5 nov. 2011

Durante tiempo me dejé llevar por los prejuicios cuando viajaba en coche y sintonizaba la radio en busca de algún canal que me ayudara a despejar el pensamiento. Buscaba una entrevista, un debate o el boletín informativo. Sin embargo, se colaban por mis altavoces las Avemarías de un rosario, la disertación de un cura o la Liturgia de las Horas. <<Esto, para las viejas>>, me decía al corregir, raudo, la sintonización. Los números de las emisoras volvían a correr en la pantalla de cristal líquido hasta detenerse en alguna radiofórmula, que nunca me han interesado las novedades discográficas, para invitarme a presionar otra vez la yema del índice en una huída hacia adelante que volvía a pararse, como si el dial estuviese jugando conmigo, en las cuentas de los Misterios Luminosos o en el son de alguna canción devota.

Desconocía que ese rezar a través de las ondas forma parte de lo que Juan Pablo II denominó “Nueva evangelización”. En países de franca sequía religiosa, son muchos los que sólo pueden oír hablar de Dios a través de un transistor conectado con las señales de Radio María, una auténtica provocación en este mundo de laicismo beligerante y estúpida frivolidad, componentes obligados de la mayoría de las cadenas radiofónicas.
Dios llega a muchísimos hogares, despachos, hospitales, residencias, camiones y automóviles gracias a un canal cuya misión consiste en acercar el riquísimo contenido de la fe a quienes, de común, la enfermedad, la soledad o el trabajo les dificulta esa compañía que Benedicto XVI adjetivaba en Madrid como indispensable para que el cristianismo florezca en este tiempo de individualismo feroz.

Ahora, vencida ya mi suspicacia, disfruto de las catequesis del obispo de San Sebastián, que con lenguaje llano y riqueza de ejemplos desgrana el contenido de cada uno de los puntos del Catecismo; o rezo alguna parte del rosario, dirigido en ocasiones por el papa; o me emocionan tantos cristianos anónimos que ofrecen su testimonio sin saber que, en ocasiones, basta una voz en la soledad de un viaje para que a alguien –como el que suscribe- se le caigan las escamas del recelo.
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