8 abr. 2019


Mis hijos utilizan el término postureo para referirse a todo aquello que no es auténtico, a lo que está forzado con la intención de presumir de aquello que se carece. Por ejemplo, califican de postureo la obsesión de aquel o aquella que desea parecer una persona elegante y para ello recurre a los logotipos, a vestirse con ropa señalada por la marca (un cocodrilo bien grande, un jugador de polo, una banderita, una “g” y una “a”, el apellido de un modista…). El susodicho/a, más que elegante, va por el mundo como un hombre o una mujer anuncio. Y pagando. Y sin cobrar.

Pero el postureo, según ellos, lo inunda todo, desde el peinado con el que los chicos pretenden ser número de una misma tribu al modo con el que las chicas llevan los jerséis, extrañamente introducidos por la cintura del pantalón a la altura del ombligo. Me dicen que hay postureo en el hablar (la jerga va matando, por ósmosis, la riqueza de nuestra lengua con palabros absurdos y polisémicos, con coletillas carentes de significado), así como en elementos hoy fundamentales como el nombre y el serial del teléfono móvil, incluida su carcasa protectora. Hay postureo en las series que se ven (o que no se ven, pero que se cuentan que se ven), en el despilfarro consumista y hasta en el lugar de vacaciones, ese alquilar la casa de veraneo allí donde hay que estar porque no vamos a ser menos. En resumen, el postureo se ha convertido en un modo de supervivencia que une la apariencia y la vacuidad.

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La gastronomía es uno de los puntales de esta curiosa práctica (que, reconozcámoslo, ha existido siempre, pues llevamos la vanidad y la necesidad de aceptación en el ADN). Espumas, vapores, láminas, esferificaciones y un sinfín de cursiladas para describir los platos de la carta de un restaurante como excusa para cobrarlos a precio de oro, no dejan de ser parte del postureo de quien, con tal de poder presumir, es capaz de dejarse una fortuna a cambio de una experiencia de sabores.

Respetando aquello de que sobre gustos no hay nada escrito, soy un escéptico respecto a la cocina oriental, más en concreto de la japonesa. Aunque la sola definición de un pescado como «pez mantequilla» me produce escalofríos, el postureo que ronda los arroces blancos enrollados en un alga seca así como las diminutas porciones de pescado crudo hábilmente congelado y descongelado, aderezados con salsa de soja (industrial y salada como para beberse una piscina), con un toque de engrudo verde que pica y un jengibre para anular sabores que recuerda «en boca» (así dicen los finolis) a la textura y el sabor del jabón Lagarto, que prometo no haber comido pero del que tengo clavado el aroma… digo, el postureo ante semejante comida parece batir todas las marcas de la idiocia de un mundo volcado en adornar la carcasa de la vida.

Y es que acabo de ser víctima de semejante tomadura de pelo, en uno de esos restaurantes japoneses repletos de estrellas y tenedores que, por si fuera poco, presumen de fusionar la comida del país nipón con la dieta mediterránea, al que recomendaría que, junto con la servilleta y el trapito caliente perfumado con ambientador de W.C., facilitara a cada comensal una bolsita de papel como la de los aviones, por si acaso. Les cuento el menú diseñado por una camarera bajo la aquiescencia de la jefa de sala: empezamos con una sopa cuyo sabor reproducía —algo rebajado en potencia— el del contenido de los cuencos en los que después había que mojar el arroz (soja, en una palabra). Seguimos con unas zamburiñas —que hablaban gallego, idioma que no es propio del País del Sol Naciente— cuyo sabor a mar lo mataba un gazpacho con mostaza (al recordarlo se me achinan los ojos como los del Emperador). Continuamos con los filetes empanados de un pez retorcido y que enseñaba los dientes, cuya insipidez la disfrazaba la harina de la fritura, que venía también con el correspondiente cuenco de salsa de soja para teñir su costra. Hubo más: una sopa de pescado y soja. Y una tempura de verduras con salsa de soja (más harina, esta engordada, a la que Wikipedia describe como fritura rápida japonesa. Es decir, alta cocina), otra tempura, esta de langostinos (los crustáceos no se merecían semejante final), con salsa de soja y el plato estrella: huevos semicrudos de codorniz sobre un taco de arroz apelmazado, rematados con un puré de trufa. Fue el momento álgido de la cena, en el que comenzaron las arcadas. Pero nos esperaba el número final, el sushi de cangrejo (rebozado y frito, también) y de vieira, sembrados con láminas de chorizo, por eso de la dieta mediterránea. Ah, y la cuenta… que no me atrevo a describirla. Y el restaurante, a reventar: hay que reservar mesa con varios días de antelación. Ya ven: postureo, todo postureo.

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