19 may. 2019

Fue el niño quien pidió ver al abuelo. Quería despedirse de él. Lo sentía como un acto de justicia, aunque no fuera capaz de razonar sus impulsos por aquello de que el corazón tiene razones que la razón ignora. Sus padres no dudaron de que aquella petición era natural: los pequeños son sencillos e inocentes, con una capacidad no pretendida de dejarnos con la boca abierta. Por eso quería ver al abuelo antes de que lo enterrasen, pues sin preverlo había conseguido que aquel hombre, en el final de sus años, recuperara la sencillez y la inocencia, la sensatez y la sabiduría al prescindir de caretas, poses y heridas. 

Ante los ojos inquisitivos de su nieto, que eran preguntones e inteligentes, el abuelo se había desarmado. Sus hijos conocían bien los arrebatos de mal humor que le caracterizaban, sus gestos de ira, sus sollozos cuando perdía las fuerzas en el culmen de una dificultad y se dejaba tragar por la desesperanza, sus palabras de más, sus amenazas incluso, su discurso rallado de advertencias, con las que cantaba —en voz grave— los golpes de la vida, «de los que nadie se salva». Pero para su nieto era un tipo amable y divertido, gracioso incluso. Por eso, cuando acudía a visitarle le daba un beso sincero, el de quien se alegra al rencontrarse con alguien amado, y le miraba de tú a tú, sin juzgarlo, antes de lanzarle la lluvia de preguntas de quien tiene un corazón limpio y un cerebro esponjado. Después le pedía, sin más preámbulos, lo que en aquel momento pudiera apetecerle: que le diera una galleta, que le leyera un libro, que le enseñara alguno de los tesoros que escondía en su escritorio (una tarjeta de visita, un sello antiguo, unas gomas de colores, una estilográfica con la tinta reseca…), que le sentara en sus rodillas y le contara un cuento o que tomase la chaqueta para acompañarle al parque.

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Lo más sorprendente —para la abuela y sus hijos— era que el abuelo obedecía a las órdenes amables del nieto sin poner cortapisas. Nunca dijo «más tarde» o «hoy no puedo», mucho menos «quita, que tengo muchas cosas que hacer». Al contrario, su ánimo cambiaba con el timbrazo que anunciaba la visita infantil; dejaba a un lado el rictus de importancia, de cierta amargura, con el que le gustaba darse coba entre los suyos, porque aquel niño traía un aire que renovaba la atmósfera de la casa, una luz que caldeaba su corazón viejo.

El tacto de aquellas manitas, el calor de la piel tersa y el soplo de la vocecilla encantadora consiguieron que el abuelo desempolvara habilidades que llevaban siglos adormecidas. Para él hizo animales de papel, plegando con mimo hojas de colores. Le enseñó a lanzar el trompo y a proyectar la sombra de los dedos en la pared, para dar vida a seres fascinantes. Por él sacó lustre a las memorias de su propia infancia: ante sus ojos amargos floreció la presencia de su madre, a la que tanto echaba de menos, quizá la severidad de su padre, al que había acabado por parecerse, quizá el balanceo de un caballito de cartón y las peleas con sus hermanos.

No tuvo miedo el niño al entrar en la funeraria. No se asustó al pasar a la sala donde velaban el cadáver. Su abuelo estaba tendido en una caja, vestido con chaqueta y corbata y con un crucifijo en las manos cerúleas. El rostro se lo habían maquillado. De hecho, el chiquillo exclamó que parecía una estrella de cine. Fue entonces cuando algunos de los presentes jugaron a escandalizarse: «¿Qué hace un niño aquí?», porque es creencia actual que la muerte debe esconderse a los menores, a los que hay que engañar con patrañas acerca de abuelos convertidos en estrellas y abuelas que flotan como hadas en los bosques de un país irreal. 

«Qué suerte tienes, abuelo», habló con certeza. «Ya estás en el Cielo, donde puedes ser niño cada vez que quieras».

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