15 jun. 2005

Más de medio millón de personas se han dado cita, durante el mes de mayo y los primeros días de junio, en la plaza de toros de las Ventas, veintitrés mil por tarde. Veintitrés mil personas que desafían el revuelo atmosférico de la primavera madrileña, que lo mismo te regala sol como viento y agua a espuertas. Veintitrés mil osados que se enfrentan al pensamiento débil de las protectoras de animales y de los partidos nacionalistas y extremistas, que con gusto darían la puntilla al segundo espectáculo de masas de nuestro país, origen de miles de puestos de trabajo directos y otros tantos indirectos, centro y culminación de las fiestas populares de tantos villorrios, desde La Coruña a Gerona, de Cádiz a Bilbao, de Extremadura a Valencia. Pero los toros no sólo salpican la cultura española, sino la de Portugal, Francia, México, Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela.

Comprendo que la fiesta pueda no gustar. Incluso que repugne en su crudeza, pues a la fiera se le da muerte a estoque después de una pelea que incluye varios castigos (la divisa, la pica del varilarguero y las banderillas). Sin ir más lejos, me he sorprendido de mí mismo, aficionado desde la tierna infancia, al sobrecogerme con las descripciones que Vicente Blasco Ibáñez hace de las corridas en una novela menor, “Sangre y arena”, en la que el genial Gallardo, matador sevillano de postín, pasa de muleta a sus enemigos entre caballos destripados. No me cabe duda de que la historia precisa ser leída en su contexto, y que las entrañas descolgadas de aquellos jamelgos no provocaban entonces la misericordia de hoy en día, cuando no se concibe un espectáculo en el que no se den las mayores garantías a todos sus protagonistas, incluido el toro, que disfruta de unos cuidados que para sí quisiera cualquier otro animal.No podemos pretender la conciliación con la fiesta de quien sólo ve en ella su aspecto más dramático: la muerte del burel. El juego maquiavélico de los partidos nacionalistas y extremistas es otro cantar: en España al espectáculo se le llama fiesta nacional, de igual modo que se califica en México o en Colombia, más allá de lecturas políticas. No hay foro más democrático que el de las plazas de toros, en el que el público toma la voz cantante a la hora de exigir los trofeos o el oprobio para el matador y para el astado, que también el animal goza de beneficios, perdonándosele en ocasiones la vida.

Me hacía ver un compañero de tendido, que el de los toros es el único espectáculo de masas en el que se da cita la cordialidad. Y lo ilustraba con algunos ejemplos: la plaza de las Ventas es tan incómoda –tan estrecha la piedra, que uno pasa la corrida encajonado entre las rodillas del de arriba y la espalda del de abajo-, que resulta imposible levantarse para acercarse al bar. Llegada la hora de la sed, se comparte el vino o se participa en la ida y venida de latas de cerveza o refrescos y su correspondiente dinero, desde las manos del camarero hasta las del espectador confinado treinta personas más allá.

En los toros no es necesario registrar bolsas ni mochilas a la entrada, ni encerrar en un palco de la plaza a los aficionados de talante protestón. Tampoco se requisan las bebidas alcohólicas, porque no son aliciente para la rebelión. Uno aplaude si quiere, o se queda callado o silba según le venga en gana. De manera regular, no se corea el mal nombre de la madre de nadie. Es más, en un estallido de buen gusto hay aficionados que van escribiendo sus crónicas del espectáculo e incluso quienes hacen dibujos de lo que acontece en el redondel.

En mi larga vida de aficionado, sólo he presenciado la actuación de la policía antidisturbios para proteger a Curro Romero y Rafael de Paula de los almohadillazos de algún desaprensivo que, una semana después, les festejaba con manojos de hierbas aromáticas si es que los geniales matadores recibían de cara la inspiración. Nada que ver, desde luego, con las estrategias defensivas que preparan las fuerzas del orden para cada partido de la liga o cada concierto de una estrella del pop.

Aún con el derecho a abominarlo, este espectáculo goza de estupenda salud y de halagüeñas expectativas de futuro. Las ganaderías de bravo se multiplican, asegurando –entre otras cosas- el cuidado de una biodiversidad fundamental para el manejo y la buena cría de este animal que necesita la libertad de las dehesas y que han cantado los artistas de nuestra historia, muchos de ellos desde ese mismo tendido en el que cada tarde se repite un ceremonial de belleza y sangre, de valor y tradición, ante los ojos de veintitrés mil espectadores.
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