5 nov. 1999

Son los propios yuppies quienes aseguran que ya no existen, porque a nadie le endulza engrosar las filas de una caricatura social. Pero no renuncian a su condición: les seduce ser máquinas de ganar dinero y parecerse a sus espejos, esos hombres de traje azul, corbata de a quince mil y gomina acartonada que hoy están bajo rejas o a la espera de un macro proceso judicial que aclare cómo fueron capaces de sostener un nivel de vida trepidante de fincas, barcos, guardaespaldas, viajes, compras... Son rostros rejuvenecidos del mismo patrón, con otro dibujo de corbata pero con el mismo anhelo vital del acumular rápido y fácil.

Desde los últimos años de universidad, su tema preferido de conversación es el dinero: cuánto ganas, cuántos clientes de más de quinientos (millones) tienes en cartera, cuánto pierdes en un caprichoso viernes negro de Wall Street..., y -si pudieran- empapelarían sus habitaciones con billetes de uso, los más grandes que tuviese el Banco de España. Saben al dedillo el palmarés de los fondos bancarios (nacionales e internacionales), y cada uno de ellos cree haber inventado la fórmula secreta para hacerse rico sin esfuerzo. En la oficina se quitan la chaqueta para participar en una competición latente sobre la camisa mejor cortada o sobre los tirantes más originales, y en sus conversaciones entre compañeros mezclan palabras en inglés, pronunciadas con acento de master en el extranjero, entre verbos mal conjugados de nuestra lengua, porque su cultura no va más allá de las andanzas de las mayores fortunas del planeta, pues no tienen tiempo para leer otra cosa que los titulares de los diarios de papel salmón.
Cuando se enfadan, blasfeman y dan puñetazos sobre la mesa de sus despachos: los exabruptos contra la divinidad dan un aire campechano a su lenguaje, y como les gustan las bromas, fanfarronean entre ellos a viva voz sobre los recovecos más originales del sexo, y sacan pecho cuando sus sutilezas son escuchadas por las compañeras de sus despachos, pues en estos tiempos, también la mujer empieza a copar sus puestos...

Los fines de semana algunos cazan, y los que no cazan dicen que cazan, y todos beben mucho, porque el descanso del yuppie sólo se concibe o con una escopeta o con una copa en la mano. No conversan sobre política ni religión, ya que se saben herederos de las más nobles tradiciones británicas (aunque el motivo es su falta de interés por el planeta en el que viven...), y se creen intuitivos a la hora de catalogar la categoría del prójimo, para lo que les basta ojear los apellidos o el modelo de coche del de al lado. Por conservadores, creen en el matrimonio, pero no antes de los cuarenta, porque a la vida le piden mucha juerga. Entre las bazas de ese matrimonio no se encuentra la fidelidad (al menos, la que corresponde al varón), y consideran que los hijos son un estorbo durante los primeros dos o tres años de vida en común, que es el plazo que se dan para disfrutar de su nuevo estatus. A fin de cuentas, son incapaces de mantener un ideal, aunque alguno sienta arrebatos efervescentes al hablar de la patria cuando lleva unos cuantos whiskys encima; nunca se les encontraría en la primera fila de una causa justa. Su vida es la oficina y el fin de semana, el fin de semana y la oficina.

Si para resistir semejante ritmo febril han de precisar algún sostén químico, bienvenido sea, sobre todo si se les ofrece en bandeja de plata a lo largo de una de sus elegantes celebraciones sabatinas. La droga para ellos es un asco, un mundillo residual de chulos y perdidos, mas se atiborran de coca cuando tienen que seguir de marcha y el cuerpo no les aguanta... Es un asco también la pobreza, los dramas que se viven acá y allá, por los cuatro costados del planeta, problemas que confían solucionarán otros, porque de sus bolsillos jamás saldrá un duro para apoyar causas nobles ni, menos, entregarán un minuto de su ocupada agenda.

No son mayoría, ni mucho menos, ni siquiera en los sectores en los que abundan, pero me los encuentro de lunes a viernes por las calles principales de la gran ciudad, siempre impecables, con la apariencia de ese marido ideal con el que sueñan algunas madres para sus hijas rezagadas.
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