5 dic. 2009



Lo mejor que tiene la cercanía de la Navidad es que, en casa, ha llegado el momento de hacer limpieza de juguetes. Al principio nos conformamos con una bolsa de basura en la que ir tirando piezas sueltas, piernas y brazos desencajados (de muñecos, no se vayan a asustar…), fichas que no tienen caja, fragmentos y esquirlas de trebejos, botones, cables de mandos, pilas gastadas, tornillos, soldaditos sueltos… La bolsa rebosa de inutilidades en muy poco tiempo, por más que los niños nos rueguen que no les desprendamos de ese Supermán sin capa ni pies o de aquel bebé al que con rotulador le han pintado un poblado bigote. Los relacionan con momentos dulcísimos de su azucarada infancia. A mí me pasaba lo mismo cada vez que mi madre volcaba el tambor de detergente en el que guardábamos nuestros juguetes y comenzaba una limpieza salvaje.El cuarto de juegos vuelve a respirar, ordenado, cada cosa en su sitio, los puzzles completos, la cesta de los disfraces con los disfraces, sin compañía de ningún elemento perturbador. Y lo mismo la caja de los lápices, la de las piezas de construcción… Ha llegado el momento de que cada uno de mis hijos escoja un juguete en buenas condiciones. Tienen que sentirse, también, Reyes Magos de aquellos niños a los que la Navidad no les trae campanitas ni espumillón. Y les cuesta, claro que les cuesta, lo mismo que a mí cuando sumo a su generosidad alguna de las inutilidades que conservo con sombra avara. <<Es que me gusta tenerlo>>, se justifican los niños con el camión todavía en las manos, antes de decir adiós a aquella promesa de futuros juegos. <<Es que me gusta tenerlo>>, me justifico también yo mientras acaricio ese bien que estimula mi capacidad de poseer, de almacenar, de coleccionar, de rebosar. Y hasta que ponemos en manos de quien puede sabiamente repartir el camión y el bien, a toda la familia nos sigue escociendo la separación, la pérdida, el sabernos momentáneamente un poco pobres –una pobreza anecdótica, claro-, como los niños rumanos que mendigan a la entrada del gran almacén y a quienes los ojos les hacen chiribitas frente al escaparate del tren eléctrico.
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