17 jul. 1995

En una sola maleta guardábamos la ropa de los cuatro hermanos. Era una maleta blanca, dura, que mi padre compró en Washington una vez que voló hasta allí cuando todavía se cruzaba el océano en barco.

La aparición de aquella maleta de asa nacarada señalaba el inicio de cada verano. Muy pronto, en unas horas, nos llevarían a la estación de tren, aquellos trenes con departamentos para seis personas que olían a carbonilla, como a piedra quemada.

Había soldados en el tren, chavales que viajaban de permiso hacia el norte y se dormían con el macuto preso entre las piernas en sillones con orejas, recubiertos con un forro blanco en el reposa cabezas. Había reproducciones baratas de grabados históricos y un coche restaurante al que se tardaba en llegar por los pasillos estrechos de los vagones, donde me entretenía más contemplando a los pasajeros adormilados que con el paisaje.

Bilbao era un nombre mágico, la ciudad a la que me llevaron unos días después de nacer, la ciudad de las vacaciones, un verano eterno. A la mujer que nos cuidaba no le gustaba Bilbao; ya en el tren comenzaba a augurar mal tiempo, un sol que no calienta, la contaminación de las fábricas y las tardes aburridas en el parque de Zugazarte. Eramos tan pequeños que en unos meses se nos había olvidado qué era Zugazarte y sólo reconocíamos que Sopelana era una playa porque el mayor de los hermanos se perdió una vez entre la gente y la arena, una de esas historietas que se recuerdan en la familia de cuando en cuando.Los sótanos de la casa de mis abuelos eran tan grandes que podíamos distraer la mañana corriendo en bicicleta o en un gran coche de pedales. Había un fregadero de piedra en donde escurrían las sábanas mojadas y una cocinera que vivía ahí abajo desde que mi abuelo había cumplido los doce años. Ella murmuraba en euskera y el día de la Virgen guisaba chipirones de anzuelo.

Así pasábamos el verano, al refugio de los tilos de El Verde, hurgando en el barro que se apelmaza contra la acera. No hacíamos excursiones, y la sombra de aquella aventura del hermano mayor reducía la posibilidad de que nos llevaran a bañarnos a Sopelana.

Mi abuela tenía un 600 burdeos muy elegante, con el salpicadero gris y una medalla de San Cristóbal. Cantábamos de camino a Punta Galea, desde donde se contemplan los riscos de Cantabria y un mar bruñido. Es un lugar estupendo para cazar saltamontes y buscar entre las manchas de setos viejas pelotas de golf. Allí nos quitaban las camisas para que nos empapara el aire marítimo y veíamos a las gaviotas planear sobre las piscinas de agua salada.

Un día del verano estaba reservado para subir en el transbordador y surcar la ría. En Portugalete había barracas y la mujer que nos cuidaba nos invitaba a chocolate y churros. Y más tarde los toros, que la anciana madrina de casi cien años escuchaba por la radio. Luego nos daba el parte, a veces dos orejas o el corridón de Villagodio del que hablaban los mayores había mandado a un torerillo al hospital. Los abuelos llegaban muy tarde de los toros, ella todavía envuelta en perfume y él con el nudo de la corbata abrochado como una amarra. Decían que había fiestas en Bilbao, que nos iban a llevar al Gargantúa, el monstruo de pasta de papel pero siempre acabábamos en el circo de Tonetti, fascinados con las enormes jaulas de los tigres.

Aquellos veranos no sabían nada de marabuntas en la carretera, ni de apartamentos en la costa, ni de after sun. Como mucho, del olor de las brevas de septiembre, que llegaban hundidas en un frutero rebosante de uvas. Y al final, sin que nadie pudiera evitarlo, la abuela se asomaba por el balcón de su gabinete para decirnos adiós entre lágrimas. Nos esperaba un taxi a la puerta de casa, que nos llevaba al tren, un tren en el que habíamos llegado hacía un siglo.

El otro día, revolviendo entre los armarios de casa, apareció la maleta blanca. Es mucho más pequeña de lo que recuerdan mis imágenes de niño. Hace muchos años que no se usa. Ahora veraneamos de otra forma: un saco de deporte, un par de bermudas y las entradas para un concierto de rock. Me pregunto por los niños de hoy, por los que se abrasan la espalda en cualquier playa del Mediterráneo y se contentan con chapotear sobre una balsa de aceite. Mis veranos fueron otra cosa: abuelos, tíos..., una familia a la que se descubría una vez al año.
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