21 sept. 2018

Epi tiene gónadas de trapo. Blas, de espuma. La confirmación de su sexualidad de teleñecos nos ha llegado con años de retraso, pues Barrio Sésamo entretenía a los niños de mi generación. De entre su colección de marionetas, la pareja de felpa naranja y amarilla conquistó nuestro cariño (de ahí el motete: Epi, Blas y los demás). Si hubiésemos sido los peques de hoy —empapados por la lluvia fina y constante de la obsesión sexual—, puede que lo primero que hubiéramos hecho, de participar en el rodaje de la serie, fuera bajarles los pantalones para comprobar si tienen colita y si la utilizan para necesidad distinta a hacer pipí. Nos hubiésemos llevado un chasco: los títeres de Jim Henson carecen de piernas y están huecos por debajo de sus camisas de rayas. Ni siquiera piensan, queridos niños, así que esas pulsiones carnales son deseos de quienes todo lo ven desde la mirilla del forniqueo, quizás porque cargan una libido capada por la frustración.


Epi y Blas son homosexuales. Parece una noticia propia de los tabloides amarillos. Una vez se apagan los focos del estudio uno de ellos abandona su cama y se mete en la del otro (mandarina versus plátano, que así es la forma y color de sus cabezas) para dar rienda suelta a toda clase de guarrerías. Así que Epi y Blas son homosexuales... Ja, ja, qué poca gracia. La estupidez malintencionada no conoce límites. Falta que nos sorprendan con que el Monstruo de las galletas es una lagartija transgénero que se trasviste con un abrigo azulón. Que Gustavo, la rana sufridora, en sus horas negras regenta una sauna. Que Coco (el de cerca y lejos) se esconde detrás de los setos de los parques envuelto en una gabardina, para acosar a los niños mostrándoles los rizos de su barriguita morada.

17 sept. 2018

Todo exceso tiene su precio. En esta fiebre por enlucir el currículo, el coste es la opereta, el rubor y la sospecha de que aquí no se salva ni el Tato. Vamos a vivir un cambio de estrategia por parte de los departamentos de contratación de casi todas las empresas: ya no se darán por creíbles las carreras universitarias, los cursos de doctorado, las tesis, los másteres del universo ni las lecciones de crochet. Tampoco los idiomas que, al final del documento, decimos poseer. Nivel alto en el conocimiento del inglés, acompañado por todo tipo de letras y números que lo avalan; nivel medio en alemán (ojo, prost! quiere decir chinchín, por si las moscas…) y conocimientos afectuosos del pastún y algunas lenguas muertas.

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Mi consejo para los de recursos humanos es que hagan un examen de admisión, una cata a ciegas con los aspirantes a cada puesto de trabajo y un reconocimiento mediante la máquina de la verdad. «¿Es cierto que se especializó en estrategias de venta en la Universidad de Lovaina?». «Sí». «¿Y dónde está el certificado que lo atestigua». «Me dijeron que no era necesario pasar a recogerlo». Si la pupila se dilata y aumenta el ritmo cardiaco, a la calle con una patada en las nalgas. «¿Es cierto que usted tiene como aficiones la filatelia y el baile de salón?». «En efecto, gané una copa en la sala de fiestas El Bimbó». Si aparece sudoración en las manos y en la planta de los pies, a la calle con un pescozón. «¿De verdad trabajó en una casa de pantys en la que, gracias a su perspicacia, multiplicó la cuenta de resultados?». «Sí. Soy licenciado en medias y copas para sujetadores». Si la máquina aprecia sequedad en la boca, a la calle con una bofetada. Y se acabaron las tonterías.







10 sept. 2018

Llevo septiembre cosido a la falda de mi madre las mañanas en las que, por estas fechas, me abandonaba en un jardín de infancia, una terminología mucho más bella y mucho más cierta que guardería o Infantil y, por supuesto, que nursery school. Guardo ráfagas, un nudo en el estómago, la rebeldía a que me arrancaran de la protección en la que se había desenvuelto nuestro lánguido verano, la amenaza de una construcción que se me antojaba enorme, desproporcionada a mi tamaño, ajena a mis sueños de ángel, la garra de una profesora que me tomaba del babi, mis manos prendidas al halda de mi madre, el lloro histérico, algo fingido, con el que pretendía remover su corazón para que me permitiera entrar de nuevo en el SEAT ocho y medio, con sus faros redondos de amable mirada, su matrícula en palotes anchos que interpretaba como una boca sonriente. La mirada locuaz de la niñez puede regalar a los automóviles un alma racional, rasgos de persona, sentimientos de amistad si es que te lleva de regreso a la paridera. Como para cientos de miles de niños y niñas, el comienzo del colegio fue una traición que conllevaba la condena de los madrugones, el frío, los retretes en hilera, el plato de puré como contrario en una conversación tediosa junto una niña fea y llena de mocos. También un patio que convertía en medio realidad el cartelón de la fachada, “Jardín de infancia Santa Elena”, y doña Felisa, la directora, y una cocinera que me hacía carantoñas y a la que quise a pesar de ser responsable de la repugnante papilla de verduras con pollo o pescado.

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Los niños de 2018 también caminan asustadizos hacia el lugar desconocido o casi olvidado —largo es el verano durante el manso remolonear— del primer colegio.

3 sept. 2018

El nombre les viene como anillo al dedo, y nunca mejor dicho, pues se supone que, pese a la antigüedad de estos seres de la tradición escandinava, la inspiración de quien les calzó el apelativo tuvo que alimentarse de la magna obra literaria de Tolkien. Tanto en las páginas de la novela como en sus adaptaciones al cine, aparecen como personajes malvados y estúpidos, además de violentos y feos, muy feos. Feo, violento, estúpido y malvado es lo que suelen vomitar desde el anonimato de sus perfiles en los foros de las publicaciones digitales. La permisividad de los directores de estos medios, la ausencia de barreras morales, además, han acabado con el fino arte de las “Cartas al director”, sección favorita de muchos lectores habituales de prensa, en la que los responsables de la sección editorial del diario o revista solían escoger las epístolas en las que se conjuntaba el buen juicio, el espíritu crítico (que no destructivo, amenazante y mal encarado) y la elegancia, dada por supuesta una correcta redacción.

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Un trol es un indeseable, a la par que un cobarde que desde la soledad de quien carece de habilidades sociales, de facultades básicas de convivencia, aprovecha la ventana abierta digital para despreciar, insultar, amenazar, calumniar, difamar y acusar gravemente y sin motivos a quienes firman un artículo, una noticia, un reportaje, así como a los protagonistas de dicho artículo, noticia o reportaje. No olvidemos que el periodismo es también un ejercicio de educación, y no sólo en el manejo del lenguaje, en la transmisión de la verdad o de un justo análisis crítico, sino también en el de la sana perspicacia de sus lectores. Por tanto, la falta de control en la publicación de las opiniones de los lectores enturbia su misión, prostituye su razón de ser.

2 sept. 2018

Un cura es un varón que ha recibido lo que antiguamente se llamaban las “Sagradas Órdenes”. Un cura es un sacerdote, en el sentido de persona elegida por Dios para la renovación de cada uno de los siete sacramentos instituidos por Jesucristo. Un cura es alguien preparado para la prédica de la Buena Nueva. Es más, un cura es la persona escogida y dignificada con la gracia especial de su diaconado y su presbiterado para transmitir las verdades de fe, para hacer llegar al pueblo a él encomendado la misericordia divina presente en cada una de las escenas de los evangelios, para custodiar a sus fieles desde el Bautismo a las exequias fúnebres. Un cura es un consejero, un especialista en la dirección de las almas en el propósito de su salvación. Un cura es un misionero, bien en tierras lejanas a las que todavía no ha llegado la cruz o continúa sin arraigar la dulzura de Cristo, bien en el entorno que le vio nacer, necesitado también del cumplimiento de la vocación misionera que cada cristiano recibe con las aguas bautismales. Un cura puede ser motor para la puesta en marcha de numerosas iniciativas apostólicas (que no meramente sociales), como universidades y escuelas, hospitales y dispensarios, comedores públicos y pequeños negocios para las familias pobres, proyectos dirigidos siempre al reconocimiento de la dignidad de los hombres, sean cristianos o no. Un cura es formador de catequistas entre los seglares, para la difusión del Evangelio que compete a todo católico. Un cura es correa de transmisión de la jerarquía de la Iglesia entre los fieles, muy especialmente del Magisterio del Papa y de su obispo. Un cura es ascua al rojo vivo, un tronco que prende, una llama que aviva el ardor del amor de Dios y del servicio al prójimo. Un cura es fuente de inspiración en la vivencia de las virtudes teologales, cardinales y morales, que sostienen el vivir de un buen cristiano. Un cura es un hombre que apenas tiene tiempo para sí, que vive para Otro y para los otros las veinticuatro horas del día. Un cura es un maestro de oración, pues se alimenta de su vida interior, soporte de la eficacia de toda su actividad. Un cura es mediador entre las diferencias humanas, apaciguador de las pasiones que nos enfrentan a unos con otros. Un cura es una persona equilibrada en sus afectos, que renueva constantemente su compromiso de castidad, apoyado en la suma libertad de su prudencia. Un cura es una boca callada para todo aquello que no le compete, que guarda para sí, con celo, sus preferencias políticas y sus opiniones en todo aquello que es discutible. Un cura es un hombre que no impone la fe sino que la propone desde la alegría, la sencillez y el empeño en parecerse cada día más a Jesús. Un cura es paciente a la llegada de los frutos, convencido de que su única obligación es sembrar, no cosechar. Un cura tiene su negociado en el confesonario, desde donde imparte la justicia de un Dios que solo sabe perdonar. Y no lo hace en nombre propio sino en el de la misma divinidad, de la que se reviste cuando con su brazo hace la señal de la cruz y recita la fórmula del perdón. Un cura es un hombre que vive con el corazón en la Eucaristía y que, por honrar al más grande de los sacramentos, se esmera en el cuidado de la liturgia, en la preparación de sus homilías, en el mantenimiento del templo, en la limpieza de los lienzos que visten el altar, del cáliz y de la custodia. Un cura es un varón de corazón limpio, que despierta cordialidad en niños, jóvenes, adultos y ancianos, que le ven como un padre manso que vela por todos. Un cura no esconde su condición, no disimula, no se diluye en la masa por el miedo de representar a Cristo, no espera parabienes ni premios. Le basta servir a Aquel que le llamó y a su madre, la Virgen.


Quizás el lector piense que tan larga explicación es innecesaria, porque el sustantivo “cura” da por sentado todo lo escrito. Sin embargo, urge recordarlo, pues la confusión generada por los abusos de aquellos sacerdotes miserables que traicionaron la confianza del Cielo, que son piedra de escándalo y dolor, de delito y daño, hijos del diablo, lobos vestidos de oveja, parece hacer sospechosos a todos. Y no hay nada más lejos de la verdad.
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