26 sept. 2008

La historia de la Iglesia no se escribe de hoy para mañana. Han sido precisos veinte siglos para llegar hasta donde estamos. Incluso, si me permiten el atrevimiento, han sido necesarios los herejes y apóstatas para afianzar el depósito de la fe, para que usted y yo, querido lector, caminemos tranquilamente por el mundo con la seguridad de que todo lo que hacemos colabora en el misterio de la salvación.

Por eso, sorprende la forma con la que el Espíritu Santo se ha adaptado a los nuevos tiempos. Lo que antaño exigía siglos hasta lograr su establecimiento y expansión (basta un análisis somero sobre la acción de las órdenes mendicantes a lo largo del medioevo), ahora parece coser y cantar. San Josemaría, que fue un sacerdote con dones proféticos, animaba a los primeros jóvenes que se acercaban al Opus Dei a soñar. Si trato de ponerme en el pellejo de aquellos muchachos, mis sueños de expansión apostólica hubiesen saltado de Madrid a Guadalajara, por ejemplo, o a Tordesillas en el caso de hacer un esfuerzo de audacia. Pero san Josemaría fue testigo en vida de que era voluntad de Dios una difusión rápida y universal de la Obra, tal y como aquellos jóvenes y otros que se les unieron comenzaron a poner en práctica en Valencia, Barcelona, Valladolid…, Japón, Australia, Chile o México. Si consideramos que el Opus Dei fomenta una vivencia radical del Evangelio en medio de las situaciones cotidianas, la expansión resulta todavía más increíble. Porque otra cosa sería si habláramos de una industria de refrescos o de automóviles. No. Hablamos de cientos de miles de hombres y mujeres que aspiran a un grado heroico de santidad en un mundo al que no le ilusiona, precisamente, el mensaje exigente y misericordioso de Cristo.La fortuna me permitió conocer a algunos de los primeros que llevaron la Obra a Kenia, el primer país del África negra en el que desembarcó el Opus Dei, al que algunas autoridades vaticanas calificaban con rechazo “adelantado a los ritmos de la Iglesia en, al menos, cien años”. Pero aquellos hombres tenían el empeño de abrir en Nairobi el primer colegio interracial del continente (Strathmore nunca hizo diferencias por el color de la piel o las creencias de sus alumnos), en un país en el que se mantenía el apartheid colonial. “Soñad y os quedaréis cortos”, evocaban los corazones de aquellos primeros al tiempo que hacían balance de los medios que habían llevado para dar comienzo a semejante reto: una cruz, una imagen de la Virgen y la bendición del fundador. Hoy, cincuenta años después, como en tantos otros rincones del planeta, el Opus Dei es una llamarada de luz que surca la sabana y el trópico africano.
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