15 mar. 2019

Pim, pam, pum… Valencia arde en fiestas, nunca mejor dicho al considerar la quema que les espera a sus ninots, destino que nunca he llegado a comprender: si yo fuera el creador de la falla a la que van a prender con una cerilla, me parapetaría para defenderla como santa Juana de Arco, aunque sin arriesgar más de lo previsto, no se me vaya a chamuscar la barba.

España no se entiende sin sus fiestas patronales. Las hay por casi todo el mundo (las razones no suelen ser sacras, como las nuestras, salvo en los países de raigambre católica), con su baile bajo la carpa, fuegos artificiales, concurso de pepinillos en vinagre o de tartas de zanahoria, homenajes a la cerveza y festivales en los que los hombres, a mano o con motosierra, se retan para comprobar quién es capaz de lonchear más veces un largo tronco en un tiempo determinado. Y las rifas y los cacharritos de feria, con manzanas caramelizadas y algodones de azúcar, batallas de comer donuts y escarapelas para la vaca del año. Pero no es lo mismo.

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En España demostramos a lo largo del año —sobre todo desde el arranque de la primavera y hasta mediados del otoño— que sabemos celebrar la protección de la Virgen (en sus numerosas advocaciones) y los santos, nada que ver con esa imagen mustia con la que se pretende desdibujar a los cristianos. Y lo celebramos con misas mayores, claro, pero también con jolgorios profanos, que van del chunda-chunda de las orquestas móviles (¡que no se pierda el pasodoble!), al pañuelo anudado al cuello; del vino peleón a la sangría que todo lo disimula; del petardo más o menos chistoso, a las curiosidades de cada ciudad, de cada pueblo; de la noria sospechosa de no tener todas las tuercas bien apretadas, a la novillada en la que los torerillos llegan caminando desde la pensión.

Valencia ha descorchado la temporada de jolgorio (con permiso de los pueblos que celebraron a san Blas, a la Candelaria y a otros santos madrugadores); los hoteles se encuentran a reventar y por las calles no cabe un alma. ¡Que no decaiga la alegría!

11 mar. 2019

En el estrambote de la infancia hay un lugar destacado para los oficios, mediatizados por los vaivenes sociales. Si hace unas generaciones los chicos aseveraban que de mayores iban a ser toreros, soldados o mineros, y las niñas se contentaban —en un espíritu muy positivo, estoy convencido— con anhelar un determinado número de hijos (que nunca bajaba de seis) para los que ya tenían decididos sus correspondiente sexo y el nombre con el que cristianarlos, hoy la cábala de profesiones va por otros derroteros, en los que abundan los aspirantes a futbolistas, cantantes, probadores de videojuegos, modelos de pasarela o líderes momentáneos de las redes sociales. 


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Revelo de cuando en cuando —con la sensación de que a nadie le interesa— cuáles fueron las casillas de mis deseos infantiles. Era una colección un tanto anárquica, ya que aquellos oficios no tenían relación entre sí, lo que entra en la lógica de lo ilógico que reina en la mente de un niño: aventurero, dibujante de tebeos, payaso, misionero en África y matador de toros. No hubo espacio para lo que después me ha tocado ser: escritor, que es lo mismo que decir juntador de palabras, vendedor de fantasías, una ocupación de esas que las madres solían describir con menosprecio ante sus hijas en edad de merecer: «todo un muerto de hambre».

Constato que mi devenir está salpimentado con lascas de aquellos ensueños parvularios. No soy aventurero (oficio de por sí atractivo pero inexistente), aunque me despierto con la seguridad de que mantenerse en pie no deja de merecer su canto de epopeya. Tampoco dibujo tebeos, pero dedico muchas horas apasionantes al lápiz, el pincel y las gubias, frutos de aquella afición alimentada desde niño que viene a demostrar que no hay nada más trágico que un menor de edad aferrado a un dispositivo electrónico. Respecto al payaso, es demasiado fácil hacer un chiste fácil, incompatible con la admiración que manifiesto por el circo, arte de artes nobles, incluido el emocionante juego con las fieras que alcaldesas y alcaldes —dictadores del buenrollismo— han decidido prohibir bajo amenaza de sanción. Las misiones las dejé en manos de mujeres y hombres heroicos, tocados por el dedo de Dios. Yo no pude volar tan alto. Y los toros siempre desde la barrera, pero con la pasión del buen aficionado. 

1 mar. 2019

Si anuncio que este artículo pretende hablar del uso del teléfono móvil, cabe la posibilidad de que me quede sin la mitad de mi habitual audiencia. Unos renunciarán a leerlo porque opinan que es asunto demasiado trillado y lo esperable es que yo caiga en lugares comunes tantas veces expuestos. Otros empezarán la lectura, pero quedará interrumpida en cuanto adviertan que les ha llegado un wasap, uno más entre los cientos que nos atenazan como una nube de mosquitos alrededor de la cabeza.

No pretendo sermonear a nadie. De hecho, yo también soy usuario de uno de estos aparatos capaces de albergar, dicen, mucha más información que la de aquel Apolo 11 que aterrizó en la Luna. Reconozco que también estoy encadenado a sus funciones, esclavizado a su constante reclamo de sonidos, luces y vibraciones, mérito de sus fabricantes y programadores, quienes han conseguido que giremos alrededor del móvil como el Vostok 1 —la cosa hoy va de cohetes—orbitó la Tierra.

Mis hijos se sorprenden cuando les hablamos de aquel teléfono de cable en espiral, lacado en crema —el de color rojo era todo un capricho—, con su rueda transparente y agujereada. Para explicarles su funcionamiento tenemos que valernos de mímica, pues no entienden en qué consistía descolgar el auricular, pulsar las pestañas cuando se quedaban enganchadas, buscar en la agenda el número deseado —había quien era capaz de llevar en la memoria, y no precisamente digital, toda una guía— y empezar a girar el marcador rotatorio hasta el tope de metal, con maestría para acertar con el índice el hueco del número correspondiente, soltar la rueda a tiempo, aguardar el sonido de los correspondientes pulsos y continuar la operación hasta el último dígito. A ellos les parece que se trataba de un esfuerzo ímprobo, aunque lo que más les desazona es conocer que los hogares dispusieran de un solo aparato —un terminal decimos ahora—, anclado en un lugar de paso, dos a lo sumo en las casas espaciosas, con una palanquita que distribuía la línea de uno a otro, cortando muchas veces las conversaciones. Y si no había palanquita, uno de los teléfonos servía, cuando el usuario lograba descolgarlo con sutilidad, para escuchar el diálogo que mantenía cualquiera de los familiares con vete a saber qué destinatario a través del otro.

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En la casa de mis abuelos todavía se usaba uno de aquellos teléfonos negros de baquelita, una pieza de museo cuyo auricular pesaba como una piedra, con su cableado forrado en tela. Había otro —creo recordar— que carecía de marcador. En su lugar había una pieza inmóvil con un botón en el centro. Una pena que mi acostumbramiento a verlo —la costumbre hace a las cosas y a las personas invisibles— me impidió preguntar por su uso.

Vuelvo al teléfono de mi casa, receptor de tantas confidencias. Su campana era más amable que las melodías de los móviles, aunque atenderlo requiriera, más de una vez, echarse a correr antes de que interrumpieran la comunicación. Mientras charlábamos, enredábamos los dedos con aquel cable en espiral en un juego inconsciente. A ser el cable de material flexible, nos permitía estirarlo en busca de un lugar discreto donde evitar la curiosidad de padres y hermanos. Había también una libreta y un bolígrafo para apuntar el nombre y los recados de aquellas personas que habían preguntado por algún familiar ausente. Antes de que llegaran los contestadores automáticos (primero de casete, después incorporados al servicio de la compañía telefónica) existía la obligación moral de dejar testimonio de las llamadas que no nos correspondían, bajo amenaza de castigo por incumplimiento.

Como pueden entender los lectores que hayan llegado hasta aquí, el teléfono móvil me ha servido como excusa para describir un tiempo y un mundo distinto, que sin duda supuso un paso adelante frente a las generaciones que nos precedieron, aquellas que estaban sujetas a una telefonista y su habilidad para insertar clavijas y ordenar conferencias. Eso sí, déjenme proclamar que la vida era posible sin wasap, aunque los más jóvenes no nos crean.

27 feb. 2019

En las instalaciones industriales a las gallinas ponedoras no les apagan la luz. Así no pueden diferenciar día y noche (dudo que hayan conocido el ciclo del sol y de la luna), lo que les incita a soltar un huevo detrás de otro, haciendo equilibrios entre los incómodos barrotes de las jaulas. Es lo que tiene desconocer el medio, vivir bajo el paso de una cinta transportadora, comer pienso con aditivos para la producción de una, dos, seis… cien docenas, hasta que la maquinaria emplumada expire descalcificada y sin haber saboreado un solo gusano.

El presente febrero finaliza con las temperaturas fuera de madre. Los gorriones han comenzado a entrelazar sus nidos antes de tiempo, y los palomos zurean con la libido errada. Tienen que venir los fríos, incompatibles con el cortejo aviar y con la cría de pollos desplumados. Los oportunistas insisten en la matraca del cambio climático a causa de nuestros excesos, empezando por la superpoblación, porque para estos —animalistas, ecologistas y otros istas de carné— el hombre es el peor enemigo de todo, aunque ellos mismos no se incluyan en su tesis ni como hombres ni como enemigos, no vayan a ser también culpables de la subida del termómetro.


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Visité el Museo Arqueológico de Madrid junto a un profesor de universidad. Queríamos ver muchas cosas, pero la magnitud de sus conocimientos y su esfuerzo didáctico hizo que no pasáramos de la prehistoria. En aquel tiempo marcado tanto por el calor como por la glaciación, no hubo otros humos que los de las hogueras. Además, por entonces no se refinaba el petróleo. Pero tuvieron febreros como este, un mes que se ha confundido al ocupar su sitio en el trenzado del año. Quizás nuestro febrero soñara con ser julio, quizás anhelara disfrutar de unas vacaciones de sol y playa… Como en aquellos tiempos remotos, no hace dos años tuvimos un verano más bien fresco, con frío incluso. La Naturaleza es así, ingobernable a pesar de las reglas que marcan su compás, un tic-tac que suele ir hacia delante pero que, de pronto, da un salto para atrás, quizá para confundir a los istas de carné y reírse un poco de sus paranoias. Y también para que las cigüeñas, zancuda de buen agüero, no tengan que esperar a San Blas para bichear en nuestros campos.

22 feb. 2019

Han sido siete larguísimos años. Incluso un poco más si sumo el tiempo que transcurrió entre el final de la promoción de mi anterior novela, El arca de la isla, la decisión en firme de abrazar el proyecto más arriesgado y complejo de mi carrera de escritor y su publicación. 

Todo comenzó de manera imprevista, como si no fuese yo quien hubiera escogido esta aventura sino al revés: fue el libro que estaba por escribir el que me esperaba. El proyecto despuntó en una comida, un almuerzo con un sacerdote encargado de la pastoral de un centro de formación profesional especializado en cocina y hostelería, con alumnos en su mayoría sin una buena formación académica, de pocas lecturas, hijos de inmigrantes o recién llegados del otro lado del océano, con los desiertos, selvas y montañas atrapados en el acento de su habla. 

Aquel cura me trazó el estado de la juventud en España. Primero me habló de lo doloroso: entornos hostiles a cuenta de las familias rotas; malos tratos en el hogar y en la intimidad de novios y novias; pocos incentivos para el estudio y el trabajo; falta de referentes culturales y artísticos; ausencia de belleza y armonía; abandono en las tiranías del pensamiento blando (asimilación sin crítica de las teorías de género, relativismo moral, absolutización de la práctica sexual, disociación afectiva, recurso al aborto…); atracción desmesurada por la tecnología y sustitución de Dios por las ofertas de una espiritualidad de mercado, vinculadas al new age

Después me habló de lo luminoso: «Los jóvenes, también aquellos que no están bautizados o participan del neopaganismo occidental, añoran un encuentro con Jesucristo, aunque ni siquiera sean conscientes de ello». Entonces me expuso que en el mercado literario faltaba una novela que hablase de J.C., Dios hecho hombre, Alfa y Omega de la Historia, Principio y Fin por quien todo fue hecho y que es Rey, como respondió a Pilato cuando este quiso saber —porque algo en el porte de aquel hombre maltratado se lo decía— si era verdad su realeza. «Ensayos teológicos hay muchos, pero para un público entendido. Sin embargo, novela…».

Regresé a mi casa con el hormigueo ante los sucesos que parecen refundar nuestra vida. Una novela sobre Jesucristo destinada a lectores que no sepan nada de Él, o que lo que conozcan sean apenas unos apuntes, unos tópicos incluso. Una novela sobre el único ser humano que ha vencido a la muerte y que, por tanto, vive en cuerpo y alma, en humanidad y divinidad, eternamente. Una novela con la que —y eso sí que se queda muy por encima de mis limitadísimas posibilidades— su protagonista pudiera hablar al corazón del lector que lo ignora todo o casi todo acerca de la única persona capaz de dar sentido a las alegrías y sinsabores, ya que nos proyecta a una dimensión —la de correr su misma suerte: vivir para siempre— en la que todo cobra un sentido de justicia que dará respuesta al hambre y al miedo, al dolor y a la ruina, a la enfermedad y al fracaso, al grito enmudecido de todos los inocentes, que serán recibidos y tratados como primeros frente a los causantes de todos sus males y humillaciones.  

En estos siete años han pasado muchas cosas. Entre ellas la sucesión de distintas Jornadas Mundiales de la Juventud: cientos de miles de jóvenes —muchos de ellos hijos del neopaganismo—, millones si nos ponemos a sumarlos, partieron en busca de ese encuentro personal con J.C. porque es cierta el hambre de Dios. Y entre tanto, los meses de estudio, la búsqueda del modo con que encarar semejante novela, el empezar, volver a empezar y empezar de nuevo, y más estudio, y redactar, y superar el miedo, y caer en la decepción de que sobre Jesús ya está todo dicho y descubrir, poco después, que Él nos habla a cada uno, por lo que quienquiera que se le acerque con rectitud de corazón encuentra respuestas nuevas y asombrosas.

J.C. El sueño de Dios ya está en las librerías de España. Y yo me siento, como pocas veces, feliz y pequeño, muy pequeño.

20 feb. 2019

Entiendo la indignación de la gente ante la inmoralidad eugenésica de Arcadi Espada. Para él, por lo leído y visto, sólo son dignos de derechos —el primero, a la vida— los pertenecientes a una condición... digamos... aria (españoles listos, guapos y productivos). Por el contrario, aquellos que en el vientre materno manifiesten una condición genética modificada, una enfermedad o una malformación, deberían ser llevados directamente al bisturí cortador, a la sal quemante, al aspirador y al crematorio, porque en su ensoñación no pueden llegar a ser listos, ni guapos ni productivos, sino una carga para los padres y para el propio Arcadi, que paga sus impuestos. La reacción de repulsa que recorre España es lo que tiene vivir, como Arcadi, a expensas de la declaración gruesa, aunque Risto, digamos la verdad, tampoco está muy desencaminado de esa senda. 

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Entiendo la indignación de todos porque también es la mía. Y entiendo la emoción por la aparición en el Chester de ese niño precioso que tiene Síndrome de Down, y por la declaración de su padre maravilloso. Pero no así que este suceso televisivo no consolide en toda la gente emocionada la decisión de ponerle punto final al aborto. ¿Es que los embriones, los fetos no deseados (algunos a término) no tienen derecho a vivir? Los que vienen con el síndrome de Down abrazado a su inocencia, pasan a ser presa de caza (por la Ley, por el médico, por la madre y por quien ayuda a la madre en el proceso del aborto, la coacciona o la anima a abortar). Aquellos que traen una «anomalía», término legal en el limbo, ya que puede comprender desde un labio leporino a la falta de un riñón; desde un dedo de más o de menos en una mano a una pierna más corta que la otra; y, por supuesto, cualquier sospecha del ginecólogo, sea cierta o no, a pesar de que quepa margen de error en su veredicto. Y no es lo único, porque durante las primeras dieciocho semanas —Risto, Arcadi, aprendedlo— el aborto es libre, cuestión de determinación o capricho de la paciente, y ahí el médico sesga la vida también de los listos, los guapos y los que serán productivos, ese español ario que tanto le mola a Espada. También abortan las menores de edad y saltándose el obligado consentimiento de su padre, madre o tutor, ya que las clínicas del ramo cuentan con asesores para trampear la ley y violar la patria potestad.

Arcadi, lo siento pero tu discurso inmoral se ha quedado corto. Risto, lo siento, pero tu espectáculo televisivo se ha quedado corto. 

1 feb. 2019

Una máquina para guisar a cocción lenta. Esta parece ser la última innovación que debemos tener en la cocina para epatar a nuestros invitados, en el caso de que nos haya dado por la alta gastronomía. Por lo visto las espumas, los vapores y los aires ya no se llevan, que con el comer pasa desde hace unos años como con el vestir, que las técnicas se identifican con determinadas temporadas y son causa de murmuración y sonrojo cuando el cocinitas se ha quedado atrapado en el tiempo. Así que, insisto, hay que guisar a baja temperatura, que no sé bien en qué consiste pero dicen los especialistas que se tarda un rato, vamos, unas cuantas horas y no precisamente de puchero, que eso sí que es un arte porque depende de la intuición de quien usa la espumadera para remover y retirar grasas, natas y telillas. 

He curioseado en algunas páginas de internet, en las que descubro que hay varios métodos de cocción a baja temperatura: en seco o levemente humedecido (como en la peluquería), al vapor o dentro de una bolsa (el pescado vestido de cadáver…), sumergido el alimento en algún líquido, al vacío (es decir, modo cohete espacial) o sin vacío (ya no se me ocurren más comparaciones chistosas).  Y respecto al tiempo, un solomillo en su punto puede requerir dieciséis horas. Qué mérito del cocinero, que en vez de dominar el chop-chop ha de realizar una carrera de física y química para que el pescado no se pase y la verdurita sea un complemento en su punto, sin durezas.

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A mí me van otro tipo de viandas, sin desmerecer a los sifones, termómetros y demás instrumental de diseño hospitalario. Prefiero la carrillera nadando en su salsa, con patatas panadera a poder ser y pan para mojar. Y el chipirón en su tinta, pero que el contenido en el plato sea más bien generoso y con añadidura del arroz con sofrito para colmar el hambre. Y la menestra de verdura a la vieja escuela, que es destreza de los viejos fogones. Y la cuchara, siempre la cuchara y la legumbre, en especial el garbanzo castellano, pequeño y con un toque dulzón, acompañado de relleno zamorano y más arroz, para que no queden huecos entre ombligo y espalda. 

Abajo con las diferentes texturas, las esferificaciones, las mantequillas aromatizadas, el vasito con alguna patraña antes de pasar a otro sabor, la menudencia cuajada de apellidos en un océano de cerámica, la gelatina a modo de suspiro, la viruta a modo de sorpresa, otro vasito con otra patraña antes de cambiar de sabor, el crujiente a modo de experiencia, la ambrosía a modo de sensación, la salpicadura a modo de decoración, la morcilla pintada de rosa palo con forma de riachuelo, la montaña de nabos salvajes en picadillo de ciruela sobre cama blanda de queso liofilizado en maridaje con una verbena de pensamientos (hablo de la flor) de la isla de Madagascar. 

De nueva cocina se ha escrito mucho. De sus raciones para hormiga, de su deconstrucción hasta hacer del «producto» (eso que todos llaman «producto» y antes era género) un cuadro abstracto, de la presentación (que va del platillo volante a la laja de antracita; de la cuchara de porcelana con forma chinesca—que no hay quien se la introduzca en la boca, provocando escenas humillantes en las que las huevas de pez payaso se vierten por la barbilla para acabar en el cuello de la camisa— al dedal), al precio —¡ay, el precio!—, que no sé si cuando el camarero regresa con el pago de la cuenta el dueño del restaurante de postín lo celebra con una carcajada, pero de esas que te retuerces y los ojos se te llenan de lágrimas. 

Los programas de televisión dedicados a la materia han popularizado unas maneras de cocinar que tiran por el sumidero la tradición de las abuelas y de las bisabuelas que al besugo lo llamaban besugo, y al pollo le sacaban provecho desde la piel a la carcasa, según atestiguaba el ejército de croquetas sin freír que aguardaba turno en ovalada formación.

Los gurúes del ramo advierten ahora que han regresado a las raíces, que eso de llamar filete ruso a un gurruño de papel emulsionado con pinceladas de escabeche de caballito de mar ya no se lleva. Que las cartas de sus restaurantes deben recuperar nombres tan nuestros como pisto, callos, albóndigas, cocido (de cada una de las regiones y con sus correspondientes sacramentos), potaje, sopas de ajo, caldereta, tortilla, etc. Pero me malicio —perdonen esta tendencia a dudar de todo y de todos— que ese tal pisto, que esos callos, que esas albóndigas prometidas, que ese cocido de los miércoles y ese potaje de cuaresma, que las sopas de ajo, la caldereta y las tortillas seguirán siendo una interpretación, un desatino, una minucia, un pellizco de sustancia y un sablazo de toda ley.



30 ene. 2019

Siempre me he preguntado por el destino de los detritos humanos, pero me considero un tipo elegante que no hace interrogatorios indiscretos sobre asuntos que arrugan la nariz, entre los que destacan nuestras funciones más… digamos… eh… animales. Lo cierto es que el hombre es un generador imparable de porquería y que buena parte de los problemas de salud del mundo se deben —me lo contaba una misionera que lleva más de sesenta años en la India— a la falta de retretes. Lo que comemos lo transformamos, y en esa transformación juegan un papel fundamental toda clase de bacterias que descomponen aquello de lo que ya no se pueden sacar más beneficios corporales. El problema, por tanto, radica en esa manifestación incontrolada de seres diminutos y vengativos, responsables de epidemias que afectan a millones de personas, como con sobrecogimiento he comprobado en algunos lugares de África, América y Asia, donde el cumplimiento con las necesidades íntimas brilla, precisamente, por su falta de intimidad en esas barriadas miserables donde hasta cumplir con la Naturaleza tiene un precio impuesto por los criminales. 


En Chiclana cuentan con magníficas depuradoras, como en la mayoría de las localidades de España, a las que llegan todo aquello que a los chiclaneros les sobra. Pero tirar de la cadena ha cobrado en la villa costera un significado distinto. Aunque suene ordinario —y lo es—, cagar allí tiene premio, pues un proyecto de ingeniería ha conseguido procesar los desechos mediante unas algas que transforman, en un repugnante proceso de fermentación, la m… en gas metano que, una vez purificado (es un decir), se convierte en combustible para los vehículos. El coste del litro de gas, lo advierto, puede hundir a los países de la OPEP a ritmo de bulería. 

Dicen que con un depósito de ese gas se puede viajar de Cádiz a Valencia por unos ocho euros, sin necesidad de repostar. Y no es que la caca chiclanera tenga unas propiedades distintas a la del resto de la humanidad, lo que hace de la visita diaria al excusado un servicio al medio ambiente en vez de en un problema ambiental. ¡Olé por los chiclaneros!

27 ene. 2019

Que me perdonen si algún lector se ofende, que me comprendan si me juzga de fisgón y morboso porque, sí, lo confieso (sin echarme de rodillas ni asumir en ello otro pecadillo —y de naturaleza débil— que el gusto por saber): en cuanto cae un periódico en mis manos busco con glotonería los obituarios, ya saben, esas páginas destinadas a los panegíricos de aquellas personalidades que, de pronto, dan el tripe salto mortal hacia la existencia eterna. 

El obituario de Juan Pablo II vivió en las redacciones de todo el mundo durante casi la totalidad de su larguísimo papado. No es que los periodistas lo quisieran muerto, sino que Dios lo quiso vivo y reinante después del atentado terrorista en San Pedro, de la septicemia en el Gemelli, de la nueva intentona de magnicidio en Fátima, de la operación de colon, de la del fémur y de aquella prolongada vejez en la que fue dejando a jirones el regalo de su santidad sin importarle su doloroso declive físico. Me temo que fueron muchos, muchísimos, los pegalíneas a quienes fue encomendada tan importante pieza periodística que fallecieron, pobrecitos, a lo largo de las distintas fases del papado sin ver cumplido el honor de vestir a cuatro columnas la semblanza de un hombre definitivo que seguía a lo suyo: gobernando la Iglesia. 


Otros hombres y mujeres también pasaron su largo estío con la necrológica en la nevera de los medios de comunicación. Sería divertido enfrentarles, antes de que les llegue el día y la hora, a esos folios mecanografiados, a ese archivo que está guardado en la carpeta de decesos honrosos, para ver si se reconocen en la alabanza, incluso en los peros metidos con calzador. Aquí en España somos muy dados a darle fiesta al muerto, especialmente si ha sido un individuo popular: lo colocan de cuerpo presente en el salón de plenos del ayuntamiento, en una sala de cine paradigmática, en un teatro y —en estos momentos en los que la cocina está tan de moda— hasta en la sopa; después se desdicen de los descalificativos que le persiguieron en vida, si fue bueno o malo (en lo moral), si contribuyó a construir o destruyó todo lo que tuvo a su alcance... y se le jalea, y se le llora, y se le grita, y hay gente, eso que algunos llaman pueblo, que —¡cuánto me asombra!— se echa a los hombros la penitencia de pasarse las horas en la larga cola del pésame, aunque ni conozcan a los deudos ni hubiesen tratado con el fiambre, que pudo haberles sido indiferente hasta el día anterior, incluso vertedero por el que echaron toda clase de sapos y culebras.

Busco los obituarios con curiosidad, por ver si algún muerto egregio logra sorprenderme («¡Viejo!…, cuánto sin saber de ti»). Suspendo la mirada sobre la fotografía que acompaña la noticia de crespón negro, en la que el protagonista suele aparecer en la flor de su fama, en la cumbre de su prestigio. Me cuestiono entonces si en la carrera loca de sus éxitos y fracasos tuvo presente que el día iba a llegar, es decir, que avanzaba hacia el final de la función del libreto de la vida, que siempre consideramos escrito para los demás y en ocasiones —solo en ocasiones— nos atrevemos a ensayar sobre las tablas.

Al leer la cascada de logros, hitos, servicios, reconocimientos, medallas y encomiendas se me dibuja una sonrisa nostálgica, pues el finis gloriae mundi las convierte en metales huecos, calderilla, materia de olvido. De hecho, quién se acuerda de aquel que… y de aquella que… La memoria apenas resiste unos meses, unos años quizás, la mitad de una generación. Pero bajo los escombros puede latir una brasa, el ascua del amor, la joya de la fe y de la esperanza que abre, para siempre, el portón de la caridad.

24 ene. 2019

Tengo una simpatía especial por los taxistas. Y por los conductores de estos servicios de taxi que ya no se llaman taxi y que acordamos conductor y usuario a través de una aplicación del teléfono móvil. Me gustan los taxistas porque saben pegar la hebra y hablar de cualquier cosa con la profesionalidad de quien vive al volante y sabe más por viejo que por chófer, incluso cuando no ha cumplido la treintena. Fue uno de esos jóvenes que llevan el taxi por turnos el que me reveló sus viajes de esquí a Sierra Nevada, subvencionado por una Junta de Andalucía especialmente generosa, con el dinero de todos, a beneficio del deporte y la juerga de invierno. Fue otro de esos jóvenes el que se arrancó a despotricar de su anterior pasajera, «una feminazi gorda y fea», la describió, para pasar a presumir de haber votado a VOX en las Andaluzas hasta que… me reconoció que en realidad no había votado a VOX porque la noche anterior a las elecciones tuvo una juerga y durmió hasta tarde pero que, vamos, él va a votar a VOX en las siguientes sí o sí.


Como todos, he subido en taxis y coches oscuros que estaban limpios, impecables, cómodos y sin ambientador (fundamental para que el cliente viaje confortablemente). Como todos, he subido en taxis y coches oscuros que estaban sucios, olían mal y trataban de disimular la hediondez con un ambientador repugnante. Como todos me he topado con taxistas y con chóferes encantados y desencantados, cansados de tantas horas al volante y listos para echarse sobre los lomos otras tantas. Como todos he viajado en taxis decorados con banderas de otros tiempos, con rosarios, con pegatinas que declaran el amor al Lago de Sanabria, con música atronadora (que el profesional del volante no se dignó a apagar o a bajar el volumen) y con la oferta de escuchar cualquier cadena de radio. Y me he sentido encantado de ofrecer una propina y de marcharme sin darla. La pena, digo, es que se jueguen a golpes y barricadas su buena o mala reputación.

17 ene. 2019

Puede que todo sea una cuestión de barbas. Si hasta la llegada de Mariano Rajoy creíamos que en democracia no podía gobernar una jeta peluda —aunque el doble liderazgo bigotil de Aznar ya había roto una lanza a favor del vello bajo los senos nasales—, ahora tenemos declarada una guerra sin cuartel a la Gillette. Claro que barbas han tenido los dos últimos reyes, más o menos esporádicas, más o menos cuidadas, dependiendo del tiempo y de la forma. Y barbas tuvieron puñados de ministros cuando lucir pelambrera en los carrillos era marca socialista, especialmente si esta (la pelambrera) era oscura, hirsuta y algo desaliñada. Porque las de la derecha siempre han sido barbas más comedidas, que parecen que sí, parecen que no, apenas un detalle, un esbozo que haga intuir que llevo tres días y medio sin afeitarme, aunque desde la linde a escuadra de la quijada se aprecie un cuello limpio y terso como el culito de un bebé.



La barba ya no es solo atributo musulmán (el dogal blanco de aquel Jomeini que daba tanto miedo), ni del Castro anterior al chándal, que también daba bastante miedo. La barba es símbolo de actualidad, señal del hombre global y a la vez discreto, que en su presupuesto semanal incluye los gastos para peluquería (ni que la perilla fuese un caniche), pues uno solo no puede mantener semejante babero capilar con la geometría y la sedosidad que marcan los cánones, que hoy por hoy piden un mostacho florido, con varias cesiones en cuanto al remate de sus puntas, y al ras desde que baja por las patillas y hasta que se abre en las mandíbulas con la generosidad agreste de quien sufre todo un sinvivir.

Abascal ha llegado con una barba que se me antoja califata, aunque no le guste que le caiga semejante adjetivo, pues es posible que crea lucir el mismo arreglo capilar que cerraba los rostros heroicos de Don Pelayo y Don Rodrigo, aunque de ellos no quede una imagen donde podamos corroborarlo. Y de la de Abascal irán surgiendo nuevos recortes, ocurrencias peluqueras, hípsters bibsters bubsters y hapsturbs dispuestos a hacer de la política una pelea de tijera y bigudí.

10 ene. 2019

Ya tenemos los pies bien asentados en 2019. Es decir, ya hemos realizado ese extraño ejercicio de «tener una buena salida y una buena entrada de año», que imagino como dar un brinco al sonar de la duodécima campanada al tiempo que deglutimos la última uva —¡qué caray!—, para caer en la misma alfombra con la conciencia de que, en efecto, hemos entrado en 2019 como quien traspasa una puerta para salir y llegar al mismo lugar, pues a las veinticuatro horas cincuenta y nueve segundos del treinta y uno de enero no cayó un rayo ni nos dio un teleleque de desdoblamiento de personalidad, como al doctor Jekyll y al señor Hyde. Es decir, a las cero horas seguimos siendo quienes somos, con los kilos ganados a base de capón trufado, mantecados y demás delicias estacionales (un buen amigo dice que en su casa sacan los dulces de la Navidad del año anterior, pues ¿a quién le gustan? A mí), quizás con un gorrito de cartón bajo una lluvia de matasuegras. 

En mi familia somos tan poco dados a las tradiciones de Nochevieja que a partir de la tercera o la cuarta campanada empiezan a volar las uvas. Y vuelan a dar, con más o menos puntería dependiendo de las copas de champán que hayan caído previas a la cena. Luego sí, besos, abrazos y deseos de felicidad, aunque seamos conscientes de que la vida es una trenza de alegrías, estabilidades, decepciones y dolores, de proyectos frustrados y proyectos acabados, de esperas, sonrisas y lágrimas… pero no de aburrimiento, salvo que uno se lo proponga, porque entre las muchas cosas buenas que trae está la aventura con la que arranca cada jornada. De este modo afronta la madre de la familia de Roma —conmovedora película de Alejandro Cuarón, todo un hallazgo que nos ayuda a reflexionar sobre el deleite de las cosas pequeñas—, el comienzo de una vida nueva tras el abandono de su marido, padre de una camada de cuatro hijos: a partir de ahora, viviremos una aventura diaria, les comunica a sus hijos. Y la primera propuesta es cambiar de dormitorios en la misma casa, para que lo ordinario se convierta en extraordinario.


Tenemos los pies bien asentados en 2019, que será un año como los demás años que pasaron, una oportunidad con sus cosas, esa prudente forma de llamar a lo que no nos gusta pero que damos por hecho y asumimos, con deportividad, seguros de que esas cosas también nos humanizan.


1 ene. 2019

Atticus Finch es uno de los personajes más inspiradores de la literatura universal. Y no solo por la calidad de la única novela reconocida por la propia autora, Harper Lee, ni por la estupenda adaptación al cine, en la que Gregory Peck convierte al personaje de papel en un referente, contribuyendo a que una película en blanco y negro cumpla todos los requisitos para no envejecer. Atticus Finch es inspirador porque contiene todas las virtudes del padre soñado, a pesar de que a lo largo de las páginas de la novela no haga una sola mención a su mujer fallecida, lo que no es atribuible al abogado del pequeño pueblo de Alabama sino a los recuerdos de la protagonista, su hija, que no guarda memoria de su madre. 


Por tanto, Atticus es padre viudo entre los padres viudos. Me lo imagino deudor de su esposa: en el libro aparece muchas veces retirado en su despacho, sin compañía. Se me antoja que entonces se enfrentaba a su ausencia, a la dificultad de sobrellevar el peso de la familia sin la ayuda de las manos de una madre. Porque manos femeninas sí las tuvo, dos, las de Calpurnia, una cocinera de color en aquel Sur racista de campos de algodón y blancos puritanos, un Sur desconocedor de la riqueza que da la combinación de razas, de sangres, como demostraron los españoles que se asentaron en el vergel de América, hasta el punto de generar un nuevo tipo de hombre, mestizo, en el que se unen las culturas milenarias de ambos extremos del océano.


Pero no quiero distraerme con los odios motivados por el color de la piel, con el desprecio al afroamericano. Hablaba de Atticus, el gran Atticus Finch, espejo al que se han enfrentado y se enfrentan tantos hombres que comprenden la necesidad de prender en el mundo luces de justicia. ¿Que cómo es Atticus? Por lo pronto, un excelente profesional que basa su prestigio en la rectitud del ejercicio de la abogacía. Queda demostrado que no acepta componendas, justificaciones con las que desvirtuar su honradez. Poco le importa que su carrera tenga más o menos recorrido, pues su única ambición reside en defender a sus clientes, especialmente cuando estos tienen todos los elementos para que se les considere inocentes. 

Con Atticus Finch podemos llegar hasta el final de la Tierra: no conoce la doblez, no busca el éxito, comprende la debilidad del corazón humano y defiende aquello que considera justo sin emplear nunca la violencia, ni siquiera dialéctica. Por eso, si le invitaran a participar en cualquiera de los múltiples debates que siembran hoy las parrillas de la radio y la televisión, se sentiría como un pulpo en un garaje.

Atticus desprecia el pensamiento débil, lo políticamente correcto, la mentira aceptada por la mayoría, la demócrata falacia. Sabe que la verdad no es cuestión de mayorías, sabe que la justicia humana no tiene la última palabra, pero no le asusta la miseria intelectual de sus vecinos. El mundo es como es, piensa, el hombre es como es, razona, pero yo soy quien soy: un enamorado de la verdad. Su vivir está comprometido, pase lo que le pase, sufra lo que sufra. Esta autenticidad es la que se revela prodigiosa a ojos del lector desde hace casi sesenta años, quizá porque solo las personas como él son capaces de conciliar a la humanidad, sin que importe la humildad del rincón en el que viven, la aparente poquedad de su oficio, la falta de brillo de su fama frente a quienes aprovechan el grito, el aspaviento, el dinero, los medios de comunicación, la apariencia, el lenguaje, la ciencia e, incluso, las Leyes para imponer un tipo de vida devastador.

Para sus hijos —Jean Louise y Jem— Atticus es un héroe, que es lo que deberíamos ser todos los padres. Héroe sin pretenderlo, admirable a sus ojos de niños porque no le tiene miedo a la vida, porque no da nunca su brazo a torcer a la estulticia. Además, Atticus (al que nunca llaman padre ni papá) respeta su libertad, de tal modo que no sufren la sobreprotección abusiva. Es el modo de educar en la responsabilidad, de que asuman el bien y el mal de cada una de sus acciones, sin comprar su voluntad con caprichos, sin esconderlos entre algodones, sin impedirles reconocer la luz y la oscuridad en sus semejantes.

21 dic. 2018

Sufro porque no consigo encontrar un rato libre para escribir unos cuantos tarjetones en los que felicitar la Navidad. De hecho, me encantaría saber qué industria del birlibirloque utilizan algunos de mis amigos (tan o más ocupados que yo) para haber depositado en Correos, puntualmente, su taquito de christmas. Supongo que el secreto está en la planificación, arte del que los artistas carecemos. Quizá no todos. Yo sí, porque empiezo el día con un guion y suelo acabarlo sin haber cumplido más de la mitad de sus pautas.


Esto de los tarjetones tiene su historia. De niño me detenía a contemplar aquellos dibujos de Ferrándiz, de trazo infantilón y setentero, en el que detrás de sus personajes regordetes y rubios (el tono del cabello debe esconder un mensaje subliminal, pues el color oxigenado se asocia a los buenos y a los guapos, casi siempre adornados con ojos de un azul de cala mallorquina) alguien escribía palabras de paz, felicidad y, por qué no, vinculadas a los sucesos de Belén, clave de estas semanas. Incluso traían rebordes de purpurina que se nos pegaba en los dedos, y algunos estaban troquelados, jugando con la tridimensionalidad. Las tarjetas que reproducían obras maestras de la pintura sacra me gustaban menos. Mejor dicho, me fueron conquistando poco a poco, hasta entender que son una buenísima oportunidad para familiarizarse con los lienzos que recogen una interpretación sobrehumana de los mismos sucesos de Belén. Más adelante llegaron los paisajes invernales, Papa Noel, un muñeco de nieve, unos niños patinando sobre un lago congelado… por los que siempre he sentido desdén, ya que no es nuestra Navidad. 

Me viene a la memoria una familia que nos felicitaba las fiestas y nos deseaba lo mejor para el nuevo año con una fotografía veraniega de sus niños. La práctica se convirtió en costumbre, y hoy no son pocos (incluido nuestros Reyes, que en esta ocasión han elegido los lagos de Covadonga) los que aprovechan el tiempo de la zambomba y el turrón para incluir una instantánea de álbum familiar, ajena por completo a lo que festejamos. 

En breve nos llegarán —si no lo han hecho ya— tarjetones con mascotas, quizá un perro o un gato con gorrito rojo de banda y pompón blanco, quizá un escarabajo pelotero empujando una bola de cristal azul. Cosas de estos tiempos inanes.

13 dic. 2018

La mañana llegó envuelta en un abrigo de niebla. De hecho, cuando sonó el despertador pensé que lo había programado mal, pues por la ventana —duermo con la persiana abierta— no venía la luz perezosa que corresponde al final del otoño; la habitación retenía las sombras nocturnas y el frío me hizo pensar que mi equivocación iba a permitirme una hora más de sueño, con lo que me gustan los regresos inesperados a la modorra que va y viene, que se rompe y se rehace como en un juego de pompas de jabón.

La niebla ha sido un anticipo de un día de cielo cubierto, una aguada gris que nos castiga sin rayos de sol. Porque el sol está, como estaba a primera hora, aunque escondido, así que el odioso campanillero del despertador actuó cuando correspondía, y como es día laborable desapareció la oportunidad de dedicar unos minutos a remolonear. El compás de primera hora no lo permite. «¡Chicos, todos arriba!», como si yo fuera el capitán, mi casa un navío y mis hijos la marinería que se ha librado de hacer guardia en el puente.

Como mi mujer está de viaje, a mi lado descansaba la pequeña, incapaz de desvelarse con mis voces, la boquita abierta para exhalar el vaho caliente de los mundos inconexos de sus sueños infantiles, el cabello revuelto, con sus vetas doradas, el cuerpo tierno como pan recién horneado. «¡Es la hora!», mi segunda advertencia. El inicio de las clases —en el colegio, en la universidad— no perdona. Y como respuesta algún murmullo en el que interpreté un «ya voy», un «vale», un «déjame un poco más»…

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El hogar empieza a revivir: la luz eléctrica amarillea el aire pesado, el perfume del café, el perro que hace cabriolas y el gato que nos observa con desdén. «¡A que llegamos tarde!», clamo con cierta afectación. Entonces mis hijos regresan al hoy y al ahora, a la conciencia de un examen, de los deberes a medio terminar… Después, como todos los días, salimos a la calle con el tiempo justo, yo satisfecho por tantas alegrías.

5 dic. 2018

La relectura de la Historia es una cacicada al servicio de la mentira, una mentira de espurios intereses que hace de su capa un sayo con el que cubrir el mundo mediante una manipulación grotesca que, sin embargo, cala hasta el subsuelo. Lo que empezó como un disparate ha cobrado, en muchos lugares de las tres Américas —e incluso de España— la categoría de certeza: Cristóbal Colón fue un genocida que llegó al Nuevo Mundo con el único interés de llenarse los bolsillos, para lo que no se paró en barras: desplegó un odio asesino contra los indígenas que poblaban en sana y dulce concordia aquella primera isla, a quienes interrumpió su candoroso vivir en sintonía con la naturaleza mediante una caza ensañada que a punto estuvo de hacer desaparecer tribus y razas. Así se justifica la iconoclasia con la que derriban monumentos en su honor y arrebatan su nombre a avenidas y plazas. También que en los nuevos libros de texto del feliz hombre blanco, el genovés ocupe una ventanilla junto a los peores monstruos. 

Colón, según este revisionismo, abrió las puertas a todos los indeseables de un país indeseable como el nuestro, criminales de la peor calaña, carne de horca, sucios y malolientes, hombres sin escrúpulos a la hora de pasar a cuchillo a toda la indiada. Lo curioso, sin embargo, fue la mezcla que se extendió por los nuevos centros urbanos, niños que nacían de matrimonios mixtos o fuera del matrimonio, que a su vez tenían hijos con otros blancos o con otros indios. Y la organización administrativa, y las leyes para la protección de los aborígenes, y la construcción de hospitales, universidades y escuelas, y la pacificación de pueblos enfrentados, antropófagos, brutales en sus sacrificios, y la prosperidad que, ¿quién lo pone en duda?, hizo rendir a todo un continente, con especial florecimiento en las tierras que adoptaron nuestra lengua y religión.

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Al norte de México también había indios, una amalgama de tribus en las que habitaba ese buen salvaje que idealizaron los intelectuales de los salones centroeuropeos. Apenas se mezclaron con los conquistadores. Apenas quedan. Los mataron, los arrinconaron, los guardaron en reservas como animales, reservas que todavía se pueden visitar. Allí encontraremos lo que queda del indígena al que Colón y los españoles no pudieron civilizar: razas en peligro de extinción, vapuleadas por el olvido y el alcohol que les sirven los mismos que deciden la ficción del pasado. 





1 dic. 2018

En la calidez de agosto llega el primero de los campanazos: ya podemos adquirir series y décimos para la Lotería de Navidad. Incluso los ofrecen en algunos de los chiringos que jalonan nuestras playas: junto a la barra, una larga tira troquelada e impresa a cuatricromía que ofrece, al lado de la numeración, la correspondiente reproducción de una obra de arte sacro, una rareza en estos tiempos donde las imágenes de la Virgen, San José, el Niño y el pesebre han sido proscritas por las administraciones públicas en el ejercicio de una democrática representación de este estado laicista en el que, mire usted qué curioso, el 70% de españoles son cristianos, declaradamente católicos según los servicios demoscópicos.

No tengo nada que decir respecto a la estrategia del departamento de Loterías y Apuestas del Estado, o de la rabiosa oportunidad con la que Hacienda mezcla décimos con una de calamares, una tapa de paella, otra de pijotas y unas cervecitas bien frías. Bikinis y bermudas no entran en conflicto con la gran bicoca del azar, que ojalá descargue su lluvia de premios entre quienes más necesiten un reintegro, una pedrea, un pellizquito y hasta un empacho de billetes de quinientos.

Supongo que el spot publicitario con el que cada año la Lotería trata de conmovernos, se rodará en esas calendas del estío, con jerséis sudorosos y nieve de polispán, al mismo tiempo que comienzan a elaborarse los turrones y mantecados, que cuajan el aire de Jijona y Estepa con el aroma del azúcar tostado.

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La Navidad se forma de unos días extraños que rompen la rutina. Por una parte, los recuerdos de la infancia, especialmente ligados a aquellos familiares que partieron a mejor vida, así como la ilusión de los pequeños que han venido a ocupar su hueco. Por otra, las comidas pantagruélicas. Además, los regalos. Y por encima la razón de todo esto: el cumplimiento de la asombrosa promesa de Dios, que nació de una mujer, como nacemos todos, para convertir la redención de nuestros pecados en nuestra salvación eterna. ¡Tela!... Ante semejante anuncio, se justifica tanta y tan generosa celebración. Es más, creo que nos quedamos cortos. Así que para compensar montamos un belén, adornamos un árbol, decoramos la casa con espumillón o con adornos más elegantes, le hacemos un hueco a la siempre sorprendente figurita de plastilina de nuestros hijos, acudimos a festivales de villancicos, enviamos felicitaciones por correo, por ordenador, por teléfono y sonreímos más y mejor.

El problema, si es que lo hubiera, es el adelanto de las intenciones. No de las religiosas, a las que solemos dedicar los días previos y los propios de las Fiestas. Me refiero a las comerciales, incapaces de respetar la cadencia de las ocasiones importantes. Recién termina ese festejo gringo de los muertos y los monstruos, almacenes y comercios, marcas de toda clase y condición, junto a las iluminaciones urbanas, abren la veda. Y como en sus señuelos no ha lugar a hitos como la Nochebuena, la Natividad, los Santos inocentes, la celebración del uno de enero con la fiesta mariana más antigua de la cristiandad, la Epifanía o el Bautismo de Cristo, claman por un vago y hueco concepto navideño que serpentea desde el primero de noviembre y que, al menos a mí, ni fu ni fa porque ni siquiera me roza las fibras de mis creencias, de mis sentimientos ni de mis celebraciones.




28 nov. 2018

Le hemos sacado tanta punta al lápiz que apenas podemos sostenerlo con dos dedos. Parece que la mina que asoma por el taquito de cedro no puede sobrevivir otros dos giros sobre la cuchilla. Es lo que tiene ir de gratis total, medicina para todos sin que haya que pagar un duro, al menos en consulta porque pagar, pagamos aquellos que estamos fritos a impuestos directos e indirectos: IVA, IBI, IRPF, Patrimonio, Sociedades, Autónomos, Sucesiones, Donaciones, Transmisiones, Actos Jurídicos, Impuestos Especiales, Vado, Basuras, Estacionamiento y la madre que los trajo al mundo. Nada más abrir los ojos, los currantes nos retorcemos ante la cascada de euros que desde nuestros bolsillos caen en la bolsa del Estado, sin piedad ni domingos, paga que te paga para que después los partidos gobernantes se arroguen el mérito de lo que son frutos del sudor de nuestra frente para disfrute de todos, también de los que no la hincan ni la han hincado, que son los que más veces acuden al ambulatorio, los que más medicinas sin usar acumulan, los que lanzan instancias aquí y allá para lograr una paguita, un viajecito, otro beneficio a cargo de ese bienestar colectivo al que apenas le quedan virutas.

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Los médicos de Andalucía y Cataluña hacen huelga y se manifiestan porque están al límite de sus fuerzas. No hay dinero para más contrataciones, ni para suplencias, ni para reordenar el engordado flujo de pacientes que en apenas cinco minutos han de explicar sus dolores a cambio de la consabida receta, cinco minutos, los mismos que se tardan en soltar un buenos días cómo está usted y su señora parece que hace bueno hoy ale a más ver, que no entiendo cómo se puede auscultar (desabróchese la blusa, hágame el favor), examinar lengua, oídos y golpear las rodillas, a ver cómo vamos de reflejos, con la ansiedad de saber que más allá de la puerta crece y crece el número de pacientes que tienen cita, quién es el último y usted a qué hora le han dado que yo voy primero pues mire el papelito

El día que nos impidan seguir inflando el déficit, el día en que cierren la ventanilla de los préstamos —quizá no estemos lejos de padecerlo—, Andalucía, Cataluña, España entera estallará como una pompa de jabón. Entonces no habrá dinero de todos ni siquiera para que el doctor nos despache en lo que dura un amén.

25 nov. 2018

Qué gastado está el discurso que nos advierte de la compleja polisemia del verbo «amar», del sustantivo «amor» y sus extensiones. Utilizamos tantas veces estas palabras, las escuchamos con tanta frecuencia (hay quienes las incluyen al saludar, aunque apenas conozcan al otro: «¿Qué tal, amor?», «¿Cómo estás, cariño?») que nos pasan como medusas transparentes por el agitado océano de todos los días. De amor es de lo que hablan la mayoría de las canciones, aunque en muchos casos no se trate —en el argumento que da cuerpo a la melodía— de una voluntad cierta de entrega sin condiciones sino de una macedonia de sentimientos de ida y vuelva, de vuelta y revuelta, de revuelta y sanseacabó. 

Muchos cristianos aceptamos que Dios es Amor, pero sin entenderlo. Aceptamos la idea de que Dios sea una especie de hippie de largas barbas blancas y camisa de flores, que nos anima a pasear por el mundo con una bandera que representa una suerte de flower power celeste, entre aromas de incienso y ecos de coral parroquial. Pero, ¿qué doctrina acompaña a esa concepción de Dios?... Después de un incómodo silencio, encogemos los hombros sin ofrecer respuesta. 

Incluso para los sabios, el Amor de Dios no es fácil de explicar. Ni de entender. Va unido a sus atributos, especialmente a su infinita Misericordia, por la que perdona y olvida, aunque sin renunciar a su Justicia, con la que sentenciará el destino eterno y maravilloso de los santos. Pero no quiero dejarme llevar por esta deriva, que no soy teólogo sino un simple observador que apenas llega a darse cuenta de las manifestaciones de ese Amor divino que se reflejan en tanta gente buena, en tanto «santo de la puerta de al lado», como con genialidad ha definido el papa Francisco a los cristianos que, incluso sin saberlo, prenden de luces a la rutina.

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El amor logra en el hijo una natural reproducción respecto a los modos de su padre. «¡Cómo se le parece!», exclamamos ante el niño que replica los ademanes de su progenitor. No es tanto la semejanza física, que también, como un instante en el que el gesto, la mirada, un leve visaje recuperan el de aquel que lo engendró o el de aquella que lo concibió. Y como en Dios no caben los rasgos físicos —sí en Cristo, aunque en la narración de los Evangelios podemos interpretar que, tras la Resurrección, su cuerpo glorioso no ha quedado sujeto a un molde concreto—, las acciones, los guiños de los «santos de la puerta de al lado» son un hacer, un obrar interior y exterior en el que se percibe el vértigo de lo infinito.

¿Quién que se haya parado a contemplar el trayecto de su vida, liberado por unos momentos del hoy y del ahora, dejando de lado la ansiedad que nos distrae de lo único importante, no se ha removido al considerar los jalones de Amor que, a través de la presencia de determinadas personas, le han mostrado el rostro de Dios? Es la colección que cada uno de nosotros tiene de sus «santos de la puerta de al lado». Una abuela, un profesor, un amigo, un confesor al que acudimos en cierto momento, alguien que nos regaló una sonrisa, una lágrima, una mirada, unas palabras que nos sobrecogieron por traernos el fuego de un destino prodigioso, un conocido del que supimos un comportamiento heroico y aquel o aquella que con tierna constancia nos enseñó a rezar.

Las noticias que trae la prensa nos cuentan que el mundo no tiene remedio porque el hombre solo sabe hacer el mal. Muerte, crimen, odio, celos, deshonra, deshonor… son los distintos géneros de una realidad desalentadora. Pero el Amor nos eleva para que contemplemos la verdad de las cosas: en los entornos de la muerte, del crimen, del odio, de los celos, de la deshonra, del deshonor… están los «santos de la puerta de al lado», indispensables para que sigamos reconociendo los atributos de nuestro Padre Dios.

21 nov. 2018

Los ladridos han tapado los llantos y las risas de la chiquillería en la ciudad de Lugo. Son ladridos de toda clase: secos, como los de un mastín; impertinentes, como los de un chihuahua; agresivos, como los de un doberman; estúpidos, como los de un yorkshire; inteligentes, como los de un perro de lanas; fieles, como los de un labrador; humildes, como los de un galgo… Los llantos y las risas de los niños, sin embargo, apenas se escuchan tras ese concierto animal. Y los parques, antaño paraíso urbano para los infantes lucenses son un cagadero urbano para las huestes de canes que han pintado la urbe también de orines, en recorridos que nadie ve pero que ellos reconocen gracias a su pituitaria. 

Hay muchas viviendas en Lugo que tienen uno, dos y hasta tres perros. Hay muchas más viviendas en Lugo en las que no hay niños ni adolescentes. Pienso en la ausencia con la que estos y aquellos entristecen los pisos y los chalés, pienso en los canes que han llegado para ocupar su puesto. Han recibido, nadie sabe por qué, la categoría de hijos, en cuyo bienestar los lucenses —los españoles de todos los lares— gastan cerca de mil euros anuales, mil, entre seguros, vacunas, cirugías varias, revisiones, piensos, aperitivos, regalos, vestidos, disfraces, pasajes en avión, tren y autobús, hoteles para mascotas, hoteles para humanos que aceptan mascotas (a cambio de una tarifa más bien alta) y cementerios específicos con servicio funerario y toda clase de objetos a modo de memoria. 

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En Lugo hay más perros que niños y adolescentes juntos. Lo dicen las estadísticas y el padrón después de cotejar que sus vecinos han renunciado a reproducirse en favor de la reproducción de sus mascotas. Calculen la desproporción si también sumamos gatos, pájaros, peces, roedores, reptiles, insectos y cualquier otro animal que pueda comprarse en el mercado. 

Un día los perros de Lugo tomarán el poder, como en el “El planeta de los Simios”, y el hombre, estúpido ser racional, pasará a convertirse en animal de compañía.

13 nov. 2018

Los superhéroes tardaron en colarse en nuestra biblioteca familiar; llegaron cuando ya estábamos un poco creciditos, y eso que nacieron años antes que nosotros. Pero por entonces no eran muchos los quioscos que ofrecían ejemplares de aquellas revistas de importación (las editaban en México, creo). Además, eran más caras que los números del TBO, y que Mortadelo y Filemón, Tío Vivo, Pulgarcito y otras invenciones de la editorial Bruguera, que vendía los mismos contenidos a partir de diferentes nombres sin que al pequeño lector le importara si en la cabecera aparecía el Botones Sacarino, Rompetechos, Zipi y Zape o los agentes de la TIA (que, por ir contracorriente, nunca me han hecho gracia) o si en los compendios Olé y Super Humor volvía a encontrarse con relatos ya conocidos. El cajón de sastre de las editoriales patrias de tebeos disponía de tan ricos fondos que se agradecía aquel caleidoscopio de firmas y de épocas (qué disfrute las primeras planchas de Ibáñez, las del profesor Tragacanto, el hambre insaciable de Carpanta, el tartamudeo de Petra, casi toda la obra de RAF, los tipos alargados de Coll, el dibujo ceremonioso de Opisso, el ridículo que asaltaba a la suegra de Rigoberto Picaporte y las pocas series compradas en el extranjero, como aquel “Guillermito y su voraz apetito” de rasgos británicos que solía aparecer a dos tintas).

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Los personajes de la Marvel carecían del encanto de nuestros clásicos. En cuanto al dibujo, parecían hechos en serie (¿qué diferencias notables hay en los trazos de Superman, Spiderman, Los Cuatro Fantásticos, la Masa, Batman…? ¿Y en cuanto a la dramatización de sus historias? Al final todo se resume en una cuestión de uniformes). Pedro Alcázar y Pedrín o el Guerrero del Antifaz sufrieron las limitaciones de sus ilustradores y guionistas, pero eran auténticos, al igual que El Capitán Trueno y El Jabato, que pese a beber de similares fuentes gráficas estaban dotados de rasgos personales que los convertían en nuestros modelos a seguir, espejos del héroe hispano, mucho más genuino que el globalizado de malla y superpoder.




11 nov. 2018

Asia Bibi es una mártir sin muerte, quizá la primera mártir pakistaní conocida. Allí nació, allí se casó, allí vivió una existencia discreta, pobre, olvidada del mundo, hasta que la llevaron maniatada a una prisión, supongo que después de haber probado los sinsabores de un calabozo gobernado por policías que no le ofrecieron miramientos. La encerraron bajo el presunto delito de blasfemia, presunción que en Pakistán significa, sí o sí, que el delito se ha cometido.

Asia Bibi lleva arrestada casi diez años. Si damos por cierto que en Pakistán no se reconocen los derechos fundamentales, ¿se respetarán tras los muros de sus cárceles?... Han sido casi diez años confinada, apartada de su esposo y de sus cinco hijos por un delito que no es delito, por más que se recoja entre los preceptos de una legislación enloquecida por el extremismo (iba a añadir «religioso», pero nada tienen que ver los horrores vividos por Asia con la relación del ser humano con Dios). Unas vecinas la acusaron de blasfemia contra Alá y su profeta, después de un rifirrafe junto a un pozo. El juez ordenó la detención de Asia, su enclaustración en una celda y su posterior sentencia a muerte, avalada por un tribunal sometido al radicalismo. De nada sirvieron las peticiones de la Iglesia, la intercesión de dos Papas y de algunas autoridades civiles internacionales… Se ratificó aquella injusticia, aunque el cumplimiento de la sentencia fue demorándose, supongo que por razones de política exterior. Asia Bibi, después de tanto tiempo, de tantas oraciones por parte de sus hermanos repartidos por el mundo (qué es el cristianismo sino una hermandad universal), de tanto miedo… ha podido escuchar al fin la conmutación de su pena.

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Bibi volverá a casa, aunque no sabemos en qué condiciones. Un decenio en uno de esos presidios debe dejar marcas terribles que no tienen marcha atrás. ¿Qué palabras crueles habrá escuchado? ¿Qué bazofia le habrán obligado a comer? ¿Cuántos golpes habrá recibido? ¿Y el frío? ¿Y el calor? ¿Y el empeño en instruirla en el Corán y la sharia? ¿Y las enfermedades?... ¿Acaso en Pakistán se preocupan por la salud de sus cautivos? Y sobre su cabeza, la espada del paredón, de la horca, del garrote vil, de cualquiera que sea el modo de acabar con la vida de un condenado. Y en el corazón su familia: despreciada a causa de la fe de Asia, perseguida a causa de la fe de Asia, señalada a causa de la fe de Asia y de su resolución a no abjurar de su bautismo. Qué difícil ser cristiano en una sociedad en la que impera el islamismo —que no el islam, aclaro—, donde a los cristianos se les califica de infieles, escoria, hijos del diablo. Qué difícil también para el marido y los cinco hijos de la presa. Qué difícil cuando su nombre y su situación ha pasado de cancillería en cancillería, de Papa en Papa, de asociación humanitaria a asociación humanitaria.

El tribunal acaba de conmutarle la pena, dejándola libre de cargos. El juez acaba de firmar el acta de su liberación… Gracias al Cielo, tras dos lustros de sufrimiento, Asia sigue viva. Pero aun con vida se ha convertido en mártir en un Estado que no va a dejar de vigilar cada uno de sus pasos, que la acosará para que permanezca callada, que no le permitirá que se sienta protegida ni que reciba la admiración y el cariño del mundo, mucho menos disfrutar de la paz. Es lo que le ha sucedido a su esposo en estos larguísimos años, señalado por vecinos, quizás también por familiares, vigilado constantemente, espiado, fotografiado, tratado con el protocolo que solo merecen los terroristas. Y sus hijos, lo mismo, sobre todo desde que dejaron de ser niños, porque Asia Bibi va a encontrarse con que aquellos pequeños a los que dejó a la fuerza son ya hombres y mujeres, allí, en Pakistán, donde la infancia dura tan poco.

Juan Pablo II definió el siglo XX como la centuria de los mártires, pues nunca habían muerto a causa de su fe tantos fieles. En el siglo XXI las cosas no han cambiado; solo se han trasladado a regiones del mundo de las que apenas sabíamos nada. Son los mártires del patio trasero, del fondo de la casa, del desván… que con su sangre siguen sosteniendo esta Iglesia golpeada por todos sus costados.


5 nov. 2018

España está rota, fracturada, hecha pedazos. Comenzó a quebrarse hace unos años, y mira que entonces se dieron las circunstancias para que todos los españoles camináramos juntos hacia una convivencia pacífica y constructiva. El terrorismo de ETA estaba a punto de claudicar por pura debilidad, por pura descomposición. Entonces estallaron los trenes y ni siquiera los cerca de doscientos muertos y los dos mil heridos, es decir, ni siquiera el respeto a las víctimas (horrendo colofón a los casi mil asesinados por ETA, a los heridos, a los secuestrados, a los chantajeados y a los que no tuvieron más remedio que escapar de su casa, de su entorno, de su trabajo) conmovió el corazón de quienes aprovecharon aquel inmenso dolor para rasgar España en bandas que se han hecho irreconciliables. ZP con su ceja espuria, la utilización de los cadáveres de la guerra (su abuelo en representación de los únicos caídos que merecían homenaje y reparación), la Ley de Memoria Histórica parcial, la negación de la crisis, la aceptación de los cambios en el Estatuto Catalán y la definición de “nación de naciones” para quien afirmaba que España “es un concepto discutido y discutible” y que “la tierra no pertenece a nadie, salvo al viento” (qué sonrojo…). Pues será que el viento ha hecho de las suyas, poniéndonos a unos aquí y a otros allá, a los odiados y a los odiadores, a los impostores populistas y a los que padecemos esa impostura, a los agitadores y a quienes sufren —sitiados en la dictadura del pensamiento único— las cacicadas de esos agitadores.

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Los políticos son ciudadanos a quienes entregamos la capacidad de gobernar la res pública. Su autoridad es prestada, una concesión. Pero España está rota y así resulta imposible exigir responsabilidades a quienes contravienen la ley. Ellos hacen de sus megalomanías un modo de vida a costa de nuestra debilidad, que es garantía de sus paroxismos.

1 nov. 2018

No pocos se frotan las manos ante el nuevo culebrón, que amenaza extenderse a lo largo de los meses y, por qué no, de los próximos años. El gancho lo tiene un famoso cantante, famoso por méritos propios, por su innegable talento, por los lustros que lleva como primera figura del espectáculo no solo en España sino en medio mundo, famoso por sus orígenes (hijo de un torero y de una actriz que lleva cosido el neorrealismo italiano a su carrera), famoso también por la ambigüedad con la que lleva jugando desde que se convirtió en fenómeno de masas. 

No es que a mí el culebrón, en sí, me interese. No me van los líos de alcoba, mucho menos cuando forman parte del estrambote. Además, la vida privada de cantantes, actores, toreros… —eso que el pueblo llama “faranduleo”— me levanta un sarpullido si me dejo prender por los gritos obscenos de los comentaristas que hacen de la televisión un estercolero de pasiones de amor y odio, dimes y diretes, persecuciones por parte de pobres cámaras a los que les obligan a espiar los pasos de personajes que, por lo general, no aportan nada constructivo a la convivencia pacífica de la gente buena, encerronas en directo, dinero fácil, exclusivas, insultos, bazofia, ordinariez, difamaciones, calumnias, mentiras y juguetes rotos por la presión de una gloria sin cimientos.

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Sin embargo, este culebrón tiene varias singularidades que me han hecho volver la cabeza: la ambigüedad que ya no es ambigüedad, dos amantes que han desenvainado las facas del rencor, dos vientres de alquiler y cuatro niños: dos, por lo visto, del famoso artista (que puso su material genético al servicio del cumplimiento de un capricho), dos del otro en discordia (que puso su material genético al servicio del cumplimiento de un capricho). Lo demás, los lectores lo conocen bien: la relación afectiva que mantuvieron en secreto durante casi treinta años, se ha roto. Y se ha roto ante el público, algo que debe ser humillante como pocas cosas, más en este caso en el que los hijos —los cuatro: dos de uno y dos del otro— han roto su hermandad para pasar a ser objeto de litigio.

Un niño es lo más delicado en el puntilloso equilibrio de la naturaleza. Un niño es promesa a la vez que inocencia transparente. Un niño es un vaso vacío que necesita ser llenado hasta los bordes por el agua del amor, de la educación, del criterio, de la responsabilidad… Un niño es un don, un regalo que nos otorga Dios (o la vida, sin más, para aquellos que no tengan fe) a cambio de graves obligaciones que no se quedan en el mero sustento y el abrigo. Por tanto, un niño —un hijo— no puede ser producto de un antojo, aunque este se haya alimentado durante mucho tiempo, porque es un bien en sí mismo, no un objeto con dueño, como una mascota. Y los padres somos los administradores de su vida durante un breve periodo de tiempo, que coincide con el más importante de su recorrido vital.

Como padre, como hijo que fui, como abuelo que espero ser… me duele contemplar el desvarío emocional de los países ricos, en los que la lógica exigida por la naturaleza, por la ética, por la moral y por el bien de los niños ha quedado sometida a las capacidades de una ciencia en progreso. Los adultos, si tienen dinero, se pueden permitir todo tipo de tropelías (fecundar en un laboratorio, elegir y descartar embriones, desentenderse de los que no se consideran suficientemente aptos y de aquellos que son producto del porsiacaso, incluso finalizar este proceso artificial antes de tiempo, con una tajante interrupción del embarazo si aparece algún peligro o el fruto de ese capricho no se adapta a los mínimos de calidad exigidos por los estándares de felicidad pagada a tocateja). 

La vida humana es un fruto extremadamente sensible, al que le sobra la violencia de tantas prácticas a las que las leyes dotan de licitud. Los protagonistas de este culebrón querían ser padre y padre, no dudo que con la mejor de sus intenciones, y para lograrlo recurrieron a dos vientres de alquiler (qué humillante suena el término). El resultado: cuatro pequeños sin derecho a disfrutar de una madre, repartidos como si fueran los despojos de la vivienda común, rotos sus lazos por una fría cuestión de pertenencia al progenitor A, al progenitor B. El espectáculo para las televisiones y las revistas está servido. Y las lágrimas de los cuatro inocentes, también.


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