5 mar. 2010

Algunas noches, cuando era un niño, perdía el sueño dándole vueltas a que mi padre había nacido durante la barbarie nazi. Cosas de niños. Y como mi padre era el mejor hombre sobre la tierra, me resultaba una contradicción histórica que hubiese compartido sus dulces balbuceos con las arengas de aquel asesino, responsable de la desolación de Europa.

Crecí y, aunque no me quitaba el sueño, le daba muchas vueltas a que mi madre hubiese compartido su juventud con los Beatles. Quiero decir, con la música de los Beatles en vivo y en directo. No es que mi madre acudiera a ninguno de los conciertos que los melenudos dieron en Madrid y Barcelona, sino que ella fue joven al mismo tiempo que aquel cuarteto de Liverpool cambiaba el horizonte de la música popular de una vez y para siempre. Y aunque mi madre prefirió la armonía de las guitarras que llegaban de Hispanoamérica, no deja de ser cierto que mientras ella tarareaba a Lola Beltrán, Lennon y McCartney regalaban a la posteridad un póquer de canciones inolvidables.De igual manera, mis hijos contarán a los suyos que sus padres nacieron antes de que Franco muriese y que de niños vieron como España volvía a tener un rey, lo que no es moco de pavo si consideramos el mal fario del anterior Borbón que lustró la corona. Sin embargo, mucho me malicio que a mis nietos este tipo de realidades políticas no les moverá al asombro. No así el 11 de septiembre de 2001, una fecha grabada con humo y sangre en nuestra historia, la de nuestros coetáneos, la que nos ha tocado vivir, que ha transformado por completo un mundo que pensaba haberse quedado tranquilo después de que el comunismo muriese de paro cardiaco.

El 11 de septiembre de 2001, insisto, sí que les provocará una exclamación de sorpresa, la sensación de que nadie que merezca el apelativo de “humano” debería haber compartido su tiempo en la tierra con la maldad de Bin Laden y los suyos. Dirán que nuestra vida coincidió con el alumbramiento del miedo, esa hidra que ha envenenado Occidente con la amenaza de los terroristas musulmanes, una suerte de fantasmas que se han colado en el tráfago de nuestra sociedad atolondrada, dispuestos a volar por los aires la seguridad del sistema, de paralizarnos hasta el paroxismo.

El terrorismo, claro, no es un invento del siglo XXI. Fue la estrategia con la que se hicieron oír ciertos movimientos que disfrutaron de la comprensión de la intelectualidad progresista, una suerte de juego de salón con el que se divertían algunos anarquistas, bolcheviques, nacionalistas, separatistas, revolucionarios…, sin molestarse en considerar el dolor tan injusto que provocaban las bombas, los secuestros o los disparos en la nuca. La maldita comprensión de quienes caracterizaban de “romántica” la estrategia de las bandas criminales, ha facilitado que Osama Bin Laden juegue con ventaja, por más que su estrategia haya dejado de seleccionar a las víctimas: en su megalomanía cabemos todos, incluso la inmolación de los autores de cada masacre.

De Nairobi a Nueva York, de Bali a Casa Blanca, de Madrid a Londres, de Irak a Afganistán, de Bombay a…, los muertos se cuentan por centenares. Y ya no hay romanticismos porque la amenaza indiscriminada ha propagado un pánico mundial, un jaque a la sociedad del bienestar, un órdago a los servicios de seguridad mejor informados, un ir y venir de escáneres de última generación, sin que tengamos todavía claro cuáles deberían ser las premisas con las que ganar la batalla a quienes no parecen exigir nada a cambio porque, dicen, viven escondidos en miserables cuevas de un Oriente lejano y parecen carecer de las tecnologías necesarias para sacudir el mundo, por más que el mundo viva en una constante temblequera.
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