5 sept. 2016

Jesús vino al mundo en una época histórica que dimos por llamar “Pax Romana” y que duró lo que duró. No se habían inventado el tratado Schengen ni las manifestaciones que reclamaron el Brexit: como hoy, como entonces, como siempre, había ciudadanos de primera y todo conato de revuelta se acallaba con la fuerza de las armas, nada nuevo bajo el sol. Lewis Wallance escogió aquel escenario para su novela “Ben-Hur”, un folletín que se convirtió en un clásico gracias a las versiones cinematográficas, para mayor gloria de aquel Charlton Heston que de niños todos quisimos ser: fuerte, vengativo y -por la gracia de Dios-, finalmente, misericordioso.

Una prueba irrefutable de la crisis del imperio más grande y poderoso que vieron los siglos es el devenir de Messala, en quien se concentran las más amargas pasiones. A ellas podemos sumar las de las élites romanas: orgías, vómitos provocados para continuar aquellas bacanales y la generalización del aborto como método maltusiano (aconsejo la lectura de “Historia de Roma”, de Indro Montanelli).

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Con el estreno de una nueva e innecesaria película, la crisis de nuestro Imperio (el Occidental) ha encontrado un nuevo filón para expandir su débil ideología, según leo en algunos reportajes que tratan de convertir la épica superproducción de Willy Wylder en un alegato de las relaciones homosexuales, camufladas por culpa del puritanismo del rancio Hollywood de los cincuenta. No hacen falta demasiadas explicaciones; ¿lo han adivinado?: Judá Ben-Hur y Messala mantienen una relación onanista que metaforizan en su primer encuentro, jabalinas en ristre. Buff… Aunque el retorcimiento agota toda paciencia, la relectura de marras no quiere dejar pasar por alto este resquicio por el que colar su revisión histórico-sexual, tan insustancial como reiterativa.


Conviene tener en cuenta que son varias las comunidades autónomas que han legislado para que un artículo como éste -en el que con la libertad que me ampara expongo una opinión que a nadie resulta ofensiva porque no tengo propósito de ofender- me condene a galeras, como al inocente príncipe judío. El hundimiento del sentido común y la imposición de la tiranía del relativismo exigen este precio con el que amparar su peligrosa nada. Acto seguido los maestros del pensamiento único se preparan a sellar la conciencia inocente de los niños con la ideología de género, que dicta que Judá Ben-Hur no fue hombre ni mujer sino aquello que escogió a cada instante, porque el sexo no lo decide la Naturaleza sino el voluble capricho de una cultura en caída libre, tan depravada como la que convirtió el Imperio romano en cenizas.

2 sept. 2016

Los estudiosos de la historia de la Iglesia suelen vincular a los grandes Papas con algunos de sus textos, esos que no sólo han creado admiración por la oportunidad de su doctrina –convendría hacer un repaso de la luz con la que los Santos Padres del siglo XIX, XX y XXI desenmascararon las pérfidas ideologías que la sociedad abrazó como elementos salvadores, causa de tantísimas injusticias-, sino porque el tiempo los ha convertido en un canto profético de las necesidades de nuestra civilización. León XIII, san Pío X, Benedicto XV, Pío XII, san Juan XXIII, el beato Pablo VI, San Juan Pablo II y Benedicto XVI son fácilmente vinculables a algún texto -en cada una de sus categorías magisteriales- con el que han dejado plasmada la urgente necesidad de volver a Dios así como el modo de conseguirlo, en las más variadas situaciones: desde el ámbito laboral (decididamente planteado en la Doctrina Social con la que la Iglesia demuestra la dignidad del trabajador y del empresario, así como las situaciones en las que esa relación se convierte en cadena esclavizadora), al código legal que regula la modernidad a ojos de la Esposa de Cristo; de la denuncia de los regímenes totalitarios a las propuestas de una paz global tan urgente como necesaria; del cuidado de la familia y el respeto a la generación de la vida, a la catequesis sobre el sentido divino de la sexualidad, la redacción de un Catecismo de una profundidad sinigual o a la compatibilidad entre fe y razón; del esplendor de la Verdad frente a la destrucción del relativismo moral, al rejuvenecimiento de la Caridad como imagen fiel de Dios.

Francisco, como cada uno de los Papas anteriores, despierta controversias. Hay muchos que creen ver en él una ruptura, como si la Iglesia necesitara y pudiera reinventarse de pronto, como si el poso de veinte siglos –cargados de aciertos y errores; confiados siempre al Espíritu Santo- no hubiese servido para nada, como si su Cátedra viniera a ser el final de su frustración. Otros opinan que cada día que pasa se hace más grande, más honda, la destrucción de la ortodoxia, quizás porque se quedan con la pompa –que no con la liturgia- antes que con la opción preferencial por los pobres y los extraviados, que fue el santo y seña con el que Jesús tituló sus tres años de vida pública.

Unos y otros obvian la carga documental de este pontificado, o la leen  con ojos partidistas, para sacar de sus páginas la confirmación de sus filias y fobias. Aunque sospecho que, sin haberlas leído, funden su juicio en las declaraciones que el Papa realiza en sus viajes apostólicos o en sus entrevistas, que no dejan de tener un carácter privado de improvisación, en el que tantas veces se impone el Bergoglio al que en ocasiones su lengua gana en velocidad a su reflexión, que está perfectamente expuesta en las encíclicas, exhortaciones, cartas, catequesis, homilías y discursos con los que va jalonando el papado.


Paladeo, desde hace semanas, las páginas de “Amoris laetitia” (en español “La alegría del amor”), que los recién citados resumen en las contadas líneas que Francisco dedica a los divorciados vueltos a casar, en las que a la misericordia de la Iglesia y a las funciones que pueden desempeñar estas personas, nada añade el Papa que pueda suscitar extrañas esperanzas y aún más extrañas denuncias. La exhortación debería ser texto obligado para los matrimonios católicos del mundo. Y para los novios que desean unirse al amparo de la Iglesia. El Papa hace una lectura completa y muy didáctica del sentido común con el que la vida familiar se convierte en felicidad familiar. Es cosa de dos, hombre y mujer que descubren que sus nombres están escritos a un mismo tiempo y en un mismo lugar por la mano sapientísima de Dios, que como el mejor padre conoce el camino que conduce a la dicha. Este sentido común que aplica el Papa también ofrece los remedios que sanan a las instituciones públicas que no saben cómo resolver los anhelos de una sociedad insatisfecha, después del daño que causan tantas decisiones que buscan –de manera directa o colateral- destruir a los matrimonios y, por ende, a los hijos. Este sentido común que Francisco ha rubricado, es ya el principal legado que deja a la gente de buena fe de su tiempo, uno de los motivos por los que será recordado con agradecimiento por la generación actual y las venideras.

29 ago. 2016

Dicen que después de una guerra civil, hay dos modos de ver la contienda: con los ojos de los vencedores y con los de los vencidos. Se olvidan de los ojos de las viudas, que tienen un modo particular de entender el conflicto, sin importar la bandera que defendiera el muerto. Se olvidan de los huérfanos, especialmente de aquellos a los que, por edad temprana, no les queda un solo recuerdo del caído. Se olvidan de las madres y de los padres a quienes les llegó una amarga noticia. Se olvidan de los ojos de los civiles víctimas de fuegos cruzados, los bombardeos y el odio venenoso entre compatriotas.

Hay tantas maneras de entender una guerra civil como muertos en las estadísticas, sombras anheladas allí donde debería de haber continuado la vida. Tantas como supervivientes que cargan para los retos el plomo, sufrido o practicado. Como descendientes a los que la guerra se les narro desde el puesto que ocuparon sus mayores.

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Han pasado ochenta años desde el inicio de nuestra pelea de vecindad, que dejó las trincheras sembradas de muertos. Ochenta que no son nada en el curso de la Historia y que a la vez son tanto, porque la vida dura un suspiro. Ochenta años en los que las familias quedaron marcadas por el bando al que quedó adscrito su pueblo, ciudad o provincia. Ochenta años de rojos y nacionales. De perseguidos y perseguidores. De mártires y matarifes. De victoria y exilio. De hambre y estabilidad. De seguridad y cárcel. De vivas y arribas Españas e himno a la bandera tricolor. De Franco ha muerto y ser el Rey de todos los Españoles. Del regreso de viejos políticos que traían cosido el frío de los fusilados y de nuevos políticos amamantados por mandos con la pechera cargada de medallas.


Ochenta años para perdonar y olvidar los agravios y traiciones, para construir una paz, fraterna y duradera. Hasta que llegó el de la Ley de memoria histórica, para abrir las fosas y entronizar calaveras, Zapatero decidido a reescribir un imposible. Después, ya lo sabemos, los indignados, Podemos, un <<no pasarán>> en la era de la informática y ese escupir venablos por internet, que son las balas del siglo XXI.
Como un animal que aguardara su puesto en una novela de Quevedo, a Pipa, mi perra, que está añosa, se le van cayendo los dientes. Sus lomos, pobrecita, soportan ya once años de fiel compañía, porque si algo destaca en ella, además de que es fea a rabiar, es su fidelidad. Siempre va a mi zaga: era una centella peluda que se escondía entre mis piernas cuando, de cachorra, algún perro de cruz elevada acudía a ventearla. Y ahora, como una hoja seca cosida a mis talones, le falta resuello para seguir mi sombra en los paseos, las fauces abiertas en fatigado esfuerzo, la lengua temblorosa, los belfos resecos, el movimiento acelerado de los ijares y una mirada que parece pedir perdón por su irremediable vejez, a pesar de que su rabo corto va y viene, viene y va, en postrero guiño a su juventud zalamera.

La fealdad tristona de Pipa consiguió conquistarme: el corto hocico, la trufa casi pegada a la frente, las barbas que le caen desde los ojos y le dan un aire simiesco. Se trata de un perro de apariencia imposible, un ratonero al que las manos de los criadores han terminado por confundir, pues parece haber nacido para roncar a los pies de una pacífica hoguera, indiferente al correteo de los roedores.

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El perro no es el mejor amigo del hombre, lo tengo comprobado, porque con un animal no se pueden compartir risas, vinos ni lágrimas. Es un buen compañero, de acuerdo, sobre todo si demuestra preferencia por ti, cuando en la búsqueda del lugar que le corresponde confunde la familia con la ancestral manada, eligiéndote cabecilla del grupo.

Hay perros que no hallan su identidad. Perros estúpidos o agresivos, perros egoístas o solitarios, perros huidizos o resentidos que cargan la esquizofrenia de creerse un niño, un muñeco, un gato o un adulto caprichoso y egoísta. Perros ególatras alrededor de su escudilla, que sólo aceptan las manos que les ponen un puñado de pienso, a las que no dudan lanzar una tarascada cuando toman el platillo para limpiarlo.

A Pipa se le caen los dientes y le fallan las ancas al final de las excursiones, aunque éstas sean cuesta abajo. Cada vez que me detengo se deja caer, agotada, en la hierba, en el asfalto, en el polvo del camino. Hasta que la llamo. Entonces se incorpora y su rabo, un diminuto muñón, vuelve a bailar, como si fuera un cachorrillo.




23 ago. 2016

“La saga de los porretas” copaba la sintonía de la radio en el autobús que nos conducía al colegio. Antes de comenzar un nuevo capítulo, un locutor anunciaba el número del episodio de las aventuras y desventuras de aquella familia –muy a la española- compuesta por una nuera, hija casadera, abuelo y un jefe, reparto de personajes parecido al de los geniales Ulises del TBO, a quienes lo único que les angustiaba era protagonizar algún “bochorno” ante sus vecinos de la casa de pisos de la ciudad o de su vivienda de vacaciones, en un pueblo encantador llamado San Agapito.

La sucesión de desdichas de las familias Porretas y Ulises me provocaba cierta angustia. No en vano, sus protagonistas no solían salir bien parados. Lo mismo que en “Cristal”, la primera de las telenovelas que emitió la televisión en España, antes de que el público descubriera que lo de menos en este tipo de seriales es la trama, escrita con el trazo grueso de los tópicos que, sin ton ni son, insisten en las pasiones bajas, traspasando constantemente la delgada línea entre amor y odio, entre paternidad y filiación.

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Salvo la inmortal página que Beneján dibujaba cada semana, los seriales sólo precisan la habilidad de un organillero para girar y girar la manecilla que mueve el cilindro muescado, de tal forma que ni siquiera es necesario que los personajes avancen hacia un final. El público de esta clase de espectáculo exige su dosis diaria de fatalismo con el afán de que nunca concluyan los estereotipos que le ayudan a engolfarse en las desgracias ajenas.


Con la formación del nuevo gobierno sucede algo parecido. La precampaña electoral, la conclusión de legislatura, la convocatoria de elecciones, la campaña electoral, las encuestas, el día de las votaciones, los resultados, las rondas del Rey con los líderes de cada grupo parlamentario, los pactos, los no pactos, las sesiones de investidura, el fracaso del candidato a presidente, la convocatoria de unas nuevas elecciones, la precampaña, la convocatoria de elecciones… tienen sabor de serial en el que lo de menos es el final porque el público se solaza en el parto de la burra, el serial sin fin en el que relucen las pasiones del interés personal y partidista, el egoísmo y la ambición, la falta de patriotismo.
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