2 jul. 2018

Pedro Sánchez convierte en luto aquello que toca, como si hubiese llegado con el único fin de poblar España de plañideras. Se visten de luto los profesionales de la televisión de todos, en protesta por la venta del ente público a Podemos, que nos va a adoctrinar en su marxismo hedonista a quienes todavía encendemos la 1, la 2 o el Canal 24 Horas. Pablo Iglesias, nuestro Rasputín con chalé en la sierra, debería adornarse con un tutú negro cucaracha para acudir a “Mira quién baila” y marcarse un tango llorón con Bustamante —patita patrás, patita palante—, mientras lanza pasquines al público en los que previene de lo malos que son los bancos que a él le brindan hipotecas en las mejores condiciones.

En este trompicón de velatorios, Sánchez y su grey, aprovechándose del calor de chicharra que adormece los pinos de Cuelgamuros, también van a purgar el Valle de los Caídos para ganar de una vez esa Guerra que ganó el bando equivocado. Eso sí, quiere ser exquisito con la revancha y el finado, porque no ha venido a buscar confrontación ni con Torra —la voz del amo que ha convertido Cataluña en un cementerio para la paz social, la industria y los negocios— ni con los calladitos que en sus tumbas esperan el Juicio Final.


Este nuevo socialismo de postureo y gafas de sol precisa más luto todavía. Por eso pinta de azabache los autobuses en los que volverán a casa los terroristas amnistiados, ajenos a la memoria de los inocentes, de sus viudas y de sus huérfanos. Y por si no fuera bastante, a golpe de Ley se dispone a repartir por los hospitales de la Seguridad Social el veneno para consumar el Valhalla de la eutanasia.



1 jul. 2018

Aquellos que viven cerca del mar y disfrutan de la playa durante todo el año, puede que no entiendan el ansia con que los mesetarios buscamos la costa durante las vacaciones estivales. Se puede descansar en un pueblo tierra adentro, podemos distraernos con la magnificencia de las montañas, tal vez nos esperen una y mil ciudades del interior con las que avivar nuestra pobre cultura… pero nada, absolutamente nada es comparable a lo que nos depara la playa, donde se juntan los elementos para que podamos recomponernos después de todo un curso.

Hay quien se pone muy exigente a la hora de elegir playa. Los hay que prefieren un agua fría, de esas que te cortan la respiración, y quienes escogen vivir la experiencia de sentirse un fideo en un caldo recalentado. A unos les gustan las olas, cuanto más amenazantes y espumosas mejor, y a otros una mar chicha, como un plato, en la que cada brazada rompe una mancha aceitosa de bronceador. Para muchos lo principal es la calidad de la arena: ni muy fina ni muy gorda. Incluso existen raros especímenes que se regodean entre piedras como si fueran faquires, y sobre esas incómodas lajas extienden la toalla y sujetan la sombrilla en un portentoso ejercicio de ingeniería civil. El servicio playero también cuenta a la hora de decidir el lugar del baño. No es lo mismo una cala con una lengua de tierra, que una línea de costa salpimentada de chiringuitos, como no es lo mismo pasar el día en una playa virgen que hacerlo en una de ciudad, con su paseo marítimo, sus hamacas, sus vendedores de pareos y gafas de sol, su pareja de municipales, su equipo de socorro con torreta, prismáticos y tío cachas en bermuda roja, sus redes de vóley, los pedalós, las sombrillas fijas de brezo y la zona acotada para aquellos que practican windsurf. Hay playas para nudistas (extraña especie capaz de mantener una conversación, tomarse el aperitivo, jugar a las palas y hacer castillos en pelotas, de arriba abajo, como si fueran dulces bebés), playas para todos los públicos tomadas también por los nudistas y playas en las que el nudismo es parcial (el verano incita a determinada gente a quitarse la ropa, sin considerar el gusto por la estética y los buenos modales del resto de veraneantes). También hay bañistas que sólo aguantan unas horas en la playa y otros que incluso duermen en los arenales. Los hay que odian los bocadillos con grumos de arena y otros que organizan —en un visto y no visto— un comedor portátil, con primero, segundo y postre, transistor de radio y hasta televisor. Se puede optar por los decibelios del público, que pueden ser moderados o insoportables (abuelos que gritan a sus nietos, nietos que gritan a sus abuelos, padres e hijos chillones…). Así como hay caletas en las que es posible poner una sandía o un melón a remojo, hundido en una bolsa amarrada a un palo (mejor que no haya un cambio significativo en el nivel de las mareas, pues el fruto desaparecería bajo las aguas), hay mares en los que siempre sopla un viento huracanado, donde melones y sandías podrían salir volando antes de que su dueño logre meterlos en la susodicha bolsa de plástico, para riesgo de los turistas. Por último, si unos buscan playas que tengan rocas para pescar cangrejos, mejillones y lapas, otros asientan la silla allí donde se pescan latas vacías de berberechos, una sandalia a medio devorar por los peces o una compresa, extraño elemento que es parte de los ecosistemas de nuestra costa.

En traje de baño no hay lugar para el disimulo: somos como somos, así que nos presentamos a los demás blanquísimos, tostados o ennegrecidos como el carbón; gordos, flacos o esmirriados; con pies feísimos, feos, pasables o bonitos (que suelen ser la excepción).  Por otro lado, es la playa también el lugar ideal para reírse por lo bajini de aquellos que han hecho de la apariencia su razón de vivir: el que pasea, vanidoso, sus horas de gimnasio; la que presume de un moreno más que artificial; aquel que se ha depilado hasta dejar su piel como la de una rana; esa cuyos muslos no son capaces de soportar otra liposucción o ese que el verano pasado brillaba por su calvicie y ahora nos sorprende con un ondulado flequillo.

Si hay algo que me enternece de las playas son los niños y los ancianos. Unos porque hacen del arenal el universo de sus juegos infinitos. Otros porque buscan en los baños una fuente de salud y porque aprovechan sus largos paseos para avivar la llama longeva de su amor.





27 jun. 2018

La sociología vino al mundo moderno para trocearlo en tantos por ciento, en pedazos de tarta, en numerales ordinales, en pirámides, en barras de colores y gráficos. Es la sociedad estratificada en muestreos y encuestas: «díganos, del uno al diez, siendo el uno baja satisfacción, siendo el diez máxima satisfacción…», tendencias, estudios de campo, análisis, estrategias, mercado… Frente al tú a tú, a la forja de una personalidad individual, con su nombre, su apellido, sus raíces y todo lo que fragua la conciencia y el libre albedrío, el sociólogo analiza pautas, probabilidades, campanas de Gauss con las que define el comportamiento de la masa (compartimentada por edades, niveles de estudio, raza y todas las características que se puedan evaluar).

Los sociólogos saben que la sociedad es maleable según lo que impone la moda que, a su vez, imponen aquellos que la fabrican y manejan. Ellos son los dueños del pensamiento y el comportamiento, constructores y destructores del mundo, responsables de los cambios que hacen de nuestro tiempo una etapa reconocible no solo por los adelantos técnicos sino por una singular concepción del ser humano en la que —y no es broma— muchos de los elementos de lo humano se van evaporando.

La sociología puede servir para cuestiones políticas, comerciales, estratégicas… pero no para la vivencia de la fe. Si creer y amar a Dios dependiera de tantos por ciento, hace décadas que los cristianos habríamos tirado la toalla, la fe por la borda de la desesperanza. ¿Es importante conocer el tanto por ciento de los bautizados que acuden a misa los domingos y fiestas de guardar? Porque la cifra, al menos en España, no invita al optimismo. ¿Es importante saber cuántos jóvenes sienten desafección respecto a la Iglesia? Vuelvo a insistir en que la cifra, en España también, no invita al optimismo. ¿Es importante que tengamos claro el número de los bautizados que viven de espaldas a los quince Mandamientos de la Ley de Dios y de la Santa Madre Iglesia? Insisto de nuevo en que, al menos en España, la campana de Gauss mostraría unos datos nada halagüeños.

Visto con las gafas del sociólogo, pudiera dar la impresión de que Dios se ha desvinculado de sus criaturas: los paraísos naturales han empequeñecido, menguan numerosas especies animales y vegetales, la polución vicia el oxígeno, los océanos están cuajados de plásticos y manchas de aceite… Y si la caída libre de la Naturaleza no fuera suficiente para anunciar la ausencia del Dios de la Ley, del Dios encarnado, a día de hoy arrastramos las barbaries cometidas por el hombre contra el hombre a lo largo del siglo XX, que se unen a las barbaries que cometemos en el siglo XXI, incluidas aquellas que sus autores justifican en nombre de la religión. Y si con todo no tuviéramos aún lo necesario para dar el apagón definitivo a la fe en el Dios que nos salva, observemos cómo se contagian a ritmo de pandemia las legislaciones que buscan acabar con la vida de los más débiles, la perversión de los sexos a través de la Teoría de Género o el rediseño de la familia.

Este panorama resultaría desolador para un cristiano si no supiera que la salvación es individual. Cristo no fue sociólogo, por lo que no nació, murió y resucitó para redimir una masa, un muestreo ni una encuesta. A Él no le interesaban los bloques de población porque su impronta vino a cambiar al individuo, con su nombre y apellidos, con sus raíces, con su historia y sus pecados personales. Su pacto es de tú a tú («Ven y sígueme»), luminoso y optimista. Por eso nos solicitó que fuésemos sal para preservar esa masa de los sociólogos que tiende a corromperse, que fuésemos luz para iluminar ese mundo oscuro y ciego, carne de estudios de campo.


Dios es dueño de cada tramo de la Historia, también, por supuesto, del que nos ha tocado vivir, en el que la Iglesia —al menos en el mundo occidental— se va reduciendo en el número de fieles comprometidos. Como en los primeros tiempos, este repliegue nos obliga a un compromiso personal, liberado de aquel “catolicismo social” con tan pocos alicientes, en el que todo se juega a la carta de la santidad personal, según la forma realista, animante y urgente que el Papa Francisco nos propone en su exhortación “Gaudete et exultate”, en cuyas páginas no hay lugar para la sociología.








25 jun. 2018

Me dice un amigo abogado, cansado de pelear a favor de sus clientes, empresarios que dan trabajo y sueldo a muchos empleados, a muchas familias, que los españoles no nos damos cuenta de que vivimos en una democracia con muchos puntos de unión con aquella U.R.S.S. de finales de los setenta y principio de los ochenta, en la que el Estado comunista quizás había dejado de matar (o de matar tanto), pero seguía manejando de manera omnipresente a un pueblo adormecido.

Como en la pesadilla roja, nuestra burocracia suma y sigue con obligaciones administrativas, impuestos y sus correspondientes multas por retrasos en el pago o por imposibilidad material de abonarlos (que se lo digan a esos empresarios acogotados por los papeles oficiales, los tributos, las tasas, las inspecciones, los castigos, etc., sin que el parlamento —que se saca y vuelve a sacar del magín de su autoridad nuevas obligaciones tributarias— tenga en cuenta la morosidad de los clientes, la caída de la demanda, la subida de los precios de la materia prima, etc.). La persecución del Estado hostiga a los empresarios, repito, pero también a los autónomos, a las familias, a quienes creemos en la libertad de enseñanza y a quienes no aceptamos el pensamiento único que está rediseñando nuestra sociedad, pues, a fin de cuentas, duele tanto la saña contra la economía particular como contra las seguridades morales.




La socialdemocracia hace aguas: no hay dinero para mantenerla; nos hundimos bajo el peso del déficit. Tampoco nacen niños, mientras los cementerios no dan abasto. Pero apenas hay un movimiento social que se rebele, que exija una democracia en la que el Estado no se apropie de la libertad ni del dinero ganado con esfuerzo y limpieza por esa minoría creadora de iniciativa y empleo, que ve con desesperación cómo el monstruo devora lo que por justicia le pertenece.

18 jun. 2018

Al fútbol hace años que nadie lo llama balompié. Menuda grandeza la de nuestros mayores, que se resistían a ensuciar el lenguaje con sustantivos que permitían una adaptación cañí, en aquellos años de calzón grande y piernas fibrosas, nada que ver con las cachas que las estrellas de hoy, adaptadas como máquinas deformes a las exigencias de un negocio cuya dimensión —a la fuerza ahorcan— está viciada por chanchullos y repartos. Es la principal industria mundial del ocio y sus actores bucean en océanos escandalosos de dinero. Por eso tiene a la fuerza que estar atravesado por intereses oscuros, sobres y amenazas, aunque va por delante mi fe en que en la caterva de sus protagonistas hay mucha gente honrada.

Como al cesado y brevísimo ministro de Cultura, el deporte rey no me despierta interés (tiene sabor a tarde de domingo invernal, gris y adormecida), tampoco cuando juega la Selección, pido disculpas. No encuentro conexión alguna con lo que ocurre en el campo de juego; mucho menos con los dimes y diretes de vestuario. Eso sí, me sobrecoge la violencia que lo acompaña por parte de muchas hinchadas, un odio primario, ajeno a toda inteligencia, impropio en un aficionado al deporte de competición, que exige respeto entre los contrincantes y sus palmeros una vez superada la pasión por el resultado. Alguien me tendría que explicar por qué esa sana pugna no solo se convierte en insulto y gresca de arrabal, sino en propósito de cortarle el cuello al aficionado del equipo rival y a su santa madre, al tiempo que se organizan guerrillas que arrasan la ciudad del anfitrión.


Nos espera un mes de desasosiego, pues la suma de fútbol y Rusia trae el sonido del alto riesgo. También un mes de entretenimiento, no lo dudo, y de disfrute. ¡Que siga el espectáculo y gane el mejor!





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