24 may. 2019

Cargamos sobre la conciencia y las espaldas cuatro elecciones (nacionales para Congreso y Senado, autonómicas, municipales y europeas). Sabemos lo que esto supone: tarjeta censal en el buzón, propaganda de los partidos que se presentan también en el buzón y desplazamiento al colegio electoral de el «día D». No hago referencia a la cartelería urbana, a los mítines ni al grueso de la información y los espacios de cobertura en los medios públicos. Tampoco a las conversaciones de bar y a la sempiterna exaltación de aquellos amigos o conocidos que te bombardean el correo electrónico y el wasap con veinte mil razones para votar a quién o a cuál. Por eso voy a quedarme en dos asuntos concretos y cargados de gravedad: tanto el excesivo gasto en material publicitario como el asalto no autorizado a los datos personales de cada ciudadano con edad de cumplir.

Los partidos políticos diseñan para sus candidatos una suma de indicaciones sobre lo que deben decir y lo que deben callar. Las campañas son semanas (en este caso, meses) en las que cada uno de ellos (y de ellas, no nos vayan a tachar de no inclusivos, ¡pardiez!) presentan su cara más amable, en un constante arrobo que implica besar niños y abuelos (y abuelas; ahí queda el pico que se dieron Errejón y Carmena), soltar globos, marcarse un zumbeo de caderas y prometer y prometer y prometer… a costa de aquellos a quienes nos corresponde pagar sus ocurrencias.

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En cuatro elecciones el buzón del contribuyente estalla en sobres de publicidad electoral. Vote a Gundisalvo; vote a Gundisalva porque “¡Vamos!”, porque  ¡Puedes!, porque ¡No pasarán!, porque ¡Tú ganas!, porque , porque No, porque la madre que los… Si multiplicamos los treinta millones de electores, arriba o abajo, llamados a las urnas, por los siete partidos con mayor representación pública (en las Municipales caben otras muchas marcas, confluencias y abreviaturas) en cada una de las citas electorales, hablamos de la friolera de ochocientos cuarenta millones de envíos (con sus correspondientes sobres engomados, sellos, cartas del candidato, cuatricromías y papeletas en papel tintado), para que la mayor parte de todo ese derroche acabe en la basura. 

¿Cuántos árboles convertidos en celulosa? ¿Cuánto cloro y otros venenos para fabricar la tinta? ¿Cuánto dinero de todos para pagar ese juego casi inútil? 

Quisiera elegir mi papeleta sin la sensación de que estoy comprando una lavadora a plazos, sin el bombardeo de quien trata de venderme sus siglas como un viajante de crecepelo. Quisiera ejercer el derecho a voto sin que los responsables de salvaguardar mi intimidad regalen mis datos a quien no he dado permiso para colarse por debajo de la puerta de mi casa.

19 may. 2019

Fue el niño quien pidió ver al abuelo. Quería despedirse de él. Lo sentía como un acto de justicia, aunque no fuera capaz de razonar sus impulsos por aquello de que el corazón tiene razones que la razón ignora. Sus padres no dudaron de que aquella petición era natural: los pequeños son sencillos e inocentes, con una capacidad no pretendida de dejarnos con la boca abierta. Por eso quería ver al abuelo antes de que lo enterrasen, pues sin preverlo había conseguido que aquel hombre, en el final de sus años, recuperara la sencillez y la inocencia, la sensatez y la sabiduría al prescindir de caretas, poses y heridas. 

Ante los ojos inquisitivos de su nieto, que eran preguntones e inteligentes, el abuelo se había desarmado. Sus hijos conocían bien los arrebatos de mal humor que le caracterizaban, sus gestos de ira, sus sollozos cuando perdía las fuerzas en el culmen de una dificultad y se dejaba tragar por la desesperanza, sus palabras de más, sus amenazas incluso, su discurso rallado de advertencias, con las que cantaba —en voz grave— los golpes de la vida, «de los que nadie se salva». Pero para su nieto era un tipo amable y divertido, gracioso incluso. Por eso, cuando acudía a visitarle le daba un beso sincero, el de quien se alegra al rencontrarse con alguien amado, y le miraba de tú a tú, sin juzgarlo, antes de lanzarle la lluvia de preguntas de quien tiene un corazón limpio y un cerebro esponjado. Después le pedía, sin más preámbulos, lo que en aquel momento pudiera apetecerle: que le diera una galleta, que le leyera un libro, que le enseñara alguno de los tesoros que escondía en su escritorio (una tarjeta de visita, un sello antiguo, unas gomas de colores, una estilográfica con la tinta reseca…), que le sentara en sus rodillas y le contara un cuento o que tomase la chaqueta para acompañarle al parque.

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Lo más sorprendente —para la abuela y sus hijos— era que el abuelo obedecía a las órdenes amables del nieto sin poner cortapisas. Nunca dijo «más tarde» o «hoy no puedo», mucho menos «quita, que tengo muchas cosas que hacer». Al contrario, su ánimo cambiaba con el timbrazo que anunciaba la visita infantil; dejaba a un lado el rictus de importancia, de cierta amargura, con el que le gustaba darse coba entre los suyos, porque aquel niño traía un aire que renovaba la atmósfera de la casa, una luz que caldeaba su corazón viejo.

El tacto de aquellas manitas, el calor de la piel tersa y el soplo de la vocecilla encantadora consiguieron que el abuelo desempolvara habilidades que llevaban siglos adormecidas. Para él hizo animales de papel, plegando con mimo hojas de colores. Le enseñó a lanzar el trompo y a proyectar la sombra de los dedos en la pared, para dar vida a seres fascinantes. Por él sacó lustre a las memorias de su propia infancia: ante sus ojos amargos floreció la presencia de su madre, a la que tanto echaba de menos, quizá la severidad de su padre, al que había acabado por parecerse, quizá el balanceo de un caballito de cartón y las peleas con sus hermanos.

No tuvo miedo el niño al entrar en la funeraria. No se asustó al pasar a la sala donde velaban el cadáver. Su abuelo estaba tendido en una caja, vestido con chaqueta y corbata y con un crucifijo en las manos cerúleas. El rostro se lo habían maquillado. De hecho, el chiquillo exclamó que parecía una estrella de cine. Fue entonces cuando algunos de los presentes jugaron a escandalizarse: «¿Qué hace un niño aquí?», porque es creencia actual que la muerte debe esconderse a los menores, a los que hay que engañar con patrañas acerca de abuelos convertidos en estrellas y abuelas que flotan como hadas en los bosques de un país irreal. 

«Qué suerte tienes, abuelo», habló con certeza. «Ya estás en el Cielo, donde puedes ser niño cada vez que quieras».

8 may. 2019

Del anhelo de fiesta a la pre-Feria, de esos días que sí que no al Encendido, y de ahí a los Farolillos, epicentro de la alegría desbordada. Y de las luminarias de bombilla y cartón al lunes de Resaca, aunque sea una tradición perdida porque no hay bolsillo que aguante los precios del tendido y de la grada de la Maestranza, una plaza para ricos —¡una más!— de esta Fiesta desprotegida por los poderes públicos, los mismos que subvencionan con el dinero de todos a las asociaciones más alternativas, a las más sinsentido, a las más vacías de socios y actividad, porque resulta que los toros son un capricho —ahora que Pablo Casado se ha visto obligado a recoger velas— de la extrema derecha, según corean los prebostes con ira, es decir, un capricho de esos ricos feriantes —olé con olé y olé la demagogia—, porque no quieren reconocer que sobre las almohadillas se asientan los traseros de un pueblo que vota todas las alternativas políticas, de un pueblo que no vota y hasta de un pueblo que le trae al pairo eso de votar o no votar.

Dicen que lo peor de las cosas buenas es que se acaban, que una vez se echa el telón no queda más remedio que aguardar a que florezcan de nuevo, un año después, más o menos, según el caprichoso calendario de la luna. En el lunes de Resaca parece reinar un vacío lastimoso por las calles de Sevilla que, horas antes, rezumaban sabores de un tiempo antiguo, cuando la Feria era una exhibición de vacuno y ovino, de porcino también, un mercado en el que las reatas iban y venían de ganaderos a terratenientes, en tratos firmados con un apretón de manos, aunque seguro que más de uno se invalidó a por intentar colar un animal cojo o con las tripas cuajadas de larvas de tábano. Fue entonces cuando los primeros flamencos rasgaron una guitarra que alguien replicó con unas palmas al compás, en aquel daguerrotipo de gitanos de caracolillo sobre la frente y de cante de hierro, antes, mucho antes de que las damas de la alta sociedad se atreviesen a emular los bailes raciales de los cafés cantantes. 

Publicado en El Correo de Andalucía

Lunes de Resaca, tarde de Pedrajas, bureles de Guardiola y de María Luisa Domínguez Pérez de Vargas, a la que no cabía un apellido más que anunciar en la tablilla. Toros largos, bravos en el caballo y renuentes a perseguir la franela. Lunes de resaca, paseíllo con Manolo Cortés, Manili y José Antonio Campuzano, aquel que barría el albero con naturales eternos. 



Las vi la tarde anterior, deslizándose como si fueran ángeles en un extraño cielo que se enturbiaba a medida que crecía la distancia, hasta fundirse en un azul verdoso y salado. En mi concentración ante un panorama que me resultaba milagroso, no reparé en el mar que había por encima y debajo de las tortugas, un mar de aguas calientes que las envolvía en un abrazo de yodo. Atónito ante las leves brazadas de sus aletas, dibujadas a cuarterones, me despedí de ellas cuando empezaron un descenso ingrávido, como espacial, a las profundidades del coral y los ahogados.

El sol entraba oblicuo en la superficie, para romperse en destellos áureos sobre los caparazones de las tortugas marinas, regalándome, además, la claridad de aquel paisaje que tenía sabor a mitos griegos, un universo amable y abisal a un mismo tiempo que, con aquella luz, alzaba el telón del más fastuoso de los teatros. Ellas eran las protagonistas, siglos nadados de una a otra isla, sin prisas, con temple en cada batida por la masa salada, serenas ante el polen de las medusas. En unos meses se incorporarán a las carreteras abiertas por las corrientes, autopistas invisibles que conocen bien porque les llevan con rumbo fijo hacia las playas en las que desovaron por primera vez, en un misterioso destino que se repite con el fin de que puedan cumplir el mandato de la Naturaleza de volcar, en la misma arena, la nidada de una generación tras otra de crías que, en su mayoría, serán alimento para las gaviotas y las serpientes, para los peces grandes y los delfines. Es el drama del ciclo de la vida, que nada tiene que ver con el paraíso de mazapán que dibujan los animalistas urbanos, que defienden derechos para los animales con más ahínco que para los millones de seres humanos esquinados por la miseria (¿encarcelamos a las serpientes, a las gaviotas, a los peces voraces y a los delfines por merendarse tan tiernas criaturas? La realidad no se parece a los dibujos animados).

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Salí del mar con una borrachera de emociones. Llevaba impreso en los ojos el azul y el naranja, el amarillo y el blanco, el negro y el nacarado, el violeta y el rojo, la plata y el dorado de cientos de especies de peces, de todas las formas y tamaños, que conviven pacíficamente en un jardín de coral y algas, formando rebaños de escamas que pastan sobre el fondo irregular, cuajado de escondites desde donde mirar sin ser visto. Sobrecogido, me fui a dormir con la imagen de las tortugas que no se deshacía en mi cabeza, con la aristocracia en aquel planeta sin sonidos en el se hacen verdad las veleidades de los artistas surrealistas, que deformaban las imágenes como en los sueños de Little Nemo en el país de Slumberland. Las tortugas marinas son más atractivas que las sirenas y las acuné en alguna de las fases REM, adivinando una sonrisa en el dibujo de su boca sin gestos. 

En cuanto desperté, la isla me trajo ecos de otros amaneceres en los que también he sido testigo de la fragilidad de los ecosistemas. Entré en el agua. Mientras avanzaba en mi nadar patoso, las gafas de buceo me permitieron saludar el tráfago de los peces tropicales, que parecían no haber detenido su actividad durante la noche. Me saludaron los bancos de alevines, llamas que me envolvían, veloces, antes de brincar afuera del agua en flechas voladoras. En las honduras se aburrían los erizos de púas largas como agujas de tejer. Pasó una morena, iracunda desde tan temprano, para alegrarme después el trote de una manada de caballitos de mar, enhiestos y marciales. Me cautivó un animal nunca visto, medio transparente medio arcoíris, y saludé a un pez loro que barbeaba el descenso de la escarpadura. 

Fue de pronto, cerca de donde las olas lamían la orilla, que advertí un resplandor. Lo confundí con la flor nacarada de una ostra gigante. Me sedujo y fui a contemplarlo. Al acercarme, comprendí que era el efecto del sol a través de las aguas sobre el caparazón abrigado de verdín de una tortuga solitaria, que sesteaba allí donde mejor se deshacía el frescor nocturno.

Comenzó a jugar conmigo: permitía que me aproximara hasta casi tocarla, antes de arrancarse en un buceo a mi ritmo, sin apenas hundirse para que yo pudiera seguir respirando a través de un ridículo tubo de plástico. En cuanto conseguía rozar con mis dedos el borde de su concha, se volvía y me observaba con sus ojos acristalados, que tomaban un brillo infantil en cuanto emergía para aspirar un soplo de aire. Después parecía marcharse hacia el fondo inaccesible, pero volvía como si se le hubiese quedado en el tintero una pregunta que hacerme. Reanudábamos el juego, pues condescendía a que nadase detrás de ella. Veinte minutos después se cansó de mi compañía y desapareció entre capas de acuarela.

No soy capaz de poner palabras a todo lo que pasó por mi cabeza mientras estuve a su lado. Diré que me sentí afortunado, muy afortunado, por estar vivo.

28 abr. 2019

Cuando se publique este artículo, los atentados en Sri Lanka del Domingo de Resurrección serán un recuerdo desvaído. Es el sino de vivir bajo una catarata constante de noticias de toda índole, que nos lanza sobre los hombros lo grave y lo estúpido a un mismo tiempo, convirtiendo en olvido aquellos acontecimientos que son clave para entender el futuro. Y el futuro de Sri Lanka no puede ser otro que el florecimiento de la Iglesia Católica en la antigua Ceilán, que llegará —eso sí— al ritmo de Dios. ¿Es esto consuelo con olor a sacristía? No; es constatación evangélica según el capítulo décimo de San Mateo (versículos 16-42), que recoge con fidelidad palabras dictadas por el mismo Cristo acerca de la suerte que vivirán algunos de sus discípulos, aquellos enviados «como ovejas en medio de lobos». Los lobos son hoy los terroristas infiltrados entre los fieles que acuden a su parroquia para celebrar el más importante de los días del calendario litúrgico, actualizando el acontecimiento central de la fe: Jesús ha vencido a la muerte y resucitaremos con Él. 

A las víctimas del odio fanático musulmán, Jesús los llama «bienaventurados» (no olvidemos que Dios es un eterno presente, por lo que en la cabeza y en la intención de Jesucristo estaban incluidos los muertos y heridos por las bombas de Sri Lanka, con nombres y apellidos, con sus apodos familiares) por convertirse en «testimonio de la Verdad ante los hombres».

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En la comodidad con la que muchos cristianos vivimos nuestros compromisos de fe, parece no encajar el fuego que ardía en las entrañas de los primeros seguidores del Maestro. Ellos estaban convencidos de que las persecuciones y el martirio eran semilla para la propagación de la Iglesia en el mundo pagano. Lo nuestro es la misa del domingo, muchas veces a regañadientes, buscando el templo donde la ceremonia sea más breve, dispuestos a distraernos, ajenos a la liturgia y —¡tantas veces!— reservando para después del último “amén” una avalancha de críticas al sacerdote que la ha celebrado: que si ha dicho tal, que si ha hecho cual…

El último Concilio vino a recordar que los mártires no son héroes del pasado sino que vivifican a la Iglesia a lo largo de toda la Historia, hasta el final de los tiempos. Si nos detenemos a analizar el devenir de nuestra religión, avanzaremos año a año, siglo a siglo, a través del martirio de nuestros hermanos. Nos sobrecogerá el de los primeros cristianos, de alguna manera representados en la cruz que se alza sobre el Circo romano de la Ciudad Eterna, donde se celebra el Vía Crucis presidido por el Papa. Allí es fácil imaginarse el odio de la gleba y el olor de las fieras cuyas fauces tronzarían los huesos de aquellos que se negaron a reconocer la divinidad del Emperador. Pero no fueron los únicos: el santoral está repleto de historias pavorosas (desde la lapidación de Esteban y el asesinato de once de los Apóstoles a las crueldades de toda clase sobre hombres, mujeres y niños que recibieron la fortaleza del Espíritu para soportar las torturas con el donaire de quien perdona). Y en el siglo XX… ¡Ay el siglo XX!… A la cabeza colocamos a san Juan Pablo II y la reliquia de su sotana blanca empapada en sangre, y con él a los cristianos aplastados por dictaduras de todo pelaje. Y no solo católicos, pues el martirio nos hermana en el Cielo a los bautizados de otras iglesias.

La Iglesia considera el martirio «un supremo don y la prueba de mayor caridad», dado que «el discípulo llega a hacerse semejante al Maestro», Emperador entre la monarquía de los mártires. Los mártires de Sri Lanka (sacerdotes, diáconos, religiosas, catecúmenos, recién bautizados —quizá en la Vigilia de la noche anterior—, los niños que iban a recibir la primera comunión así como todos los laicos) ya han recibido la corona e interceden por la purificación de la Iglesia, vapuleada últimamente por tantas miserias. Y Cristo… ¿acaso no ha vuelto a ser martirizado en los sagrarios reventados con metralla?


27 abr. 2019

Represento en mi cabeza la España de las Españas, quizá injustamente: es de noche y una mujer entrada en años se ha sentado en la salita junto a su esposo, entrado en años también. Él lleva un pijama ajustado en mangas y tobillos y se arrellana en el sofá, que tiene en su brazo derecho un cenicero encastrado en una ancha cinta de cuero repujado. Se protege del frío de estos primeros compases de la primavera con un batín de cinturón y borlones. Y fuma, uno detrás de otro, ante las miradas inquisidoras de su mujer, que no ceja en su pregunta mecanizada —«¿Otro?...»— cada vez que escucha deslizar la rueda del mechero. 

Ella, a su vez, se ha puesto el camisón, unos calcetines cortos y unas cómodas zapatillas de media cuña, las mismas que se calza cada vez que llega de la calle. La bata le queda holgada, y de vez en vez se cruza las solapas, que no son de felpa sino de un acrílico con apariencia de raso, o de seda, o yo qué sé. 

Ambos llevan gafas. Las de ver la tele, que duermen en un cajón del aparador cuando el televisor está apagado. Pero en mi representación la pantalla refulge a todo color, emitiendo un programa que está sajado por largas colas de anuncios publicitarios. Habiendo tanto donde elegir, parece que el electrodoméstico de la salita sólo sintoniza Telecinco, como si el mando a distancia llevara siglos encasquillado en la omnipresencia de Jorge Javier Vázquez. Gracias al locuaz presentador, ella y él lo saben todo de las Rosasbenitos, las Benitosrosas, las Belenesesteban, las Estebanbelenes, las Camposterelus, las Tereluscampos… Si parecen haberlas concebido y parido; o parido y concebido. Me he hecho un lío. Y aunque Jorge Javier gobierna sobre ellos, a veces se atreven a calificar a las reinonas del cotilleo: «menuda lagarta; esa se va a la cama con cualquiera», dice él. «La encuentro algo más gruesa», replica ella en vacuo diálogo esponsal. 

De pronto aparece la Pantoja y el corazón se les dispara. La tonadillera entre las tonadilleras del mundo mundial está dispuesta a sobrevivir en una isla colmada de cámaras. «Menuda pájara», la califica el marido. «Pues a mí me gusta», responde la mujer.

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Cuando cae la madrugada (satisfechos por haber visto llorar a Isabel antes de lanzarse como un pato desde un helicóptero al mar de Honduras), él sueña que pasea de la mano de cualquier Rosabenito. Ella, a su lado, deja escapar —entre ronquido y ronquido— un «Marinerodeluces» apenas comprensible.

8 abr. 2019


Mis hijos utilizan el término postureo para referirse a todo aquello que no es auténtico, a lo que está forzado con la intención de presumir de aquello que se carece. Por ejemplo, califican de postureo la obsesión de aquel o aquella que desea parecer una persona elegante y para ello recurre a los logotipos, a vestirse con ropa señalada por la marca (un cocodrilo bien grande, un jugador de polo, una banderita, una “g” y una “a”, el apellido de un modista…). El susodicho/a, más que elegante, va por el mundo como un hombre o una mujer anuncio. Y pagando. Y sin cobrar.

Pero el postureo, según ellos, lo inunda todo, desde el peinado con el que los chicos pretenden ser número de una misma tribu al modo con el que las chicas llevan los jerséis, extrañamente introducidos por la cintura del pantalón a la altura del ombligo. Me dicen que hay postureo en el hablar (la jerga va matando, por ósmosis, la riqueza de nuestra lengua con palabros absurdos y polisémicos, con coletillas carentes de significado), así como en elementos hoy fundamentales como el nombre y el serial del teléfono móvil, incluida su carcasa protectora. Hay postureo en las series que se ven (o que no se ven, pero que se cuentan que se ven), en el despilfarro consumista y hasta en el lugar de vacaciones, ese alquilar la casa de veraneo allí donde hay que estar porque no vamos a ser menos. En resumen, el postureo se ha convertido en un modo de supervivencia que une la apariencia y la vacuidad.

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La gastronomía es uno de los puntales de esta curiosa práctica (que, reconozcámoslo, ha existido siempre, pues llevamos la vanidad y la necesidad de aceptación en el ADN). Espumas, vapores, láminas, esferificaciones y un sinfín de cursiladas para describir los platos de la carta de un restaurante como excusa para cobrarlos a precio de oro, no dejan de ser parte del postureo de quien, con tal de poder presumir, es capaz de dejarse una fortuna a cambio de una experiencia de sabores.

Respetando aquello de que sobre gustos no hay nada escrito, soy un escéptico respecto a la cocina oriental, más en concreto de la japonesa. Aunque la sola definición de un pescado como «pez mantequilla» me produce escalofríos, el postureo que ronda los arroces blancos enrollados en un alga seca así como las diminutas porciones de pescado crudo hábilmente congelado y descongelado, aderezados con salsa de soja (industrial y salada como para beberse una piscina), con un toque de engrudo verde que pica y un jengibre para anular sabores que recuerda «en boca» (así dicen los finolis) a la textura y el sabor del jabón Lagarto, que prometo no haber comido pero del que tengo clavado el aroma… digo, el postureo ante semejante comida parece batir todas las marcas de la idiocia de un mundo volcado en adornar la carcasa de la vida.

Y es que acabo de ser víctima de semejante tomadura de pelo, en uno de esos restaurantes japoneses repletos de estrellas y tenedores que, por si fuera poco, presumen de fusionar la comida del país nipón con la dieta mediterránea, al que recomendaría que, junto con la servilleta y el trapito caliente perfumado con ambientador de W.C., facilitara a cada comensal una bolsita de papel como la de los aviones, por si acaso. Les cuento el menú diseñado por una camarera bajo la aquiescencia de la jefa de sala: empezamos con una sopa cuyo sabor reproducía —algo rebajado en potencia— el del contenido de los cuencos en los que después había que mojar el arroz (soja, en una palabra). Seguimos con unas zamburiñas —que hablaban gallego, idioma que no es propio del País del Sol Naciente— cuyo sabor a mar lo mataba un gazpacho con mostaza (al recordarlo se me achinan los ojos como los del Emperador). Continuamos con los filetes empanados de un pez retorcido y que enseñaba los dientes, cuya insipidez la disfrazaba la harina de la fritura, que venía también con el correspondiente cuenco de salsa de soja para teñir su costra. Hubo más: una sopa de pescado y soja. Y una tempura de verduras con salsa de soja (más harina, esta engordada, a la que Wikipedia describe como fritura rápida japonesa. Es decir, alta cocina), otra tempura, esta de langostinos (los crustáceos no se merecían semejante final), con salsa de soja y el plato estrella: huevos semicrudos de codorniz sobre un taco de arroz apelmazado, rematados con un puré de trufa. Fue el momento álgido de la cena, en el que comenzaron las arcadas. Pero nos esperaba el número final, el sushi de cangrejo (rebozado y frito, también) y de vieira, sembrados con láminas de chorizo, por eso de la dieta mediterránea. Ah, y la cuenta… que no me atrevo a describirla. Y el restaurante, a reventar: hay que reservar mesa con varios días de antelación. Ya ven: postureo, todo postureo.

5 abr. 2019

Después de Ferlosio… ¿quién? Esta es la conclusión más grave después del fallecimiento del último referente de la literatura en español. Podría contestarme que Vargas Llosa, pero tengo mis dudas porque sus últimas novelas son de segunda B y, a pesar del Nobel, para formar parte de los autores que se estudian en Bachillerato uno debe ofrecer un historial impoluto. Claro que en los manuales aparece Isabel Allende, a la que además obligan a leer para aprobar el examen de Selectividad, en un acto interesado en el derrumbe intelectual de la juventud. 

A Sánchez Ferlosio le habrían bastado sus Industrias y andanzas de Alfanhuí para merecerse el nombre de todas las grandes avenidas de España. Sin embargo, no cuenta en la literatura para Selectividad, como dejó de contar, hace mucho, pero mucho tiempo, en las lecturas de la Secundaria. Si al menos le abrieran un hueco a alguno de sus cuentos… Porque entiendo que “El Jarama” es un reto imposible para el noventa por ciento de los alumnos que aspiran a sentarse en una facultad. Y para casi el cien por cien de los profesores de Lengua y Literatura, vaya por Dios. Porque “El Jarama” es como un puré denso de maicena, con el que el lector se atraganta ante la naturalidad del texto, la pátina de tristeza propia de Ferlosio y la aparente nadería de un tiempo en el que no existían los teléfonos móviles.


Después de Ferlosio… ¿quién? Que hace ya unos años se nos murió Delibes, y también Martín Gaite y Cela —por lo que tuvo y no retuvo—, y mucho antes la discreta Laforet, y la genialidad encriptada de Borges y el escritor de una sola novela, García Márquez. Dicen que nos queda Marías, pero no termina de convencerme. Dicen que quedan más y que venden muchos ejemplares, pero ese dato no me dice nada porque pienso en Alfanhuí y su gallo de hierro, en el taxidermista, en su abuela y en una España en la que, sin haberse completado la alfabetización del pueblo, se hablaba con la belleza y bravura con la que Sánchez Ferlosio fue capaz de construir su obra narrativa.



29 mar. 2019

No es capricho que a cada uno de mis hijos les haya incitado a enfrentarse a las películas de Charles Chaplin al cumplir los diez años. Ellos, acostumbrados a un cine comercial dominado por los efectos especiales y la linealidad en los guiones, a unas películas que aprovechan la facilidad de los remakes y que abusan de los lugares comunes, así como de la lluvia fina de las ideologías del pensamiento blando (género, buenismo, animalismo, revisionismo histórico, cambio climático y tantas otras ocurrencias de nuevo cuño que salpican las producciones, poco importa que sean de Hollywood o patrias, la cosa es dirigir el destino de los espectadores desde su más tierna infancia), deben contar con la oportunidad de conocer los orígenes de esta industria jalonada por algunos genios.


Y Chaplin lo fue. Actor, guionista, director, músico, acróbata, mimo… lo reunía todo salvo la modernidad de los medios con los que realizaba sus películas. Sus biógrafos cuentan que más allá del estudio de rodaje, una vez desvestido de Charlot, tuvo todas las características negativas de las personas investidas con un talento muy por encima de las capacidades del resto de los mortales. Escriben que era un tipo excesivamente lujurioso, dañino en su relación con las mujeres, infiel y subyugador, vete a saber si iracundo y hasta violento. Pero el Chaplin que descubrí en mi juventud, el mismo que muestro a mis hijos, es el del bigote y el bombín, víctima de una América que todavía no era el paraíso, hermano del hambre, dueño de la calle (dormía en cualquier lugar, bajo las estrellas), torpe y delicado, un niño con zapatones y pantalón grande y remendado, inocente y extraordinariamente romántico. Su vis cómica, más allá de los errores técnicos de aquellas películas, que se los perdonamos, alcanza a todos los tiempos y a todos los hombres. Y ahí reside su genialidad. De tal modo que quien no se ha sentado a disfrutar de una película de Charlot, no sabe lo que es la risa.

21 mar. 2019

Tenemos la misma edad, así que entraba yo en la adolescencia cuando él trenzaba uno de sus últimos paseíllos como novillero en la plaza de toros de Las Ventas. Incluso vestido de luces, Ponce parecía un chiquillo. Daba la sensación de que no podría manejar los pesados capotes y muletas. Pero vaya si los manejaba. Y con qué sapiencia. De hecho, era un torerillo sabio, sabio como pocos. Todavía nadie sospechaba que, treinta años después, seguiría abriendo el portón del miedo, torero de toreros, torero para la Historia junto a un puñadito de elegidos (Joselito, Belmonte, Domingo Ortega, Manolete, Ordóñez, Bienvenida, El Cordobés, Ojeda y José Tomás).

Tomó la alternativa y se jugó las femorales en una tarde de la Semana Grande de Bilbao, en la que dio su primer campanazo, después de haber despachado seis toros seis en Valencia él solito. En la siguiente temporada, en una televisada, en Fallas, con reses de Peralta, unas manos invisibles le impusieron el birrete de maestro, que nunca se ha quitado. Madrid le acogió. Bordó el toreo en una de Samuel Flores, en la que le falló la espada. Y luego vino Lironcito, una fiera salmantina a la que sometió para entrar definitivamente en los anales de Las Ventas. 

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Cuando un torero comienza a ganar dinero, el público de Madrid (digamos, los vocingleros que dominan al público de Madrid) pasa del amor al resquemor. A Ponce se le espera con las uñas afiladas. Se le mide todo lo que hace con la precisión de una escuadra y un cartabón. Y aun así, ha salido cuatro veces por la puerta grande.

Es el primero entre los consentidos en México, ídolo en Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela, valido en Francia, respetado en Portugal y protagonista de una machada: diez temporadas con más de cien festejos a la espalda. Y eso que las cantidades no deberían ser lo suyo, dada la estética de su toreo, inconfundible incluso si se contempla de espaldas, que es la condición para llamar único a un torero.

La mayoría de sus compañeros cuelgan los trastos en la década que va entre los treinta y los cuarenta años, pero la retirada no cuenta entre los planes de Enrique, que tiene capacidad y torería para anunciarse hasta su noventa cumpleaños, y sin haberse permitido un respiro entre las temporadas europea y americana.

Con solvencia intelectual, ha cerrado aún más los estrechos lazos entre la Fiesta, el arte y la cultura. Pero como todos los toreros, se debe al pueblo, al público de sol y de sombra, a todos aquellos que se han marchado de la plaza dibujando pases al aire, sobre todo después de las más de cincuenta faenas con las que ha indultado otros tantos bureles.

Comprometido, como lo son la mayoría de los toreros, Enrique ha toreado gratuitamente por una y mil causas sin pedir nunca nada a cambio. Y se ha preocupado personalmente de quienes más sufren. Me consta.

Ahora un toro le ha dado una cornada y le ha tronzado la rodilla. Y los aficionados nos sorprendemos porque en su devenir son contados los percances. El toreo no es un juego: los toros no son de nube ni sus cuernos de papel. Así que nos conmovemos al verle caído. Y anhelamos saber, cuanto antes, que volverá a fajarse el capote de paseo.


15 mar. 2019

Pim, pam, pum… Valencia arde en fiestas, nunca mejor dicho al considerar la quema que les espera a sus ninots, destino que nunca he llegado a comprender: si yo fuera el creador de la falla a la que van a prender con una cerilla, me parapetaría para defenderla como santa Juana de Arco, aunque sin arriesgar más de lo previsto, no se me vaya a chamuscar la barba.

España no se entiende sin sus fiestas patronales. Las hay por casi todo el mundo (las razones no suelen ser sacras, como las nuestras, salvo en los países de raigambre católica), con su baile bajo la carpa, fuegos artificiales, concurso de pepinillos en vinagre o de tartas de zanahoria, homenajes a la cerveza y festivales en los que los hombres, a mano o con motosierra, se retan para comprobar quién es capaz de lonchear más veces un largo tronco en un tiempo determinado. Y las rifas y los cacharritos de feria, con manzanas caramelizadas y algodones de azúcar, batallas de comer donuts y escarapelas para la vaca del año. Pero no es lo mismo.

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En España demostramos a lo largo del año —sobre todo desde el arranque de la primavera y hasta mediados del otoño— que sabemos celebrar la protección de la Virgen (en sus numerosas advocaciones) y los santos, nada que ver con esa imagen mustia con la que se pretende desdibujar a los cristianos. Y lo celebramos con misas mayores, claro, pero también con jolgorios profanos, que van del chunda-chunda de las orquestas móviles (¡que no se pierda el pasodoble!), al pañuelo anudado al cuello; del vino peleón a la sangría que todo lo disimula; del petardo más o menos chistoso, a las curiosidades de cada ciudad, de cada pueblo; de la noria sospechosa de no tener todas las tuercas bien apretadas, a la novillada en la que los torerillos llegan caminando desde la pensión.

Valencia ha descorchado la temporada de jolgorio (con permiso de los pueblos que celebraron a san Blas, a la Candelaria y a otros santos madrugadores); los hoteles se encuentran a reventar y por las calles no cabe un alma. ¡Que no decaiga la alegría!
Nada me produce mayor rechazo que un cristiano triste. No me refiero, claro está, a aquellas personas que están pasando un mal momento —incluso una mala época— por razones subjetivas (una depresión endógena, sin ir más lejos) u objetivas (la ausencia de un ser amado, el fracaso profesional, la errada trayectoria de un hijo, la asimilación de una enfermedad grave, un dolor corporal persistente, etc.). Hablo de los tristes cristianos, que diría aquel, que consideran que el suspiro lastimoso, la suma de penas, el desprecio a lo contingente y el gesto vencido son lo esperable en un bautizado, como si prefirieran la negrura tópica de la Cuaresma y el ayuno del Viernes Santo al gozo de la Resurrección. Quizá no sean conscientes de que, queriendo o sin querer, son la caricatura de la que hacen burla —tomando injustamente la parte por el todo— los ateos, aquellos que no solo no creen sino que no están dispuestos a creer, y que entre sus principales fobias destacan a la Iglesia (distintos son el agnóstico de buena fe y el indiferente a las cosas de Dios). 

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Un triste cristiano, un cristiano mustio, un cristiano obsesionado por lo malo, por lo pecaminoso, por la deuda, por el deber… suele fabricarse un enemigo colectivo de términos vagos: la gente, la sociedad, el mundo… para ocultar la cabeza bajo el ala, como si en esa postura gallinácea fuera a evitar el impacto de las balas. Todo, absolutamente todo —piensa y dice con convicción— está contra lo divino, que es lo mismo (o eso cree) que decir que está contra él. Un triste cristiano repasa con obsesión, una y otra vez, el listado de las cosas negativas, apretando el arco de las cejas para dar —y darse— lástima. El mundo está perdido, asegura, pues se ha rebelado contra el Cielo, por lo que solo cabe esperar el cumplimiento de los pasajes más terroríficos del Apocalipsis (el triste cristiano no sabe —o no quiere saber— que el libro de Juan que cierra el Nuevo Testamento es, sobre todo, un canto de esperanza). 

Le repugnan las leyes que despenalizan y permiten el aborto (¿a qué persona bien informada no le duele la universalidad de semejante crimen neonatal extendido por el mundo?), pero desde una perspectiva de capitulación, de «hemos perdido la guerra», sin aceptar el gozo por cada vida salvada, por cada niño que rompe un primer llanto. Muchos de ellos, además, se dejan el corazón enganchado en el gatillo de esa arma feroz, terrible, aliviándose para no tener que cambiar las coordenadas en un sí a la vida, que es un sí a la familia, a la seguridad del hogar, a la inocencia de los pequeños, a la búsqueda de modos atractivos de transmitir el valor del amor humano, que es incompatible con la división, la deslealtad, la infidelidad y… la infelicidad.

A propósito de los abusos sexuales que están saliendo a la luz, cometidos por algunos clérigos y religiosos —algunos miembros de la jerarquía católica— contra menores de edad o mayores sometidos por la fuerza de una autoridad utilizada con perversión, los tristes cristianos sienten un honroso dolor a causa de la gravedad de los delitos, el daño de las víctimas, el escándalo y las heridas con las que ha sido maltratada la Iglesia, pero se nublan en su tormento moral sin contar con la promesa fundacional de Cristo, cuando advierte a Pedro que la fuerza del Mal no se impondrá sobre ella, porque Él la sostiene. A cambio, como si les gustara la hiel, rebuscan por las redes cotilleos de catedral, murmuraciones de sacristía, dimes y diretes de sotanas, estolas y solideos.

A veces me falta la fe, de tal manera que también me convierto en un triste cristiano que prefiere la queja al abandono, el miedo a la confianza, la pesadumbre a la paz, el pesimismo al optimismo. Entonces busco entre mis libros los apuntes íntimos de los santos, su vivir apasionado. Los leo y los medito. Después ruego. Y respiro tranquilo, aunque a veces no sea capaz de dibujar una sonrisa completa.

11 mar. 2019

En el estrambote de la infancia hay un lugar destacado para los oficios, mediatizados por los vaivenes sociales. Si hace unas generaciones los chicos aseveraban que de mayores iban a ser toreros, soldados o mineros, y las niñas se contentaban —en un espíritu muy positivo, estoy convencido— con anhelar un determinado número de hijos (que nunca bajaba de seis) para los que ya tenían decididos sus correspondiente sexo y el nombre con el que cristianarlos, hoy la cábala de profesiones va por otros derroteros, en los que abundan los aspirantes a futbolistas, cantantes, probadores de videojuegos, modelos de pasarela o líderes momentáneos de las redes sociales. 


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Revelo de cuando en cuando —con la sensación de que a nadie le interesa— cuáles fueron las casillas de mis deseos infantiles. Era una colección un tanto anárquica, ya que aquellos oficios no tenían relación entre sí, lo que entra en la lógica de lo ilógico que reina en la mente de un niño: aventurero, dibujante de tebeos, payaso, misionero en África y matador de toros. No hubo espacio para lo que después me ha tocado ser: escritor, que es lo mismo que decir juntador de palabras, vendedor de fantasías, una ocupación de esas que las madres solían describir con menosprecio ante sus hijas en edad de merecer: «todo un muerto de hambre».

Constato que mi devenir está salpimentado con lascas de aquellos ensueños parvularios. No soy aventurero (oficio de por sí atractivo pero inexistente), aunque me despierto con la seguridad de que mantenerse en pie no deja de merecer su canto de epopeya. Tampoco dibujo tebeos, pero dedico muchas horas apasionantes al lápiz, el pincel y las gubias, frutos de aquella afición alimentada desde niño que viene a demostrar que no hay nada más trágico que un menor de edad aferrado a un dispositivo electrónico. Respecto al payaso, es demasiado fácil hacer un chiste fácil, incompatible con la admiración que manifiesto por el circo, arte de artes nobles, incluido el emocionante juego con las fieras que alcaldesas y alcaldes —dictadores del buenrollismo— han decidido prohibir bajo amenaza de sanción. Las misiones las dejé en manos de mujeres y hombres heroicos, tocados por el dedo de Dios. Yo no pude volar tan alto. Y los toros siempre desde la barrera, pero con la pasión del buen aficionado. 

1 mar. 2019

Si anuncio que este artículo pretende hablar del uso del teléfono móvil, cabe la posibilidad de que me quede sin la mitad de mi habitual audiencia. Unos renunciarán a leerlo porque opinan que es asunto demasiado trillado y lo esperable es que yo caiga en lugares comunes tantas veces expuestos. Otros empezarán la lectura, pero quedará interrumpida en cuanto adviertan que les ha llegado un wasap, uno más entre los cientos que nos atenazan como una nube de mosquitos alrededor de la cabeza.

No pretendo sermonear a nadie. De hecho, yo también soy usuario de uno de estos aparatos capaces de albergar, dicen, mucha más información que la de aquel Apolo 11 que aterrizó en la Luna. Reconozco que también estoy encadenado a sus funciones, esclavizado a su constante reclamo de sonidos, luces y vibraciones, mérito de sus fabricantes y programadores, quienes han conseguido que giremos alrededor del móvil como el Vostok 1 —la cosa hoy va de cohetes—orbitó la Tierra.

Mis hijos se sorprenden cuando les hablamos de aquel teléfono de cable en espiral, lacado en crema —el de color rojo era todo un capricho—, con su rueda transparente y agujereada. Para explicarles su funcionamiento tenemos que valernos de mímica, pues no entienden en qué consistía descolgar el auricular, pulsar las pestañas cuando se quedaban enganchadas, buscar en la agenda el número deseado —había quien era capaz de llevar en la memoria, y no precisamente digital, toda una guía— y empezar a girar el marcador rotatorio hasta el tope de metal, con maestría para acertar con el índice el hueco del número correspondiente, soltar la rueda a tiempo, aguardar el sonido de los correspondientes pulsos y continuar la operación hasta el último dígito. A ellos les parece que se trataba de un esfuerzo ímprobo, aunque lo que más les desazona es conocer que los hogares dispusieran de un solo aparato —un terminal decimos ahora—, anclado en un lugar de paso, dos a lo sumo en las casas espaciosas, con una palanquita que distribuía la línea de uno a otro, cortando muchas veces las conversaciones. Y si no había palanquita, uno de los teléfonos servía, cuando el usuario lograba descolgarlo con sutilidad, para escuchar el diálogo que mantenía cualquiera de los familiares con vete a saber qué destinatario a través del otro.

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En la casa de mis abuelos todavía se usaba uno de aquellos teléfonos negros de baquelita, una pieza de museo cuyo auricular pesaba como una piedra, con su cableado forrado en tela. Había otro —creo recordar— que carecía de marcador. En su lugar había una pieza inmóvil con un botón en el centro. Una pena que mi acostumbramiento a verlo —la costumbre hace a las cosas y a las personas invisibles— me impidió preguntar por su uso.

Vuelvo al teléfono de mi casa, receptor de tantas confidencias. Su campana era más amable que las melodías de los móviles, aunque atenderlo requiriera, más de una vez, echarse a correr antes de que interrumpieran la comunicación. Mientras charlábamos, enredábamos los dedos con aquel cable en espiral en un juego inconsciente. A ser el cable de material flexible, nos permitía estirarlo en busca de un lugar discreto donde evitar la curiosidad de padres y hermanos. Había también una libreta y un bolígrafo para apuntar el nombre y los recados de aquellas personas que habían preguntado por algún familiar ausente. Antes de que llegaran los contestadores automáticos (primero de casete, después incorporados al servicio de la compañía telefónica) existía la obligación moral de dejar testimonio de las llamadas que no nos correspondían, bajo amenaza de castigo por incumplimiento.

Como pueden entender los lectores que hayan llegado hasta aquí, el teléfono móvil me ha servido como excusa para describir un tiempo y un mundo distinto, que sin duda supuso un paso adelante frente a las generaciones que nos precedieron, aquellas que estaban sujetas a una telefonista y su habilidad para insertar clavijas y ordenar conferencias. Eso sí, déjenme proclamar que la vida era posible sin wasap, aunque los más jóvenes no nos crean.

27 feb. 2019

En las instalaciones industriales a las gallinas ponedoras no les apagan la luz. Así no pueden diferenciar día y noche (dudo que hayan conocido el ciclo del sol y de la luna), lo que les incita a soltar un huevo detrás de otro, haciendo equilibrios entre los incómodos barrotes de las jaulas. Es lo que tiene desconocer el medio, vivir bajo el paso de una cinta transportadora, comer pienso con aditivos para la producción de una, dos, seis… cien docenas, hasta que la maquinaria emplumada expire descalcificada y sin haber saboreado un solo gusano.

El presente febrero finaliza con las temperaturas fuera de madre. Los gorriones han comenzado a entrelazar sus nidos antes de tiempo, y los palomos zurean con la libido errada. Tienen que venir los fríos, incompatibles con el cortejo aviar y con la cría de pollos desplumados. Los oportunistas insisten en la matraca del cambio climático a causa de nuestros excesos, empezando por la superpoblación, porque para estos —animalistas, ecologistas y otros istas de carné— el hombre es el peor enemigo de todo, aunque ellos mismos no se incluyan en su tesis ni como hombres ni como enemigos, no vayan a ser también culpables de la subida del termómetro.


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Visité el Museo Arqueológico de Madrid junto a un profesor de universidad. Queríamos ver muchas cosas, pero la magnitud de sus conocimientos y su esfuerzo didáctico hizo que no pasáramos de la prehistoria. En aquel tiempo marcado tanto por el calor como por la glaciación, no hubo otros humos que los de las hogueras. Además, por entonces no se refinaba el petróleo. Pero tuvieron febreros como este, un mes que se ha confundido al ocupar su sitio en el trenzado del año. Quizás nuestro febrero soñara con ser julio, quizás anhelara disfrutar de unas vacaciones de sol y playa… Como en aquellos tiempos remotos, no hace dos años tuvimos un verano más bien fresco, con frío incluso. La Naturaleza es así, ingobernable a pesar de las reglas que marcan su compás, un tic-tac que suele ir hacia delante pero que, de pronto, da un salto para atrás, quizá para confundir a los istas de carné y reírse un poco de sus paranoias. Y también para que las cigüeñas, zancuda de buen agüero, no tengan que esperar a San Blas para bichear en nuestros campos.

22 feb. 2019

Han sido siete larguísimos años. Incluso un poco más si sumo el tiempo que transcurrió entre el final de la promoción de mi anterior novela, El arca de la isla, la decisión en firme de abrazar el proyecto más arriesgado y complejo de mi carrera de escritor y su publicación. 

Todo comenzó de manera imprevista, como si no fuese yo quien hubiera escogido esta aventura sino al revés: fue el libro que estaba por escribir el que me esperaba. El proyecto despuntó en una comida, un almuerzo con un sacerdote encargado de la pastoral de un centro de formación profesional especializado en cocina y hostelería, con alumnos en su mayoría sin una buena formación académica, de pocas lecturas, hijos de inmigrantes o recién llegados del otro lado del océano, con los desiertos, selvas y montañas atrapados en el acento de su habla. 

Aquel cura me trazó el estado de la juventud en España. Primero me habló de lo doloroso: entornos hostiles a cuenta de las familias rotas; malos tratos en el hogar y en la intimidad de novios y novias; pocos incentivos para el estudio y el trabajo; falta de referentes culturales y artísticos; ausencia de belleza y armonía; abandono en las tiranías del pensamiento blando (asimilación sin crítica de las teorías de género, relativismo moral, absolutización de la práctica sexual, disociación afectiva, recurso al aborto…); atracción desmesurada por la tecnología y sustitución de Dios por las ofertas de una espiritualidad de mercado, vinculadas al new age

Después me habló de lo luminoso: «Los jóvenes, también aquellos que no están bautizados o participan del neopaganismo occidental, añoran un encuentro con Jesucristo, aunque ni siquiera sean conscientes de ello». Entonces me expuso que en el mercado literario faltaba una novela que hablase de J.C., Dios hecho hombre, Alfa y Omega de la Historia, Principio y Fin por quien todo fue hecho y que es Rey, como respondió a Pilato cuando este quiso saber —porque algo en el porte de aquel hombre maltratado se lo decía— si era verdad su realeza. «Ensayos teológicos hay muchos, pero para un público entendido. Sin embargo, novela…».

Regresé a mi casa con el hormigueo ante los sucesos que parecen refundar nuestra vida. Una novela sobre Jesucristo destinada a lectores que no sepan nada de Él, o que lo que conozcan sean apenas unos apuntes, unos tópicos incluso. Una novela sobre el único ser humano que ha vencido a la muerte y que, por tanto, vive en cuerpo y alma, en humanidad y divinidad, eternamente. Una novela con la que —y eso sí que se queda muy por encima de mis limitadísimas posibilidades— su protagonista pudiera hablar al corazón del lector que lo ignora todo o casi todo acerca de la única persona capaz de dar sentido a las alegrías y sinsabores, ya que nos proyecta a una dimensión —la de correr su misma suerte: vivir para siempre— en la que todo cobra un sentido de justicia que dará respuesta al hambre y al miedo, al dolor y a la ruina, a la enfermedad y al fracaso, al grito enmudecido de todos los inocentes, que serán recibidos y tratados como primeros frente a los causantes de todos sus males y humillaciones.  

En estos siete años han pasado muchas cosas. Entre ellas la sucesión de distintas Jornadas Mundiales de la Juventud: cientos de miles de jóvenes —muchos de ellos hijos del neopaganismo—, millones si nos ponemos a sumarlos, partieron en busca de ese encuentro personal con J.C. porque es cierta el hambre de Dios. Y entre tanto, los meses de estudio, la búsqueda del modo con que encarar semejante novela, el empezar, volver a empezar y empezar de nuevo, y más estudio, y redactar, y superar el miedo, y caer en la decepción de que sobre Jesús ya está todo dicho y descubrir, poco después, que Él nos habla a cada uno, por lo que quienquiera que se le acerque con rectitud de corazón encuentra respuestas nuevas y asombrosas.

J.C. El sueño de Dios ya está en las librerías de España. Y yo me siento, como pocas veces, feliz y pequeño, muy pequeño.

20 feb. 2019

Entiendo la indignación de la gente ante la inmoralidad eugenésica de Arcadi Espada. Para él, por lo leído y visto, sólo son dignos de derechos —el primero, a la vida— los pertenecientes a una condición... digamos... aria (españoles listos, guapos y productivos). Por el contrario, aquellos que en el vientre materno manifiesten una condición genética modificada, una enfermedad o una malformación, deberían ser llevados directamente al bisturí cortador, a la sal quemante, al aspirador y al crematorio, porque en su ensoñación no pueden llegar a ser listos, ni guapos ni productivos, sino una carga para los padres y para el propio Arcadi, que paga sus impuestos. La reacción de repulsa que recorre España es lo que tiene vivir, como Arcadi, a expensas de la declaración gruesa, aunque Risto, digamos la verdad, tampoco está muy desencaminado de esa senda. 

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Entiendo la indignación de todos porque también es la mía. Y entiendo la emoción por la aparición en el Chester de ese niño precioso que tiene Síndrome de Down, y por la declaración de su padre maravilloso. Pero no así que este suceso televisivo no consolide en toda la gente emocionada la decisión de ponerle punto final al aborto. ¿Es que los embriones, los fetos no deseados (algunos a término) no tienen derecho a vivir? Los que vienen con el síndrome de Down abrazado a su inocencia, pasan a ser presa de caza (por la Ley, por el médico, por la madre y por quien ayuda a la madre en el proceso del aborto, la coacciona o la anima a abortar). Aquellos que traen una «anomalía», término legal en el limbo, ya que puede comprender desde un labio leporino a la falta de un riñón; desde un dedo de más o de menos en una mano a una pierna más corta que la otra; y, por supuesto, cualquier sospecha del ginecólogo, sea cierta o no, a pesar de que quepa margen de error en su veredicto. Y no es lo único, porque durante las primeras dieciocho semanas —Risto, Arcadi, aprendedlo— el aborto es libre, cuestión de determinación o capricho de la paciente, y ahí el médico sesga la vida también de los listos, los guapos y los que serán productivos, ese español ario que tanto le mola a Espada. También abortan las menores de edad y saltándose el obligado consentimiento de su padre, madre o tutor, ya que las clínicas del ramo cuentan con asesores para trampear la ley y violar la patria potestad.

Arcadi, lo siento pero tu discurso inmoral se ha quedado corto. Risto, lo siento, pero tu espectáculo televisivo se ha quedado corto. 

1 feb. 2019

Una máquina para guisar a cocción lenta. Esta parece ser la última innovación que debemos tener en la cocina para epatar a nuestros invitados, en el caso de que nos haya dado por la alta gastronomía. Por lo visto las espumas, los vapores y los aires ya no se llevan, que con el comer pasa desde hace unos años como con el vestir, que las técnicas se identifican con determinadas temporadas y son causa de murmuración y sonrojo cuando el cocinitas se ha quedado atrapado en el tiempo. Así que, insisto, hay que guisar a baja temperatura, que no sé bien en qué consiste pero dicen los especialistas que se tarda un rato, vamos, unas cuantas horas y no precisamente de puchero, que eso sí que es un arte porque depende de la intuición de quien usa la espumadera para remover y retirar grasas, natas y telillas. 

He curioseado en algunas páginas de internet, en las que descubro que hay varios métodos de cocción a baja temperatura: en seco o levemente humedecido (como en la peluquería), al vapor o dentro de una bolsa (el pescado vestido de cadáver…), sumergido el alimento en algún líquido, al vacío (es decir, modo cohete espacial) o sin vacío (ya no se me ocurren más comparaciones chistosas).  Y respecto al tiempo, un solomillo en su punto puede requerir dieciséis horas. Qué mérito del cocinero, que en vez de dominar el chop-chop ha de realizar una carrera de física y química para que el pescado no se pase y la verdurita sea un complemento en su punto, sin durezas.

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A mí me van otro tipo de viandas, sin desmerecer a los sifones, termómetros y demás instrumental de diseño hospitalario. Prefiero la carrillera nadando en su salsa, con patatas panadera a poder ser y pan para mojar. Y el chipirón en su tinta, pero que el contenido en el plato sea más bien generoso y con añadidura del arroz con sofrito para colmar el hambre. Y la menestra de verdura a la vieja escuela, que es destreza de los viejos fogones. Y la cuchara, siempre la cuchara y la legumbre, en especial el garbanzo castellano, pequeño y con un toque dulzón, acompañado de relleno zamorano y más arroz, para que no queden huecos entre ombligo y espalda. 

Abajo con las diferentes texturas, las esferificaciones, las mantequillas aromatizadas, el vasito con alguna patraña antes de pasar a otro sabor, la menudencia cuajada de apellidos en un océano de cerámica, la gelatina a modo de suspiro, la viruta a modo de sorpresa, otro vasito con otra patraña antes de cambiar de sabor, el crujiente a modo de experiencia, la ambrosía a modo de sensación, la salpicadura a modo de decoración, la morcilla pintada de rosa palo con forma de riachuelo, la montaña de nabos salvajes en picadillo de ciruela sobre cama blanda de queso liofilizado en maridaje con una verbena de pensamientos (hablo de la flor) de la isla de Madagascar. 

De nueva cocina se ha escrito mucho. De sus raciones para hormiga, de su deconstrucción hasta hacer del «producto» (eso que todos llaman «producto» y antes era género) un cuadro abstracto, de la presentación (que va del platillo volante a la laja de antracita; de la cuchara de porcelana con forma chinesca—que no hay quien se la introduzca en la boca, provocando escenas humillantes en las que las huevas de pez payaso se vierten por la barbilla para acabar en el cuello de la camisa— al dedal), al precio —¡ay, el precio!—, que no sé si cuando el camarero regresa con el pago de la cuenta el dueño del restaurante de postín lo celebra con una carcajada, pero de esas que te retuerces y los ojos se te llenan de lágrimas. 

Los programas de televisión dedicados a la materia han popularizado unas maneras de cocinar que tiran por el sumidero la tradición de las abuelas y de las bisabuelas que al besugo lo llamaban besugo, y al pollo le sacaban provecho desde la piel a la carcasa, según atestiguaba el ejército de croquetas sin freír que aguardaba turno en ovalada formación.

Los gurúes del ramo advierten ahora que han regresado a las raíces, que eso de llamar filete ruso a un gurruño de papel emulsionado con pinceladas de escabeche de caballito de mar ya no se lleva. Que las cartas de sus restaurantes deben recuperar nombres tan nuestros como pisto, callos, albóndigas, cocido (de cada una de las regiones y con sus correspondientes sacramentos), potaje, sopas de ajo, caldereta, tortilla, etc. Pero me malicio —perdonen esta tendencia a dudar de todo y de todos— que ese tal pisto, que esos callos, que esas albóndigas prometidas, que ese cocido de los miércoles y ese potaje de cuaresma, que las sopas de ajo, la caldereta y las tortillas seguirán siendo una interpretación, un desatino, una minucia, un pellizco de sustancia y un sablazo de toda ley.



30 ene. 2019

Siempre me he preguntado por el destino de los detritos humanos, pero me considero un tipo elegante que no hace interrogatorios indiscretos sobre asuntos que arrugan la nariz, entre los que destacan nuestras funciones más… digamos… eh… animales. Lo cierto es que el hombre es un generador imparable de porquería y que buena parte de los problemas de salud del mundo se deben —me lo contaba una misionera que lleva más de sesenta años en la India— a la falta de retretes. Lo que comemos lo transformamos, y en esa transformación juegan un papel fundamental toda clase de bacterias que descomponen aquello de lo que ya no se pueden sacar más beneficios corporales. El problema, por tanto, radica en esa manifestación incontrolada de seres diminutos y vengativos, responsables de epidemias que afectan a millones de personas, como con sobrecogimiento he comprobado en algunos lugares de África, América y Asia, donde el cumplimiento con las necesidades íntimas brilla, precisamente, por su falta de intimidad en esas barriadas miserables donde hasta cumplir con la Naturaleza tiene un precio impuesto por los criminales. 


En Chiclana cuentan con magníficas depuradoras, como en la mayoría de las localidades de España, a las que llegan todo aquello que a los chiclaneros les sobra. Pero tirar de la cadena ha cobrado en la villa costera un significado distinto. Aunque suene ordinario —y lo es—, cagar allí tiene premio, pues un proyecto de ingeniería ha conseguido procesar los desechos mediante unas algas que transforman, en un repugnante proceso de fermentación, la m… en gas metano que, una vez purificado (es un decir), se convierte en combustible para los vehículos. El coste del litro de gas, lo advierto, puede hundir a los países de la OPEP a ritmo de bulería. 

Dicen que con un depósito de ese gas se puede viajar de Cádiz a Valencia por unos ocho euros, sin necesidad de repostar. Y no es que la caca chiclanera tenga unas propiedades distintas a la del resto de la humanidad, lo que hace de la visita diaria al excusado un servicio al medio ambiente en vez de en un problema ambiental. ¡Olé por los chiclaneros!

27 ene. 2019

Que me perdonen si algún lector se ofende, que me comprendan si me juzga de fisgón y morboso porque, sí, lo confieso (sin echarme de rodillas ni asumir en ello otro pecadillo —y de naturaleza débil— que el gusto por saber): en cuanto cae un periódico en mis manos busco con glotonería los obituarios, ya saben, esas páginas destinadas a los panegíricos de aquellas personalidades que, de pronto, dan el tripe salto mortal hacia la existencia eterna. 

El obituario de Juan Pablo II vivió en las redacciones de todo el mundo durante casi la totalidad de su larguísimo papado. No es que los periodistas lo quisieran muerto, sino que Dios lo quiso vivo y reinante después del atentado terrorista en San Pedro, de la septicemia en el Gemelli, de la nueva intentona de magnicidio en Fátima, de la operación de colon, de la del fémur y de aquella prolongada vejez en la que fue dejando a jirones el regalo de su santidad sin importarle su doloroso declive físico. Me temo que fueron muchos, muchísimos, los pegalíneas a quienes fue encomendada tan importante pieza periodística que fallecieron, pobrecitos, a lo largo de las distintas fases del papado sin ver cumplido el honor de vestir a cuatro columnas la semblanza de un hombre definitivo que seguía a lo suyo: gobernando la Iglesia. 


Otros hombres y mujeres también pasaron su largo estío con la necrológica en la nevera de los medios de comunicación. Sería divertido enfrentarles, antes de que les llegue el día y la hora, a esos folios mecanografiados, a ese archivo que está guardado en la carpeta de decesos honrosos, para ver si se reconocen en la alabanza, incluso en los peros metidos con calzador. Aquí en España somos muy dados a darle fiesta al muerto, especialmente si ha sido un individuo popular: lo colocan de cuerpo presente en el salón de plenos del ayuntamiento, en una sala de cine paradigmática, en un teatro y —en estos momentos en los que la cocina está tan de moda— hasta en la sopa; después se desdicen de los descalificativos que le persiguieron en vida, si fue bueno o malo (en lo moral), si contribuyó a construir o destruyó todo lo que tuvo a su alcance... y se le jalea, y se le llora, y se le grita, y hay gente, eso que algunos llaman pueblo, que —¡cuánto me asombra!— se echa a los hombros la penitencia de pasarse las horas en la larga cola del pésame, aunque ni conozcan a los deudos ni hubiesen tratado con el fiambre, que pudo haberles sido indiferente hasta el día anterior, incluso vertedero por el que echaron toda clase de sapos y culebras.

Busco los obituarios con curiosidad, por ver si algún muerto egregio logra sorprenderme («¡Viejo!…, cuánto sin saber de ti»). Suspendo la mirada sobre la fotografía que acompaña la noticia de crespón negro, en la que el protagonista suele aparecer en la flor de su fama, en la cumbre de su prestigio. Me cuestiono entonces si en la carrera loca de sus éxitos y fracasos tuvo presente que el día iba a llegar, es decir, que avanzaba hacia el final de la función del libreto de la vida, que siempre consideramos escrito para los demás y en ocasiones —solo en ocasiones— nos atrevemos a ensayar sobre las tablas.

Al leer la cascada de logros, hitos, servicios, reconocimientos, medallas y encomiendas se me dibuja una sonrisa nostálgica, pues el finis gloriae mundi las convierte en metales huecos, calderilla, materia de olvido. De hecho, quién se acuerda de aquel que… y de aquella que… La memoria apenas resiste unos meses, unos años quizás, la mitad de una generación. Pero bajo los escombros puede latir una brasa, el ascua del amor, la joya de la fe y de la esperanza que abre, para siempre, el portón de la caridad.

24 ene. 2019

Tengo una simpatía especial por los taxistas. Y por los conductores de estos servicios de taxi que ya no se llaman taxi y que acordamos conductor y usuario a través de una aplicación del teléfono móvil. Me gustan los taxistas porque saben pegar la hebra y hablar de cualquier cosa con la profesionalidad de quien vive al volante y sabe más por viejo que por chófer, incluso cuando no ha cumplido la treintena. Fue uno de esos jóvenes que llevan el taxi por turnos el que me reveló sus viajes de esquí a Sierra Nevada, subvencionado por una Junta de Andalucía especialmente generosa, con el dinero de todos, a beneficio del deporte y la juerga de invierno. Fue otro de esos jóvenes el que se arrancó a despotricar de su anterior pasajera, «una feminazi gorda y fea», la describió, para pasar a presumir de haber votado a VOX en las Andaluzas hasta que… me reconoció que en realidad no había votado a VOX porque la noche anterior a las elecciones tuvo una juerga y durmió hasta tarde pero que, vamos, él va a votar a VOX en las siguientes sí o sí.


Como todos, he subido en taxis y coches oscuros que estaban limpios, impecables, cómodos y sin ambientador (fundamental para que el cliente viaje confortablemente). Como todos, he subido en taxis y coches oscuros que estaban sucios, olían mal y trataban de disimular la hediondez con un ambientador repugnante. Como todos me he topado con taxistas y con chóferes encantados y desencantados, cansados de tantas horas al volante y listos para echarse sobre los lomos otras tantas. Como todos he viajado en taxis decorados con banderas de otros tiempos, con rosarios, con pegatinas que declaran el amor al Lago de Sanabria, con música atronadora (que el profesional del volante no se dignó a apagar o a bajar el volumen) y con la oferta de escuchar cualquier cadena de radio. Y me he sentido encantado de ofrecer una propina y de marcharme sin darla. La pena, digo, es que se jueguen a golpes y barricadas su buena o mala reputación.

17 ene. 2019

Puede que todo sea una cuestión de barbas. Si hasta la llegada de Mariano Rajoy creíamos que en democracia no podía gobernar una jeta peluda —aunque el doble liderazgo bigotil de Aznar ya había roto una lanza a favor del vello bajo los senos nasales—, ahora tenemos declarada una guerra sin cuartel a la Gillette. Claro que barbas han tenido los dos últimos reyes, más o menos esporádicas, más o menos cuidadas, dependiendo del tiempo y de la forma. Y barbas tuvieron puñados de ministros cuando lucir pelambrera en los carrillos era marca socialista, especialmente si esta (la pelambrera) era oscura, hirsuta y algo desaliñada. Porque las de la derecha siempre han sido barbas más comedidas, que parecen que sí, parecen que no, apenas un detalle, un esbozo que haga intuir que llevo tres días y medio sin afeitarme, aunque desde la linde a escuadra de la quijada se aprecie un cuello limpio y terso como el culito de un bebé.



La barba ya no es solo atributo musulmán (el dogal blanco de aquel Jomeini que daba tanto miedo), ni del Castro anterior al chándal, que también daba bastante miedo. La barba es símbolo de actualidad, señal del hombre global y a la vez discreto, que en su presupuesto semanal incluye los gastos para peluquería (ni que la perilla fuese un caniche), pues uno solo no puede mantener semejante babero capilar con la geometría y la sedosidad que marcan los cánones, que hoy por hoy piden un mostacho florido, con varias cesiones en cuanto al remate de sus puntas, y al ras desde que baja por las patillas y hasta que se abre en las mandíbulas con la generosidad agreste de quien sufre todo un sinvivir.

Abascal ha llegado con una barba que se me antoja califata, aunque no le guste que le caiga semejante adjetivo, pues es posible que crea lucir el mismo arreglo capilar que cerraba los rostros heroicos de Don Pelayo y Don Rodrigo, aunque de ellos no quede una imagen donde podamos corroborarlo. Y de la de Abascal irán surgiendo nuevos recortes, ocurrencias peluqueras, hípsters bibsters bubsters y hapsturbs dispuestos a hacer de la política una pelea de tijera y bigudí.
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