6 sept. 1996

En casa de mis abuelos hay un armario en el guardan todo tipo de cachivaches inservibles. Desde que se inventó el disco compacto, los vinilos que se escuchaban en el viejo pick-up ocupan el último cajón. Allí encontré, cuando tenía doce años, una colección de álbumes de Chavela Vargas importados desde México en las décadas de los cincuenta y sesenta. Me atrajeron las historias que cantaba, pues algo decían de un universo de lamentos, traiciones y amores desbocados, más allá de la cursilería de nuestros artistas de alcoba. Aquel fue mi primer encuentro con Chavela, intérprete mejor que cantante, porque cada título -acompañado casi siempre de una sobria guitarra- era una representación, un drama capaz de provocar congoja o una explosión de ternura. Chavela Vargas se unió de esta forma a mis venerables, junto al folklore de Los Chalchaleros, la sencillez de Cafrune y las reivindicaciones de Mercedes Sosa.
La poesía de aquella mujer fatal, sustituyó a las rimas de Gustavo Adolfo Bécquer, recurso en el que caímos algunos al llegar a la adolescencia. Era una manera original de decir cosas bonitas a los oídos de las niñas que, al no conocer las letras de Agustín Lara ni de José Alfredo Jiménez, suponían que les arrullaba el rey de los poetas. Además, como a esa edad los escarceos amorosos no tienen vocación de eternidad, no había nada más desgarrador que zanjar un breve noviazgo con una carta donde transcribía "La noche de mi mal", "Vámonos", "Que te vaya bonito", "Corazón, corazón", "Un mundo raro", u otra pieza antológica. Las aprendí de la voz de Chavela y de la de mis mayores, que a veces se reúnen bajo la luna del verano, desenfundan las guitarras y llenan el aire con versos de amor.El silencio en torno a Chavela Vargas durante más de veinte años no tenía otra explicación que la de su muerte. Eso es lo que pensaba, más cuando mis preguntas a algún que otro mexicano por la suerte de su compatriota no encontraron respuesta. <<Dicen que se quemaba el alma con tragos de tequila>>. De ahí mi sorpresa cuando, hace un par de años, abrí el periódico y encontré la noticia de su reaparición después de dos décadas sin pisar un escenario. No decían si aún tenía voz, ni si cantaba las mexicanadas de siempre. La única referencia -¡ay, periodistas!-, era que el alcohol había sesgado sus pasados triunfos y a punto estuvo de conducirle a la muerte. Compré una entrada con cierto temor de que el mito de mi adolescencia se disolviera en un canto mal templado, pero viví una noche mágica: el escenario era pequeño, se parecía a una de las cantinas de los desamores de Chavela. No había programa, cantaba lo que el público le pedía y dio un extenso repaso a las tonadas con las que se enamoró la generación de mis padres. Desde entonces he seguido cada uno de sus conciertos y los discos que ha publicado, ahora en compacto. Me impresiona verla envuelta en el poncho, con una voz que se incrusta en los sentimientos como el cristal. Tiene el magnetismo de las personas mayores, y sus versos parecen llevar la experiencia del desamor y la entrega clavada al corazón con el golpe de los años.

Prefiero que me quieran a sufrir los abandonos que gime la Vargas, pero en sus lamentos hay tanta adoración o desprecio por la persona que ya no está, que hasta las despedidas me parecen hermosas frente a la insustancialidad del <<prueba y deshecha>> que impera en los amoríos de hoy en día.

Tengo un amigo que cuando acompaña a su novia hasta el portal de su casa, muchas veces le dice adiós susurrándole al oído tal o cual copla de la mexicana.

No sé cuántas oportunidades nos quedan de escuchar a Chavela Vargas en un recital, ahora que los teatros están llenos de jóvenes que se deslumbran con sus palabras apasionadas. Es otra forma de expresión, la que nace en las tierras del mango y la caña de azúcar, donde el amor es una mezcolanza de dulzura y calor.
Categories:

0 comentarios:

Publicar un comentario

Subscribe to RSS Feed