19 sept. 2008

No las tengo todas conmigo al juzgar si la crisis atemperará las bodas. Entiéndame, no me refiero a si la crisis moderará el número de novios que pasan ante el altar o el juzgado, que las cifras, los porcentajes, nunca me han interesado, sino a si la caída libre en todas las cotizaciones económicas provocará algo de mesura en los bodorrios que a lo largo y ancho del mundo vienen celebrándose. Lo aconsejaba un experimentado padre y abuelo a los hijos y nietos que iban llegando a la edad de merecer: <<Menos distracciones con el menú y más atención al consentimiento>>. Es decir, menos preocuparse por si los invitados comerán bogavante o paella de verduras y más cuidado con lo que uno se compromete -delante de Dios y de los testigos- a cuidar hasta que la muerte decida poner un punto y aparte. Porque en los últimos años no quedaba una fecha libre en las parroquias de postín, en los clubes sociales ni en los salones de banquetes, lo que no me parece nada mal, pero tampoco había espacio libre en las mesas de los abogados matrimonialistas ni en las dependencias del Juzgado de la Rota, lo que me preocupa sobremanera, ya que refleja que todos sabemos mil y una formas de sorprender a nuestros invitados con una boda de ensueño pero que, tal vez, desconocemos cuáles son los resortes que convierten al matrimonio en aventura felicísima.El noviazgo sufre una última etapa que convendría poner en cuarentena. Empieza cuando el muchacho y la muchacha anuncian a sus respectivas familias que ha llegado el esperado momento de hacerse marido y mujer. A partir de entonces, en vez de cuidar esos detalles indispensables para crecer en las virtudes propias del nuevo estado de vida, madres y padres, suegros y suegras, novios y novias se entregan a mil y una fruslerías que apenas van a durar siete u ocho horas (y, no nos engañemos, de las que poca gente guardará especial recuerdo), mientras abandonan a su suerte el difícil destino que convoca tanta expectación.

La crisis familiar en innegable. Los matrimonios de la última hornada son más frágiles que un polvorón y a la primera de cambio ya está la muchacha de vuelta en casa de sus padres y el feliz novio buscando de nuevo pisito de soltero. Por eso conviene que los prometidos echen un poco el freno, que dejen a sus familias hacer y deshacer (ponme aquí unas flores, saca tres clases de vino…) mientras ellos se encargan de cimentar la vida auténtica que comienza. “Hablar de matrimonio” es un curso que a lo largo de este otoño ayudará a muchos jóvenes a encarar con éxito todas y cada una de sus promesas. Lo organiza el Instituto de Estudios Familiares, donde mucho saben del tema. Y participar es fácil. Basta pedir información por correo electrónico (marcosloiacono@hotmail.com). Merece la pena.
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