26 oct. 2018

Esto ya pasa del castaño oscuro… Al diputado que acusa a otro diputado (sea o no sea jefe de la oposición) de querer fusilarle junto a los políticos catalanes separatistas (él mismo se suma voluntariamente a la “saca”), habría que exigirle la devolución inmediata de su acta parlamentaria por respeto a la institución que representa a todos los españoles. Podríamos derivar el asunto a nuestra deshonra por la obligación de pagarle sueldo y dietas, pero no es necesario. Me centro en el sujeto, cuyo ¿discurso? regurgita una basura intolerable. No solo son palabras gruesas (a estas alturas, chantajear con la acusación de un fusilamiento retrata al acusador y no al acusado) sino una recreación en la estupidez por la que Joan Tardà debería responder ante un tribunal, que lo mismo debería imponerle una pena de cárcel, una multa que le deje temblando (por cierto, esta lastimosa víctima del fusilamiento lleva en el bolsillo unas cuantas monedas de euro con la efigie del Rey, otras con las del Rey y la reina y otras más con las del Rey y la princesa Leonor. Y me entra la risa) o la obligación de colocarse un capirote con orejas de burro, blanco a poder ser para darle cierto contraste con su vestimenta luctuosa (sin mucho ánimo de ofender, me pregunto si le lavan la camisa).

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Hace décadas hubo una mujer que también vestía de luto, con sobrenombre de oruga, que elevó la voz en el Congreso para dictar la pena de muerte de un contrincante sentado en su escaño, al que enseguida le descerrajaron unos tiros. Es el peligro de jugar con palabras empapadas en odio, violencia y sangre: a veces tienen horribles consecuencias. Así que si Tardà quiere que le fusilen, que lo hagan los niños de su familia —si es que los tiene— pero con pistolitas de agua y jabón.

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