27 sept. 1995

¿Hacia dónde va la juventud? Se trata de una pregunta cíclica que, generación tras generación, se hacen los que alcanzaron una edad desde la que contemplan las etapas de la vida con cierta perspectiva. Nunca me gustaron este tipo de cuestiones. Cuando se publican las famosas encuestas sociológicas de los jóvenes y su opinión sobre la familia, el sexo o la Iglesia, me cuesta comprender que somos un saco lleno de tantos por ciento. Los jóvenes no formamos una masa homogénea. Dudo que la juventud de los años 90 sea la de la ruta del bakalao, o la del sexo seguro. No somos acomodados, aunque estos abunden, ni vivimos al margen de los problemas que abaten a España. La juventud de 1995 no es de izquierdas ni de derechas. Tal vez, en lo único que empezamos a coincidir los jóvenes es en el sentido que cada día cobra la individualidad. Hoy por hoy, los movimientos de masa pueden archivarse en una biblioteca de viejo. A lo sumo, los Rolling consuman la hazaña de reventar un estadio de fútbol, pero sólo se tratan de una horas, y no hay sentimiento colectivo ya que, al final del guitarreo, cada cual a lo suyo. Parece que, tal y como están las cosas, bien nos vendría a los jóvenes una movilización social reclamando transparencia o seguridad en el trabajo. Pero no, la juventud se queda en casa, se marcha con amigos a descubrir el campo o vibra frente al televisor con las raquetas de nuestras tenistas.¿Quién es capaz de reactivar a los jóvenes? Cualquier político vendería el alma al diablo por encontrarse con el Rey Midas que provocara el milagro. Piensan que este debe de ser un Flautista de Hamelín, capaz de engatusarnos con promesas de trabajos bien remunerados, pisos baratos, fantásticos automóviles y vacaciones en Indonesia. Han pasado una montonera de años y siguen empeñados en crearnos reclamos de papel couché, que no funcionan. Sin embargo, hay alguien capaz de provocar una reacción de masas enfervorecidas, Una persona nos sacude el individualismo de cuando en cuando y provoca riadas de jóvenes dispuestos a desplazarse por el mundo en busca de su ideología. No vende nada, ni le define ninguna música. Es capaz de congregar a miles de personas en cualquier latitud y siempre con el mismo mensaje. ¿De qué nos habla para que reaccionemos como si recibiéramos un chispazo? Habla justo de lo que nos ocultan los políticos y los líderes sociales (¿líderes...?): de sacrificio, de entrega, de generosidad. De dar. Un ideario con casi 2.000 años de existencia, que sobrevive entre las manos de los hombres.

Hace un tiempo alguien me convenció para que le acompañara a uno de aquellos multitudinarios encuentros. Había miles de jóvenes como yo, venidos de todas las esquinas del mundo. Eramos los mismos de las encuestas, esos que dicen transigir con casi todo y pasar de compromisos. Eramos los hijos de la generación sin Dios y bramábamos de entusiasmo en cuanto escuchamos aquel ideario viejo. Después leí la prensa, que restaba importancia al acontecimiento porque sólo había logrado reactivar por unas horas nuestro viejo espíritu cristiano. Pero pasan los años y no se me olvida el recuerdo de aquella noche en tantos idiomas. Además, por si el tiempo fuera capaz de languidecer aquel ideario de paz, cada año nos llega la sorpresa de un nuevo encuentro en cualquier rincón del globo. La última vez fue en Manila. Entre los vítores de los asiáticos que habían convertido el acto en una fiesta, el anciano de blanco quiso hacer presente un recuerdo muy especial para los jóvenes que no podían seguir el acontecimiento por culpa de la guerra.

No sé que tanto por ciento de las encuestas ocupan los jóvenes de Europa que se han reunido con el Papa en Loreto, ni los que por medio de la tecnología pudieron hablar con él desde Santiago de Compostela, Belfast, París, Dresde o Vilna. Me tranquiliza pensar que son jóvenes alejados de impulsos gregarios. Se terminaron las creencias oficiales y la ideología por imposición. Los que siguen al Papa de acá para allá son bien conscientes de lo que les ofrece: por festival, es más divertido Eurodisney que escuchar en la voz de un patriarca un compromiso tras otro. Por eso, pienso que hay algo más, que Juan Pablo II no pasará a la historia de puntillas, sino como un ciclón que removió las estructuras de los cinco continentes. Ojalá que la sociedad del futuro se forje sobre muchos de los valores que le escuchamos en Buenos Aires, Compostela, Denver o Ancona.
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