1 nov. 2018

No pocos se frotan las manos ante el nuevo culebrón, que amenaza extenderse a lo largo de los meses y, por qué no, de los próximos años. El gancho lo tiene un famoso cantante, famoso por méritos propios, por su innegable talento, por los lustros que lleva como primera figura del espectáculo no solo en España sino en medio mundo, famoso por sus orígenes (hijo de un torero y de una actriz que lleva cosido el neorrealismo italiano a su carrera), famoso también por la ambigüedad con la que lleva jugando desde que se convirtió en fenómeno de masas. 

No es que a mí el culebrón, en sí, me interese. No me van los líos de alcoba, mucho menos cuando forman parte del estrambote. Además, la vida privada de cantantes, actores, toreros… —eso que el pueblo llama “faranduleo”— me levanta un sarpullido si me dejo prender por los gritos obscenos de los comentaristas que hacen de la televisión un estercolero de pasiones de amor y odio, dimes y diretes, persecuciones por parte de pobres cámaras a los que les obligan a espiar los pasos de personajes que, por lo general, no aportan nada constructivo a la convivencia pacífica de la gente buena, encerronas en directo, dinero fácil, exclusivas, insultos, bazofia, ordinariez, difamaciones, calumnias, mentiras y juguetes rotos por la presión de una gloria sin cimientos.

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Sin embargo, este culebrón tiene varias singularidades que me han hecho volver la cabeza: la ambigüedad que ya no es ambigüedad, dos amantes que han desenvainado las facas del rencor, dos vientres de alquiler y cuatro niños: dos, por lo visto, del famoso artista (que puso su material genético al servicio del cumplimiento de un capricho), dos del otro en discordia (que puso su material genético al servicio del cumplimiento de un capricho). Lo demás, los lectores lo conocen bien: la relación afectiva que mantuvieron en secreto durante casi treinta años, se ha roto. Y se ha roto ante el público, algo que debe ser humillante como pocas cosas, más en este caso en el que los hijos —los cuatro: dos de uno y dos del otro— han roto su hermandad para pasar a ser objeto de litigio.

Un niño es lo más delicado en el puntilloso equilibrio de la naturaleza. Un niño es promesa a la vez que inocencia transparente. Un niño es un vaso vacío que necesita ser llenado hasta los bordes por el agua del amor, de la educación, del criterio, de la responsabilidad… Un niño es un don, un regalo que nos otorga Dios (o la vida, sin más, para aquellos que no tengan fe) a cambio de graves obligaciones que no se quedan en el mero sustento y el abrigo. Por tanto, un niño —un hijo— no puede ser producto de un antojo, aunque este se haya alimentado durante mucho tiempo, porque es un bien en sí mismo, no un objeto con dueño, como una mascota. Y los padres somos los administradores de su vida durante un breve periodo de tiempo, que coincide con el más importante de su recorrido vital.

Como padre, como hijo que fui, como abuelo que espero ser… me duele contemplar el desvarío emocional de los países ricos, en los que la lógica exigida por la naturaleza, por la ética, por la moral y por el bien de los niños ha quedado sometida a las capacidades de una ciencia en progreso. Los adultos, si tienen dinero, se pueden permitir todo tipo de tropelías (fecundar en un laboratorio, elegir y descartar embriones, desentenderse de los que no se consideran suficientemente aptos y de aquellos que son producto del porsiacaso, incluso finalizar este proceso artificial antes de tiempo, con una tajante interrupción del embarazo si aparece algún peligro o el fruto de ese capricho no se adapta a los mínimos de calidad exigidos por los estándares de felicidad pagada a tocateja). 

La vida humana es un fruto extremadamente sensible, al que le sobra la violencia de tantas prácticas a las que las leyes dotan de licitud. Los protagonistas de este culebrón querían ser padre y padre, no dudo que con la mejor de sus intenciones, y para lograrlo recurrieron a dos vientres de alquiler (qué humillante suena el término). El resultado: cuatro pequeños sin derecho a disfrutar de una madre, repartidos como si fueran los despojos de la vivienda común, rotos sus lazos por una fría cuestión de pertenencia al progenitor A, al progenitor B. El espectáculo para las televisiones y las revistas está servido. Y las lágrimas de los cuatro inocentes, también.


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