5 abr. 2017

La capilla Sixtina, testigo de la elección de cada uno de los Papas desde que Miguel Ángel Buonarroti la dio por concluida, no solo ofrece un resumen de la Historia (desde que Dios insufla el alma a Adán, a través del roce de sus dedos, hasta que Cristo aparece como terrible juez de los condenados, juez amabilísimo de los salvados, en una explosión de catequesis pictórica a la que llamamos “El juicio final”), sino un resumen del trayecto vital de cada hombre, que nace a la vida eterna desde el momento mismo de su concepción, al recibir el alma a través de un beso divino, para desembocar en el encuentro final con Jesús, que dictaminará si hemos aprovechado Sus méritos para alcanzar el Cielo o si los rechazamos y, en consecuencia, merecemos el terrible castigo.

El problema de las obras de arte una y mil veces reproducidas, es que el ojo se acostumbra a verlas sin mirarlas. Algo parecido ocurre con la doctrina presentada como un legajo de valor histórico, religioso o antropológico: el oído se acostumbra a escucharla sin prestar atención, más en estos tiempos en los que a la Verdad —que no es otra que la recogida en los textos sagrados y el depósito de la Iglesia— se la trata con desdén y no pocas veces con burla.

El visitante que avanza sin prejuicios por la capilla Sixtina y se atreve a contemplarla obviando la presión de los nutridos grupos de turistas y las voces de los guías, tiene la sensación de que cada una de las figuras que ascienden por las paredes y penden del techo abovedado narra la trágica y venturosa historia del hombre, de cada individuo, que ante la misericordia de Dios, que ofrece un pacto a los hijos de Adán, construye ídolos de barro con sus manos o se lanza voluntariamente en la cascada del Amor, abierta con el misterio de la Encarnación, la más sobrecogedora elección divina para nuestra felicidad completa, creciente e interminable.

Se lamentaba sor Lucía, una de las tres videntes en las apariciones de Fátima, del calculado olvido al que muchísimos predicadores someten a las verdades últimas: la muerte, la resurrección y el juicio. No son pocos los cristianos que creen en un sincretismo que recoge posibilidades contrarias a nuestra fe, tales como dar por segura la la salvación particular (muchos ya no rezan por los difuntos), por no entrar en esa mixtura de energías, nubes, regreso y fundiciones con la Naturaleza, así como reencarnaciones que también confunden a numerosos bautizados. Escribía la pastorcita desde su celda del Carmelo, que la Virgen le conminaba a que pidiera, en nombre de lo Alto, a los sacerdotes que hablaran de los posibles destinos después del Juicio al que todos seremos sometidos: el infierno (que es real y espantoso), el purgatorio (donde cabe la esperanza) y el Cielo, los llamados novísimos, que hasta mediados del siglo XX formaron parte fundamental de la catequesis en las misas dominicales.

La capilla Sixtina pone forma a la conclusión de la Historia, de cada historia, con una belleza y un dramatismo que encoge el corazón, pero que también lo eleva al descubrir que hay un Paraíso para los hombres fieles y para aquellos que actuaron de buena fe, y para los que sufrieron persecución, y para los que padecieron toda clase de calamidades, y para los que buscaron sinceramente el rostro de Cristo… En la magnanimidad de los frescos de Miguel Ángel solo caben cuerpos bellos —Juan Pablo II firmó allí su famosa “Carta a los artistas”, coincidiendo con el Jubileo del año 2000, y a través de aquel maremagno de desnudos hizo metáfora de su Teología del Cuerpo, que pone en su sitio a los mojigatos y a los que olvidan la carnalidad de Jesús—, porque el artista estaba maniatado por los cánones del Renacimiento italiano. Lucía estará de acuerdo conmigo, ahora que puede verlo, que en el Cielo al que ascienden los salvados abundan hombres, mujeres y niños a los que les afectaron la fealdades que apareja el pecado: la enfermedad, la discapacidad, la violencia, la miseria vergonzante, el odio ajeno, la soledad, el olvido de los poderosos y, claro que sí, el aborto quirúrgico.


Insisto en que Buonarroti, inspirado por el mismo dedo divino al que dio forma con sus pinceles, fue capaz de trazar el destino de todos y cada uno de nosotros en el mismo lugar donde el Espíritu Santo ilumina la más trascendental elección humana.

3 abr. 2017

El toque de atención que la mesa del Congreso ha dado a los diputados de Podemos, para que «moderen sus formas» (cuántos miedos se cubren con eufemismos), viene a recordarnos que vivir en sociedad tiene sus reglas. Poco importa que se trate del hogar, el colegio, la universidad, la oficina o ese gallinero en el que nuestros representantes buscan el efectismo que bien vale un titular. Decir de Podemos que es un partido representado por una pandilla de maleducados no es recurrir al odio, al extremismo ni a la exageración. Pablo Iglesias es un profesional de la interrupción y el «y tú más» desde que alguien tuvo la ocurrencia de invitarle a un plató. No hay que olvidar que se trata de un asambleario comunista especializado en la vociferación de la demagogia. Supongo que los números con los que los suyos dan colorido a los debates parlamentarios (un tendedero de camisetas —¿por qué esa manía de “customizar” el corazón de nuestra democracia— que podrían cambiar por ropa interior) parten de su coleta, ya que él es el único guía —por decreto— de su bancada.

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La mala educación es el signo de quien no sabe convivir. Por decirlo al revés, la buena educación es el conjunto de virtudes de quien trata a sus semejantes (próximos y lejanos) con consideración. Por eso no me gustan los diputados que suben a la tribuna con la indumentaria del que sale de excursión. A algunos les falta dejar el bocadillo de sardinas y la cerveza sobre el atril. Por eso me desagradan la jactancia, el victimismo y el exabrupto de quienes hacen de la representación del pueblo un espectáculo de fonda. Por eso me resulta inadmisible que un diputado —enseñado por su jefe o, al menos, autorizado por su jefe— se encare con un ministro enarbolando la fotografía de un delincuente al que dan trato de héroe.

27 mar. 2017

Desde que el mundo es un pañuelo que ha perdido el encanto de la distancia, un atentado en otro país nos asusta tanto como las amenazas cercanas, especialmente aquellas que son crueles e impredecibles. Sin embargo, nada alienta el miedo como los nuevos sistemas de comunicación, en los que un mensaje a cuyo remitente no ponemos nombre despierta un pánico contagioso, irracional como solo puede ser el pánico, castrante de la libertad como solo puede ser el pánico. 

El problema nace en el malnacido que se arroga la voz de la policía, para difundir una severa advertencia sobre el riesgo que corremos los ciudadanos en los lugares de aglomeración (un gran almacén, un supermercado, un cine, una discoteca, una plaza, una gran avenida…), como si en cada rincón burbujeara un asesino suicida. Mejor quedarse en casa, con la puerta cerrada con siete llaves, amordazados y maniatados, a la espera de que otro malnacido nos avise a través de un mensaje sin nombre de que podemos seguir siendo libres.

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Las autopistas de la información no conocen sutilezas. Cuelan el mosquito y el camello, hasta atragantar a los pusilánimes con aquello de «que viene el lobo», mientras el redactor de la canallada se parte de la risa.


Nos queda la asignatura pendiente de aprender, de una vez por todas, a usar el Whastapp, los grupos de Whatsapp y la madre que parió al inventor del Whatsapp, que nos rompe la atención en lo importante, levantando la liebre de la urgencia cada dos por tres. De hecho, hay quien se asoma a la pantalla más de doscientas veces al día, como si la advertencia de que nos ha entrado un mensaje fuera más importante que respirar. Por eso no me extraña el triunfo de los cabritos que mueven la intranquilidad de todo un país.

20 mar. 2017

Las nuevas corrientes ideológicas están diseñando un panorama en el que los animales ocuparán el mismo lugar —si no superior— que el que nos corresponde a los hombres. Animales con dignidad humana y con derechos, como lo oye, aunque a ellos les traiga al pairo, que ya me dirán lo que pueden opinar un perro, un hámster ruso o un escarabajo de la patata de la gracia de ser considerados —por  pléyades de memos— con más melindres que a un niño.

Cuidar a los animales nos engrandece, por supuesto, siempre que estos cumplan el papel que les asignamos. ¿Cuál es el de la oropéndola? Colorear el bosque con su plumaje amarillo. ¿Y el del mirlo? Alegrar los jardines con su flautada. ¿Y el del escarabajo de la patata? Comer veneno cuando ponga en riesgo la cosecha. Y el de todos ellos: mantener el sacrosanto equilibrio de la Naturaleza. Lo demás son fantasías: ni las oropéndolas ni los mirlos ni los escarabajos de la patata actúan como en las películas de dibujos animados, base científica de las hordas animalistas.

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A los perros los castramos con denuedo en perreras y hospitales veterinarios, y sin que hayan firmado previamente un documento de aceptación. También los encerramos de por vida en apartamentos donde no pueden desarrollar las potencias de su instinto. Y los alimentamos con piensos secos, compuestos con lo peor de la cadena alimentaria. Y hasta hay quienes los visten con jersey o chubasquero… Es el precio por vivir  al servicio de sus amos. Por eso lo de menos es que se les corte el rabo o la punta de las orejas por motivos de estética o comodidad,  para que puedan cumplir mejor las funciones que les asignan sus dueños. Pero los legisladores se han dado cuenta del filón que comportan estos brindis públicos a la vacuidad, con ladrido incluido. 



13 mar. 2017

El hombre fisiológico viene a compensar al hombre espiritual. Ambas realidades son magnas, pues le ponen nombre a quien fue capaz de sacarnos del barro y la costilla. Esa doble cara de la moneda hace posible que las capacidades, a veces sobresalientes, de nuestra inteligencia no se nos suban a la cabeza, pues estamos atados a los órganos y funciones propias de los mamíferos, algunas de ellas ciertamente comprometidas.

Carlos Herrera, que con su estilo radiofónico hace historia —comparable a la de Luis del Olmo y a la de Bobby Deglané—, ha abierto las puertas a las grandezas del ingenio y a las bajezas de la fisiología en la voz de sus cientos de miles de oyentes. Es lo que ha venido a titular “La fosforera” o “La hora de los fósforos”.

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Aunque hay mañanas en las que la actualidad obliga a la redacción de Herrera a proponer, para los testimonios del pueblo, alguna circunstancia pegada al dolor y a la emoción, lo habitual es el despiporre, que por mayoría abrumadora suele girar en torno a la nombrada fisiología: pedos, cacas, pises, toses, esputos, sudores, almorranas, halitosis, caspas, ceras, mocos y demás realezas son el ir y venir en el que nadan los radioyentes que comienzan por declararse «fósforo de tu programa». Otras veces se les sugiere lo más rijoso del salto de cama, baraja que va desde la experiencia con el Viagra a anécdotas relacionadas con las señoritas de bolso y esquina.


Uno se solaza con el desparpajo de muchas de las personas que aparecen en las ondas, aunque en ocasiones sea mayor el peso del azaro y la vergüenza ajena. Olvidan los oyentes de Herrera que el pudor es virtud. Y en la mayoría de las ocasiones, todo un arte.
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