28 ene. 1997

Todos los años por las mismas fechas, la ciudad se cubre de pasquines que anuncian las atracciones del circo que se aposta junto a la plaza de toros o al campo de fútbol. Los carteles llaman la atención de los viandantes con ilustraciones de cromo barato donde estupendonas señoritas se abrazan a serpientes de quince metros, junto a la cara de un payaso -siempre el mismo payaso americano-, que se ríe de no se sabe qué. ¡Menuda decepción cuando era chico! Sacaban a la pista del circo una pitón medio dormida y el payaso no era el del anuncio, sino un hombre barrigudo que contaba chistes soeces imposibles de entender por los oídos inocentes de los niños. En mi familia nadie quería ir al circo, porque los números eran malos, porque anunciaban la presencia de más de setenta fieras y lo único que enjaulaban era un león tuerto y porque aquel espectáculo de quinta regional duraba demasiado para aguantar quieto sobre un asiento de tabla.

Para circo, el de la tele. Ese sí que era bueno, pues sólo había una atracción de malabaristas y enseguida empezaban las aventuras de Gaby, Fofó, Miliky y Fofito. Fofó se murió e incorporaron al más pequeño de la saga, al que por si acaso no le dejaban hablar. Milikito plagiaba al mudo de los hermanos Marx, aunque en vez de bocina utilizaba un cencerro. Desde la pista de la televisión y luego recorriéndose España de punta a punta, Milikito aprendió el oficio de hacer reír mientras soñaba con mejor vida, porque el circo había entrado en crisis. ¿Dónde estaban los carromatos de madera? ¿dónde las batas rojas y los zapatones? ¿dónde el director con sombrero de copa, chaqué, bombacho y botas de montar? ¿dónde el hombre más fuerte del mundo que levanta pesas de corcho? ¿dónde el <<¡pasen y vean!...>>? La mayoría estaban muertos y ahora el género utiliza vedettes medio desnudas y domadores horteras sin encanto.Hizo bien Milikito colgando el nombre artístico junto a la narizota, y entregando sus afanes profesionales a la televisión, porque incluso en papeles dramáticos -ahí está su "Médico de familia"- ha encontrado el éxito. Los que le conocen aseguran que desde que se hizo rico quería rendir un tributo de justicia al espectáculo de sus padres, tíos y resto del árbol genealógico, aunque le costara parte de su fortuna. Por sangre y por escuela, sabe que el circo no es lo que llega todos los años por las mismas fechas a nuestras ciudades; entiende que el espectáculo bien merece el respeto con el que se trata a las demás artes. Así que, fuera carpas con seis pistas, y fuera domadores vestidos de astronauta, y fuera bellezas de muslos prietos, y fuera los reclamos de los pitufos o cualquier otro objeto de márketing comercial que se aleje de lo que es una tarde de circo.

Ha llamado a su invento "El Circo del Arte". Me invitó a una función Covadonga O'Shea, una vasca que borda el oficio de anfitrión, y de repente me convertí en el personaje de un cuadro impresionista francés, entre vagones de madera, saltimbanquis con el mejor vestuario, bufones, caballos blancos enjaezados con plumas, aprendices de payaso, orquesta, mimos y artistas que vienen del Norte de Europa, cantera de la vieja tradición circense.

Supongo que la aventura no será todo lo rentable que Emilio Aragón quisiera. Tal vez le deje pérdidas, pero qué dinero más bien perdido, pues ofrece una lección maestra de Historia, Antropología, Sociología y Bellas Artes. Durante unas horas no sé si fui el niño que en su día hubiese querido ver este tipo de circo, o uno de mis antepasados, que como todos los años en la misma época, disfrutaba con los mejores números, envueltos de una plástica entrañable, en un lugar donde tendría que haber nacido Dumbo, el elefantito de los ojos azules.
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