14 nov. 2009

Me asomo a noviembre y contemplo el paisaje pardo que revuelve el viento frío del norte por el que vuelan, en sacudidas, puñadas de hojas amarillas que forman una espiral que, después de bañarse en el polvo de los muertos, busca un agujero en el cielo vaporoso para alcanzar otro lugar en el que, en vez de invierno, sea cierta la promesa de una nueva primavera.

Noviembre es adecuado para meditar sobre las postrimerías y para sentarse a leer a Miguel Delibes. O para hacer ambas cosas, ya que en la prosa de Delibes hay un regusto amargo que observa la muerte con inquietud y cierto hálito de esperanza, ya que nuestro novelista es cristiano viejo, anclado en los ecos de una gélida y sombría iglesia de anchos muros más que en la alegría posconciliar.Miguel Delibes es, definitivamente, el último grande de las letras, pues aún late su corazón cansado sobre la piel de toro, aunque hace años que no ha vuelto a empuñar la pluma para escribir, siquiera, una palabra que complete una obra definitivamente rematada. Pasó a la historia de la literatura universal con “El camino”, la tercera de sus novelas, gracias a la que descubrió un manejo delicadísimo del lenguaje, sintético, en el que cada objeto –especialmente las cosas humildes- tiene un sustantivo que lo define y una serie de adjetivos –muy pocos, escogidos- que lo terminan de adornar.

Noviembre es un buen mes para releer a Delibes, amante de la naturaleza agreste cuando la sacuden los cierzos, para atreverse con sus obras completas y apreciar en ellas la envidiable evolución de cincuenta años de literatura, los que transcurren entre “La sombra del ciprés es alargada” y “El hereje”. El lector confirma, con asombro, lo mucho que ha ganado el español gracias a la capacidad de observación de don Miguel, al que no le pasaron desapercibidos aquellos personajes -ligados muchas veces a un oficio- que se encontraban en peligro de extinción, hasta el punto de haberse convertido en el más eficaz reivindicador de una Castilla a la que ha visto morir, despoblarse, concentrarse en las grandes urbes al tiempo que se deshacía de sus costumbres inmemoriales, de sus pobrezas y de sus grandezas. Sin ínfulas de defensor de las causas prohibidas, ha eternizado a los humildes -con especial brillantez, a cada uno de sus personajes infantiles-, a los débiles, a los artesanos, a los oficiantes de labores que se remontan a la noche de los tiempos y que hablan de hambre, de ingenio, de maestría para que cada noche se guise en la cazuela, aunque sea, un liviano zorzal.
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