24 may. 2017

«¡Manos arriba, esto es un atraco!...» es la amenaza del ladrón cabal, aquel que tiene en buen concepto el nombre de su oficio legendario que, en el curso de la Historia, le une a los bandoleros de Sierra Morena, a Tempranillo y sus huestes (ahí es nada) o a los forajidos del Far West, que entre los malos eran malos, malísimos. «¡Manos arriba, esto es un atraco!...» es la consigna que cantan las hinchadas cuando juzgan que un árbitro está favoreciendo con el silbato y las tarjetas de colores al equipo contrario. «¡Manos arriba, esto es un atraco!» es la salmodia de los aficionados del 7, llegada la Feria de San Isidro, a la que unen la pañolada verde para exigir la devolución de un morlaco y otro, hasta que se queden vacíos los infinitos chiqueros de Las Ventas.

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Al menos, a quien emplea frase tan elocuente no puede echársele en cara el adjetivo de traidor, porque avisa, vaya si avisa, de cuáles son sus intenciones. Sólo a los insensatos se les ocurre bajar los brazos si el delincuente le sorprende en la fila de la caja del banco. Por eso esta larguísima época de chorizos habituales vestidos de sastre y corbata de nudo grueso; ladrones de mano larga, chusca y chantajista; cuatreros que escriben y aprueban las leyes que van a saltarse gracias al amparo de sus puestos públicos; sinvergüenzas que le sacan la hijuela al ciudadano en impuestos de los que se quedan con un mordisco generoso; malnacidos que otorgan concursos y licitaciones a cambio de un sobre bien preñado; miserables que trabajan en la oscuridad de la amenaza mientras sonríen en los carteles electorales; sabandijas con mesa habitual en restaurantes Michelin, vacaciones pagadas, primera clase en los aviones y hoteles de lujo… se me antoja ayuna de clase entre quienes viven engolfados a costa de la buena fe de la gente honrada.




22 may. 2017

El ritmo con el que vivimos en las grandes ciudades, nos obliga a aprovechar los “tiempos muertos” en aras de la convivencia familiar. Así, llevar a los niños al colegio se ha convertido en momento principal para ejercer la paternidad, la maternidad. Además, si las dificultades del tráfico demoran el traslado, resulta que automóvil pasa a ejercer la función que antaño cumplían el salón o la cocina de casa.

En esas me encontraba (de primera a segunda marcha, y otra vez a primera), charlando de lo divino y lo humano con mis vástagos, cuando a nuestra derecha se incorporó una furgoneta adornada con mil colores. De un vistazo la pequeña de mis hijas leyó “guardería” en el titular que abanderaba el lateral del coche. Es tal la llamada que siente hacia la infancia, que siempre cuela su mirada por los cristales de ese tipo de vehículos cargados de “colegas de primeros pasos”. Cual no fue su sorpresa —y enseguida la mía y la del resto de mis hijos— al silabear las palabras que venían a continuación: “para perros”; “Guardería para perros”. A renglón seguido, la furgoneta especificaba: “Regala felicidad a tu mascota. Recogidas y entregas a domicilio”.

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Recreamos en un momento la jornada en dicha guardería. ¿Realizarían las mascotas figuritas de plastilina para sus amos? ¿Pintarían con las patitas en hojas de cartón? ¿Apuntarían sus “maestros” el número y clase de deposiciones? ¿Les darían jeringazos de Dalsy y Apiretal? ¿Cuántas veces telefonearán las “mamás” y los “papás” de los perros para preguntar por la felicidad del animalito? Además de las risas con las que formulamos cada duda, resultó imposible no mencionar de la necedad y decadencia de Occidente, que ha entronado a los animales domésticos en un podio que solo le corresponde al hombre.



20 may. 2017

El hombre participa en el proceso de la Creación, que no finalizó —ni mucho menos— al séptimo día del comienzo de la Historia, tal como narra el primer libro del Génesis, sino que continúa y continuará hasta que se apague definitivamente la luz del sol y lo creado se transforme en un cielo y una tierra nueva.

Esta participación nos compete a todos. De hecho, la misión del hombre podría resumirse en el papel que cada cual desempeña en este proceso. No me refiero, necesariamente, al impacto que podamos causar al medio ambiente (que también) sino al papel que representamos. Al igual que un gorrión viene a alegrar el asfalto de una gran ciudad, embelleciéndola, cada persona debe embellecer el mundo a través de sus actividades. Nada de lo que hacemos es inicuo: nuestras acciones, disposiciones y propósitos afectan de manera positiva, neutra o negativa al legado que el Creador deposita en nuestras manos, lo que me hace entender el convencimiento de algunos santos, que aseguraban dar gloria al Cielo incluso al dormir.

La creación se completa o daña, principalmente, a través de la realización de nuestro trabajo (no es lo mismo cumplir que no cumplir las responsabilidades firmadas en un contrato; no es lo mismo pagar que no pagar un justo salario; no es lo mismo ser fiel que traicionar a quien nos da de comer; no es lo mismo aprovechar los recursos que malgastarlos…). Por eso, algunos oficios parecen incidir de manera más directa al embellecimiento del mundo. Me vienen a la cabeza, a bote pronto, las labores de jardinero, arquitecto, cocinero, barrendero, peluquero, diseñador de moda y tantos otros, siempre y cuando reine en ellos el afán de hacernos la vida más hermosa y amable, más bella.

La belleza (fundamental para alcanzar un nivel razonable de felicidad) es un elemento eminentemente cristiano que, sin embargo —quizás porque hace unos siglos nos arrebataron el liderazgo de la cultura—, tantos cristianos no entienden, no valoran o desdeñan. Sin una correcta aproximación a la música, a la pintura, a la escultura, a la arquitectura, a la literatura, a la danza, al cine, al cómic… que nos permita la libertad de escoger aquello que enriquece como pocas cosas el Cosmos, es difícil que el mundo vuelva los sentidos hacia Dios.


Como soy un pequeño escritor, mi contribución a este magno proyecto apenas es anecdótica. Como soy un pintor y un escultor pequeño (este artículo surge de una exposición en Madrid, después de veinte años sin mostrar mis obras en público), mi contribución a este colosal proyecto sigue siendo diminuta. Pero el trabajo con la palabra, el texto, la narrativa, los materiales, el trazo y el color, con los modelos y las herramientas, la madera y el volumen, me reconcilian de manera íntima con este sueño de que el mundo sea mejor para todos, lo que me impele a vocearlo.

15 may. 2017

Escribo con la manta eléctrica abrazándome los riñones. Ayer me agaché para cortarme las uñas de los pies —siento detenerme en el detalle—, y la espalda me crujió como cuando partes un puñado de espaguetis antes de echarlos a la cazuela de agua hirviendo. Apenas fue un instante, un latigazo, un calambre que me subió por la pierna y me hizo salir del cuarto de baño malherido, desequilibrado como la torre de Pisa, achaparrado, retorcido en la peor de mis versiones, con un «¡ay!» en los labios que todavía no se ha descabalgado de mi boca. Desde entonces, pobre de mí, todo gira alrededor de esta repentina ciática. Mejor dicho: todo lo hago girar alrededor de esta repentina ciática. Mi mujer, mis hijos, la mujer que trabaja en casa y hasta mi perro saben, sin necesidad de estar a mi lado, que me acabo de sentar o de incorporarme gracias a mi plañidero quejido, porque todo hombre que se precie no puede padecer un dolor físico sin conseguir en su entorno ciertas miradas de conmiseración.

Alguien me advirtió que este es el sino de la vida a partir de los cuarenta. Es más, que los dolores, arreones, pellizcos, goteras… son señales de que sigues vivo; que lo malo sería que no nos dolieran las rodillas, la cabeza, el pescuezo… Un supersticioso añadiría: «lagarto, lagarto. Por mí, que me duela todo».

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Reconozco que una ciática no es para tanto, aunque duela y nos haga, de pronto, adquirir el perfil de un anciano derrengado, lo que no nos viene mal, ya que es una manera práctica de conseguir que se nos bajen los humos, precisamente a los hombres, quienes en nuestra vanidad inicua gustamos de pensar que las canas nos han regalado solemnidad, que las arrugas nos ofrecen un barniz de sabiduría, que la tripa —si se sabe sostener, disimular, con el cinturón— es la causa de ese volumen corporal tan interesante que nos distancia de la delgadez grimosa de aquellos que -¡cómo pica la envidia!- comen de todo sin sumar un gramo a su perfil. En fin, que nos extraña que no nos paren por la calle por confundirnos con George Clooney, qué menos, pues la papada que empieza a esbozarse, los pelos medio transparentes que brotan en el arco de las orejas, los de las cejas —más gruesos y oscuros—, las bolsas bajo de los ojos o la necesidad de sustituir una muela por un implante, son gajes del tiempo que sabemos disimular con maestría, de tal modo que nos sabemos irresistibles, ¡necios!, en vez de reconocer que hace tiempo perdimos el poco sex appeal que nos quedaba, si es que algún día tuvimos siquiera unos gramos de apetecible apariencia.

La manta eléctrica que ahora me alivia, lleva escrito a gritos que han comenzado a aparecer los girones de la decadencia física. Hoy es la citada ciática y mañana será el músculo del trapecio, que si tiene un nombre divertido no resulta nada jocoso cuando empieza a doler.

Lo más humillante de este relato de mis pupas es que los varones no sabemos disimularlas, a pesar de la hombría que se nos supone. Algo distinto sucede con las mujeres, al menos con las que he tenido ocasión de tratar, incapaces de detener el ritmo de sus obligaciones por un dolor como el que ahora soporto, incluso por un dolor multiplicado por diez. Este es uno de los motivos por los que alabo la sabiduría de la Naturaleza: ellas paren con dolor; si de los hombres dependiera, el mundo hace tiempo que sería un erial.

¡Ay, cuánto me duele!



Es tan breve la vida que se nos hace indispensable proyectarnos en la de los demás. Por eso el éxito apabullante de la prensa del corazón. Quien más quien menos, de manera consciente o escondida allí donde rizan las olas del inconsciente, se asoma a las páginas del “¡Hola!” para mirarse en ese teatrillo dantesco de felicidad maquillada que, después, simulamos con la crítica mordaz del te has fijado en lo que ha dicho, cómo va vestida, la pinta de su nuevo amante, si ya va por la cuarta, qué desfachatez, pues mira que me encanta cómo ha decorado su casa. Por eso vemos cine y series, en las que somos quienes nunca seremos, héroes y heroínas, protagonistas de aventuras imposibles. Por eso leemos novela, placer incomparable que nos obliga a trabajar todos los sentidos desde el umbral de la imaginación.

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Es tan breve la vida que se nos hace indispensable proyectarnos en la de los demás. Por eso el éxito apabullante de las páginas de sucesos. Quien más quien menos, de manera consciente o escondida allí donde rizan las olas del inconsciente, se asoma a la tragedia que arrastran algunas noticias, con el ímpetu de reflejarnos en el dolor inconsolable de otros. Caen dos adolescentes por el vacío, dentro de un ascensor desgajado, y son nuestros hijos los que caen. Y esa noche no podemos conciliar el sueño. Tampoco mis hijos, que por unas horas son esos adolescentes en quienes se rompen todos los sueños contra el cemento. Aunque no los conocemos, somos también el padre y la madre de ambos, y le preguntamos al silencio del dormitorio cómo se puede vivir con el desgarrón de tamaña ausencia. Y aunque nunca estaremos junto a esas familias, le pedimos al viento de la noche que les lleve nuestro pobre consuelo.
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