8 ene. 2018

Como, por definición, aún estamos en fechas de paz y alegría, dejemos aparte los odios, las corrupciones, los crímenes, las separaciones, las tristezas y las páginas de sucesos. Ha llegado el momento de salir en busca de lo mejor del ser humano. Y hay tantas cosas que contar… De hecho, si hablamos tanto del mal es porque nos empeñamos en silenciar el bien, cuya práctica es mayoritaria (¿Quién no cuida los afectos de amor, los afectos de amistad, los afectos de compañerismo? ¿Quién hace de su vida una guerra contra los demás? ¿Quién no se siente seguro, comprendido, querido por los suyos? ¿Quién no anhela —aunque sea en el recuerdo— el beso de una madre, el pellizco del primer amor, la mirada comprensiva de un maestro?).

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En el hospital Virgen del Rocío, de Sevilla, una mujer puso en marcha hace cuarenta y cinco años el primer servicio de oncología pediátrica de Andalucía. Por aquel entonces, el ochenta por ciento de los pacientes, trasuntos perfectos de aquel Niño que nació en Belén en pobreza e indiferencia del mundo, no superaba la enfermedad. Duele imaginarse la Navidad de aquellos padres, para quienes el diagnóstico fatal era lanzada que se llevaba por delante las ilusiones del espumillón. Hasta que Ana María Álvarez Silván se empeñó en humanizar los tratamientos, en cuidar a los pequeños tanto como a sus familias, en acercarles a la realidad del dolor para objetivarlo, en luchar para que ese veinte por ciento de supervivencia llegara al ochenta por ciento de hoy. Gracias a ella —a tantas personas como ella—los niños de entonces, los niños de ahora, salen a visitar belenes, desenvuelven regalos y se felicitan las Pascuas con una dicha absoluta. Gracias a Ana María Álvarez Silván, la Navidad cobra toda su plenitud. Estos son buenos días para leer su libro «Dame la mano», de editorial Anantes.

1 ene. 2018

Este artículo habla de la vida y de la muerte, las dos únicas radicalidades de las que dependemos. En aquel verano de mis diecisiete apenas habían pasado unos meses del fallecimiento de mi padre, ausencia que aún me compaña. Arrancaba el mes de agosto y un sol de justicia derretía las pistas del aeropuerto de Barajas. Allí nos encontramos, porque conocernos nos habíamos conocido unos meses antes, en una reunión en la que preparamos los aspectos generales de aquel viaje a Kenia. Chema Postigo, que llevaba unos años trabajando, venía en calidad de “mayor”, es decir, de responsable de aquel grupo de estudiantes de bachillerato que se embarcaba en una aventura que poco tenía que ver con los cursos de inglés en Estados Unidos, Gran Bretaña o Irlanda.

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Por aquel entonces Chema todavía no tenía novia. Rosa llegó a su vida un tiempo más tarde. Sin embargo, mientras paseábamos por las tierras arcillosas de Nairobi, cuando acampamos en las faldas del Kilimanjaro o al pasear por las arenas blancas de Kanamai, me confió que su mayor deseo era amar a una mujer con la que formar una familia. Familia… Experiencias de vida y de muerte, como iniciaba estas líneas, pues África fue para nosotros un vergel en el que disfrutamos de la explosión de la vida (por las callejas de Huruma, el barrio miserable, Chema jugaba con los niños que surgían de las basuras), así como el escenario donde fuimos testigos del fallecimiento heroico de Santiago Eguidazu —lo narro en “Desde un tren africano”, la primera de mis novelas—, al que enterramos frente a las colinas de Ngong.

Muchas veces medito acerca de la responsabilidad que me embarga por haber conocido, tratado y querido a personas como Chema Postigo, sobre el que su hermano Miguel acaba de publicar un libro (“A mi hermano Chema. La carta que no llegué a escribirle”, Cobel ediciones). Una responsabilidad gustosa que no se ancla en el hecho de ese conocimiento sino en la fortuna de su amistad.

De todos modos, “A mi hermano Chema es un libro que quisiera no haber leído porque esto querría decir que Chema sigue entre nosotros, desbordándose en tantos detalles de cariño que le hicieron único para miles de personas. Porque Chema murió de repente, provocando a lo largo y ancho del mundo una cadena de emociones que perdura. Su historia, la de Chema, la de Chema y la de Rosa, la del matrimonio Postigo Pich (los Postipich, según su hermano), la de sus dieciocho hijos… ya no es patrimonio exclusivo de su hogar. Ellos la regalaron a través de los medios de comunicación, de tantas charlas y conferencias que ofrecieron allí donde se les llamaba, incluso al otro lado del planeta.

Gracias a las páginas que firma Miguel, cualquiera llega a calibrar la extraordinaria categoría humana y espiritual de Chema, quien más allá de su perenne sonrisa experimentó situaciones muy difíciles, esas que te curten o te rompen (un continuo cambiar de casa y de ciudad, el final obligado a su afición al deporte, el inexplicable abandono de su padre, la depresión y la ruina económica para una familia numerosísima, un accidente de tráfico, la quiebra de sus negocios, el nacimiento de sus dieciocho hijos y la muerte de tres de ellos, el cáncer terminal…). Miguel no ha mitificado al personaje. Al contrario, nos ofrece el testimonio de su vida sin añadirle azúcar, con una audacia que me ha desarmado, tan acostumbrado estoy a las biografías de tantos personajes que parece que nacieron con una estrella bajo los pies.

El sufrimiento de Chema —que en su vida ocupó tanto espacio como el amor— es ahora patrimonio del mundo. Por eso se me revela atractivo y necesario para este occidente calculador y tecnológico, en el que nos enviamos el cariño (las felicitaciones, las condolencias) por wasap. Chema, muy al contrario, no se conformó con ser formalmente bueno: su cariño era una cualidad desbordante y trabajada, que le ayudó a olvidarse por completo de sí mismo, sin medidas, sin límites, sin espacios exclusivos para su bienestar. Gracias al libro conocemos, incluso, el contenido de su oración —a diario buscaba a Dios—, el trato confiado que tenía con el Cielo, que no le ahorró la hiel en casi todas sus ilusiones. Y es su oración —yo que soy pobre de fe— la que quisiera hacer mía, pues en esa dimensión podemos continuar la amistad que surgió en aquel viaje a Kenia, coloreada con los tonos de la vida y de la muerte.





23 dic. 2017

El infierno existe. Lo recordaba el beato Pablo VI al enfrentarse a la intelectualidad de los setenta del pasado siglo, responsable de la verdad líquida en la que no hay bien ni mal, que entiende que Satanás y su odio fatal son un cuento, el miedo con el que la Iglesia somete la voluntad débil de los cristianos. Pero existe. El infierno. Y no sólo en ese más allá del que tenemos la descripción terrorífica que hace el mismo Jesús, así como la de algunos santos que tuvieron el «privilegio» de asomarse a semejante hondón como espectadores. Existe en nuestro mundo, «tan bello y, a la vez, tan atormentado», como resume monseñor Fernando Ocáriz, que lleva recorriéndolo sin descanso desde hace décadas.

Las cárceles son un preciso ejemplo del infierno en la tierra, aunque sean imagen pobre del infierno del otro lado del telón de la vida. En todo caso, pocas situaciones se me antojan más terribles que la privación de libertad en un lugar no elegido y del que no se puede salir, con unas compañías tampoco elegidas y que no suelen ser, precisamente, lo mejor de cada casa.

Pero como en todas las situaciones límite, en la cárcel también hay rayos de luz e incluso preciosas historias. De esto saben mucho los capellanes que las atienden, testigos de cómo se rinde el corazón de un criminal para recuperar, con hipidos de niño, la fe que atesoró en un pasado remoto. Y desde esa fe, cómo el criminal deja de ser un criminal para convertirse en un hombre (o en una mujer) que lleva caridad y esperanza a las celdas de la desesperación y los patios de la violencia.

Si las prisiones son un trasunto del infierno, qué decir de algunas de ellas, especialmente de las situadas en países donde no se respeta la dignidad del preso —incluso al peor de los asesinos le corresponde una dignidad infinita, aunque nos parezca que no la merece—. En muchas de esas cárceles los reos están hacinados, maltratados, mal alimentados, sometidos a la tiranía de determinados reclusos que cuentan con la aquiescencia del alcaide, etc. Por eso, para ellos nada es comparable al consuelo que les trae el sacerdote que viene a ofrecerles los sacramentos o (por qué no) su mera compañía.

En Kitui, una provincia de Kenia en la que pude pintar las imágenes de los ábsides de un par de iglesias pobres, un sacerdote nativo me habló de su misión en una cárcel en la que se dan todas las características que acabo de enumerar. Allí un anciano católico, después de muchos años de condena (conocía, entre otras cosas, las rozaduras de los grilletes, las torturas, el hambre), se reconcilió con Dios. La absolución tras una confesión larga, en la que hubo muchas lágrimas, le hizo renacer, aunque no le quedaba mucha vida por delante.

Apenas recobró la libertad salió en busca de su esposa, a la que llevaba años sin ver. Sanar todo el mal que había hecho no fue para él tarea fácil, pero se sentía un hombre nuevo porque había recibido por parte de su Padre una última y gozosa oportunidad, a pesar de que materialmente no tenía nada de nada (ni trabajo, ni hacienda ni dinero).

Me contó el cura keniano su sorpresa cuando, después de unos meses, vio aparecer al antiguo convicto por la senda polvorienta que acababa en la parroquia. Venía caminando junto a su mujer, ambos inclinados bajo el peso de unos objetos apilados. Eran sillas de plástico, de esas que las marcas de bebidas regalan a los bares y cantinas a cambio de la publicidad que llevan impresa en el respaldo. Aquel matrimonio las había comprado de segunda o tercera mano, haciendo un gigantesco esfuerzo (guardar, cada vez que había ocasión, unos céntimos de cobre indispensables para su manutención).


«¿A qué habéis venido?», les preguntó el padre. «A compartir nuestra felicidad», le dijo el viejo. «Cuando los fieles se sienten en estas sillas, durante las celebraciones, entenderán que al Cielo se puede llegar, también, cuando parece que todo está perdido».

18 dic. 2017

Hoy no me apetece entonar un villancico en prosa costumbrista. El adelantamiento progresivo de la Navidad como señuelo comercial no me seduce; los brillos y las melodías de campanitas exhalan un tufo de adormidera entre las masas que congestionan los centros comerciales. Quizás por eso, en muchos puntos de la ciudad empiezan a acumularse bolsas, cartones, botellas, cajas… como si las fiestas llegasen en un gigantesco envoltorio que contiene, a su vez, toda suerte de detritos. Junto al inevitable cuerno de la abundancia de finísimos manjares, alcoholes y presentes de toda clase, hay otra caracola que vomita porquería con lazos rizados, a la que nos cuesta encontrarle un lugar donde reciclarla.

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Sabemos lo prudentes que son nuestros vecinos del viejo continente a la hora de manejar el empaquetado. Allí resulta inimaginable que en la compra semanal ocurra lo mismo que en nuestros hogares, donde plástico, aluminio y cartón superan en volumen y peso al contenido fungible. En Gran Bretaña, Irlanda, Alemania, Francia, Bélgica, Dinamarca, Suecia… los desechos inorgánicos se consideran incompatibles con la convivencia, un error punible en la planificación de la industria alimenticia, un delito social por parte de los productores, fabricantes, distribuidores y vendedores. Tal es la guerra abierta contra el celofán, el pet y el tetrabrick, que los centros de investigación y desarrollo invierten fortunas en el modo de sustituirlos por envases que puedan volver a la naturaleza convertidos en abono. Y no me pregunten cómo lo consiguen, pero por aquellos lares cada familia dedica un tiempo diario a ordenar la basura según su composición, organizándola en cubos de distintos colores, sin abandonar un solo residuo en la acera, encantados de que el camión de la basura apenas pase un día a la semana para llevarse semejante tetrix de inmundicias.

Serán aburridos, pero nos ganan por goleada en buena ciudadanía.



11 dic. 2017

He visitado uno de los obradores de Estepa y, claro, he inaugurado la Navidad. Navidad a dos carrillos, porque a ver quién es el valiente que se resiste a caminar por la pasarela de «El Santo» (por elegir una de las fábricas) mientras los empleados realizan la masa (harina tostada, manteca de almendra, azúcar, canela, ajonjolí, cacao, ralladura de limón o de naranja, coco…), la amoldan, la hornean, bañan en chocolate cada pieza si es menester y la envuelven —tris tras— en esos papeles que son promesa de dulce en polvo.

Mientras utilizo la excusa de la probatura para acabar con cada una de las variedades del surtido, me temo que el propósito de cerrar el pico y salir de paseo para quemar tanta caloría de más, se retrasa hasta mediado el mes de enero.

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Andalucía esconde en conventos y cocinas (atención: en las fábricas de mantecados no saben qué son los conservantes ni los potenciadores de sabor) una delicadeza que viene a equilibrar las mendacidades de este país de «Manadas» y otras aberraciones. Los hojaldres traen la delicadeza de las manos limpias de la clausura, que mientras siguen paso a paso las instrucciones de una tradición centenaria, repasan las cuentas de las avemarías en favor de los que van a disfrutar de glorias, yemas, panes de Cádiz, roscos de vino, polvorones y turroncillos, sean o no creyentes, practiquen o no las obligaciones de este tiempo de Adviento y de los misterios de la Navidad.


Hay todavía quienes se excusan cuando a los postres se pasan las bandejas repletas de tan dulces pecadillos. No, que engordan. No, que no me van los mantecados de las monjas. Y después —oh misterio—, cuando tan tiernas maravillas duermen en la despensa, poco a poco van menguando por culpa de un glotón sin nombre.
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