24 may. 2019

Cargamos sobre la conciencia y las espaldas cuatro elecciones (nacionales para Congreso y Senado, autonómicas, municipales y europeas). Sabemos lo que esto supone: tarjeta censal en el buzón, propaganda de los partidos que se presentan también en el buzón y desplazamiento al colegio electoral de el «día D». No hago referencia a la cartelería urbana, a los mítines ni al grueso de la información y los espacios de cobertura en los medios públicos. Tampoco a las conversaciones de bar y a la sempiterna exaltación de aquellos amigos o conocidos que te bombardean el correo electrónico y el wasap con veinte mil razones para votar a quién o a cuál. Por eso voy a quedarme en dos asuntos concretos y cargados de gravedad: tanto el excesivo gasto en material publicitario como el asalto no autorizado a los datos personales de cada ciudadano con edad de cumplir.

Los partidos políticos diseñan para sus candidatos una suma de indicaciones sobre lo que deben decir y lo que deben callar. Las campañas son semanas (en este caso, meses) en las que cada uno de ellos (y de ellas, no nos vayan a tachar de no inclusivos, ¡pardiez!) presentan su cara más amable, en un constante arrobo que implica besar niños y abuelos (y abuelas; ahí queda el pico que se dieron Errejón y Carmena), soltar globos, marcarse un zumbeo de caderas y prometer y prometer y prometer… a costa de aquellos a quienes nos corresponde pagar sus ocurrencias.

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En cuatro elecciones el buzón del contribuyente estalla en sobres de publicidad electoral. Vote a Gundisalvo; vote a Gundisalva porque “¡Vamos!”, porque  ¡Puedes!, porque ¡No pasarán!, porque ¡Tú ganas!, porque , porque No, porque la madre que los… Si multiplicamos los treinta millones de electores, arriba o abajo, llamados a las urnas, por los siete partidos con mayor representación pública (en las Municipales caben otras muchas marcas, confluencias y abreviaturas) en cada una de las citas electorales, hablamos de la friolera de ochocientos cuarenta millones de envíos (con sus correspondientes sobres engomados, sellos, cartas del candidato, cuatricromías y papeletas en papel tintado), para que la mayor parte de todo ese derroche acabe en la basura. 

¿Cuántos árboles convertidos en celulosa? ¿Cuánto cloro y otros venenos para fabricar la tinta? ¿Cuánto dinero de todos para pagar ese juego casi inútil? 

Quisiera elegir mi papeleta sin la sensación de que estoy comprando una lavadora a plazos, sin el bombardeo de quien trata de venderme sus siglas como un viajante de crecepelo. Quisiera ejercer el derecho a voto sin que los responsables de salvaguardar mi intimidad regalen mis datos a quien no he dado permiso para colarse por debajo de la puerta de mi casa.

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