19 sept. 1996

No hay fin de semana en el que los alevines radicales no salgan en comandita por las calles de los pueblos y ciudades del País Vasco para lanzar tuercas, romper escaparates y partir la cara a quien encuentren sospechoso de pensar distinto. La opinión pública da por perdido a un numeroso grupo de jóvenes, que se identifica con el terrorismo etarra de la misma forma con la que aceptarían la guerrilla si viviesen en cualquier país del Hemisferio Sur que sufra semejante desgracia, porque han sido educados desde el odio y para el odio.

Cuando los telediarios de las últimas semanas muestran las imágenes de estos jóvenes levantando barricadas, quemando cabinas de teléfono o pateando con toda su rabia a un ciudadano, me pregunto por las personas que forjaron sus espíritus. Dicen que la mujer, al dar a luz, siente un arrebato de admiración por la vida que empieza, catarata de esperanza. Seguro que los padres de cada uno de los lectores de estas líneas desearon para sus hijos un futuro en paz, la prosperidad de un buen trabajo, el gozo de formar una familia, y lucharon porque cada uno de estos deseos se cumpliera. Pero si el resultado es el de una sociedad acogotada por la anarquía de unos encapuchados que no alcanzan la edad de votar, es que esos buenos deseos se han diluido en mil consideraciones estériles. Sí, los jóvenes de hoy estamos macerados en política, en el sentido de nación, en lo nuestro muy nuestro que nos hace diferentes del que vive a diez minutos en autobús, y con esa distancia, con lo nuestro muy nuestro, hemos fabricado un tirachinas, un cóctel molotov y un pasamontañas para que no nos reconozcan. ¿Creen que, después de lo dicho, merece la pena tanto ideario? Los políticos aseguran que las circunstancias político-sociales del País Vasco facilitan la manifestaciones de violencia, pero no me da la gana aceptar un argumento tan derrotista, el no hay nada que hacer hasta que llegue el relevo generacional, pues los odios se heredan como se hereda un libro viejo o unos zapatos, a los que se les sigue sacando partido mucho tiempo después.Escribe uno de los pensadores más importantes que ha dado este siglo: <<En el pasado, las jóvenes generaciones se formaron en las dolorosas experiencias de la guerra, en los campos de concentración, en un constante peligro. Tales experiencias despertaban entre la juventud los rasgos de un gran heroísmo. Precisamente en aquel período de tanto desprecio por el hombre como quizá nunca lo haya habido, cuando una vida humana no valía nada, precisamente entonces la de cada uno se hizo preciosa, adquirió el valor de un don gratuito>>. Este eslavo traza su biografía; la juventud de su tiempo sí que tenía razones para odiar, para reivindicar una lucha, incluso terrorista, contra el invasor. Había motivos para vengarse por cada muerto, uno por uno, hasta completar la lista millonaria. Sin embargo, no ocurrió así. ¿Cuál fue el revulsivo? ¿Por qué desde entonces la juventud europea apostó por la paz? Quizás porque la tuvieron que construir con sus manos, con el esfuerzo de sus mentes, con la azada y la pluma, desde la fábrica y la universidad, a pesar de los nuevos dictadores, a pesar del viento helado del Este.

Yo también soy joven, como los que lanzan piedras por las calles de Bilbao, San Sebastián o Rentería, y entiendo que la vida ofrece dos opciones radicales: o se apuesta por la paz con todas las consecuencias y en todos los ámbitos, o se come del odio. Dice nuestro pensador eslavo que <<la juventud no es sólo un período en la vida correspondiente a un determinado número de años, sino que es, a la vez, un tiempo de busca de la respuesta a los interrogates fundamentales. Los jóvenes saben que la vida adquiere sentido en la medida en que se hace don gratuito para el otro. Porque el amor es hermoso y los jóvenes buscan siempre la belleza del amor>>.

Me temo que el muchacho que no realice este descubrimiento jamás liberará la piedra ni la tuerca de su mano. Me temo, por tanto, que todos esos chicos nada saben de la fraternidad, del sacrificio de los esfuerzos compartidos. Y me temo, con impotencia que duele, que los cerebros grises del odio jamás les permitirán descubrir la felicidad de vivir por el bien de los demás. Tal vez, los bosquejos de ley que prevén sanciones para los padres de los alborotadores apacigüen la marea por unos instantes, mas la palanca de cambio la tienen en sus manos los "pensadores" del odio, los que diseñan el cóctel molotov desde sus checas para que, después, los lancen quienes desconocen hasta los rasgos que definen la Historia.
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