27 ene. 2019

Que me perdonen si algún lector se ofende, que me comprendan si me juzga de fisgón y morboso porque, sí, lo confieso (sin echarme de rodillas ni asumir en ello otro pecadillo —y de naturaleza débil— que el gusto por saber): en cuanto cae un periódico en mis manos busco con glotonería los obituarios, ya saben, esas páginas destinadas a los panegíricos de aquellas personalidades que, de pronto, dan el tripe salto mortal hacia la existencia eterna. 

El obituario de Juan Pablo II vivió en las redacciones de todo el mundo durante casi la totalidad de su larguísimo papado. No es que los periodistas lo quisieran muerto, sino que Dios lo quiso vivo y reinante después del atentado terrorista en San Pedro, de la septicemia en el Gemelli, de la nueva intentona de magnicidio en Fátima, de la operación de colon, de la del fémur y de aquella prolongada vejez en la que fue dejando a jirones el regalo de su santidad sin importarle su doloroso declive físico. Me temo que fueron muchos, muchísimos, los pegalíneas a quienes fue encomendada tan importante pieza periodística que fallecieron, pobrecitos, a lo largo de las distintas fases del papado sin ver cumplido el honor de vestir a cuatro columnas la semblanza de un hombre definitivo que seguía a lo suyo: gobernando la Iglesia. 


Otros hombres y mujeres también pasaron su largo estío con la necrológica en la nevera de los medios de comunicación. Sería divertido enfrentarles, antes de que les llegue el día y la hora, a esos folios mecanografiados, a ese archivo que está guardado en la carpeta de decesos honrosos, para ver si se reconocen en la alabanza, incluso en los peros metidos con calzador. Aquí en España somos muy dados a darle fiesta al muerto, especialmente si ha sido un individuo popular: lo colocan de cuerpo presente en el salón de plenos del ayuntamiento, en una sala de cine paradigmática, en un teatro y —en estos momentos en los que la cocina está tan de moda— hasta en la sopa; después se desdicen de los descalificativos que le persiguieron en vida, si fue bueno o malo (en lo moral), si contribuyó a construir o destruyó todo lo que tuvo a su alcance... y se le jalea, y se le llora, y se le grita, y hay gente, eso que algunos llaman pueblo, que —¡cuánto me asombra!— se echa a los hombros la penitencia de pasarse las horas en la larga cola del pésame, aunque ni conozcan a los deudos ni hubiesen tratado con el fiambre, que pudo haberles sido indiferente hasta el día anterior, incluso vertedero por el que echaron toda clase de sapos y culebras.

Busco los obituarios con curiosidad, por ver si algún muerto egregio logra sorprenderme («¡Viejo!…, cuánto sin saber de ti»). Suspendo la mirada sobre la fotografía que acompaña la noticia de crespón negro, en la que el protagonista suele aparecer en la flor de su fama, en la cumbre de su prestigio. Me cuestiono entonces si en la carrera loca de sus éxitos y fracasos tuvo presente que el día iba a llegar, es decir, que avanzaba hacia el final de la función del libreto de la vida, que siempre consideramos escrito para los demás y en ocasiones —solo en ocasiones— nos atrevemos a ensayar sobre las tablas.

Al leer la cascada de logros, hitos, servicios, reconocimientos, medallas y encomiendas se me dibuja una sonrisa nostálgica, pues el finis gloriae mundi las convierte en metales huecos, calderilla, materia de olvido. De hecho, quién se acuerda de aquel que… y de aquella que… La memoria apenas resiste unos meses, unos años quizás, la mitad de una generación. Pero bajo los escombros puede latir una brasa, el ascua del amor, la joya de la fe y de la esperanza que abre, para siempre, el portón de la caridad.

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