13 dic. 2018

La mañana llegó envuelta en un abrigo de niebla. De hecho, cuando sonó el despertador pensé que lo había programado mal, pues por la ventana —duermo con la persiana abierta— no venía la luz perezosa que corresponde al final del otoño; la habitación retenía las sombras nocturnas y el frío me hizo pensar que mi equivocación iba a permitirme una hora más de sueño, con lo que me gustan los regresos inesperados a la modorra que va y viene, que se rompe y se rehace como en un juego de pompas de jabón.

La niebla ha sido un anticipo de un día de cielo cubierto, una aguada gris que nos castiga sin rayos de sol. Porque el sol está, como estaba a primera hora, aunque escondido, así que el odioso campanillero del despertador actuó cuando correspondía, y como es día laborable desapareció la oportunidad de dedicar unos minutos a remolonear. El compás de primera hora no lo permite. «¡Chicos, todos arriba!», como si yo fuera el capitán, mi casa un navío y mis hijos la marinería que se ha librado de hacer guardia en el puente.

Como mi mujer está de viaje, a mi lado descansaba la pequeña, incapaz de desvelarse con mis voces, la boquita abierta para exhalar el vaho caliente de los mundos inconexos de sus sueños infantiles, el cabello revuelto, con sus vetas doradas, el cuerpo tierno como pan recién horneado. «¡Es la hora!», mi segunda advertencia. El inicio de las clases —en el colegio, en la universidad— no perdona. Y como respuesta algún murmullo en el que interpreté un «ya voy», un «vale», un «déjame un poco más»…

Seguir leyendo en El Correo de Andalucía


El hogar empieza a revivir: la luz eléctrica amarillea el aire pesado, el perfume del café, el perro que hace cabriolas y el gato que nos observa con desdén. «¡A que llegamos tarde!», clamo con cierta afectación. Entonces mis hijos regresan al hoy y al ahora, a la conciencia de un examen, de los deberes a medio terminar… Después, como todos los días, salimos a la calle con el tiempo justo, yo satisfecho por tantas alegrías.

5 dic. 2018

La relectura de la Historia es una cacicada al servicio de la mentira, una mentira de espurios intereses que hace de su capa un sayo con el que cubrir el mundo mediante una manipulación grotesca que, sin embargo, cala hasta el subsuelo. Lo que empezó como un disparate ha cobrado, en muchos lugares de las tres Américas —e incluso de España— la categoría de certeza: Cristóbal Colón fue un genocida que llegó al Nuevo Mundo con el único interés de llenarse los bolsillos, para lo que no se paró en barras: desplegó un odio asesino contra los indígenas que poblaban en sana y dulce concordia aquella primera isla, a quienes interrumpió su candoroso vivir en sintonía con la naturaleza mediante una caza ensañada que a punto estuvo de hacer desaparecer tribus y razas. Así se justifica la iconoclasia con la que derriban monumentos en su honor y arrebatan su nombre a avenidas y plazas. También que en los nuevos libros de texto del feliz hombre blanco, el genovés ocupe una ventanilla junto a los peores monstruos. 

Colón, según este revisionismo, abrió las puertas a todos los indeseables de un país indeseable como el nuestro, criminales de la peor calaña, carne de horca, sucios y malolientes, hombres sin escrúpulos a la hora de pasar a cuchillo a toda la indiada. Lo curioso, sin embargo, fue la mezcla que se extendió por los nuevos centros urbanos, niños que nacían de matrimonios mixtos o fuera del matrimonio, que a su vez tenían hijos con otros blancos o con otros indios. Y la organización administrativa, y las leyes para la protección de los aborígenes, y la construcción de hospitales, universidades y escuelas, y la pacificación de pueblos enfrentados, antropófagos, brutales en sus sacrificios, y la prosperidad que, ¿quién lo pone en duda?, hizo rendir a todo un continente, con especial florecimiento en las tierras que adoptaron nuestra lengua y religión.

Seguir leyendo en El Correo de Andalucía

Al norte de México también había indios, una amalgama de tribus en las que habitaba ese buen salvaje que idealizaron los intelectuales de los salones centroeuropeos. Apenas se mezclaron con los conquistadores. Apenas quedan. Los mataron, los arrinconaron, los guardaron en reservas como animales, reservas que todavía se pueden visitar. Allí encontraremos lo que queda del indígena al que Colón y los españoles no pudieron civilizar: razas en peligro de extinción, vapuleadas por el olvido y el alcohol que les sirven los mismos que deciden la ficción del pasado. 





1 dic. 2018

En la calidez de agosto llega el primero de los campanazos: ya podemos adquirir series y décimos para la Lotería de Navidad. Incluso los ofrecen en algunos de los chiringos que jalonan nuestras playas: junto a la barra, una larga tira troquelada e impresa a cuatricromía que ofrece, al lado de la numeración, la correspondiente reproducción de una obra de arte sacro, una rareza en estos tiempos donde las imágenes de la Virgen, San José, el Niño y el pesebre han sido proscritas por las administraciones públicas en el ejercicio de una democrática representación de este estado laicista en el que, mire usted qué curioso, el 70% de españoles son cristianos, declaradamente católicos según los servicios demoscópicos.

No tengo nada que decir respecto a la estrategia del departamento de Loterías y Apuestas del Estado, o de la rabiosa oportunidad con la que Hacienda mezcla décimos con una de calamares, una tapa de paella, otra de pijotas y unas cervecitas bien frías. Bikinis y bermudas no entran en conflicto con la gran bicoca del azar, que ojalá descargue su lluvia de premios entre quienes más necesiten un reintegro, una pedrea, un pellizquito y hasta un empacho de billetes de quinientos.

Supongo que el spot publicitario con el que cada año la Lotería trata de conmovernos, se rodará en esas calendas del estío, con jerséis sudorosos y nieve de polispán, al mismo tiempo que comienzan a elaborarse los turrones y mantecados, que cuajan el aire de Jijona y Estepa con el aroma del azúcar tostado.

Seguir leyendo en Woman Essentia.

La Navidad se forma de unos días extraños que rompen la rutina. Por una parte, los recuerdos de la infancia, especialmente ligados a aquellos familiares que partieron a mejor vida, así como la ilusión de los pequeños que han venido a ocupar su hueco. Por otra, las comidas pantagruélicas. Además, los regalos. Y por encima la razón de todo esto: el cumplimiento de la asombrosa promesa de Dios, que nació de una mujer, como nacemos todos, para convertir la redención de nuestros pecados en nuestra salvación eterna. ¡Tela!... Ante semejante anuncio, se justifica tanta y tan generosa celebración. Es más, creo que nos quedamos cortos. Así que para compensar montamos un belén, adornamos un árbol, decoramos la casa con espumillón o con adornos más elegantes, le hacemos un hueco a la siempre sorprendente figurita de plastilina de nuestros hijos, acudimos a festivales de villancicos, enviamos felicitaciones por correo, por ordenador, por teléfono y sonreímos más y mejor.

El problema, si es que lo hubiera, es el adelanto de las intenciones. No de las religiosas, a las que solemos dedicar los días previos y los propios de las Fiestas. Me refiero a las comerciales, incapaces de respetar la cadencia de las ocasiones importantes. Recién termina ese festejo gringo de los muertos y los monstruos, almacenes y comercios, marcas de toda clase y condición, junto a las iluminaciones urbanas, abren la veda. Y como en sus señuelos no ha lugar a hitos como la Nochebuena, la Natividad, los Santos inocentes, la celebración del uno de enero con la fiesta mariana más antigua de la cristiandad, la Epifanía o el Bautismo de Cristo, claman por un vago y hueco concepto navideño que serpentea desde el primero de noviembre y que, al menos a mí, ni fu ni fa porque ni siquiera me roza las fibras de mis creencias, de mis sentimientos ni de mis celebraciones.




28 nov. 2018

Le hemos sacado tanta punta al lápiz que apenas podemos sostenerlo con dos dedos. Parece que la mina que asoma por el taquito de cedro no puede sobrevivir otros dos giros sobre la cuchilla. Es lo que tiene ir de gratis total, medicina para todos sin que haya que pagar un duro, al menos en consulta porque pagar, pagamos aquellos que estamos fritos a impuestos directos e indirectos: IVA, IBI, IRPF, Patrimonio, Sociedades, Autónomos, Sucesiones, Donaciones, Transmisiones, Actos Jurídicos, Impuestos Especiales, Vado, Basuras, Estacionamiento y la madre que los trajo al mundo. Nada más abrir los ojos, los currantes nos retorcemos ante la cascada de euros que desde nuestros bolsillos caen en la bolsa del Estado, sin piedad ni domingos, paga que te paga para que después los partidos gobernantes se arroguen el mérito de lo que son frutos del sudor de nuestra frente para disfrute de todos, también de los que no la hincan ni la han hincado, que son los que más veces acuden al ambulatorio, los que más medicinas sin usar acumulan, los que lanzan instancias aquí y allá para lograr una paguita, un viajecito, otro beneficio a cargo de ese bienestar colectivo al que apenas le quedan virutas.

Seguir leyendo en El Correo de Andalucía.

Los médicos de Andalucía y Cataluña hacen huelga y se manifiestan porque están al límite de sus fuerzas. No hay dinero para más contrataciones, ni para suplencias, ni para reordenar el engordado flujo de pacientes que en apenas cinco minutos han de explicar sus dolores a cambio de la consabida receta, cinco minutos, los mismos que se tardan en soltar un buenos días cómo está usted y su señora parece que hace bueno hoy ale a más ver, que no entiendo cómo se puede auscultar (desabróchese la blusa, hágame el favor), examinar lengua, oídos y golpear las rodillas, a ver cómo vamos de reflejos, con la ansiedad de saber que más allá de la puerta crece y crece el número de pacientes que tienen cita, quién es el último y usted a qué hora le han dado que yo voy primero pues mire el papelito

El día que nos impidan seguir inflando el déficit, el día en que cierren la ventanilla de los préstamos —quizá no estemos lejos de padecerlo—, Andalucía, Cataluña, España entera estallará como una pompa de jabón. Entonces no habrá dinero de todos ni siquiera para que el doctor nos despache en lo que dura un amén.

25 nov. 2018

Qué gastado está el discurso que nos advierte de la compleja polisemia del verbo «amar», del sustantivo «amor» y sus extensiones. Utilizamos tantas veces estas palabras, las escuchamos con tanta frecuencia (hay quienes las incluyen al saludar, aunque apenas conozcan al otro: «¿Qué tal, amor?», «¿Cómo estás, cariño?») que nos pasan como medusas transparentes por el agitado océano de todos los días. De amor es de lo que hablan la mayoría de las canciones, aunque en muchos casos no se trate —en el argumento que da cuerpo a la melodía— de una voluntad cierta de entrega sin condiciones sino de una macedonia de sentimientos de ida y vuelva, de vuelta y revuelta, de revuelta y sanseacabó. 

Muchos cristianos aceptamos que Dios es Amor, pero sin entenderlo. Aceptamos la idea de que Dios sea una especie de hippie de largas barbas blancas y camisa de flores, que nos anima a pasear por el mundo con una bandera que representa una suerte de flower power celeste, entre aromas de incienso y ecos de coral parroquial. Pero, ¿qué doctrina acompaña a esa concepción de Dios?... Después de un incómodo silencio, encogemos los hombros sin ofrecer respuesta. 

Incluso para los sabios, el Amor de Dios no es fácil de explicar. Ni de entender. Va unido a sus atributos, especialmente a su infinita Misericordia, por la que perdona y olvida, aunque sin renunciar a su Justicia, con la que sentenciará el destino eterno y maravilloso de los santos. Pero no quiero dejarme llevar por esta deriva, que no soy teólogo sino un simple observador que apenas llega a darse cuenta de las manifestaciones de ese Amor divino que se reflejan en tanta gente buena, en tanto «santo de la puerta de al lado», como con genialidad ha definido el papa Francisco a los cristianos que, incluso sin saberlo, prenden de luces a la rutina.

Seguir leyendo en El Observador.

El amor logra en el hijo una natural reproducción respecto a los modos de su padre. «¡Cómo se le parece!», exclamamos ante el niño que replica los ademanes de su progenitor. No es tanto la semejanza física, que también, como un instante en el que el gesto, la mirada, un leve visaje recuperan el de aquel que lo engendró o el de aquella que lo concibió. Y como en Dios no caben los rasgos físicos —sí en Cristo, aunque en la narración de los Evangelios podemos interpretar que, tras la Resurrección, su cuerpo glorioso no ha quedado sujeto a un molde concreto—, las acciones, los guiños de los «santos de la puerta de al lado» son un hacer, un obrar interior y exterior en el que se percibe el vértigo de lo infinito.

¿Quién que se haya parado a contemplar el trayecto de su vida, liberado por unos momentos del hoy y del ahora, dejando de lado la ansiedad que nos distrae de lo único importante, no se ha removido al considerar los jalones de Amor que, a través de la presencia de determinadas personas, le han mostrado el rostro de Dios? Es la colección que cada uno de nosotros tiene de sus «santos de la puerta de al lado». Una abuela, un profesor, un amigo, un confesor al que acudimos en cierto momento, alguien que nos regaló una sonrisa, una lágrima, una mirada, unas palabras que nos sobrecogieron por traernos el fuego de un destino prodigioso, un conocido del que supimos un comportamiento heroico y aquel o aquella que con tierna constancia nos enseñó a rezar.

Las noticias que trae la prensa nos cuentan que el mundo no tiene remedio porque el hombre solo sabe hacer el mal. Muerte, crimen, odio, celos, deshonra, deshonor… son los distintos géneros de una realidad desalentadora. Pero el Amor nos eleva para que contemplemos la verdad de las cosas: en los entornos de la muerte, del crimen, del odio, de los celos, de la deshonra, del deshonor… están los «santos de la puerta de al lado», indispensables para que sigamos reconociendo los atributos de nuestro Padre Dios.

21 nov. 2018

Los ladridos han tapado los llantos y las risas de la chiquillería en la ciudad de Lugo. Son ladridos de toda clase: secos, como los de un mastín; impertinentes, como los de un chihuahua; agresivos, como los de un doberman; estúpidos, como los de un yorkshire; inteligentes, como los de un perro de lanas; fieles, como los de un labrador; humildes, como los de un galgo… Los llantos y las risas de los niños, sin embargo, apenas se escuchan tras ese concierto animal. Y los parques, antaño paraíso urbano para los infantes lucenses son un cagadero urbano para las huestes de canes que han pintado la urbe también de orines, en recorridos que nadie ve pero que ellos reconocen gracias a su pituitaria. 

Hay muchas viviendas en Lugo que tienen uno, dos y hasta tres perros. Hay muchas más viviendas en Lugo en las que no hay niños ni adolescentes. Pienso en la ausencia con la que estos y aquellos entristecen los pisos y los chalés, pienso en los canes que han llegado para ocupar su puesto. Han recibido, nadie sabe por qué, la categoría de hijos, en cuyo bienestar los lucenses —los españoles de todos los lares— gastan cerca de mil euros anuales, mil, entre seguros, vacunas, cirugías varias, revisiones, piensos, aperitivos, regalos, vestidos, disfraces, pasajes en avión, tren y autobús, hoteles para mascotas, hoteles para humanos que aceptan mascotas (a cambio de una tarifa más bien alta) y cementerios específicos con servicio funerario y toda clase de objetos a modo de memoria. 

Seguir leyendo en El Correo de Andalucía.

En Lugo hay más perros que niños y adolescentes juntos. Lo dicen las estadísticas y el padrón después de cotejar que sus vecinos han renunciado a reproducirse en favor de la reproducción de sus mascotas. Calculen la desproporción si también sumamos gatos, pájaros, peces, roedores, reptiles, insectos y cualquier otro animal que pueda comprarse en el mercado. 

Un día los perros de Lugo tomarán el poder, como en el “El planeta de los Simios”, y el hombre, estúpido ser racional, pasará a convertirse en animal de compañía.

13 nov. 2018

Los superhéroes tardaron en colarse en nuestra biblioteca familiar; llegaron cuando ya estábamos un poco creciditos, y eso que nacieron años antes que nosotros. Pero por entonces no eran muchos los quioscos que ofrecían ejemplares de aquellas revistas de importación (las editaban en México, creo). Además, eran más caras que los números del TBO, y que Mortadelo y Filemón, Tío Vivo, Pulgarcito y otras invenciones de la editorial Bruguera, que vendía los mismos contenidos a partir de diferentes nombres sin que al pequeño lector le importara si en la cabecera aparecía el Botones Sacarino, Rompetechos, Zipi y Zape o los agentes de la TIA (que, por ir contracorriente, nunca me han hecho gracia) o si en los compendios Olé y Super Humor volvía a encontrarse con relatos ya conocidos. El cajón de sastre de las editoriales patrias de tebeos disponía de tan ricos fondos que se agradecía aquel caleidoscopio de firmas y de épocas (qué disfrute las primeras planchas de Ibáñez, las del profesor Tragacanto, el hambre insaciable de Carpanta, el tartamudeo de Petra, casi toda la obra de RAF, los tipos alargados de Coll, el dibujo ceremonioso de Opisso, el ridículo que asaltaba a la suegra de Rigoberto Picaporte y las pocas series compradas en el extranjero, como aquel “Guillermito y su voraz apetito” de rasgos británicos que solía aparecer a dos tintas).

Seguir leyendo en El Correo de Andalucía


Los personajes de la Marvel carecían del encanto de nuestros clásicos. En cuanto al dibujo, parecían hechos en serie (¿qué diferencias notables hay en los trazos de Superman, Spiderman, Los Cuatro Fantásticos, la Masa, Batman…? ¿Y en cuanto a la dramatización de sus historias? Al final todo se resume en una cuestión de uniformes). Pedro Alcázar y Pedrín o el Guerrero del Antifaz sufrieron las limitaciones de sus ilustradores y guionistas, pero eran auténticos, al igual que El Capitán Trueno y El Jabato, que pese a beber de similares fuentes gráficas estaban dotados de rasgos personales que los convertían en nuestros modelos a seguir, espejos del héroe hispano, mucho más genuino que el globalizado de malla y superpoder.




11 nov. 2018

Asia Bibi es una mártir sin muerte, quizá la primera mártir pakistaní conocida. Allí nació, allí se casó, allí vivió una existencia discreta, pobre, olvidada del mundo, hasta que la llevaron maniatada a una prisión, supongo que después de haber probado los sinsabores de un calabozo gobernado por policías que no le ofrecieron miramientos. La encerraron bajo el presunto delito de blasfemia, presunción que en Pakistán significa, sí o sí, que el delito se ha cometido.

Asia Bibi lleva arrestada casi diez años. Si damos por cierto que en Pakistán no se reconocen los derechos fundamentales, ¿se respetarán tras los muros de sus cárceles?... Han sido casi diez años confinada, apartada de su esposo y de sus cinco hijos por un delito que no es delito, por más que se recoja entre los preceptos de una legislación enloquecida por el extremismo (iba a añadir «religioso», pero nada tienen que ver los horrores vividos por Asia con la relación del ser humano con Dios). Unas vecinas la acusaron de blasfemia contra Alá y su profeta, después de un rifirrafe junto a un pozo. El juez ordenó la detención de Asia, su enclaustración en una celda y su posterior sentencia a muerte, avalada por un tribunal sometido al radicalismo. De nada sirvieron las peticiones de la Iglesia, la intercesión de dos Papas y de algunas autoridades civiles internacionales… Se ratificó aquella injusticia, aunque el cumplimiento de la sentencia fue demorándose, supongo que por razones de política exterior. Asia Bibi, después de tanto tiempo, de tantas oraciones por parte de sus hermanos repartidos por el mundo (qué es el cristianismo sino una hermandad universal), de tanto miedo… ha podido escuchar al fin la conmutación de su pena.

Seguir leyendo en El Observador.

Bibi volverá a casa, aunque no sabemos en qué condiciones. Un decenio en uno de esos presidios debe dejar marcas terribles que no tienen marcha atrás. ¿Qué palabras crueles habrá escuchado? ¿Qué bazofia le habrán obligado a comer? ¿Cuántos golpes habrá recibido? ¿Y el frío? ¿Y el calor? ¿Y el empeño en instruirla en el Corán y la sharia? ¿Y las enfermedades?... ¿Acaso en Pakistán se preocupan por la salud de sus cautivos? Y sobre su cabeza, la espada del paredón, de la horca, del garrote vil, de cualquiera que sea el modo de acabar con la vida de un condenado. Y en el corazón su familia: despreciada a causa de la fe de Asia, perseguida a causa de la fe de Asia, señalada a causa de la fe de Asia y de su resolución a no abjurar de su bautismo. Qué difícil ser cristiano en una sociedad en la que impera el islamismo —que no el islam, aclaro—, donde a los cristianos se les califica de infieles, escoria, hijos del diablo. Qué difícil también para el marido y los cinco hijos de la presa. Qué difícil cuando su nombre y su situación ha pasado de cancillería en cancillería, de Papa en Papa, de asociación humanitaria a asociación humanitaria.

El tribunal acaba de conmutarle la pena, dejándola libre de cargos. El juez acaba de firmar el acta de su liberación… Gracias al Cielo, tras dos lustros de sufrimiento, Asia sigue viva. Pero aun con vida se ha convertido en mártir en un Estado que no va a dejar de vigilar cada uno de sus pasos, que la acosará para que permanezca callada, que no le permitirá que se sienta protegida ni que reciba la admiración y el cariño del mundo, mucho menos disfrutar de la paz. Es lo que le ha sucedido a su esposo en estos larguísimos años, señalado por vecinos, quizás también por familiares, vigilado constantemente, espiado, fotografiado, tratado con el protocolo que solo merecen los terroristas. Y sus hijos, lo mismo, sobre todo desde que dejaron de ser niños, porque Asia Bibi va a encontrarse con que aquellos pequeños a los que dejó a la fuerza son ya hombres y mujeres, allí, en Pakistán, donde la infancia dura tan poco.

Juan Pablo II definió el siglo XX como la centuria de los mártires, pues nunca habían muerto a causa de su fe tantos fieles. En el siglo XXI las cosas no han cambiado; solo se han trasladado a regiones del mundo de las que apenas sabíamos nada. Son los mártires del patio trasero, del fondo de la casa, del desván… que con su sangre siguen sosteniendo esta Iglesia golpeada por todos sus costados.


5 nov. 2018

España está rota, fracturada, hecha pedazos. Comenzó a quebrarse hace unos años, y mira que entonces se dieron las circunstancias para que todos los españoles camináramos juntos hacia una convivencia pacífica y constructiva. El terrorismo de ETA estaba a punto de claudicar por pura debilidad, por pura descomposición. Entonces estallaron los trenes y ni siquiera los cerca de doscientos muertos y los dos mil heridos, es decir, ni siquiera el respeto a las víctimas (horrendo colofón a los casi mil asesinados por ETA, a los heridos, a los secuestrados, a los chantajeados y a los que no tuvieron más remedio que escapar de su casa, de su entorno, de su trabajo) conmovió el corazón de quienes aprovecharon aquel inmenso dolor para rasgar España en bandas que se han hecho irreconciliables. ZP con su ceja espuria, la utilización de los cadáveres de la guerra (su abuelo en representación de los únicos caídos que merecían homenaje y reparación), la Ley de Memoria Histórica parcial, la negación de la crisis, la aceptación de los cambios en el Estatuto Catalán y la definición de “nación de naciones” para quien afirmaba que España “es un concepto discutido y discutible” y que “la tierra no pertenece a nadie, salvo al viento” (qué sonrojo…). Pues será que el viento ha hecho de las suyas, poniéndonos a unos aquí y a otros allá, a los odiados y a los odiadores, a los impostores populistas y a los que padecemos esa impostura, a los agitadores y a quienes sufren —sitiados en la dictadura del pensamiento único— las cacicadas de esos agitadores.

Seguir leyendo en El Correo de Andalucía.

Los políticos son ciudadanos a quienes entregamos la capacidad de gobernar la res pública. Su autoridad es prestada, una concesión. Pero España está rota y así resulta imposible exigir responsabilidades a quienes contravienen la ley. Ellos hacen de sus megalomanías un modo de vida a costa de nuestra debilidad, que es garantía de sus paroxismos.

1 nov. 2018

No pocos se frotan las manos ante el nuevo culebrón, que amenaza extenderse a lo largo de los meses y, por qué no, de los próximos años. El gancho lo tiene un famoso cantante, famoso por méritos propios, por su innegable talento, por los lustros que lleva como primera figura del espectáculo no solo en España sino en medio mundo, famoso por sus orígenes (hijo de un torero y de una actriz que lleva cosido el neorrealismo italiano a su carrera), famoso también por la ambigüedad con la que lleva jugando desde que se convirtió en fenómeno de masas. 

No es que a mí el culebrón, en sí, me interese. No me van los líos de alcoba, mucho menos cuando forman parte del estrambote. Además, la vida privada de cantantes, actores, toreros… —eso que el pueblo llama “faranduleo”— me levanta un sarpullido si me dejo prender por los gritos obscenos de los comentaristas que hacen de la televisión un estercolero de pasiones de amor y odio, dimes y diretes, persecuciones por parte de pobres cámaras a los que les obligan a espiar los pasos de personajes que, por lo general, no aportan nada constructivo a la convivencia pacífica de la gente buena, encerronas en directo, dinero fácil, exclusivas, insultos, bazofia, ordinariez, difamaciones, calumnias, mentiras y juguetes rotos por la presión de una gloria sin cimientos.

Seguir leyendo en Woman Essentia.

Sin embargo, este culebrón tiene varias singularidades que me han hecho volver la cabeza: la ambigüedad que ya no es ambigüedad, dos amantes que han desenvainado las facas del rencor, dos vientres de alquiler y cuatro niños: dos, por lo visto, del famoso artista (que puso su material genético al servicio del cumplimiento de un capricho), dos del otro en discordia (que puso su material genético al servicio del cumplimiento de un capricho). Lo demás, los lectores lo conocen bien: la relación afectiva que mantuvieron en secreto durante casi treinta años, se ha roto. Y se ha roto ante el público, algo que debe ser humillante como pocas cosas, más en este caso en el que los hijos —los cuatro: dos de uno y dos del otro— han roto su hermandad para pasar a ser objeto de litigio.

Un niño es lo más delicado en el puntilloso equilibrio de la naturaleza. Un niño es promesa a la vez que inocencia transparente. Un niño es un vaso vacío que necesita ser llenado hasta los bordes por el agua del amor, de la educación, del criterio, de la responsabilidad… Un niño es un don, un regalo que nos otorga Dios (o la vida, sin más, para aquellos que no tengan fe) a cambio de graves obligaciones que no se quedan en el mero sustento y el abrigo. Por tanto, un niño —un hijo— no puede ser producto de un antojo, aunque este se haya alimentado durante mucho tiempo, porque es un bien en sí mismo, no un objeto con dueño, como una mascota. Y los padres somos los administradores de su vida durante un breve periodo de tiempo, que coincide con el más importante de su recorrido vital.

Como padre, como hijo que fui, como abuelo que espero ser… me duele contemplar el desvarío emocional de los países ricos, en los que la lógica exigida por la naturaleza, por la ética, por la moral y por el bien de los niños ha quedado sometida a las capacidades de una ciencia en progreso. Los adultos, si tienen dinero, se pueden permitir todo tipo de tropelías (fecundar en un laboratorio, elegir y descartar embriones, desentenderse de los que no se consideran suficientemente aptos y de aquellos que son producto del porsiacaso, incluso finalizar este proceso artificial antes de tiempo, con una tajante interrupción del embarazo si aparece algún peligro o el fruto de ese capricho no se adapta a los mínimos de calidad exigidos por los estándares de felicidad pagada a tocateja). 

La vida humana es un fruto extremadamente sensible, al que le sobra la violencia de tantas prácticas a las que las leyes dotan de licitud. Los protagonistas de este culebrón querían ser padre y padre, no dudo que con la mejor de sus intenciones, y para lograrlo recurrieron a dos vientres de alquiler (qué humillante suena el término). El resultado: cuatro pequeños sin derecho a disfrutar de una madre, repartidos como si fueran los despojos de la vivienda común, rotos sus lazos por una fría cuestión de pertenencia al progenitor A, al progenitor B. El espectáculo para las televisiones y las revistas está servido. Y las lágrimas de los cuatro inocentes, también.


28 oct. 2018

Todos tenemos mil razones para hacer de nuestro gesto una triste panoplia. Llevamos capas y más capas de amargura ganada al pulso de una vida a la que tildamos de «valle de lágrimas», con el sabor medieval de la repetida antífona. Enfermedades, ausencia de seres queridos, traiciones, sueños truncados, decepciones, medianías, ruinas, desprecios, olvidos… Quien no tenga una baraja de motivos para ser infeliz que levante la mano. Mucha gente narra su vida exclusivamente de ese modo: saltando de dolor en dolor, de afrenta en afrenta, de muerte en muerte, como si la vida fuera un castigo cuajado de injusticias. Al mirar a su alrededor valoran lo perdido y no lo ganado (se niegan o no saben mitigar la añoranza por quienes fallecieron con el regocijo que traen los recién llegados), lo corrupto y no lo que renace (los ojos se les clavan en el monte calcinado y no en los renuevos que vuelven a reverdecer las laderas), revolviéndose a cada cambio que pueda poner en peligro el orden dictado por sus recuerdos. La vida, para ellos, detuvo su andar en un momento señalado, generalmente, por un infortunio que decreta el compás atormentado del tiempo.

Como el ser humano es, por definición, un luchador contra los avatares, hay muchos más hombres y mujeres que cargan en sus hombros el saco de los reveses después de haberlo cerrado con un nudo doble y bien prieto. El contenido del saco les pertenece. Es parte indispensable de la experiencia que acumulan y les ayuda a continuar hacia delante, con las heridas sanadas con el arrepentimiento y el perdón. Aunque vayan descompensados por el peso, rompen a caminar aceptando que sus faltas y limitaciones son parte también de su maravillosa individualidad. Por eso, cuando alguien les detiene para interesarse por el balance de sus años, se reconocen satisfechos, felices incluso, sin que ninguna sombra caiga en su mirada.

Llevamos penas, penas dañinas, de esas que atraviesan, que hielan, que rompen en añicos la fortaleza del más pintado. Nadie se libra. La tristeza es un cheque en blanco que nos entregaron al nacer, con espacio suficiente para una hilera llamativa de cifras. Pero la vida transcurre en torno a las dualidades: con el cheque del padecimiento también recibimos el de la alegría, que lleva el mismo hueco para escribir otra cadena de números. Nada es blanco ni negro, al menos en su totalidad: son los matices los que dan la verdadera dimensión a las cosas. Quien desde la viudedad se duele del hueco dejado por la persona amada (con todo su derecho, porque el corazón no entiende de razones), también puede agradecer el tiempo compartido.

La dualidad nos facilita el disfrute del amor y de la familia, los buenos ratos con los amigos, el enriquecimiento personal que traen el trabajo y las aficiones, la contemplación de la naturaleza, la predilección por el prójimo vulnerable y el descubrimiento y el trato confiado con Dios. Nada de lo enumerado, sin embargo, tiene fuerza para arrancar los clavos que nos atraviesan, que a su vez son necesarios para sostenernos firmes. Esos clavos arañan nuestro amor y pinchan muchos momentos familiares; hieren la amistad, relativizan los beneficios del trabajo y limitan nuestras habilidades; no nos ponen fácil escapar de las garras de la ciudad para salir y gozar del campo, nos hacen pasar de perfil ante las necesidades de los demás y nos provoca cierta apatía ante lo trascendente. 

Santa Teresa de Calcuta, a la que voy y vengo desde hace tantos años, navegó por los infiernos del mundo. Sus ojos vieron y sus manos tocaron argumentos para renegar de la vida. Lo peor de la condición humana —que no está encarnado en sus necesitados sino en gente como tú y como yo, indolente a lo que ocurre más allá de nuestra fácil comodidad— pasó por sus labios en largas horas de oración ante Jesús agonizante. Ella sabía que a los sufrimientos con los que llegamos a la vida, los pobres tienen que sumar otro tanto: abusos, maltratos, hambre, frío y olvido. Cuando le preguntaban por una solución en la que todos pudiéramos contribuir, firmaba una sola receta: la sonrisa. Esa es la medicina contra el dolor, la espada con la que vencer al mal, el contraveneno, el reverso, el imán de la alegría.



26 oct. 2018

Esto ya pasa del castaño oscuro… Al diputado que acusa a otro diputado (sea o no sea jefe de la oposición) de querer fusilarle junto a los políticos catalanes separatistas (él mismo se suma voluntariamente a la “saca”), habría que exigirle la devolución inmediata de su acta parlamentaria por respeto a la institución que representa a todos los españoles. Podríamos derivar el asunto a nuestra deshonra por la obligación de pagarle sueldo y dietas, pero no es necesario. Me centro en el sujeto, cuyo ¿discurso? regurgita una basura intolerable. No solo son palabras gruesas (a estas alturas, chantajear con la acusación de un fusilamiento retrata al acusador y no al acusado) sino una recreación en la estupidez por la que Joan Tardà debería responder ante un tribunal, que lo mismo debería imponerle una pena de cárcel, una multa que le deje temblando (por cierto, esta lastimosa víctima del fusilamiento lleva en el bolsillo unas cuantas monedas de euro con la efigie del Rey, otras con las del Rey y la reina y otras más con las del Rey y la princesa Leonor. Y me entra la risa) o la obligación de colocarse un capirote con orejas de burro, blanco a poder ser para darle cierto contraste con su vestimenta luctuosa (sin mucho ánimo de ofender, me pregunto si le lavan la camisa).

Seguir leyendo en El Correo de Andalucía.

Hace décadas hubo una mujer que también vestía de luto, con sobrenombre de oruga, que elevó la voz en el Congreso para dictar la pena de muerte de un contrincante sentado en su escaño, al que enseguida le descerrajaron unos tiros. Es el peligro de jugar con palabras empapadas en odio, violencia y sangre: a veces tienen horribles consecuencias. Así que si Tardà quiere que le fusilen, que lo hagan los niños de su familia —si es que los tiene— pero con pistolitas de agua y jabón.

19 oct. 2018

Cada país tiene sus humoristas, que viven de hacer gracia. Unos con más tino que otros. Están mediatizados por los rasgos propios de cada nación, salvo en Corea del Norte, pues allí el único que ríe es Kim Jong-un, secretario general del partido por orden de Kim Jong-il, su padre, que a su vez lo fue por orden de Kim Il-sung, abuelo a su vez de Kim Jong-un e inventor de la tiranía con menos chiste del planeta. (Por cierto, no son ciertos los rumores del parentesco de este último con King-Kong).
En España somos dados al humor del absurdo, salvo el de tantos profesionales de la risa gruesa. Me enchufan una película de Pajares y Esteso, y no muevo un músculo de la boca. Me ponen un vídeo de Miguel Gila y me doy un atracón de carcajadas. Gila fue genial, sobre todo en la radio. Y aunque entre los graciosos podría añadir a Pedro Sánchez y su calamitoso gobierno, son sombras de Pajares y Esteso: no solo no hacen gracia sino que nos irritan por jugar a poderosos sin permiso y con nuestro dinero.
Seguir leyendo en El Correo de Andalucía.
Me quedo con Gila, a pesar de que no disimulaba su buena dosis de amargura. En sus monólogos telefónicos bebía de lo genuinamente español, que rompió aguas con las extravagancias de Gómez de la Serna, que junto a Jardiel Poncela elevó el absurdo hasta convertirlo en arte y cultura. Se trata de un humor críptico, locuaz, chispeante más allá de las risotadas ordinarias del público de la televisión. El soldado, la abuela, la suegra, el “que se ponga…” proyectaban lo caricaturesco y lo sombrío de la pintura de Solana junto a la sencillez de un pueblo poco maleado a causa de esta globalización de vídeos de wasap.


1 oct. 2018

Me encontraba en el colegio, con un pie en la mitad del recorrido de lo que antes llamábamos BUP, cuando el profesor de Lengua y Literatura nos mandó un comentario de texto acerca de un artículo de prensa firmado por el doctor Gregorio Marañón, al que ya ni se le conoce ni se le espera en ninguno de los programas escolares y universitarios. A los letrados de hoy, como mucho, su nombre le suena a estación de metro o a hospital madrileño. Venganzas del destino (finis gloriae mundi) y una lástima, constatación del desdén con el que los españoles valoramos nuestra historia y a sus personajes egregios.

Marañón, intelectual de primer orden (nacido para la ciencia y el arte, para la medicina y el pensamiento, para la política y la escritura, para la divulgación y el mecenazgo… ¿dónde quedan personas así?), primer espada como conferenciante, de cultura vastísima y disertador políglota, nos echaba en aquella pieza periodística un capote a los estudiantes que íbamos a llegar a la universidad años después de su muerte. Como sucedía por aquel entonces, como sucedió antes, como sucede ahora, como ha sucedido siempre, no es fácil que un muchacho, que una chica, den una respuesta convencida a uno de los primeros dilemas existenciales en la vida: llegar al mercado laboral a través de unos estudios superiores.

Seguir leyendo en Woman Essentia.

Marañón sabía que se trata de una decisión demasiado importante como para tomarla al buen tuntún, empujado por el «te toca» que impone cumplir diecisiete o dieciocho años. Quien más, quien menos quedará señalado a partir de entonces por la naturaleza de dichos estudios. Quien más, quien menos deberá desenvolverse alrededor de los conocimientos que se supone recibirá en dicha licenciatura. En la época de don Gregorio, esta vinculación entre universidad y profesión apenas ofrecía dudas: uno era, en buena medida, aquello que estudiaba. Hoy disfrutamos de márgenes algo más distanciados entre sí, especialmente en algunos campos que son como el bolso de una mujer sofisticada, en el que cabe todo, lo que redunda en la posibilidad de trabajar en labores no vinculadas a la letra del título oficial.

La universidad fue una de las mejores iniciativas de la humanidad, pues con ella pudo dar pasos de gigante en todos los frentes, liberándose en buena medida del marchamo de la brutalidad y la ignorancia. De los estudios generales de los primeros siglos —desde el médico al filosófico, pasando por el jurídico y el artístico—, al abanico de concreciones que hoy se ofertan para cada una de las ramas del conocimiento, dejes de un milenio que pretende funcionar como una máquina, en el que la especialización (y, por desgracia, la ignorancia en todo lo demás) es clave para que nuestras sociedades acomodadas funcionen con la exactitud de un reloj.

Los antiguos universitarios nos preguntamos alguna vez qué carrera escogeríamos si la vida nos ofreciera una segunda oportunidad, especialmente aquellos que nos sentimos desconcertados al llegar a aquella difícil encrucijada de la que advertía Marañón. En mi caso, que soy un humilde diplomado en Derecho con unas cuantas asignaturas de Periodismo aprobadas en la cartera, ni las leyes ni la actualidad me atrajeron como para dedicarles las mejores horas de mi juventud. Fui víctima —lo escribo sin acritud— de un tiempo en el que la universidad era lugar de paso, requisito de la clase media para continuar siendo clase media. Estaba controlada por la política en sus facultades públicas, por la desidia de muchos profesores en sus facultades públicas y privadas. Íbamos a clase como quien va a por churros, estudiábamos sin apasionamiento y volcábamos en el examen, como papagayos, lo aprendido. No nos enseñaron a elaborar un pensamiento crítico, a debatir, a alimentar una mirada de múltiples direcciones. Al menos aproveché el tiempo para leer, actividad de la que saqué el mejor de los partidos.

Decía Marañón que todos los hombres servimos para casi todo, si es que ese todo lo deseamos con irrefrenable voluntad. La vocación, continuaba, es cuestión de fe y no de técnica. Es en lo único que disiento de su planteamiento sobre el acceso a los estudios superiores: la vocación es cuestión de don, de perseverancia en una habilidad recibida, de ilusión y emociones, también de fracasos, pero no de fe, pues si yo hubiese creído alguna vez que debía convertirme en médico, aún estaría escondido debajo de una camilla.









21 sept. 2018

Epi tiene gónadas de trapo. Blas, de espuma. La confirmación de su sexualidad de teleñecos nos ha llegado con años de retraso, pues Barrio Sésamo entretenía a los niños de mi generación. De entre su colección de marionetas, la pareja de felpa naranja y amarilla conquistó nuestro cariño (de ahí el motete: Epi, Blas y los demás). Si hubiésemos sido los peques de hoy —empapados por la lluvia fina y constante de la obsesión sexual—, puede que lo primero que hubiéramos hecho, de participar en el rodaje de la serie, fuera bajarles los pantalones para comprobar si tienen colita y si la utilizan para necesidad distinta a hacer pipí. Nos hubiésemos llevado un chasco: los títeres de Jim Henson carecen de piernas y están huecos por debajo de sus camisas de rayas. Ni siquiera piensan, queridos niños, así que esas pulsiones carnales son deseos de quienes todo lo ven desde la mirilla del forniqueo, quizás porque cargan una libido capada por la frustración.


Epi y Blas son homosexuales. Parece una noticia propia de los tabloides amarillos. Una vez se apagan los focos del estudio uno de ellos abandona su cama y se mete en la del otro (mandarina versus plátano, que así es la forma y color de sus cabezas) para dar rienda suelta a toda clase de guarrerías. Así que Epi y Blas son homosexuales... Ja, ja, qué poca gracia. La estupidez malintencionada no conoce límites. Falta que nos sorprendan con que el Monstruo de las galletas es una lagartija transgénero que se trasviste con un abrigo azulón. Que Gustavo, la rana sufridora, en sus horas negras regenta una sauna. Que Coco (el de cerca y lejos) se esconde detrás de los setos de los parques envuelto en una gabardina, para acosar a los niños mostrándoles los rizos de su barriguita morada.

17 sept. 2018

Todo exceso tiene su precio. En esta fiebre por enlucir el currículo, el coste es la opereta, el rubor y la sospecha de que aquí no se salva ni el Tato. Vamos a vivir un cambio de estrategia por parte de los departamentos de contratación de casi todas las empresas: ya no se darán por creíbles las carreras universitarias, los cursos de doctorado, las tesis, los másteres del universo ni las lecciones de crochet. Tampoco los idiomas que, al final del documento, decimos poseer. Nivel alto en el conocimiento del inglés, acompañado por todo tipo de letras y números que lo avalan; nivel medio en alemán (ojo, prost! quiere decir chinchín, por si las moscas…) y conocimientos afectuosos del pastún y algunas lenguas muertas.

Seguir leyendo en El Correo de Andalucía


Mi consejo para los de recursos humanos es que hagan un examen de admisión, una cata a ciegas con los aspirantes a cada puesto de trabajo y un reconocimiento mediante la máquina de la verdad. «¿Es cierto que se especializó en estrategias de venta en la Universidad de Lovaina?». «Sí». «¿Y dónde está el certificado que lo atestigua». «Me dijeron que no era necesario pasar a recogerlo». Si la pupila se dilata y aumenta el ritmo cardiaco, a la calle con una patada en las nalgas. «¿Es cierto que usted tiene como aficiones la filatelia y el baile de salón?». «En efecto, gané una copa en la sala de fiestas El Bimbó». Si aparece sudoración en las manos y en la planta de los pies, a la calle con un pescozón. «¿De verdad trabajó en una casa de pantys en la que, gracias a su perspicacia, multiplicó la cuenta de resultados?». «Sí. Soy licenciado en medias y copas para sujetadores». Si la máquina aprecia sequedad en la boca, a la calle con una bofetada. Y se acabaron las tonterías.







Subscribe to RSS Feed