27 abr. 2019

Represento en mi cabeza la España de las Españas, quizá injustamente: es de noche y una mujer entrada en años se ha sentado en la salita junto a su esposo, entrado en años también. Él lleva un pijama ajustado en mangas y tobillos y se arrellana en el sofá, que tiene en su brazo derecho un cenicero encastrado en una ancha cinta de cuero repujado. Se protege del frío de estos primeros compases de la primavera con un batín de cinturón y borlones. Y fuma, uno detrás de otro, ante las miradas inquisidoras de su mujer, que no ceja en su pregunta mecanizada —«¿Otro?...»— cada vez que escucha deslizar la rueda del mechero. 

Ella, a su vez, se ha puesto el camisón, unos calcetines cortos y unas cómodas zapatillas de media cuña, las mismas que se calza cada vez que llega de la calle. La bata le queda holgada, y de vez en vez se cruza las solapas, que no son de felpa sino de un acrílico con apariencia de raso, o de seda, o yo qué sé. 

Ambos llevan gafas. Las de ver la tele, que duermen en un cajón del aparador cuando el televisor está apagado. Pero en mi representación la pantalla refulge a todo color, emitiendo un programa que está sajado por largas colas de anuncios publicitarios. Habiendo tanto donde elegir, parece que el electrodoméstico de la salita sólo sintoniza Telecinco, como si el mando a distancia llevara siglos encasquillado en la omnipresencia de Jorge Javier Vázquez. Gracias al locuaz presentador, ella y él lo saben todo de las Rosasbenitos, las Benitosrosas, las Belenesesteban, las Estebanbelenes, las Camposterelus, las Tereluscampos… Si parecen haberlas concebido y parido; o parido y concebido. Me he hecho un lío. Y aunque Jorge Javier gobierna sobre ellos, a veces se atreven a calificar a las reinonas del cotilleo: «menuda lagarta; esa se va a la cama con cualquiera», dice él. «La encuentro algo más gruesa», replica ella en vacuo diálogo esponsal. 

De pronto aparece la Pantoja y el corazón se les dispara. La tonadillera entre las tonadilleras del mundo mundial está dispuesta a sobrevivir en una isla colmada de cámaras. «Menuda pájara», la califica el marido. «Pues a mí me gusta», responde la mujer.

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Cuando cae la madrugada (satisfechos por haber visto llorar a Isabel antes de lanzarse como un pato desde un helicóptero al mar de Honduras), él sueña que pasea de la mano de cualquier Rosabenito. Ella, a su lado, deja escapar —entre ronquido y ronquido— un «Marinerodeluces» apenas comprensible.

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