29 dic. 1999

No hay discusión entre historiadores y analistas políticos cuando señalan a Karol Wojtyla como uno de los hombres que más han influido en el rumbo del mundo durante los últimos decenios. Además, ningún otro líder ha despertado tan continuado interés como Juan Pablo II, entre otras cosas porque no existe en la tierra personalidad alguna (con carisma similar al del Papa) que durante tantos años haya ocupado los titulares de la información. Su papado ha dejado atrás a aquellos que aseguraban ser los hombres más poderosos del planeta: Carter, Reagan y Bush, y parece que sobrevivirá también al mandato del embaucador de becarias. Wojtyla es algo más que una figura institucional, como son los reyes de las democracias occidentales -que también disfrutan de un mandato vitalicio-, ya que tiene plena potestad para atar y desatar en la tierra y en el cielo.

Muchas páginas ha escrito Juan Pablo II (el pontífice de pluma más prolífica), y muchas más se han escrito sobre él. Unas, a favor de sus pensamientos, recomendaciones y órdenes sobre muy diferentes aspectos teológicos y morales. Otras (tanto o más numerosas), arremeten contra algunos de sus escritos o contra la globalidad de su papado, con furia a veces sospechosa. De todas ellas, ningunas tan interesantes como las que firma Darcy O'Brien en su libro "El Papa oculto", que contra lo que pudiera parecer a primera vista, no es una obra más de esas que novelan supuestas intrigas vaticanas para descalificar la organización de la Iglesia, sino el resumen de una relación muy peculiar, la de Karol Wojtyla con la comunidad más castigada de la historia reciente: el pueblo judío.
Ahora que se cuestiona la firmeza de Pío XII durante los años del Holocausto (a pesar de que el mismo Juan Pablo II encargó a un jesuita docto, lejos de toda sospecha de sumisión, el estudio de los archivos vaticanos de aquellas fechas infaustas, estudio que desmiente la arrebatada arenga del periodista británico que está haciendo su agosto mediante denuncias sostenidas con hilos), O´Brien me ha descubierto en su libro un aspecto desconocido de la compleja personalidad del Papa actual: su talante pro-semita.

A pesar del ambiente distendido y tolerante de la España actual, nuestro conocimiento del pueblo judío es parvo, ya que los hijos de Abrahán fueron expulsados de la piel de toro en tiempos oscuros de nuestra historia. Al igual que muchos universitarios no diferencian entre un árabe y un musulmán, hoy la mayoría desconoce que no es lo mismo un israelí que un hebreo, distinciones que Karol supo valorar siendo niño, cuando le llamaban familiarmente Lolek y soñaba con triunfar sobre las tablas de los escenarios polacos. En Wadowice, pueblo natal del Papa, convivían cristianos y judíos; en aquel villorrio casi se desconocía el antisemitismo, odio racial que se propagó como tumor irrefrenable en los años treinta, a modo de defensa de la integridad nacional-católica de Polonia. Después, el nazismo abanderó ese odio, dándole cuerpo mediante el exterminio, respuesta de una Alemania racional, fría y corrupta, educada en la veneración de una cultura laica y deshumanizada, en la que los hebreos eran causantes pasados, presentes y potenciales de todos los errores y las desgracias sufridas por el Reich.

Gracias a "El Papa oculto", ahora sé que el mejor amigo de Juan Pablo II es un judío con el que estudió en la escuela, así como que durante los días de viento cambiado, Karol aspiraba por Cracovia la pestilencia que emanaba de los crematorios de Auschwitz mientras caminaba hacia la universidad y, unos meses después, hacia el seminario clandestino en el que se preparó para el sacerdocio. En Auschwitz fueron asesinados millones de judíos y, entre ellos, aquellos hombres y mujeres con los que Lolek compartió juegos, música y teatro. Por ese motivo, y porque desde la adolescencia fue consciente de que sin judaísmo no se hubiera fundado el cristianismo (Jesús fue judío, María fue judía, José murió como un buen judío), el Papa no sólo ha sido un ciclón contra del comunismo y el capitalismo, capaz de colaborar de forma muy activa en el desplome del Bloque soviético, sino que desde la Silla de Pedro se ha ocupado, con la cautela y la constancia que le caracterizan, de romper las muestras de antisemitismo que aún persistían como pesada herencia en las liturgias y cánones de la Iglesia. Además de estos cambios formales, encargó a su amigo de la infancia -depositando en un judío la confianza de la institución que gobierna- el establecimiento de relaciones diplomáticas entre el Vaticano e Israel, y lo que parecía imposible por reticencias de unos y otros, hace pocos años que enriqueció las singularidades de este papado, entre las que destaca aquella visita a la sinagoga de Roma ; ese día, el pueblo judío dejó de ser el demonio que crucificó a Cristo, eje y vértice de la Historia, para convertirse en el "hermano mayor" de la fe en la Nueva Alianza.

En Juan Pablo II los gestos no son mera corrección política. Antes de ser aclamado por las multitudes de la tierra, cuando era cardenal de una Polonia gris y olvidada por la Europa del progreso económico, ordenó descolgar un cuadro de uno de los lugares simbólicos del peregrinaje católico polaco. En el lienzo, unos judíos de dientes afilados como los de los lobos, y de ojos rojos y desorbitados como imaginarios satanes, arremetían contra un Nazareno con la cruz a cuestas. Wojtyla no estaba entonces rodeado del aparato de difusión del Vaticano, ni contaba con un portavoz para dar a conocer que había retirado la antisemita pintura a un sótano, donde se aseguró que sería devorada por las ratas y la humedad: "el lugar que le correspondía desde que se pintó", según sus palabras.
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