9 nov. 1999

Cuando un intelectual escribe sus memorias, en casi todos los capítulos hace referencia a tal o cual personalidad que tuvo el gusto de conocer y tratar, bien un artista, un filósofo, un político, un cineasta y hasta un rey. Esos encuentros, amistades que cobran importancia cuando se dan en el periodo de preparación profesional del que escribe, siempre marcan al autor de forma muy significativa o, al menos, dotan a las páginas de sus libros de un valor añadido. Hay ciertos años en la historia de España, en la que todo escritor que se precie presume de haber tratado a Ortega y Gasset o a Marañón, y lo mismo podríamos decir, unas décadas más adelante, de quienes aseguran en sus escritos que el Rey Juan Carlos les confió determinada apreciación acerca de la difícil transición a la Democracia. Y como Ortega y Marañón están bajo tierra, y como el Rey es demasiado sensato como para participar en un debate sobre la verdad o la mentira de las muchas genialidades que le atribuyen, pues todos tan contentos... ¡y a vender libros!

Nuestra particular idiosincrasia condena a cierta abulia a determinadas personalidades durante años y, de pronto, las encumbra a lo más alto de las deidades humanas. Supongo que Ortega y Marañón, pese a su prestigio, sufrieron esa peculiar consideración, al menos durante unos lustros. Por poner un ejemplo actual, cuando Plácido, Carreras y el gordo italiano engrosaban sus cuentas corrientes gracias a sus ligeros conciertos a tres, los grandes productores no se acordaban de Alfredo Kraus, a pesar de que la calidad de su voz acallaba, al menos, la de dos de los renombrados tenores. Una vez muerto Kraus, todo lágrimas... A partir de ahora, en las biografías de los iniciados a la música aparecerá más de un encuentro (¿real? ¿ficticio... ?, poco importa) con el maestro canario.
Aquel que desee perseverar como mito en la memoria colectiva, más allá de los triunfos que coseche en su oficio, necesita un encuentro, una amistad (aunque pasajera), con gente importante. ¿Qué hubiera sido de Luis Miguel Dominguín sin Ava Gardner, Franco o Picasso? Pues, seguramente, hasta que se convirtió en el padre de Miguel Bosé, nada especial más allá del planeta taurino y de su matrimonio con una actriz del neorrealismo italiano. Y podríamos decir lo mismo respecto a Antonio Ordóñez, por seguir en el mundo de los toros, pues si en su vida no se hubiesen cruzado personalidades como el viejo Hemingway (autor discutible, por cierto, al menos en sus traducciones al castellano) o el inmenso -en el talento y en el físico- Orson Welles, no aparecería más que en el Cossío y en las revistas del corazón, que encontraron un filón en su descendencia. Por eso, cuando murió el genial torero de Ronda todos las noticias se centraron en su famosa amistad con los dos astros americanos, a pesar de que la misma no hubiera sido muy extensa, y no en las gestas taurinas del artista.

Aunque no voy para mito ni mi vida es demasiado larga para coleccionar amistades egregias, ni todavía son meritorios mis avatares profesionales, sí tengo la fortuna de contar entre mis jóvenes recuerdos más de un encuentro inolvidable, y de incluir en mi círculo de conocidos a un puñado de hombres y mujeres de gran dimensión pública, con una desbordante capacidad de trabajo y una cabeza (me refiero al intelecto) muy por encima de la media. Entre los encuentros, aquellos con el viejo Rey que hablaba tanto del mar y que tuvo a bien contestarme una carta cuando apenas le quedaban sesenta días de vida. También el epistolario fervoroso de la monja de Calcuta, que sólo hablaba de paz y de amor, animándome a construir tan difíciles realidades dentro de mi familia y entre mis amigos. Y en mi adolescencia, recién fallecido mi padre, el candor de un obispo, sucesor de Escrivá de Balaguer frente a la institución más discutida de la Iglesia contemporánea, que me habló de fe y esperanza, lanzándome una tabla que agarro como un naúfrago durante las tempestades de la vida.

Soy muy afortunado por la gente que conocí, pero también por la que conozco y trato ahora. La prudencia y cierto pudor me impiden hablar de estos últimos, ya que quien goza de poder y carisma, si posee el don de la inteligencia, rehuye de aquellos que se le acercan para aprovechar su sombra. Halagar a quien puede dar es oportunista y tentador, así que mejor callo. Diré, nada más, que son importantes no sólo por la calidad de sus puestos (temporales en unos casos, vitalicios en otros), sino porque los ocupan con la conciencia de la fugacidad de la vida, seguros de que sólo con el servicio a los demás podrán dotar de humanidad a su prestigio. Creo que por ese afán continúan en la brecha, incluso después de los sesenta y cinco, pese a que de vez en cuando les tiente abandonar despachos y bibliotecas para encerrarse entre las plantas de su jardín. A fin de cuentas, sería un derroche verter tanto talento sobre los pétalos de un geranio.
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