8 may. 2019

Las vi la tarde anterior, deslizándose como si fueran ángeles en un extraño cielo que se enturbiaba a medida que crecía la distancia, hasta fundirse en un azul verdoso y salado. En mi concentración ante un panorama que me resultaba milagroso, no reparé en el mar que había por encima y debajo de las tortugas, un mar de aguas calientes que las envolvía en un abrazo de yodo. Atónito ante las leves brazadas de sus aletas, dibujadas a cuarterones, me despedí de ellas cuando empezaron un descenso ingrávido, como espacial, a las profundidades del coral y los ahogados.

El sol entraba oblicuo en la superficie, para romperse en destellos áureos sobre los caparazones de las tortugas marinas, regalándome, además, la claridad de aquel paisaje que tenía sabor a mitos griegos, un universo amable y abisal a un mismo tiempo que, con aquella luz, alzaba el telón del más fastuoso de los teatros. Ellas eran las protagonistas, siglos nadados de una a otra isla, sin prisas, con temple en cada batida por la masa salada, serenas ante el polen de las medusas. En unos meses se incorporarán a las carreteras abiertas por las corrientes, autopistas invisibles que conocen bien porque les llevan con rumbo fijo hacia las playas en las que desovaron por primera vez, en un misterioso destino que se repite con el fin de que puedan cumplir el mandato de la Naturaleza de volcar, en la misma arena, la nidada de una generación tras otra de crías que, en su mayoría, serán alimento para las gaviotas y las serpientes, para los peces grandes y los delfines. Es el drama del ciclo de la vida, que nada tiene que ver con el paraíso de mazapán que dibujan los animalistas urbanos, que defienden derechos para los animales con más ahínco que para los millones de seres humanos esquinados por la miseria (¿encarcelamos a las serpientes, a las gaviotas, a los peces voraces y a los delfines por merendarse tan tiernas criaturas? La realidad no se parece a los dibujos animados).

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Salí del mar con una borrachera de emociones. Llevaba impreso en los ojos el azul y el naranja, el amarillo y el blanco, el negro y el nacarado, el violeta y el rojo, la plata y el dorado de cientos de especies de peces, de todas las formas y tamaños, que conviven pacíficamente en un jardín de coral y algas, formando rebaños de escamas que pastan sobre el fondo irregular, cuajado de escondites desde donde mirar sin ser visto. Sobrecogido, me fui a dormir con la imagen de las tortugas que no se deshacía en mi cabeza, con la aristocracia en aquel planeta sin sonidos en el se hacen verdad las veleidades de los artistas surrealistas, que deformaban las imágenes como en los sueños de Little Nemo en el país de Slumberland. Las tortugas marinas son más atractivas que las sirenas y las acuné en alguna de las fases REM, adivinando una sonrisa en el dibujo de su boca sin gestos. 

En cuanto desperté, la isla me trajo ecos de otros amaneceres en los que también he sido testigo de la fragilidad de los ecosistemas. Entré en el agua. Mientras avanzaba en mi nadar patoso, las gafas de buceo me permitieron saludar el tráfago de los peces tropicales, que parecían no haber detenido su actividad durante la noche. Me saludaron los bancos de alevines, llamas que me envolvían, veloces, antes de brincar afuera del agua en flechas voladoras. En las honduras se aburrían los erizos de púas largas como agujas de tejer. Pasó una morena, iracunda desde tan temprano, para alegrarme después el trote de una manada de caballitos de mar, enhiestos y marciales. Me cautivó un animal nunca visto, medio transparente medio arcoíris, y saludé a un pez loro que barbeaba el descenso de la escarpadura. 

Fue de pronto, cerca de donde las olas lamían la orilla, que advertí un resplandor. Lo confundí con la flor nacarada de una ostra gigante. Me sedujo y fui a contemplarlo. Al acercarme, comprendí que era el efecto del sol a través de las aguas sobre el caparazón abrigado de verdín de una tortuga solitaria, que sesteaba allí donde mejor se deshacía el frescor nocturno.

Comenzó a jugar conmigo: permitía que me aproximara hasta casi tocarla, antes de arrancarse en un buceo a mi ritmo, sin apenas hundirse para que yo pudiera seguir respirando a través de un ridículo tubo de plástico. En cuanto conseguía rozar con mis dedos el borde de su concha, se volvía y me observaba con sus ojos acristalados, que tomaban un brillo infantil en cuanto emergía para aspirar un soplo de aire. Después parecía marcharse hacia el fondo inaccesible, pero volvía como si se le hubiese quedado en el tintero una pregunta que hacerme. Reanudábamos el juego, pues condescendía a que nadase detrás de ella. Veinte minutos después se cansó de mi compañía y desapareció entre capas de acuarela.

No soy capaz de poner palabras a todo lo que pasó por mi cabeza mientras estuve a su lado. Diré que me sentí afortunado, muy afortunado, por estar vivo.

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