26 feb. 2017

Hemos hablado tanto de la crisis económica (que tanto daño nos ha hecho), que parece que pasamos por alto una crisis aún mayor, que tiene sus inicios —qué ironía— en aquel tiempo en el que la palabra “libertad” saltaba de boca a en boca. El idealismo de un mundo sin mandamases estaba cargado de sentido. De hecho, aquella revolución con flecos en los ruedos del pantalón resultaba de lo más sugerente. Europa parecía haber cumplido la mayoría de edad. Por eso había pasado definitivamente el tiempo de los generales, que habían marcado el paso marcial de una sociedad encogida a causa de las guerras.

El problema fue que los ideólogos de aquella libertad habían hincado las uñas en un individualismo feroz, así como en la ebriedad de los excesos como marca de la casa. Sus alegatos crearon la confusión de identificar la susodicha libertad con la democracia, como si lo único importante para vivir en común fuese depositar una papeleta en una urna cada equis años. Del resto se encargaba cada sujeto como mejor le pareciera, lo que provocó una explosión de hedonismo de la que, pasados varios decenios, estamos mortalmente enfermos.

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Si España es un vodevil de ladrones de guante blanco, si España es un asqueroso circo de corazones de papel, si España es un erial de nacimientos, si España es una interminable sucesión de sucesos machistas, si España es el paraíso del consumo de drogas, si España es el desiderátum del sexo vacuo, si España es el reino de las taifas, si España es el país de los subsidios… es porque no nos hemos detenido a analizar qué es la libertad: qué nos da y qué nos exige.

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