchos de ellos hijos del neopaganismo—, millones si nos ponemos a sumarlos, partieron en busca de ese encuentro personal con J.C. porque es cierta el hambre de Dios. Y entre tanto, los meses de estudio, la búsqueda del modo con que encarar semejante novela, el empezar, volver a empezar y empezar de nuevo, y más estudio, y redactar, y superar el miedo, y caer en la decepción de que sobre Jesús ya está todo dicho y descubrir, poco después, que Él nos habla a cada uno, por lo que quienquiera que se le acerque con rectitud de corazón encuentra respuestas nuevas y asombrosas.

J.C. El sueño de Dios ya está en las librerías de España. Y yo me siento, como pocas veces, feliz y pequeño, muy pequeño.

27 ene 2019

Que me perdonen si algún lector se ofende, que me comprendan si me juzga de fisgón y morboso porque, sí, lo confieso (sin echarme de rodillas ni asumir en ello otro pecadillo —y de naturaleza débil— que el gusto por saber): en cuanto cae un periódico en mis manos busco con glotonería los obituarios, ya saben, esas páginas destinadas a los panegíricos de aquellas personalidades que, de pronto, dan el tripe salto mortal hacia la existencia eterna. 

El obituario de Juan Pablo II vivió en las redacciones de todo el mundo durante casi la totalidad de su larguísimo papado. No es que los periodistas lo quisieran muerto, sino que Dios lo quiso vivo y reinante después del atentado terrorista en San Pedro, de la septicemia en el Gemelli, de la nueva intentona de magnicidio en Fátima, de la operación de colon, de la del fémur y de aquella prolongada vejez en la que fue dejando a jirones el regalo de su santidad sin importarle su doloroso declive físico. Me temo que fueron muchos, muchísimos, los pegalíneas a quienes fue encomendada tan importante pieza periodística que fallecieron, pobrecitos, a lo largo de las distintas fases del papado sin ver cumplido el honor de vestir a cuatro columnas la semblanza de un hombre definitivo que seguía a lo suyo: gobernando la Iglesia. 


Otros hombres y mujeres también pasaron su largo estío con la necrológica en la nevera de los medios de comunicación. Sería divertido enfrentarles, antes de que les llegue el día y la hora, a esos folios mecanografiados, a ese archivo que está guardado en la carpeta de decesos honrosos, para ver si se reconocen en la alabanza, incluso en los peros metidos con calzador. Aquí en España somos muy dados a darle fiesta al muerto, especialmente si ha sido un individuo popular: lo colocan de cuerpo presente en el salón de plenos del ayuntamiento, en una sala de cine paradigmática, en un teatro y —en estos momentos en los que la cocina está tan de moda— hasta en la sopa; después se desdicen de los descalificativos que le persiguieron en vida, si fue bueno o malo (en lo moral), si contribuyó a construir o destruyó todo lo que tuvo a su alcance... y se le jalea, y se le llora, y se le grita, y hay gente, eso que algunos llaman pueblo, que —¡cuánto me asombra!— se echa a los hombros la penitencia de pasarse las horas en la larga cola del pésame, aunque ni conozcan a los deudos ni hubiesen tratado con el fiambre, que pudo haberles sido indiferente hasta el día anterior, incluso vertedero por el que echaron toda clase de sapos y culebras.

Busco los obituarios con curiosidad, por ver si algún muerto egregio logra sorprenderme («¡Viejo!…, cuánto sin saber de ti»). Suspendo la mirada sobre la fotografía que acompaña la noticia de crespón negro, en la que el protagonista suele aparecer en la flor de su fama, en la cumbre de su prestigio. Me cuestiono entonces si en la carrera loca de sus éxitos y fracasos tuvo presente que el día iba a llegar, es decir, que avanzaba hacia el final de la función del libreto de la vida, que siempre consideramos escrito para los demás y en ocasiones —solo en ocasiones— nos atrevemos a ensayar sobre las tablas.

Al leer la cascada de logros, hitos, servicios, reconocimientos, medallas y encomiendas se me dibuja una sonrisa nostálgica, pues el finis gloriae mundi las convierte en metales huecos, calderilla, materia de olvido. De hecho, quién se acuerda de aquel que… y de aquella que… La memoria apenas resiste unos meses, unos años quizás, la mitad de una generación. Pero bajo los escombros puede latir una brasa, el ascua del amor, la joya de la fe y de la esperanza que abre, para siempre, el portón de la caridad.

25 nov 2018

Qué gastado está el discurso que nos advierte de la compleja polisemia del verbo «amar», del sustantivo «amor» y sus extensiones. Utilizamos tantas veces estas palabras, las escuchamos con tanta frecuencia (hay quienes las incluyen al saludar, aunque apenas conozcan al otro: «¿Qué tal, amor?», «¿Cómo estás, cariño?») que nos pasan como medusas transparentes por el agitado océano de todos los días. De amor es de lo que hablan la mayoría de las canciones, aunque en muchos casos no se trate —en el argumento que da cuerpo a la melodía— de una voluntad cierta de entrega sin condiciones sino de una macedonia de sentimientos de ida y vuelva, de vuelta y revuelta, de revuelta y sanseacabó. 

Muchos cristianos aceptamos que Dios es Amor, pero sin entenderlo. Aceptamos la idea de que Dios sea una especie de hippie de largas barbas blancas y camisa de flores, que nos anima a pasear por el mundo con una bandera que representa una suerte de flower power celeste, entre aromas de incienso y ecos de coral parroquial. Pero, ¿qué doctrina acompaña a esa concepción de Dios?... Después de un incómodo silencio, encogemos los hombros sin ofrecer respuesta. 

Incluso para los sabios, el Amor de Dios no es fácil de explicar. Ni de entender. Va unido a sus atributos, especialmente a su infinita Misericordia, por la que perdona y olvida, aunque sin renunciar a su Justicia, con la que sentenciará el destino eterno y maravilloso de los santos. Pero no quiero dejarme llevar por esta deriva, que no soy teólogo sino un simple observador que apenas llega a darse cuenta de las manifestaciones de ese Amor divino que se reflejan en tanta gente buena, en tanto «santo de la puerta de al lado», como con genialidad ha definido el papa Francisco a los cristianos que, incluso sin saberlo, prenden de luces a la rutina.

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El amor logra en el hijo una natural reproducción respecto a los modos de su padre. «¡Cómo se le parece!», exclamamos ante el niño que replica los ademanes de su progenitor. No es tanto la semejanza física, que también, como un instante en el que el gesto, la mirada, un leve visaje recuperan el de aquel que lo engendró o el de aquella que lo concibió. Y como en Dios no caben los rasgos físicos —sí en Cristo, aunque en la narración de los Evangelios podemos interpretar que, tras la Resurrección, su cuerpo glorioso no ha quedado sujeto a un molde concreto—, las acciones, los guiños de los «santos de la puerta de al lado» son un hacer, un obrar interior y exterior en el que se percibe el vértigo de lo infinito.

¿Quién que se haya parado a contemplar el trayecto de su vida, liberado por unos momentos del hoy y del ahora, dejando de lado la ansiedad que nos distrae de lo único importante, no se ha removido al considerar los jalones de Amor que, a través de la presencia de determinadas personas, le han mostrado el rostro de Dios? Es la colección que cada uno de nosotros tiene de sus «santos de la puerta de al lado». Una abuela, un profesor, un amigo, un confesor al que acudimos en cierto momento, alguien que nos regaló una sonrisa, una lágrima, una mirada, unas palabras que nos sobrecogieron por traernos el fuego de un destino prodigioso, un conocido del que supimos un comportamiento heroico y aquel o aquella que con tierna constancia nos enseñó a rezar.

Las noticias que trae la prensa nos cuentan que el mundo no tiene remedio porque el hombre solo sabe hacer el mal. Muerte, crimen, odio, celos, deshonra, deshonor… son los distintos géneros de una realidad desalentadora. Pero el Amor nos eleva para que contemplemos la verdad de las cosas: en los entornos de la muerte, del crimen, del odio, de los celos, de la deshonra, del deshonor… están los «santos de la puerta de al lado», indispensables para que sigamos reconociendo los atributos de nuestro Padre Dios.

11 nov 2018

Asia Bibi es una mártir sin muerte, quizá la primera mártir pakistaní conocida. Allí nació, allí se casó, allí vivió una existencia discreta, pobre, olvidada del mundo, hasta que la llevaron maniatada a una prisión, supongo que después de haber probado los sinsabores de un calabozo gobernado por policías que no le ofrecieron miramientos. La encerraron bajo el presunto delito de blasfemia, presunción que en Pakistán significa, sí o sí, que el delito se ha cometido.

Asia Bibi lleva arrestada casi diez años. Si damos por cierto que en Pakistán no se reconocen los derechos fundamentales, ¿se respetarán tras los muros de sus cárceles?... Han sido casi diez años confinada, apartada de su esposo y de sus cinco hijos por un delito que no es delito, por más que se recoja entre los preceptos de una legislación enloquecida por el extremismo (iba a añadir «religioso», pero nada tienen que ver los horrores vividos por Asia con la relación del ser humano con Dios). Unas vecinas la acusaron de blasfemia contra Alá y su profeta, después de un rifirrafe junto a un pozo. El juez ordenó la detención de Asia, su enclaustración en una celda y su posterior sentencia a muerte, avalada por un tribunal sometido al radicalismo. De nada sirvieron las peticiones de la Iglesia, la intercesión de dos Papas y de algunas autoridades civiles internacionales… Se ratificó aquella injusticia, aunque el cumplimiento de la sentencia fue demorándose, supongo que por razones de política exterior. Asia Bibi, después de tanto tiempo, de tantas oraciones por parte de sus hermanos repartidos por el mundo (qué es el cristianismo sino una hermandad universal), de tanto miedo… ha podido escuchar al fin la conmutación de su pena.

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Bibi volverá a casa, aunque no sabemos en qué condiciones. Un decenio en uno de esos presidios debe dejar marcas terribles que no tienen marcha atrás. ¿Qué palabras crueles habrá escuchado? ¿Qué bazofia le habrán obligado a comer? ¿Cuántos golpes habrá recibido? ¿Y el frío? ¿Y el calor? ¿Y el empeño en instruirla en el Corán y la sharia? ¿Y las enfermedades?... ¿Acaso en Pakistán se preocupan por la salud de sus cautivos? Y sobre su cabeza, la espada del paredón, de la horca, del garrote vil, de cualquiera que sea el modo de acabar con la vida de un condenado. Y en el corazón su familia: despreciada a causa de la fe de Asia, perseguida a causa de la fe de Asia, señalada a causa de la fe de Asia y de su resolución a no abjurar de su bautismo. Qué difícil ser cristiano en una sociedad en la que impera el islamismo —que no el islam, aclaro—, donde a los cristianos se les califica de infieles, escoria, hijos del diablo. Qué difícil también para el marido y los cinco hijos de la presa. Qué difícil cuando su nombre y su situación ha pasado de cancillería en cancillería, de Papa en Papa, de asociación humanitaria a asociación humanitaria.

El tribunal acaba de conmutarle la pena, dejándola libre de cargos. El juez acaba de firmar el acta de su liberación… Gracias al Cielo, tras dos lustros de sufrimiento, Asia sigue viva. Pero aun con vida se ha convertido en mártir en un Estado que no va a dejar de vigilar cada uno de sus pasos, que la acosará para que permanezca callada, que no le permitirá que se sienta protegida ni que reciba la admiración y el cariño del mundo, mucho menos disfrutar de la paz. Es lo que le ha sucedido a su esposo en estos larguísimos años, señalado por vecinos, quizás también por familiares, vigilado constantemente, espiado, fotografiado, tratado con el protocolo que solo merecen los terroristas. Y sus hijos, lo mismo, sobre todo desde que dejaron de ser niños, porque Asia Bibi va a encontrarse con que aquellos pequeños a los que dejó a la fuerza son ya hombres y mujeres, allí, en Pakistán, donde la infancia dura tan poco.

Juan Pablo II definió el siglo XX como la centuria de los mártires, pues nunca habían muerto a causa de su fe tantos fieles. En el siglo XXI las cosas no han cambiado; solo se han trasladado a regiones del mundo de las que apenas sabíamos nada. Son los mártires del patio trasero, del fondo de la casa, del desván… que con su sangre siguen sosteniendo esta Iglesia golpeada por todos sus costados.


28 oct 2018

Todos tenemos mil razones para hacer de nuestro gesto una triste panoplia. Llevamos capas y más capas de amargura ganada al pulso de una vida a la que tildamos de «valle de lágrimas», con el sabor medieval de la repetida antífona. Enfermedades, ausencia de seres queridos, traiciones, sueños truncados, decepciones, medianías, ruinas, desprecios, olvidos… Quien no tenga una baraja de motivos para ser infeliz que levante la mano. Mucha gente narra su vida exclusivamente de ese modo: saltando de dolor en dolor, de afrenta en afrenta, de muerte en muerte, como si la vida fuera un castigo cuajado de injusticias. Al mirar a su alrededor valoran lo perdido y no lo ganado (se niegan o no saben mitigar la añoranza por quienes fallecieron con el regocijo que traen los recién llegados), lo corrupto y no lo que renace (los ojos se les clavan en el monte calcinado y no en los renuevos que vuelven a reverdecer las laderas), revolviéndose a cada cambio que pueda poner en peligro el orden dictado por sus recuerdos. La vida, para ellos, detuvo su andar en un momento señalado, generalmente, por un infortunio que decreta el compás atormentado del tiempo.

Como el ser humano es, por definición, un luchador contra los avatares, hay muchos más hombres y mujeres que cargan en sus hombros el saco de los reveses después de haberlo cerrado con un nudo doble y bien prieto. El contenido del saco les pertenece. Es parte indispensable de la experiencia que acumulan y les ayuda a continuar hacia delante, con las heridas sanadas con el arrepentimiento y el perdón. Aunque vayan descompensados por el peso, rompen a caminar aceptando que sus faltas y limitaciones son parte también de su maravillosa individualidad. Por eso, cuando alguien les detiene para interesarse por el balance de sus años, se reconocen satisfechos, felices incluso, sin que ninguna sombra caiga en su mirada.

Llevamos penas, penas dañinas, de esas que atraviesan, que hielan, que rompen en añicos la fortaleza del más pintado. Nadie se libra. La tristeza es un cheque en blanco que nos entregaron al nacer, con espacio suficiente para una hilera llamativa de cifras. Pero la vida transcurre en torno a las dualidades: con el cheque del padecimiento también recibimos el de la alegría, que lleva el mismo hueco para escribir otra cadena de números. Nada es blanco ni negro, al menos en su totalidad: son los matices los que dan la verdadera dimensión a las cosas. Quien desde la viudedad se duele del hueco dejado por la persona amada (con todo su derecho, porque el corazón no entiende de razones), también puede agradecer el tiempo compartido.

La dualidad nos facilita el disfrute del amor y de la familia, los buenos ratos con los amigos, el enriquecimiento personal que traen el trabajo y las aficiones, la contemplación de la naturaleza, la predilección por el prójimo vulnerable y el descubrimiento y el trato confiado con Dios. Nada de lo enumerado, sin embargo, tiene fuerza para arrancar los clavos que nos atraviesan, que a su vez son necesarios para sostenernos firmes. Esos clavos arañan nuestro amor y pinchan muchos momentos familiares; hieren la amistad, relativizan los beneficios del trabajo y limitan nuestras habilidades; no nos ponen fácil escapar de las garras de la ciudad para salir y gozar del campo, nos hacen pasar de perfil ante las necesidades de los demás y nos provoca cierta apatía ante lo trascendente. 

Santa Teresa de Calcuta, a la que voy y vengo desde hace tantos años, navegó por los infiernos del mundo. Sus ojos vieron y sus manos tocaron argumentos para renegar de la vida. Lo peor de la condición humana —que no está encarnado en sus necesitados sino en gente como tú y como yo, indolente a lo que ocurre más allá de nuestra fácil comodidad— pasó por sus labios en largas horas de oración ante Jesús agonizante. Ella sabía que a los sufrimientos con los que llegamos a la vida, los pobres tienen que sumar otro tanto: abusos, maltratos, hambre, frío y olvido. Cuando le preguntaban por una solución en la que todos pudiéramos contribuir, firmaba una sola receta: la sonrisa. Esa es la medicina contra el dolor, la espada con la que vencer al mal, el contraveneno, el reverso, el imán de la alegría.



2 sept 2018

Un cura es un varón que ha recibido lo que antiguamente se llamaban las “Sagradas Órdenes”. Un cura es un sacerdote, en el sentido de persona elegida por Dios para la renovación de cada uno de los siete sacramentos instituidos por Jesucristo. Un cura es alguien preparado para la prédica de la Buena Nueva. Es más, un cura es la persona escogida y dignificada con la gracia especial de su diaconado y su presbiterado para transmitir las verdades de fe, para hacer llegar al pueblo a él encomendado la misericordia divina presente en cada una de las escenas de los evangelios, para custodiar a sus fieles desde el Bautismo a las exequias fúnebres. Un cura es un consejero, un especialista en la dirección de las almas en el propósito de su salvación. Un cura es un misionero, bien en tierras lejanas a las que todavía no ha llegado la cruz o continúa sin arraigar la dulzura de Cristo, bien en el entorno que le vio nacer, necesitado también del cumplimiento de la vocación misionera que cada cristiano recibe con las aguas bautismales. Un cura puede ser motor para la puesta en marcha de numerosas iniciativas apostólicas (que no meramente sociales), como universidades y escuelas, hospitales y dispensarios, comedores públicos y pequeños negocios para las familias pobres, proyectos dirigidos siempre al reconocimiento de la dignidad de los hombres, sean cristianos o no. Un cura es formador de catequistas entre los seglares, para la difusión del Evangelio que compete a todo católico. Un cura es correa de transmisión de la jerarquía de la Iglesia entre los fieles, muy especialmente del Magisterio del Papa y de su obispo. Un cura es ascua al rojo vivo, un tronco que prende, una llama que aviva el ardor del amor de Dios y del servicio al prójimo. Un cura es fuente de inspiración en la vivencia de las virtudes teologales, cardinales y morales, que sostienen el vivir de un buen cristiano. Un cura es un hombre que apenas tiene tiempo para sí, que vive para Otro y para los otros las veinticuatro horas del día. Un cura es un maestro de oración, pues se alimenta de su vida interior, soporte de la eficacia de toda su actividad. Un cura es mediador entre las diferencias humanas, apaciguador de las pasiones que nos enfrentan a unos con otros. Un cura es una persona equilibrada en sus afectos, que renueva constantemente su compromiso de castidad, apoyado en la suma libertad de su prudencia. Un cura es una boca callada para todo aquello que no le compete, que guarda para sí, con celo, sus preferencias políticas y sus opiniones en todo aquello que es discutible. Un cura es un hombre que no impone la fe sino que la propone desde la alegría, la sencillez y el empeño en parecerse cada día más a Jesús. Un cura es paciente a la llegada de los frutos, convencido de que su única obligación es sembrar, no cosechar. Un cura tiene su negociado en el confesonario, desde donde imparte la justicia de un Dios que solo sabe perdonar. Y no lo hace en nombre propio sino en el de la misma divinidad, de la que se reviste cuando con su brazo hace la señal de la cruz y recita la fórmula del perdón. Un cura es un hombre que vive con el corazón en la Eucaristía y que, por honrar al más grande de los sacramentos, se esmera en el cuidado de la liturgia, en la preparación de sus homilías, en el mantenimiento del templo, en la limpieza de los lienzos que visten el altar, del cáliz y de la custodia. Un cura es un varón de corazón limpio, que despierta cordialidad en niños, jóvenes, adultos y ancianos, que le ven como un padre manso que vela por todos. Un cura no esconde su condición, no disimula, no se diluye en la masa por el miedo de representar a Cristo, no espera parabienes ni premios. Le basta servir a Aquel que le llamó y a su madre, la Virgen.


Quizás el lector piense que tan larga explicación es innecesaria, porque el sustantivo “cura” da por sentado todo lo escrito. Sin embargo, urge recordarlo, pues la confusión generada por los abusos de aquellos sacerdotes miserables que traicionaron la confianza del Cielo, que son piedra de escándalo y dolor, de delito y daño, hijos del diablo, lobos vestidos de oveja, parece hacer sospechosos a todos. Y no hay nada más lejos de la verdad.

29 ago 2018

A causa de la anestesia con motivo del empaste de dos muelas, llevo una semana con la lengua dormida. Según el dentista, es un proceso reversible que mejorará en un mes o mes y medio. Hasta entonces, he decidido no hablar en demasía: no es que module mal las palabras, que no se me entienda; no. Charlar me produce un hormigueo incómodo dentro de la boca, así que prefiero permanecer en silencio, atendiendo lo que dicen los demás.

Estar callado tiene sus ventajas. La principal, que uno deja de ser esclavo de sus palabras. Porque el hablar compromete. Hasta estos días de obligado mutismo, no acababa de entender el pasaje del Evangelio de Mateo, en el que Jesús recomienda a sus discípulos aquello de «que vuestro modo de hablar sea “sí, sí”; “no, no”», como parte de un largo discurso donde les explica la plenitud de la Ley. Sin que en mi dentista y su anestesia haya existido un propósito catequético, he visto la luz.

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Hablar por hablar llena nuestros días de arrepentimiento: donde dijimos “sí” quisiéramos haber dicho “no” y viceversa. Pero no es sólo cuestión de hablar sino de la velocidad a la que vivimos, que nos impide considerar adecuadamente nuestras respuestas, precipitándonos a muchas que quisiéramos no haber dicho. Es lo propio en una sociedad dominada por el ruido, que es otro tipo de lenguaje, agresivo, en el que se enredan las palabras con lo epidérmico de un vivir sin reflexión. Con ruido apenas es posible distanciarse de los dilemas para analizarlos el tiempo que sea preciso. El ruido nos obliga a la inmediatez, al hoy y ahora, a lo primero aunque no sea lo mejor ni lo adecuado.

La radio, el televisor, los teléfonos móviles, el tráfico, la música en el lugar de trabajo, en los centros comerciales, en las tiendas, en los patios de los colegios… arman una inmensa muralla contra la que se golpea el pensamiento. Esa amalgama de sonidos desordenados, impuestos, aceptados, altísimos… tapona la finura de nuestro oído, colapsado por ritmos, golpes, cánticos, diálogos de serial, bocinazos y hasta el escándalo de los martillos neumáticos que rompen el hormigón.

El ruido —como la inmediatez— es un atenuante para muchos de nuestros errores, pues convierte la facultad de observar en un mirar superficial, y este en un ver irreflexivo. Las conversaciones, entonces, sueltan ideas poco trabajadas y nos convertimos, como decía, en esclavos de las palabras que desearíamos no haber dicho. Quisiéramos no juzgar y juzgamos; no prejuzgar, y lo hacemos; no criticar, y criticamos; no maldecir, y maldecimos; no calumniar, y calumniamos; no difamar, y nos vamos de la lengua; no mentir ni exagerar innecesariamente, y nos crece una nariz de madera, como a Pinocho.

La aparente ausencia de Dios en las sociedades urbanas tiene mucho que ver con esa murga ambiental. Dios habla en el silencio, en el susurro, en la zona más baja del modulador de volumen. Algunos templos lo dejan claro: «Para hablar con Dios no necesitas wasap», indicación metafórica para que desconectemos el teléfono celular en la iglesia. El wasap es otro ruido que añadir a la colección, más no sólo en el reclamo de los mensajes que nos llegan (“bip-bip”, “rinnnng”, “uba-uba”…) sino en su contenido, al que ponemos al mismo nivel de prioridad, sin ir más lejos, que a la oración. Pero el que esté libre de culpa que tire la primera piedra, porque si rezar entraña un ejercicio heroico de la voluntad (el primero, desconectar el teléfono) se debe a nuestra deriva a consultar cuarenta veces al día el móvil sin motivo.


A uno, cuando está callado, no le queda otro remedio que escuchar. Y que observar. Ambos son los ingredientes para la elaboración de una idea, de un acto virtuoso, de un ejercicio de la voluntad que nos distancie del hablar apresurado con el que hacemos de nuestra conciencia otro canal de ruido.

27 jun 2018

La sociología vino al mundo moderno para trocearlo en tantos por ciento, en pedazos de tarta, en numerales ordinales, en pirámides, en barras de colores y gráficos. Es la sociedad estratificada en muestreos y encuestas: «díganos, del uno al diez, siendo el uno baja satisfacción, siendo el diez máxima satisfacción…», tendencias, estudios de campo, análisis, estrategias, mercado… Frente al tú a tú, a la forja de una personalidad individual, con su nombre, su apellido, sus raíces y todo lo que fragua la conciencia y el libre albedrío, el sociólogo analiza pautas, probabilidades, campanas de Gauss con las que define el comportamiento de la masa (compartimentada por edades, niveles de estudio, raza y todas las características que se puedan evaluar).

Los sociólogos saben que la sociedad es maleable según lo que impone la moda que, a su vez, imponen aquellos que la fabrican y manejan. Ellos son los dueños del pensamiento y el comportamiento, constructores y destructores del mundo, responsables de los cambios que hacen de nuestro tiempo una etapa reconocible no solo por los adelantos técnicos sino por una singular concepción del ser humano en la que —y no es broma— muchos de los elementos de lo humano se van evaporando.

La sociología puede servir para cuestiones políticas, comerciales, estratégicas… pero no para la vivencia de la fe. Si creer y amar a Dios dependiera de tantos por ciento, hace décadas que los cristianos habríamos tirado la toalla, la fe por la borda de la desesperanza. ¿Es importante conocer el tanto por ciento de los bautizados que acuden a misa los domingos y fiestas de guardar? Porque la cifra, al menos en España, no invita al optimismo. ¿Es importante saber cuántos jóvenes sienten desafección respecto a la Iglesia? Vuelvo a insistir en que la cifra, en España también, no invita al optimismo. ¿Es importante que tengamos claro el número de los bautizados que viven de espaldas a los quince Mandamientos de la Ley de Dios y de la Santa Madre Iglesia? Insisto de nuevo en que, al menos en España, la campana de Gauss mostraría unos datos nada halagüeños.

Visto con las gafas del sociólogo, pudiera dar la impresión de que Dios se ha desvinculado de sus criaturas: los paraísos naturales han empequeñecido, menguan numerosas especies animales y vegetales, la polución vicia el oxígeno, los océanos están cuajados de plásticos y manchas de aceite… Y si la caída libre de la Naturaleza no fuera suficiente para anunciar la ausencia del Dios de la Ley, del Dios encarnado, a día de hoy arrastramos las barbaries cometidas por el hombre contra el hombre a lo largo del siglo XX, que se unen a las barbaries que cometemos en el siglo XXI, incluidas aquellas que sus autores justifican en nombre de la religión. Y si con todo no tuviéramos aún lo necesario para dar el apagón definitivo a la fe en el Dios que nos salva, observemos cómo se contagian a ritmo de pandemia las legislaciones que buscan acabar con la vida de los más débiles, la perversión de los sexos a través de la Teoría de Género o el rediseño de la familia.

Este panorama resultaría desolador para un cristiano si no supiera que la salvación es individual. Cristo no fue sociólogo, por lo que no nació, murió y resucitó para redimir una masa, un muestreo ni una encuesta. A Él no le interesaban los bloques de población porque su impronta vino a cambiar al individuo, con su nombre y apellidos, con sus raíces, con su historia y sus pecados personales. Su pacto es de tú a tú («Ven y sígueme»), luminoso y optimista. Por eso nos solicitó que fuésemos sal para preservar esa masa de los sociólogos que tiende a corromperse, que fuésemos luz para iluminar ese mundo oscuro y ciego, carne de estudios de campo.


Dios es dueño de cada tramo de la Historia, también, por supuesto, del que nos ha tocado vivir, en el que la Iglesia —al menos en el mundo occidental— se va reduciendo en el número de fieles comprometidos. Como en los primeros tiempos, este repliegue nos obliga a un compromiso personal, liberado de aquel “catolicismo social” con tan pocos alicientes, en el que todo se juega a la carta de la santidad personal, según la forma realista, animante y urgente que el Papa Francisco nos propone en su exhortación “Gaudete et exultate”, en cuyas páginas no hay lugar para la sociología.








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