28 abr. 2019

Cuando se publique este artículo, los atentados en Sri Lanka del Domingo de Resurrección serán un recuerdo desvaído. Es el sino de vivir bajo una catarata constante de noticias de toda índole, que nos lanza sobre los hombros lo grave y lo estúpido a un mismo tiempo, convirtiendo en olvido aquellos acontecimientos que son clave para entender el futuro. Y el futuro de Sri Lanka no puede ser otro que el florecimiento de la Iglesia Católica en la antigua Ceilán, que llegará —eso sí— al ritmo de Dios. ¿Es esto consuelo con olor a sacristía? No; es constatación evangélica según el capítulo décimo de San Mateo (versículos 16-42), que recoge con fidelidad palabras dictadas por el mismo Cristo acerca de la suerte que vivirán algunos de sus discípulos, aquellos enviados «como ovejas en medio de lobos». Los lobos son hoy los terroristas infiltrados entre los fieles que acuden a su parroquia para celebrar el más importante de los días del calendario litúrgico, actualizando el acontecimiento central de la fe: Jesús ha vencido a la muerte y resucitaremos con Él. 

A las víctimas del odio fanático musulmán, Jesús los llama «bienaventurados» (no olvidemos que Dios es un eterno presente, por lo que en la cabeza y en la intención de Jesucristo estaban incluidos los muertos y heridos por las bombas de Sri Lanka, con nombres y apellidos, con sus apodos familiares) por convertirse en «testimonio de la Verdad ante los hombres».

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En la comodidad con la que muchos cristianos vivimos nuestros compromisos de fe, parece no encajar el fuego que ardía en las entrañas de los primeros seguidores del Maestro. Ellos estaban convencidos de que las persecuciones y el martirio eran semilla para la propagación de la Iglesia en el mundo pagano. Lo nuestro es la misa del domingo, muchas veces a regañadientes, buscando el templo donde la ceremonia sea más breve, dispuestos a distraernos, ajenos a la liturgia y —¡tantas veces!— reservando para después del último “amén” una avalancha de críticas al sacerdote que la ha celebrado: que si ha dicho tal, que si ha hecho cual…

El último Concilio vino a recordar que los mártires no son héroes del pasado sino que vivifican a la Iglesia a lo largo de toda la Historia, hasta el final de los tiempos. Si nos detenemos a analizar el devenir de nuestra religión, avanzaremos año a año, siglo a siglo, a través del martirio de nuestros hermanos. Nos sobrecogerá el de los primeros cristianos, de alguna manera representados en la cruz que se alza sobre el Circo romano de la Ciudad Eterna, donde se celebra el Vía Crucis presidido por el Papa. Allí es fácil imaginarse el odio de la gleba y el olor de las fieras cuyas fauces tronzarían los huesos de aquellos que se negaron a reconocer la divinidad del Emperador. Pero no fueron los únicos: el santoral está repleto de historias pavorosas (desde la lapidación de Esteban y el asesinato de once de los Apóstoles a las crueldades de toda clase sobre hombres, mujeres y niños que recibieron la fortaleza del Espíritu para soportar las torturas con el donaire de quien perdona). Y en el siglo XX… ¡Ay el siglo XX!… A la cabeza colocamos a san Juan Pablo II y la reliquia de su sotana blanca empapada en sangre, y con él a los cristianos aplastados por dictaduras de todo pelaje. Y no solo católicos, pues el martirio nos hermana en el Cielo a los bautizados de otras iglesias.

La Iglesia considera el martirio «un supremo don y la prueba de mayor caridad», dado que «el discípulo llega a hacerse semejante al Maestro», Emperador entre la monarquía de los mártires. Los mártires de Sri Lanka (sacerdotes, diáconos, religiosas, catecúmenos, recién bautizados —quizá en la Vigilia de la noche anterior—, los niños que iban a recibir la primera comunión así como todos los laicos) ya han recibido la corona e interceden por la purificación de la Iglesia, vapuleada últimamente por tantas miserias. Y Cristo… ¿acaso no ha vuelto a ser martirizado en los sagrarios reventados con metralla?


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