21 may. 2005

Nuestro país es peor que una corrala, todo el mundo venga a hablar sobre las debilidades de entrepierna del vecino. No me parece edificante –ni siquiera divertida- esta exhibición sobre las tendencias sexuales de nuestros políticos. Sale un homosexual en no se sabe qué parlamento regional y todo el mundo aplaude, como si se tratase de un torero. Pues bien; dejémosle que celebre su minuto de gloria, que le hagan la ola como si se tratara de un héroe secular. Eso sí, estoy convencido de que la mayoría de nuestros representantes están casados y son fieles a sus cónyuges (esto si que es meritorio), aunque haya también una parte de cornudos en los butacones de los cientos de hemiciclos y plenos de nuestro país. Y divorciados y adúlteros –los gobiernos del PSOE y del PP han sido generosos en esta “cuota”, a juzgar por las revistas del corazón-, así como solteros que no han encontrado a su media naranja (o que la han dejado escapar) y homosexuales, claro está. Muy bien. Mientras su gestión pública no sufra a causa de sus intereses privados, me trae al pairo a qué dedican sus señorías el tiempo libre.

Sentirse orgulloso de determinada práctica sexual, que forma parte de lo más íntimo de nuestra afectividad, me parece infantil e inicuo. Siempre he tenido la sensación de que aquel que presume de sus victorias en la cama, o bien es un fantasma o bien un fantoche lujurioso (débil de carácter, afectado por una monotemática obsesión). El orgullo debe emplearse en otras lides: como premio al esfuerzo y a la audacia que nos hacen conquistar cimas familiares o profesionales, como referente a la calidad de nuestras amistades, como memoria de algún antepasado o conciudadano célebre. Pero dedicar esta virtud a festejar, por ejemplo, el Día del Orgullo Gay, me provoca vergüenza ajena, ya que no veo a los heterosexuales sobre una carroza: ellas con salto de cama, ellos en paños menores, animando a los mirones a besarse a la sombra de los árboles.Supongo que si el presidente del gobierno, por poner un caso, proclamara en una entrevista que le encantan las mujeres y que se encuentra asistido de todo el derecho del mundo para organizar su vida y su política alrededor de esta atracción sexual (guiñando el ojo a sus incondicionales, repartiendo chuscos y caricias a diestro y siniestro, facilitando y bonificando con desgravaciones fiscales las citas a ciegas, los fines de semana en un parador, los clubes de carretera, los tríos…), le calificaríamos de frívolo y amoral. Incluso alguna feminista llegaría a sentirse agredida, y con razón. ¿Por qué entonces esta complacencia con quienes salen del armario y hacen alegatos de sus tendencias íntimas? Me tiene harto tanto lloro a cuenta de los años de represión, su matraca sobre los derechos que aún les quedan por alcanzar (¿acaso no les dejan votar? ¿acaso se les niega el carnet de conducir? ¿acaso pagan más impuestos que el resto de los mortales que viven sus mismas circunstancias económicas? ¿acaso la ley debe estar condicionada por la libido?)

Es altamente sospechoso que de cinco años a esta parte, el lobby rosa se haya hecho con la representación de todos los homosexuales para imponer el rosario de sus desgracias, anestesiando a la sociedad frente a sus proclamas más descabelladas: el matrimonio y la adopción de niños. El lobby es una minoría entre la minoría, por más que cuente con una alta representación (y muchas veces ridícula) en la televisión y otro tipo de espectáculos.

Y digo que estoy harto de la cantilena porque soy hijo de la democracia. Es decir, mi conciencia no ha conocido otro régimen que el de la libertad y el respeto. Me asisten treinta años en los que a nadie se le ha pedido el carnet de gustos sexuales para ejercer su ciudadanía. En ningún momento he tenido la sensación ni la certeza de que los homosexuales de mi entorno eran maltratados, perseguidos, excluidos o insultados. A la hora de elegir una carrera universitaria o buscar un trabajo, se les evalúa en las mismas condiciones que a los demás.

Puestos a llorar, a pedir derechos, me pongo al frente de las familias. Yo sí que he recibido insultos, miradas torvas y ninguna ayuda por parte del Estado a la hora de ser padre por tercera vez. Mucha gente me ha dicho que me lo piense antes de traer otro niño al mundo, alzándose jueces en cama ajena. Por no hablar de tantos miles de madres que ven mermados sus derechos a un trabajo digno y bien remunerado. Nosotros hacemos familia en la cuerda floja. Los homosexuales, lo siento, no. Legislar su matrimonio es legislar lo que no existe ya que carece de la esencia de la institución: un hombre y una mujer unidos por un vínculo vitalicio, encaminado a la convivencia y la procreación. Y sin derecho a elegir, por cierto, la educación de nuestros hijos.
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