30 may. 2018

Dentro de poco nadie se acordará de ti, salvo cuando se cumpla el aniversario de ciertos acontecimientos. Tranquila; tampoco nadie se acuerda del nombre de la mayoría de los ministros que han pasado por los diferentes gobiernos de nuestra democracia, con lo golosos que parecen esos cargos a la hora de construir el disfraz de la egolatría. Claro, que esa mayoría desconoce también el nombre de los ministros actuales, de los presidentes de autonomía y alcaldes. Se ve que el prurito del cargo público no es para tanto. Y es para nada cuando el final de un ciclo, la destitución o cualquier otra circunstancia os obliga a devolver la cartera, el despacho, el coche oficial, la secretaria y el sueldo.

Aunque las noticias llegan y se van a la velocidad de la luz, nunca te librarás de la vergüenza provocada por un escarnio vengativo y repugnante. Una vez desaparecida del teatro público, borraremos de la memoria tu rostro, tu voz, pero nos acostumbraremos a usar tu apellido como metonimia del hurto o del máster, de igual modo que identificamos un Hannover como la falta de educación de quien disfruta de un banquete nupcial sin haber pasado por la iglesia o el juzgado.



Llegaste a las alturas siendo un juguete roto, disimulado por alguna operación de estética (es lo que dice el recorrido de los años a través de tus fotografías de carné). Sin equilibrio psíquico, aceptaste la escena gansteril de esa política que controlan grandes empresarios de los más variados ramos, que guarda dosieres con fotografías y vídeos, por la que navegan fajos de billetes, prostitutas, viajes, casas en primera línea de mar, historias médicas y hasta cadáveres en el maletero. Ellos y tus compañeros de partido te han desmigado ante las cámaras. Por eso, aunque nunca me gustaste, Cifuentes, te ofrezco mi compasión y, si me apuran, mi amistad.

14 may. 2018

Por razones de agenda escribo el día antes de la celebración del Festival de Eurovisión, un espectáculo televisivo de primera gracias a una inversión disparada en producción, que se amortiza, supongo, con la altísima audiencia de los países del Este, que viene a equilibrar la desconsideración de la vieja Europa, salvo España en este 2018, aunque en nuestro caso el interés se haya construido mediante la táctica invasiva de Operación Triunfo. Si el espectador medio se ha topado durante los últimos meses en una y mil ocasiones con la pareja de cantantes que va a representarnos, qué decir de aquellos que pasan el día pegados a la pantalla de LED: la sobreexplotación de Alfred y Amaya les tiene que haber reventado las meninges igual que a las ocas y patos con los que se fabrica el foie les revientan el hígado, empujándoles en el buche la lluvia de cereales con la ayuda de un palo.

Cuando para la Europa moderna España era un país fronterizo y retrasado (aquel tiempo de nuestros dos y únicos canales), Eurovisión fue algo así como la batalla de David contra Goliat. Por eso a nuestras dos ganadoras (Massiel y Salomé) se les endilgó un aura de heroísmo comparable a la que aún ostenta Don Pelayo. ¡Massiel y cierra España con el “La, la la”! ¡Salomé y todos a una, como en Fuenteovejuna, con “Vivo cantando, ¡ey!”. Incluso Franco, con todo lo que era Franco, les hizo una reverencia y estampó un beso en la mano.

Recuerdo los espacios diarios que TVE dedicaba a Eurovisión para que el país entero se aprendiera las canciones de Mocedades, José Vélez o Betty Missiego. Recuerdo las versiones en nuestro idioma de las canciones ganadoras. Sin duda, el pasado tuvo un rizo naif al que, por desgracia, no regresaremos.



7 may. 2018

El nacionalismo moderado y radical ha podrido las tres provincias vascas, buena parte de Navarra y la Francia que habla vascuence. Y no solo por la sangre de todos los inocentes a los que la ETA reventó con sus bombas o disparó en la nuca, ni solo por los secuestrados (tantísimos), ni solo por los extorsionados, ni por los que se vieron obligados a marcharse de la tierra que les vio nacer y amaban, en la que se hundían sus raíces, ni por aquellos que un día fueron acogidos, ni por quienes durante décadas vivieron con miedo, con el terror de formar parte de una lista de posibles víctimas.

http://elcorreoweb.es/opinion/columnas/la-mentira-NY4133917

La putrefacción la trajeron también la complicidad, el apoyo explícito e implícito, la delación, el silencio y el voto. Después de tantos muertos, después de tanto dolor, las urnas, las concejalías, el gobierno de ese territorio del norte que es el mío apesta a podrido, en unos casos por la complicidad, en otros por la postura de perfil, en otros por el ánimo de un discurso ambiguo, en otros por la equidistancia, en todos ellos por el desprecio a la libertad y a la convivencia, por el odio a quien no comparte la utopía de una raza inexistente, de una historia más o menos inmediata escrita con una desvergonzada suma de mentiras. No hay raza, no hay ADN, no hay grupo sanguíneo, no hay diferencias significativas con los habitantes del resto de España, tampoco en sus gallinas (una de las papanatadas de Arzallus), porque el País Vasco no es una isla, porque en sus listados telefónicos se mezclan los apellidos, porque en Europa no hay un solo rincón con un relato aislado, endogámico, exclusivo. Mentira cruel sobre mentira cruel. Mentira asesina sobre mentira asesina. Y a estas mentiras pretenden sumar la de un presente sin culpables.



6 may. 2018

La vida no se entiende sin la muerte y la muerte no se entiende sin la vida. Por eso los hombres sentimos repugnancia hacia cualquier intromisión que pueda causar nuestra propia muerte o la de nuestros seres queridos (el tiempo, la enfermedad, un accidente, un delito o la guerra, delito de los delitos). Por eso los hombres sentimos repugnancia también ante la muerte de quien no ha podido disfrutar de la vida, incluso cuando esta se presenta en un entorno hostil (el de un feto asesinado en un abortorio, el de un pequeño cuyo único horizonte es un vertedero, el del niño que desde el seno materno escucha al rosario ininterrumpido de las bombas y al tableteo de las metralletas, el de un niño soldado, el de un niño que tiene la guerra como única perspectiva).

Esta comprensión de la vida y de la muerte, las dos aguas entre las que nos movemos, da sentido a todos los sacrificios que hacemos: desde levantarnos por la mañana con el impulso de construir un nuevo día, desde realizar alguna acción en beneficio de los más necesitados, desde entregar nuestro amor para la germinación de un nuevo ser... Sin final, sin balance, sin muerte, la vida resultaría insoportable, pues se convertiría en un caminar a ciegas hacia ninguna parte, acosados por dolores físicos y morales de toda índole. Sin muerte no sentiríamos la necesidad de perpetuar la especie. Sin muerte la familia se desvirtuaría hasta desaparecer. Sin muerte nadie se preocuparía de proteger a los débiles. Sin muerte nos faltarían argumentos para prosperar. Sin muerte no habría tiempo. Y sin tiempo no habría medida. Y sin medida el hombre desataría sus más negras querencias hasta empacharse de desesperación.

Distinto sería si el mundo tampoco conociera la corrupción. O si a la inmortalidad le acompañara la armonía de los fenómenos naturales y las especies. O si la ausencia del tiempo fuera sustituida por una felicidad insaciable, siempre creciente. O si en vez de padecer las limitaciones a las que el pecado nos constriñe, avanzáramos en virtud. Pero las cosas no son así, al menos por el momento. Por eso necesitamos del tiempo, las metas, el sano combate en medio de la rutina, la conciencia de nuestra finitud y la certeza de que moriremos. Y si a esa certeza sumamos la fe en un Dios que nos ama y nos tiene preparado el Cielo, miel sobre hojuelas.

Acababa de destaparse una corriente de hombres poderosos, asentados en Silicon Valley, que ha abierto la espita al mito del hombre inmortal. Según sostienen sus financiadores, sus pretendidos científicos y sus voceros, la muerte está a punto de ser superada: ellos tienen la llave de la vida terrenal eterna. De hecho, si han conseguido acaparar toda la información del mundo mundial (desde lo maravilloso a lo indeseable; todo está en internet), ¿cómo no van a lograr vencer definitivamente la enfermedad, los estragos de la vejez y hasta el mismo óbito?

Para la difusión de su utopía, claro, sobran las religiones, a las que tildan de “negocios del más allá” que se alimentan del miedo de sus fieles ante el interrogante de la tumba. Sin tumba —razonan— no hay miedo; sin miedo, no hay religiones; sin religiones, no hay Dios y sin Dios sólo cabe adorar a los muñidores de esta patraña con visos de credibilidad, a los dueños de internet, a los señores de Silicon Valley, que a no mucho tardar elevarán sobre los viñedos californianos un templo cuyo ídolo será un chip de oro, supongo.

No son pocos los que creen que el dominio del conocimiento (del conocimiento epidérmico que ofrece la red de redes) ha encumbrado la inteligencia humana de unos pocos, muy pocos, al sitial que antaño correspondió a las deidades. Ellos son los nuevos Apolo, Zeus, Artemisa…, porque se han transformado en dueños de las conciencias, del dinero, de la vida y de la muerte. Se olvidan de San Pablo, que cuando hace veinte siglos visitó el Areópago halló entre los dioses un altar dedicado «al dios desconocido», que resulta ser el Dios único, creador y redentor. El de siempre, vamos, que no tiene conexión a internet.




26 abr. 2018

Dice haber encontrado la piedra filosofal, la fórmula maestra entre las fórmulas maestras, pero no para convertir los materiales humildes en oro sino para perpetuar la vida humana ad infinitum. El venezolano José Luis Cordeiro, que ni siquiera es científico, ha debido volverse loco tras leer Bomarzo o, quizá, sea un lector circunstancial e iluso que ha entendido que la novela esteticista de Mújica Láinez es una biografía bien documentada del eterno jovencito Orsini, atormentado por su joroba.

Dice Cordeiro, al dictado de algunos millonarios del Siicon Valley (puede que también de su dinero), que estamos a un tris de vencer el envejecimiento, al que califica de enfermedad cuando, a lo largo de la Historia y hasta la aparición de los tristes geriátricos, se ha considerado etapa de sabiduría y respeto, también cuando el abuelo caía por el tobogán de los achaques corporales y mentales. Cordeiro pregona que él no va a morir. Y los del Silicon tampoco.

Me asombra que las editoriales serias se avengan a publicar semejante patraña. Me asombra que los medios de comunicación de prestigio le publiquen entrevistas con el prurito de vocear el pensamiento de una eminencia. Y me asombra que su libro lo haya prologado alguien pretendidamente serio como Antonio Garrigues Walker.  

Todo se resume en el plan de quienes diseñan un mundo sin Dios para que el arquitecto del mundo ocupe su lugar. No soy conspiranoico, pero el tufo a masonería (y a guiñol) me hace elevar las cejas. El problema, según Cordeiro, es que las religiones viven de la muerte, así que ahora que se sacan de la manga el truco que va a hundir a las funerarias, curas, monjes, yoguis y demás pastores del alma no van a tener donde rascar. En fin, amigo, no sé que diremos el día que leamos tu obituario.


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