5 nov. 2018

España está rota, fracturada, hecha pedazos. Comenzó a quebrarse hace unos años, y mira que entonces se dieron las circunstancias para que todos los españoles camináramos juntos hacia una convivencia pacífica y constructiva. El terrorismo de ETA estaba a punto de claudicar por pura debilidad, por pura descomposición. Entonces estallaron los trenes y ni siquiera los cerca de doscientos muertos y los dos mil heridos, es decir, ni siquiera el respeto a las víctimas (horrendo colofón a los casi mil asesinados por ETA, a los heridos, a los secuestrados, a los chantajeados y a los que no tuvieron más remedio que escapar de su casa, de su entorno, de su trabajo) conmovió el corazón de quienes aprovecharon aquel inmenso dolor para rasgar España en bandas que se han hecho irreconciliables. ZP con su ceja espuria, la utilización de los cadáveres de la guerra (su abuelo en representación de los únicos caídos que merecían homenaje y reparación), la Ley de Memoria Histórica parcial, la negación de la crisis, la aceptación de los cambios en el Estatuto Catalán y la definición de “nación de naciones” para quien afirmaba que España “es un concepto discutido y discutible” y que “la tierra no pertenece a nadie, salvo al viento” (qué sonrojo…). Pues será que el viento ha hecho de las suyas, poniéndonos a unos aquí y a otros allá, a los odiados y a los odiadores, a los impostores populistas y a los que padecemos esa impostura, a los agitadores y a quienes sufren —sitiados en la dictadura del pensamiento único— las cacicadas de esos agitadores.

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Los políticos son ciudadanos a quienes entregamos la capacidad de gobernar la res pública. Su autoridad es prestada, una concesión. Pero España está rota y así resulta imposible exigir responsabilidades a quienes contravienen la ley. Ellos hacen de sus megalomanías un modo de vida a costa de nuestra debilidad, que es garantía de sus paroxismos.

1 nov. 2018

No pocos se frotan las manos ante el nuevo culebrón, que amenaza extenderse a lo largo de los meses y, por qué no, de los próximos años. El gancho lo tiene un famoso cantante, famoso por méritos propios, por su innegable talento, por los lustros que lleva como primera figura del espectáculo no solo en España sino en medio mundo, famoso por sus orígenes (hijo de un torero y de una actriz que lleva cosido el neorrealismo italiano a su carrera), famoso también por la ambigüedad con la que lleva jugando desde que se convirtió en fenómeno de masas. 

No es que a mí el culebrón, en sí, me interese. No me van los líos de alcoba, mucho menos cuando forman parte del estrambote. Además, la vida privada de cantantes, actores, toreros… —eso que el pueblo llama “faranduleo”— me levanta un sarpullido si me dejo prender por los gritos obscenos de los comentaristas que hacen de la televisión un estercolero de pasiones de amor y odio, dimes y diretes, persecuciones por parte de pobres cámaras a los que les obligan a espiar los pasos de personajes que, por lo general, no aportan nada constructivo a la convivencia pacífica de la gente buena, encerronas en directo, dinero fácil, exclusivas, insultos, bazofia, ordinariez, difamaciones, calumnias, mentiras y juguetes rotos por la presión de una gloria sin cimientos.

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Sin embargo, este culebrón tiene varias singularidades que me han hecho volver la cabeza: la ambigüedad que ya no es ambigüedad, dos amantes que han desenvainado las facas del rencor, dos vientres de alquiler y cuatro niños: dos, por lo visto, del famoso artista (que puso su material genético al servicio del cumplimiento de un capricho), dos del otro en discordia (que puso su material genético al servicio del cumplimiento de un capricho). Lo demás, los lectores lo conocen bien: la relación afectiva que mantuvieron en secreto durante casi treinta años, se ha roto. Y se ha roto ante el público, algo que debe ser humillante como pocas cosas, más en este caso en el que los hijos —los cuatro: dos de uno y dos del otro— han roto su hermandad para pasar a ser objeto de litigio.

Un niño es lo más delicado en el puntilloso equilibrio de la naturaleza. Un niño es promesa a la vez que inocencia transparente. Un niño es un vaso vacío que necesita ser llenado hasta los bordes por el agua del amor, de la educación, del criterio, de la responsabilidad… Un niño es un don, un regalo que nos otorga Dios (o la vida, sin más, para aquellos que no tengan fe) a cambio de graves obligaciones que no se quedan en el mero sustento y el abrigo. Por tanto, un niño —un hijo— no puede ser producto de un antojo, aunque este se haya alimentado durante mucho tiempo, porque es un bien en sí mismo, no un objeto con dueño, como una mascota. Y los padres somos los administradores de su vida durante un breve periodo de tiempo, que coincide con el más importante de su recorrido vital.

Como padre, como hijo que fui, como abuelo que espero ser… me duele contemplar el desvarío emocional de los países ricos, en los que la lógica exigida por la naturaleza, por la ética, por la moral y por el bien de los niños ha quedado sometida a las capacidades de una ciencia en progreso. Los adultos, si tienen dinero, se pueden permitir todo tipo de tropelías (fecundar en un laboratorio, elegir y descartar embriones, desentenderse de los que no se consideran suficientemente aptos y de aquellos que son producto del porsiacaso, incluso finalizar este proceso artificial antes de tiempo, con una tajante interrupción del embarazo si aparece algún peligro o el fruto de ese capricho no se adapta a los mínimos de calidad exigidos por los estándares de felicidad pagada a tocateja). 

La vida humana es un fruto extremadamente sensible, al que le sobra la violencia de tantas prácticas a las que las leyes dotan de licitud. Los protagonistas de este culebrón querían ser padre y padre, no dudo que con la mejor de sus intenciones, y para lograrlo recurrieron a dos vientres de alquiler (qué humillante suena el término). El resultado: cuatro pequeños sin derecho a disfrutar de una madre, repartidos como si fueran los despojos de la vivienda común, rotos sus lazos por una fría cuestión de pertenencia al progenitor A, al progenitor B. El espectáculo para las televisiones y las revistas está servido. Y las lágrimas de los cuatro inocentes, también.


28 oct. 2018

Todos tenemos mil razones para hacer de nuestro gesto una triste panoplia. Llevamos capas y más capas de amargura ganada al pulso de una vida a la que tildamos de «valle de lágrimas», con el sabor medieval de la repetida antífona. Enfermedades, ausencia de seres queridos, traiciones, sueños truncados, decepciones, medianías, ruinas, desprecios, olvidos… Quien no tenga una baraja de motivos para ser infeliz que levante la mano. Mucha gente narra su vida exclusivamente de ese modo: saltando de dolor en dolor, de afrenta en afrenta, de muerte en muerte, como si la vida fuera un castigo cuajado de injusticias. Al mirar a su alrededor valoran lo perdido y no lo ganado (se niegan o no saben mitigar la añoranza por quienes fallecieron con el regocijo que traen los recién llegados), lo corrupto y no lo que renace (los ojos se les clavan en el monte calcinado y no en los renuevos que vuelven a reverdecer las laderas), revolviéndose a cada cambio que pueda poner en peligro el orden dictado por sus recuerdos. La vida, para ellos, detuvo su andar en un momento señalado, generalmente, por un infortunio que decreta el compás atormentado del tiempo.

Como el ser humano es, por definición, un luchador contra los avatares, hay muchos más hombres y mujeres que cargan en sus hombros el saco de los reveses después de haberlo cerrado con un nudo doble y bien prieto. El contenido del saco les pertenece. Es parte indispensable de la experiencia que acumulan y les ayuda a continuar hacia delante, con las heridas sanadas con el arrepentimiento y el perdón. Aunque vayan descompensados por el peso, rompen a caminar aceptando que sus faltas y limitaciones son parte también de su maravillosa individualidad. Por eso, cuando alguien les detiene para interesarse por el balance de sus años, se reconocen satisfechos, felices incluso, sin que ninguna sombra caiga en su mirada.

Llevamos penas, penas dañinas, de esas que atraviesan, que hielan, que rompen en añicos la fortaleza del más pintado. Nadie se libra. La tristeza es un cheque en blanco que nos entregaron al nacer, con espacio suficiente para una hilera llamativa de cifras. Pero la vida transcurre en torno a las dualidades: con el cheque del padecimiento también recibimos el de la alegría, que lleva el mismo hueco para escribir otra cadena de números. Nada es blanco ni negro, al menos en su totalidad: son los matices los que dan la verdadera dimensión a las cosas. Quien desde la viudedad se duele del hueco dejado por la persona amada (con todo su derecho, porque el corazón no entiende de razones), también puede agradecer el tiempo compartido.

La dualidad nos facilita el disfrute del amor y de la familia, los buenos ratos con los amigos, el enriquecimiento personal que traen el trabajo y las aficiones, la contemplación de la naturaleza, la predilección por el prójimo vulnerable y el descubrimiento y el trato confiado con Dios. Nada de lo enumerado, sin embargo, tiene fuerza para arrancar los clavos que nos atraviesan, que a su vez son necesarios para sostenernos firmes. Esos clavos arañan nuestro amor y pinchan muchos momentos familiares; hieren la amistad, relativizan los beneficios del trabajo y limitan nuestras habilidades; no nos ponen fácil escapar de las garras de la ciudad para salir y gozar del campo, nos hacen pasar de perfil ante las necesidades de los demás y nos provoca cierta apatía ante lo trascendente. 

Santa Teresa de Calcuta, a la que voy y vengo desde hace tantos años, navegó por los infiernos del mundo. Sus ojos vieron y sus manos tocaron argumentos para renegar de la vida. Lo peor de la condición humana —que no está encarnado en sus necesitados sino en gente como tú y como yo, indolente a lo que ocurre más allá de nuestra fácil comodidad— pasó por sus labios en largas horas de oración ante Jesús agonizante. Ella sabía que a los sufrimientos con los que llegamos a la vida, los pobres tienen que sumar otro tanto: abusos, maltratos, hambre, frío y olvido. Cuando le preguntaban por una solución en la que todos pudiéramos contribuir, firmaba una sola receta: la sonrisa. Esa es la medicina contra el dolor, la espada con la que vencer al mal, el contraveneno, el reverso, el imán de la alegría.



26 oct. 2018

Esto ya pasa del castaño oscuro… Al diputado que acusa a otro diputado (sea o no sea jefe de la oposición) de querer fusilarle junto a los políticos catalanes separatistas (él mismo se suma voluntariamente a la “saca”), habría que exigirle la devolución inmediata de su acta parlamentaria por respeto a la institución que representa a todos los españoles. Podríamos derivar el asunto a nuestra deshonra por la obligación de pagarle sueldo y dietas, pero no es necesario. Me centro en el sujeto, cuyo ¿discurso? regurgita una basura intolerable. No solo son palabras gruesas (a estas alturas, chantajear con la acusación de un fusilamiento retrata al acusador y no al acusado) sino una recreación en la estupidez por la que Joan Tardà debería responder ante un tribunal, que lo mismo debería imponerle una pena de cárcel, una multa que le deje temblando (por cierto, esta lastimosa víctima del fusilamiento lleva en el bolsillo unas cuantas monedas de euro con la efigie del Rey, otras con las del Rey y la reina y otras más con las del Rey y la princesa Leonor. Y me entra la risa) o la obligación de colocarse un capirote con orejas de burro, blanco a poder ser para darle cierto contraste con su vestimenta luctuosa (sin mucho ánimo de ofender, me pregunto si le lavan la camisa).

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Hace décadas hubo una mujer que también vestía de luto, con sobrenombre de oruga, que elevó la voz en el Congreso para dictar la pena de muerte de un contrincante sentado en su escaño, al que enseguida le descerrajaron unos tiros. Es el peligro de jugar con palabras empapadas en odio, violencia y sangre: a veces tienen horribles consecuencias. Así que si Tardà quiere que le fusilen, que lo hagan los niños de su familia —si es que los tiene— pero con pistolitas de agua y jabón.

19 oct. 2018

Cada país tiene sus humoristas, que viven de hacer gracia. Unos con más tino que otros. Están mediatizados por los rasgos propios de cada nación, salvo en Corea del Norte, pues allí el único que ríe es Kim Jong-un, secretario general del partido por orden de Kim Jong-il, su padre, que a su vez lo fue por orden de Kim Il-sung, abuelo a su vez de Kim Jong-un e inventor de la tiranía con menos chiste del planeta. (Por cierto, no son ciertos los rumores del parentesco de este último con King-Kong).
En España somos dados al humor del absurdo, salvo el de tantos profesionales de la risa gruesa. Me enchufan una película de Pajares y Esteso, y no muevo un músculo de la boca. Me ponen un vídeo de Miguel Gila y me doy un atracón de carcajadas. Gila fue genial, sobre todo en la radio. Y aunque entre los graciosos podría añadir a Pedro Sánchez y su calamitoso gobierno, son sombras de Pajares y Esteso: no solo no hacen gracia sino que nos irritan por jugar a poderosos sin permiso y con nuestro dinero.
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Me quedo con Gila, a pesar de que no disimulaba su buena dosis de amargura. En sus monólogos telefónicos bebía de lo genuinamente español, que rompió aguas con las extravagancias de Gómez de la Serna, que junto a Jardiel Poncela elevó el absurdo hasta convertirlo en arte y cultura. Se trata de un humor críptico, locuaz, chispeante más allá de las risotadas ordinarias del público de la televisión. El soldado, la abuela, la suegra, el “que se ponga…” proyectaban lo caricaturesco y lo sombrío de la pintura de Solana junto a la sencillez de un pueblo poco maleado a causa de esta globalización de vídeos de wasap.


1 oct. 2018

Me encontraba en el colegio, con un pie en la mitad del recorrido de lo que antes llamábamos BUP, cuando el profesor de Lengua y Literatura nos mandó un comentario de texto acerca de un artículo de prensa firmado por el doctor Gregorio Marañón, al que ya ni se le conoce ni se le espera en ninguno de los programas escolares y universitarios. A los letrados de hoy, como mucho, su nombre le suena a estación de metro o a hospital madrileño. Venganzas del destino (finis gloriae mundi) y una lástima, constatación del desdén con el que los españoles valoramos nuestra historia y a sus personajes egregios.

Marañón, intelectual de primer orden (nacido para la ciencia y el arte, para la medicina y el pensamiento, para la política y la escritura, para la divulgación y el mecenazgo… ¿dónde quedan personas así?), primer espada como conferenciante, de cultura vastísima y disertador políglota, nos echaba en aquella pieza periodística un capote a los estudiantes que íbamos a llegar a la universidad años después de su muerte. Como sucedía por aquel entonces, como sucedió antes, como sucede ahora, como ha sucedido siempre, no es fácil que un muchacho, que una chica, den una respuesta convencida a uno de los primeros dilemas existenciales en la vida: llegar al mercado laboral a través de unos estudios superiores.

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Marañón sabía que se trata de una decisión demasiado importante como para tomarla al buen tuntún, empujado por el «te toca» que impone cumplir diecisiete o dieciocho años. Quien más, quien menos quedará señalado a partir de entonces por la naturaleza de dichos estudios. Quien más, quien menos deberá desenvolverse alrededor de los conocimientos que se supone recibirá en dicha licenciatura. En la época de don Gregorio, esta vinculación entre universidad y profesión apenas ofrecía dudas: uno era, en buena medida, aquello que estudiaba. Hoy disfrutamos de márgenes algo más distanciados entre sí, especialmente en algunos campos que son como el bolso de una mujer sofisticada, en el que cabe todo, lo que redunda en la posibilidad de trabajar en labores no vinculadas a la letra del título oficial.

La universidad fue una de las mejores iniciativas de la humanidad, pues con ella pudo dar pasos de gigante en todos los frentes, liberándose en buena medida del marchamo de la brutalidad y la ignorancia. De los estudios generales de los primeros siglos —desde el médico al filosófico, pasando por el jurídico y el artístico—, al abanico de concreciones que hoy se ofertan para cada una de las ramas del conocimiento, dejes de un milenio que pretende funcionar como una máquina, en el que la especialización (y, por desgracia, la ignorancia en todo lo demás) es clave para que nuestras sociedades acomodadas funcionen con la exactitud de un reloj.

Los antiguos universitarios nos preguntamos alguna vez qué carrera escogeríamos si la vida nos ofreciera una segunda oportunidad, especialmente aquellos que nos sentimos desconcertados al llegar a aquella difícil encrucijada de la que advertía Marañón. En mi caso, que soy un humilde diplomado en Derecho con unas cuantas asignaturas de Periodismo aprobadas en la cartera, ni las leyes ni la actualidad me atrajeron como para dedicarles las mejores horas de mi juventud. Fui víctima —lo escribo sin acritud— de un tiempo en el que la universidad era lugar de paso, requisito de la clase media para continuar siendo clase media. Estaba controlada por la política en sus facultades públicas, por la desidia de muchos profesores en sus facultades públicas y privadas. Íbamos a clase como quien va a por churros, estudiábamos sin apasionamiento y volcábamos en el examen, como papagayos, lo aprendido. No nos enseñaron a elaborar un pensamiento crítico, a debatir, a alimentar una mirada de múltiples direcciones. Al menos aproveché el tiempo para leer, actividad de la que saqué el mejor de los partidos.

Decía Marañón que todos los hombres servimos para casi todo, si es que ese todo lo deseamos con irrefrenable voluntad. La vocación, continuaba, es cuestión de fe y no de técnica. Es en lo único que disiento de su planteamiento sobre el acceso a los estudios superiores: la vocación es cuestión de don, de perseverancia en una habilidad recibida, de ilusión y emociones, también de fracasos, pero no de fe, pues si yo hubiese creído alguna vez que debía convertirme en médico, aún estaría escondido debajo de una camilla.









21 sept. 2018

Epi tiene gónadas de trapo. Blas, de espuma. La confirmación de su sexualidad de teleñecos nos ha llegado con años de retraso, pues Barrio Sésamo entretenía a los niños de mi generación. De entre su colección de marionetas, la pareja de felpa naranja y amarilla conquistó nuestro cariño (de ahí el motete: Epi, Blas y los demás). Si hubiésemos sido los peques de hoy —empapados por la lluvia fina y constante de la obsesión sexual—, puede que lo primero que hubiéramos hecho, de participar en el rodaje de la serie, fuera bajarles los pantalones para comprobar si tienen colita y si la utilizan para necesidad distinta a hacer pipí. Nos hubiésemos llevado un chasco: los títeres de Jim Henson carecen de piernas y están huecos por debajo de sus camisas de rayas. Ni siquiera piensan, queridos niños, así que esas pulsiones carnales son deseos de quienes todo lo ven desde la mirilla del forniqueo, quizás porque cargan una libido capada por la frustración.


Epi y Blas son homosexuales. Parece una noticia propia de los tabloides amarillos. Una vez se apagan los focos del estudio uno de ellos abandona su cama y se mete en la del otro (mandarina versus plátano, que así es la forma y color de sus cabezas) para dar rienda suelta a toda clase de guarrerías. Así que Epi y Blas son homosexuales... Ja, ja, qué poca gracia. La estupidez malintencionada no conoce límites. Falta que nos sorprendan con que el Monstruo de las galletas es una lagartija transgénero que se trasviste con un abrigo azulón. Que Gustavo, la rana sufridora, en sus horas negras regenta una sauna. Que Coco (el de cerca y lejos) se esconde detrás de los setos de los parques envuelto en una gabardina, para acosar a los niños mostrándoles los rizos de su barriguita morada.

17 sept. 2018

Todo exceso tiene su precio. En esta fiebre por enlucir el currículo, el coste es la opereta, el rubor y la sospecha de que aquí no se salva ni el Tato. Vamos a vivir un cambio de estrategia por parte de los departamentos de contratación de casi todas las empresas: ya no se darán por creíbles las carreras universitarias, los cursos de doctorado, las tesis, los másteres del universo ni las lecciones de crochet. Tampoco los idiomas que, al final del documento, decimos poseer. Nivel alto en el conocimiento del inglés, acompañado por todo tipo de letras y números que lo avalan; nivel medio en alemán (ojo, prost! quiere decir chinchín, por si las moscas…) y conocimientos afectuosos del pastún y algunas lenguas muertas.

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Mi consejo para los de recursos humanos es que hagan un examen de admisión, una cata a ciegas con los aspirantes a cada puesto de trabajo y un reconocimiento mediante la máquina de la verdad. «¿Es cierto que se especializó en estrategias de venta en la Universidad de Lovaina?». «Sí». «¿Y dónde está el certificado que lo atestigua». «Me dijeron que no era necesario pasar a recogerlo». Si la pupila se dilata y aumenta el ritmo cardiaco, a la calle con una patada en las nalgas. «¿Es cierto que usted tiene como aficiones la filatelia y el baile de salón?». «En efecto, gané una copa en la sala de fiestas El Bimbó». Si aparece sudoración en las manos y en la planta de los pies, a la calle con un pescozón. «¿De verdad trabajó en una casa de pantys en la que, gracias a su perspicacia, multiplicó la cuenta de resultados?». «Sí. Soy licenciado en medias y copas para sujetadores». Si la máquina aprecia sequedad en la boca, a la calle con una bofetada. Y se acabaron las tonterías.







10 sept. 2018

Llevo septiembre cosido a la falda de mi madre las mañanas en las que, por estas fechas, me abandonaba en un jardín de infancia, una terminología mucho más bella y mucho más cierta que guardería o Infantil y, por supuesto, que nursery school. Guardo ráfagas, un nudo en el estómago, la rebeldía a que me arrancaran de la protección en la que se había desenvuelto nuestro lánguido verano, la amenaza de una construcción que se me antojaba enorme, desproporcionada a mi tamaño, ajena a mis sueños de ángel, la garra de una profesora que me tomaba del babi, mis manos prendidas al halda de mi madre, el lloro histérico, algo fingido, con el que pretendía remover su corazón para que me permitiera entrar de nuevo en el SEAT ocho y medio, con sus faros redondos de amable mirada, su matrícula en palotes anchos que interpretaba como una boca sonriente. La mirada locuaz de la niñez puede regalar a los automóviles un alma racional, rasgos de persona, sentimientos de amistad si es que te lleva de regreso a la paridera. Como para cientos de miles de niños y niñas, el comienzo del colegio fue una traición que conllevaba la condena de los madrugones, el frío, los retretes en hilera, el plato de puré como contrario en una conversación tediosa junto una niña fea y llena de mocos. También un patio que convertía en medio realidad el cartelón de la fachada, “Jardín de infancia Santa Elena”, y doña Felisa, la directora, y una cocinera que me hacía carantoñas y a la que quise a pesar de ser responsable de la repugnante papilla de verduras con pollo o pescado.

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Los niños de 2018 también caminan asustadizos hacia el lugar desconocido o casi olvidado —largo es el verano durante el manso remolonear— del primer colegio.

3 sept. 2018

El nombre les viene como anillo al dedo, y nunca mejor dicho, pues se supone que, pese a la antigüedad de estos seres de la tradición escandinava, la inspiración de quien les calzó el apelativo tuvo que alimentarse de la magna obra literaria de Tolkien. Tanto en las páginas de la novela como en sus adaptaciones al cine, aparecen como personajes malvados y estúpidos, además de violentos y feos, muy feos. Feo, violento, estúpido y malvado es lo que suelen vomitar desde el anonimato de sus perfiles en los foros de las publicaciones digitales. La permisividad de los directores de estos medios, la ausencia de barreras morales, además, han acabado con el fino arte de las “Cartas al director”, sección favorita de muchos lectores habituales de prensa, en la que los responsables de la sección editorial del diario o revista solían escoger las epístolas en las que se conjuntaba el buen juicio, el espíritu crítico (que no destructivo, amenazante y mal encarado) y la elegancia, dada por supuesta una correcta redacción.

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Un trol es un indeseable, a la par que un cobarde que desde la soledad de quien carece de habilidades sociales, de facultades básicas de convivencia, aprovecha la ventana abierta digital para despreciar, insultar, amenazar, calumniar, difamar y acusar gravemente y sin motivos a quienes firman un artículo, una noticia, un reportaje, así como a los protagonistas de dicho artículo, noticia o reportaje. No olvidemos que el periodismo es también un ejercicio de educación, y no sólo en el manejo del lenguaje, en la transmisión de la verdad o de un justo análisis crítico, sino también en el de la sana perspicacia de sus lectores. Por tanto, la falta de control en la publicación de las opiniones de los lectores enturbia su misión, prostituye su razón de ser.
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