2 ago. 1996

Desde pequeño me han llamado la atención las costumbres de los jóvenes norteamericanos que se muestran en las películas. Parece que todos están deseando graduarse (nunca se sabe si se gradúan en la universidad o en el instituto, porque los gringos se disfrazan con togas y birretes en cuanto te descuidas) para hacer las maletas y largarse de casa. Ahora que en España nos emancipamos de nuestros padres cuando ya lucimos canas y la tripa ha tomado un redondeado cariz, me consta que más de una sacrificada madre mira de reojo a sus hijos que, apoltronados en el sillón de los domingos, ven con indiferencia el tele-film vespertino con toda la horizontalidad que permiten los treinta años.
Los jóvenes repetimos de memoria todo tipo de justificaciones sobre los tiempos presentes: que quién se compra un piso con los sueldos de ahora, que si antes del master y de unos años de experiencia laboral es una locura hablar de boda, que si hay que ver el precio de los colegios: cómo para pensar en críos, que si soy mujer y no he realizado el esfuerzo de la carrera para empezar a parir y quedarme en casa, etc. Y mientras pasamos los años al cobijo de nuestros mayores, pocos perdonan los excesos del fin de semana -aunque supongan quince papeles-, ni el coche con equipo de música extraíble, por ejemplo. Vamos camino de ser una generación que, tan preocupada de sí misma, no deje huella. Sin embargo, nuestros abuelos cargaron con las dos Españas y quien más quien menos puede hablar de sus batallas, del hambre, del esfuerzo que supuso empezar de nuevo. Y si nuestros padres se han habituado muy bien al consumo, antes se las vieron con el jaleo del 68, del que, al menos, hemos heredado a Bob Dylan.
¿Cuál será nuestra herencia cuando pasemos el relevo? Que yo sepa, la minifalda se inventó antes de que naciéramos, y cada uno de nuestros intentos por crear Historia no vive más de seis meses. Somos la generación del karaoke, del mando a distancia, del reality-show bien adobado con lágrimas, sangre y chabacanería, de la bebida tonificante para aguantar la sonrisa, del preservativo, de la sesión de arte por Internet y del viaje a Cancún. Una vulgaridad.
Y sí, aparecen aquí y allá jóvenes dispuestos a realizar con sus vidas un proyecto interesante, pero se los tragan las marujas que gobiernan las corrientes de opinión e inventan sucedáneos de personalidades definidas, como el JASP, iniciales que traduzco a mi manera y que, por respeto a los lectores, me reservo para la intimidad. ¿De verdad que no me puedo considerar un joven suficientemente preparado si no estoy al volante de un utilitario que me costaría muchos meses de letras y sufrimientos? El modelo de rebeldía de los jóvenes del final del segundo milenio es una caricatura de la verdadera rebelión, ya que todo son poses externas (niños-niñas fatal con el armario saturado de ropa de marca), a la vez que nadie renuncia a las comodidades de la buena vida.
Las rebeliones juveniles se han caracterizado por ir contracorriente de los sistemas impuestos. Entiendo que hace treinta años surgieran movimientos pacifistas en respuesta a los bombazos que cubrieron Europa, y que después del cha-cha-cha y los boleros, triunfase entre la chavalería la voz triste de Moustaki cantándole a la libertad y las letras soeces de los Rolling. Era la respuesta de una juventud que pedía nuevos horizontes. Por este motivo, con el desencanto de los efectos de Sartre y compañía, mi generación podría estar marcando época en vez de apoltronarse en el sillón.
Tengo claro lo que para mí es el joven rebelde, y está muy lejos de los mesianismos que propone la televisión. Al rebelde de los 90, más que por la melena y el acento destemplado, se le distingue por su humanidad, por un respeto exquisito a la libertad, porque cree en el romanticismo a pesar del imperio del látex, porque sabe que el tiempo no es su exclusivo derecho y encuentra un hueco para su abuelo, aquel que perdió la cabeza y al que nadie acompaña, y prefiere esa visita a despilfarrar la tarde del domingo en un duermevela frente a la película de después de comer. El joven rebelde cree en la amistad, a pesar de los riesgos, y es consciente de que el amor no sólo está compuesto de vino y rosas, y por eso, se sabe más enamorado. Valora el trabajo, pero no lo magnifica, y por muchas horas que le retenga el jefe en la oficina, no decrece su interés por la literatura ni el arte. Si hay un rasgo que destaque en él, es la fecundidad para imaginar nuevas posibilidades en la vida: no pierde jamás su capacidad de asombro, y disfruta con un buen partido de fútbol como con la belleza de una puesta de sol entre las antenas y los cables de la ciudad. El joven rebelde, con tal de compartir la vida junto a la persona a la que ama, prefiere sacrificar los éxitos del futuro y aunque también opina que los pisos son muy caros, no está dispuesto a que las precauciones le marchiten los sueños.
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