7 feb. 1997

Nunca supuse cuánta gente se detiene en los artículos de una revista. No me imaginé que leerían mis páginas tantísimas personas, y no me refiero al círculo de mis amistades, sino a aquellos lectores anónimos que después escriben a TELVA y dan continuidad a alguna de mis reflexiones, y también a aquellos que ni escriben ni escribirán jamás, pero que comparten unos minutos de sus vidas junto a mí, clementes, sin tener en consideración mis veintitantos años y toda la experiencia que aún me falta.

Hago cábalas. No sé en qué porcentaje, pero entre los lectores de estas páginas hay un buen número de enfermos, de personas que acaban de perder un ser querido, de parados de nueva o antigua hornada, de hombres y mujeres más allá de las luces y sueños de la publicidad y con ellos quiero estar a lo largo de los minutos que les dure la lectura del artículo, pues el ser humano tiene tal capacidad de compartir lo bueno y lo menos bueno, que recurro a su compañía por si pudiera contagiarles algo de la vitalidad de mis veintitantos, un poco de la ilusión que me despierta el futuro y cada una de las sonrisas que me infunden sus cartas.

Todo el mundo habla de la solidaridad y si nos engancháramos los lazos -azul, rojo, blanco, verde,...- que nos ofrecen, no se nos vería ni un milímetro del jersey. Los lazos están bien, son una nota que colorea la negrura del dolor, pero el abismo de la enfermedad, de las ausencias y de las frustraciones no puede entenderse hasta que no se padece. Con la vehemencia de la primera juventud no comprendía las quejas desesperanzadas de quienes sufrían por motivos serios. Suponía que la heroicidad estaba al alcance de todos y que no resulta muy complicado sobreponerse a cualquier revés de la vida. El tiempo ha pasado y a lo largo de estos años he podido asomarme al abismo del dolor; ahora comprendo por qué los enfermos suspiran en sus camas y pierden la sonrisa, y quisiera sostener a aquella mujer que acaba de perder a su marido, pero las fuerzas me fallan.
La sociedad se forja de espaldas al dolor. Los problemas no hay que comprenderlos y buscarles la mejor solución, sino que se atajan para que dejen de ulcerarnos. Así, cuando hace unas semanas una mujer de Huelva daba a luz seis bebés como seis soles, los que le habían sugerido que abortara a los más débiles para que los demás crecieran sin problemas, recibieron seis llantos empachados de vida como respuesta.

Tengo un amigo que sufrió un accidente de moto con dieciséis años, y desde entonces no habla, no se mueve, tal vez no vea, tal vez no escuche, pero es amado día tras día por sus padres, por sus hermanos y por cada uno de los amigos que le van a ver. Su hermana pequeña, una chiquitaja que todavía juega a muñecas, le acompaña por las noches antes de acostarse y, tumbada a su lado, le lee un cuento, y reza por él y le besa. Los padres de mi amigo soñaron otro futuro, pero el abismo de la enfermedad se ha hecho presencia en sus vidas. Podría ser su casa una cueva de lamentaciones, pero es un fogonazo de luz, un descanso para todos los que desean recargar las baterías de su sonrisa. Sí, hubiera sido más fácil si mi amigo no hubiese sobrevivido al accidente, pero, ¿de qué nos sirven las conjeturas? La desesperanza no consiste en temer al futuro, sino en renegar del pasado y construirlo una y otra vez en un imposible. Ellos aceptan el cambio de sus vidas, y detrás ven la mano de Dios, el inefable misterio del dolor y la gloria.

Los descreídos pensarán que los padres de mi amigo son personas de otra galaxia, gente que encuentra en la religión un estúpido consuelo al que se aferran para no reconocer la amplitud de su desgracia. ¡Qué equivocados! Sé que no hay lágrimas que erosionen tanto la piel como las de aquella madre, que además ha conseguido que el resto de sus hijos se lancen a la vida con alas e ilusión. Pero son todavía más profundos los surcos de su risa, porque cuando se reúnen alrededor del hijo enfermo hablan de historias alegres, de lo bonito que está el campo, de las trastadas del otro hermano, aquel que precisa de educación especial porque su mente vuela por otros reinos, y al que descubren de cuando en cuando rogándole al hermano enfermo que se despierte. <<Despierta, Miguel>>, le dice, <<despierta que te necesito>>.

La vida, que nos lleva de acá para allá entre el rugido de las cosas, nos tapa los ojos para que no veamos que sobre todo se ama cuando nos identificamos con la raíz negra del dolor. Una existencia entre algodones, en la que complacemos nuestros sentidos hasta la hartura, es una existencia hueca. No pretendo realizar una apología del dolor, simplemente susurro en los oídos de quienes se sienten solos en su desventura, para contagiarles un aliento de esperanza, porque el hombre es la única criatura del universo capaz de convertir la enfermedad, la soledad, las frustraciones, en una espiral de alegría, donde el espíritu se funde con la entrega.
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