9 ene. 2017

Lo peor que tiene la Navidad es que se termina. A lo que comenzó con las cajas del altillo, en esas mismas cajas le ponemos punto y final. Son las cajas en las que duermen las figuritas del belén, ceñidas las de barro a viejas hojas de periódico (qué divertido desplegarlas para buscar su fecha y leer las noticias que el tiempo ha deshecho en una mezcla de descomposición —la del papel y la tinta— y olvido), acolchadas por las tiras de espumillón pasado de moda. En el fondo de las cajas está el bracito de un pastor, la pata de una oveja, la mano de un San José que ha recibido la bienvenida ilusionada de varias generaciones y en los poros de su arcilla guarda cientos de besos: besos de bienvenida cuando la Navidad está aún por llegar, besos entristecidos cuando la madre ha sacado las cajas de debajo de la mesa del Nacimiento para que, con el mimo que merecen los objetos familiares, abramos las puertas al largo sueño de un año, once meses sin el musgo seco ni las montañas de corcho, sin la gozosa desproporción de una Judea irreal. La ilusión se queda dormida en las cajas del altillo, con la mula pegada y repegada, la acémila de siempre, la que conocimos cuando despertamos al juego tierno de la Navidad, que no cambiaríamos por una nueva, quizás mejor modelada, más verosímil pero que no sería nuestra mula del belén, que con su hocico de greda lleva toda una vida dando calor a ese Niño que se empeña en volver a pesar del desprecio de ese mundo que es dios de sí mismo y cree no necesitar Navidad ni cajas en el altillo.

5 ene. 2017

Cabalgamos por la vida a ritmo de desbocado. Ya estamos en 2017, como quien no quiere la cosa. A mí se me antoja una cifra impensable, tal vez porque de niño las películas, los tebeos y algunas novelas me hablaban del cercano siglo XXI como de una distopía sideral que me quitaba el sueño: yo no quería viajar en nave espacial, ni vestir un ridículo mono que me igualara a los demás hasta en el aspecto —me encanta ser yo, sin uniformidades—, ni la amenaza constante de los humanoides verdes llegados de otra galaxia.

Cada inicio de año me ofrece innumerables razones para sentirme agradecido. Esta vez empezaré por tirar las campanas al vuelo porque ni las películas, ni los tebeos ni esas novelas de ciencia ficción acertaron en el vaticinio: seguimos como estamos, mirando a las estrellas con asombro por su número, su lejanía y su magnificencia, encantados —al menos yo— de que las sondas a Marte se hagan trizas y en la luna todavía no se venda Coca-Cola. Nos ha llegado la lluvia de internet, es cierto, con esta madeja de conexiones en la que parece que si no apareces en alguna red no existes, pero me parece poco comparado con esa “Guerra de los mundos” a la que parecíamos abocados.

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Soy agradecido, pero confieso que no me he comido las uvas. Que llevo años sin comérmelas. El ritmo de uva por campanada es inhumano y no me creo que la docena de meses vaya a ser más venturosa por la correcta ejecución del arte de deglutir frutas, con piel y pepitas incluidas y con cuidado de no confundir los cuartos (que alguien me explique qué diablos son y para qué se necesita ese tañer) con cada uno de los golpes secos en el reloj de la Puerta del Sol. En mi familia me piden que no sea aguafiestas, que se trata de una tradición. También es costumbre portar una prenda interior roja y juro por mis ancestros que ni he caído ni caeré en la tentación. También es costumbre beber champán con una joya de oro entre las burbujas, y no pienso hacer semejante memez. También es costumbre poner el pie de determinada manera, dar unas vueltas sobre los talones, ver la enésima repetición de los números de Martes y Trece, abotargarse frente al televisor y cogerse una cogorza de espanto en uno de los múltiples cotillones en los que más te vale no quitarte el abrigo, pues suele hacer un frío de bigotes, y no entra en mis planes cambiar el gusto de irme a la cama a eso de la una o una y media, para entregarme al primer rato del año de dichosa lectura.

Me dicen que soy un aburrido. Les contesto que prefiero escoger las emociones a mi antojo. De niño sí, tenía su aquel ponerse un gorrito de cartón, soplar el matasuegras y lanzar la serpentina. El confeti estaba prohibido, por razones obvias: después no es fácil que se lo trague el aspirador. Pero ahora que soy mayor, que me hago mayor, me doy cuenta de que no me va la fiesta por la fiesta sino que detrás de ella tengo que encontrar una causa mayor: la celebración de un evento familiar, la culminación de un esfuerzo, el aniversario de un momento crucial y alegre que cambió para bien el rumbo de nuestra existencia y, sobre todo, el día a día, la fiesta rutinaria de cada jornada, que corresponde con el asombro de estar vivo y poder disfrutar del sol, de la noche, de la esposa y los hijos, de los amigos, de un paisaje, de un animal de compañía, de una afición y de los misterios insoldables que nos abren las puertas a dimensiones exclusivas para el ser humano.

Cabalgamos por la vida a ritmo desbocado, que es un modo literario de reconocer que esto pasa a toda velocidad. Uno parpadea y llega a los cuarenta y seis, que es mi edad, o más lejos aún (que cada lector ponga los años que ha cumplido). Este transcurrir del tiempo es una llamada mucho más apremiante que la del carrillón del kilómetro cero de nuestra vieja España, para que aprovechemos el momento, cada instante, la suma de nuestros días para convertirlos en una historia que merezca la pena ser contada, un cuerno de la abundancia de cosas buenas: la satisfacción de pasar por el mundo haciendo el bien. Y el bien se confecciona en familia, entre amigos, ante un paisaje, junto a un animal de compañía, en el ejercicio de una afición y en la contemplación de esos misterios insondables.

Estamos en 2017, sin marcianos ni anillos de Neptuno. Y aunque creo que la felicidad no se comprime en unidades de tiempo sino que está ligada a un saber vivir, deseo a mis lectores lo mejor de lo mejor durante los próximos doce meses.


2 ene. 2017

El universo gira alrededor de los teléfonos móviles. En nuestro mundo y en el de al lado, que es el de los pobres. Lo he visto en el corazón de África; se dan por bien empleados los días y las noches de estómago vacío si por recompensa se consigue un teléfono móvil. Esto último los pobres honrados, que los otros están dispuestos a robar y matar con tal de sentir en el bolsillo la leve presión del aparato de marras. Allí, como aquí, observar la pantalla es un rasgo de estúpido poderío del que sólo se libran los niños. Me refiero a los niños pobres, que los nuestros bien se solazan en los infinitos reclamos que asaltan sus otrora inocentes ojos.

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2016 acaba de pasar a la historia con su caza virtual de pokémones. Y son millones las familias que han festejado las campanadas con la representación de un mundo de seres congelados. Nadie sabe el motivo de esta nueva manera de hacer teatro, una representación de sombras inmóviles en tres dimensiones, una disposición original de maniquíes con alma que se filman por un lado y otro —«no parpadees, por favor. El abuelo… que alguien le abra el oxígeno para que deje de toser»—, y después se ofrece a los demás como quien regala una fotografía, un tarjetón de bodas o de agradecimiento por la compañía durante el óbito, aunque sin cuidar la identidad de los destinatarios porque hoy todo lo interpretamos para la galería, como si viviésemos expuestos tras los cristales de un gran almacén. «Qué divertidos los López… ¿has visto su mannequin challenge?». Y enero continúa, a la búsqueda de otra originalidad que se pueda enviar por wifi.

25 dic. 2016

«Ponga un pobre en su mesa por Navidad», sería un eslogan rompedor para cualquier campaña navideña. Ni mujeres-burbuja ni la chispa de la vida, ni el calvo de la Lotería que ya no está calvo, ni vuelve a casa, vuelve, ni El Lobo qué gran turrón ni Rodolfo, el langostino congelado de los bigotes… Es el pobre, mugriento y de olores nada confortantes, quien lograría que los ojos cansados de tanta publicidad se detuvieran en el mensaje, memorizaran el anuncio, le dieran doble «clic» y hasta lo convirtieran en una forma viral para felicitar estas Fiestas.

No deseo ponerme melancólico, moralista ni pesado, pero no quiero ni debo ocultar mi fatiga ante el descenso a los infiernos en el que se han tornado estas fechas, oropel, oropel, oropel… y el dinero de plástico echando humo. Me lo hacía observar un amigo: «¿Te imaginas a la familia de Nazaret echando un vistazo a lo que hemos hecho con la conmemoración de aquel suceso definitivo?... ». Y me dolía el imaginármelo: un joven matrimonio que atufa a establo, un niño envuelto en pañales sucios de paja, dándose un garbeo por cualquier gran almacén, por cualquiera de nuestras calles de escaparates reventones, asomándose al mercado fagocitante de Amazon, en el que el ser humano se convierte en una máquina «suelta-perras» en servicio Premium.

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«Ponga un pobre en su mesa por Navidad», como hicieron tantos hogares de nuestra vieja España, que por una noche o por un día compartían la sopa de almendras, el capón con orejones, el vino dulce y los postres navideños con un indigente, un hombre, una mujer o una familia invisibles, «Pasa la bota, María, que me voy a emborrachar…».

23 dic. 2016

Los medios de comunicación de medio planeta dieron a conocer, hace unas semanas, el fallecimiento del obispo Javier Echevarría, segundo sucesor de San Josemaría Escrivá de Balaguer al frente del Opus Dei. La vorágine hace que los acontecimientos pasen tan deprisa que apenas nos queda tiempo para separar lo importante de lo trivial. Las noticias que debería llevarse el viento de cada día, se enquistan para distraernos ante lo que merece la pena conservarse para rescatarlo a cada poco, con el propósito de profundizarlo. Y la figura y el mensaje de Javier Echevarría, sin duda, lo merecen.

Muchos le llamábamos «Padre». Pero no con el respetuoso apelativo que reciben otros sacerdotes a causa del don de su ministerio, sino con la seguridad de que nos unían a él lazos sobrenaturales de familia, aspecto fundamental en el diseño del Opus Dei, que para sus miembros no es una institución eclesial (que lo es), incluso una prelatura personal (que por supuesto lo es), figura canónica con la que la Obra encontró su reconocimiento jurídico definitivo en la Iglesia, sino una familia con vínculos tan o más fuertes que los sanguíneos, pues nos une una vocación común, la misma para todos, sin rangos ni excepcionalidades, de tal forma que nuestros intercesores en el Cielo (san Josemaría y el beato Álvaro del Portillo) no son para nosotros “santos al uso” sino padres a quienes nos dirigimos con conciencia de hijos confiados, torpones y necesitados, hijos que tienen la suerte de tener en el prelado (durante veintidós años lo ha sido Javier Echevarría) a un padre en la tierra que también se encuentra en camino, que ama sin condiciones, que abraza, que acompaña, que anima, con el que uno puede tener confidencias, reír y llorar…, elementos naturales de cualquier relación paterno-filial sana.

Desde el mismo momento de su elección, tras el tránsito al Cielo del beato don Álvaro, Javier Echevarría se nos reveló como un hombre que sólo sabía querer. No tengo duda de que esta capacidad de amar la apreciaron todos aquellos que comenzaron a tratarle. Y en ese cariño que regalaba a espuertas jugaba un papel primordial la fidelidad. Por eso vivía constantemente pendiente del Papa, recordándonos por activa y por pasiva que la razón de ser del Opus Dei no es otra que el servicio completo y desinteresado a la Iglesia, lo que obliga a la escucha atenta y activa de los requerimientos del Santo Padre. De hecho, la catequesis del prelado en sus incontables viajes por el mundo, así como los documentos (cartas, notas, sugerencias…) que con tanta frecuencia hacía llegar a sus hijos del Opus Dei, hacían referencias constantes a las palabras leídas y escritas del Papa, buscando una sintonía completa —¡todos a una!— entre sus intenciones y las de Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco.

Como hijo de don Javier me gustaba ponerle de cuando en cuando unas letras para contarle cómo me iban las cosas, para narrarle anécdotas simpáticas de mi familia, para enviarle fotografías de mis hijos, para compartir con él las alegrías y tristezas que pasaban por mi hogar. Lo sorprendente no era que yo le escribiese —lo hacía de tan buena gana...— sino que él me respondiera. Para quienes son dados a las cifras, les interesará saber que somos casi cien mil los miembros del Opus Dei repartidos por todos los continentes, números que, como tales, poco nos importan ni nos vanaglorian (Dios sólo sabe contar hasta uno), pero que en este caso son ilustrativos: estoy convencido de que no eran las mías, ni mucho menos, las únicas cartas que llegaban a la mesa de su despacho romano. Es más,  entre el numerosísimo correo diario tendría misivas de calado, de gran importancia, muchas de ellas enviadas por gente que lucha por vivir con heroicidad el cristianismo en países donde la fe parece un fenómeno anecdótico. Y, sin embargo, me emociono ahora al repasar sus líneas, la confianza con la que me trataba, la exigencia dulce con la que pretendía que viese el mar sin orillas que es el mundo para un hijo de Dios que hace garabatos en su afán de apóstol.

Tengo la conciencia de haber conocido a un santo que, como vimos en Juan Pablo II, no ha puesto reparos a la hora de exprimir su servicio enamorado hasta la última gota. Guadalupano —de san Josemaría abrazó el deseo de morir recibiendo, como Juan Diego, una rosa de manos de María— ha fallecido en la fiesta de la Emperatriz de América. Y junto a la Virgen ha llegado al Cielo para recibir la corona de la fidelidad. Son palabras de hijo, seguridades de hijo.






19 dic. 2016

A pesar de que el pesimismo protestante de Malthus y cía. jamás ha llegado a cumplirse —según auguraban, la capacidad de producción para dar de comer a la población mundial tendría que haberse visto desbordada en 1880, fecha que empezaron a ampliar de diez en diez años a medida que la realidad venía a demostrarles que el cataclismo no se cumplía—, los demógrafos siguen, erre que erre, con su teoría de que al hombre (al rico, se entiende) terminará por fagocitarlo el mismo hombre (el pobre, se entiende), razón suficiente para emplear todos los recursos, que son muchos, para que los negritos del África tropical dejen de reproducirse como conejos.

Las últimas proyecciones del crecimiento de la población hasta 2050, vuelven a la carga con el neomalthusiamismo. El problema sigue siendo el mismo: nos sobran pobres, millones de pobres que terminarán por comerse la tarta que entendemos de disfrute exclusivo del blanco. No quieren ver más allá y por eso enredan por Naciones Unidas y otras organizaciones con poder de imposición, para que se endurezcan las coacciones destinadas a recortar el ansia reproductiva de aquellos que todavía no tienen cuenta corriente ni mes de vacaciones.

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A tenor de los excedentes de alimentos que cada noche acaban en nuestras basuras, de las subvenciones al campo, del plástico que destinamos a envolver la compra semanal… el problema sigue sin estar en los alimentos sino en dos modos de vida diametralmente opuestos:  el nuestro, individualista y narcisista, contrario a la protección de la vida, tendente a que la maternidad llegue cada vez más tarde y el número de hijos no garantice el relevo generacional, empujándonos a un suicidio colectivo; el de ellos, generoso, joven y comunitario porque no disponen de pensiones ni ayudas, en el que los hijos son el fruto de un optimismo vital que está por encima de sus injustas contingencias.

Malthus se sigue equivocando, como la paloma de Alberti.



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