5 ene. 2001

Cuando me cuentan el avance imparable de las técnicas de manipulación embrionaria (investigación genética, le llaman), no puedo evitar un escalofrío de inquietud. En pro del bienestar de hombres y mujeres se ha abierto la veda contra la primera manifestación de la vida humana. No entiendo cómo, después de un siglo de declaraciones de derechos universales, la sola duda de que el embrión pueda ser la primera etapa de la persona -un ser humano- no moviliza a los gobiernos a detener esta carrera hacia el dominio del génesis de la vida, plagada de embriones congelados, manipulados y clonados. Según los voceros de la opinión pública, es más importante que la ciencia avance hacia la "inmortalidad" de la especie que perder tiempo debatiendo cuándo empieza la vida. Todo se ha disfrazado de humanismo, de solidaridad..., pero hasta el médico que consiguió el primer bebe probeta se pregunta con temor por el destino de los hombres, porque ha llegado el "bebé a la carta", el niño perfecto, una nueva raza de hombres arios. Esta eugenesia es más limpia y aséptica que la que se practicó en la Europa de los infaustos recuerdos: los embriones no lloran, ni sangran, ni se quejan, ni denuncian.

Puede que la sociedad contemporánea ya no considere los hijos como un don gratuito -no entro en el debate de si esa concesión es natural o también divina-, sino como un derecho que posee cualquier individuo que necesita completar su personalidad. Parece que los niños fueran mascotas que se sirven en tiendas de animales. La ley permite, cada vez en más lugares, el derecho a ser padres lo mismo a una pareja heterosexual que a una mujer sola que, a lo peor, compró semen a través del periódico (en la prensa norteamericana se anuncian donantes, describiendo sus cualidades físicas e intelectuales), o que a una pareja homosexual.
Mas en esta selva de perplejidades, son muchos los que mantienen que los hijos tienen derecho a un hogar seguro, donde se les quiera con un amor que contenga masculinidad y feminidad, necesarios complementos para todo ser humano. Y en la perplejidad también son muchos los que creen que los hijos son un don y no el resultado del experimento en una probeta, porque los niños no se tienen para llenar la soledad de una casa o para cambiar de sino una vida ahogada en frustraciones.

Unos buenos amigos han trabajado durante un año en un proyecto humanitario en Malawi. El es un economista de prestigio y ella una psicóloga enamorada de su profesión. Detuvieron durante catorce meses su rutina profesional y viajaron al corazón de África sin otra pretensión más que ayudar en lo que se les solicitara. Una mañana llegó un joven a la misión. Traía en sus brazos a una recién nacida a la que se le evaporaba la vida. La madre de la criatura había muerto y aquel hombre no podía hacerse cargo de la niña. Lo primero fue alimentarla, abrigarla, dejarla dormir. Después, que engordase, que sintiera el gozo de las caricias, que escuchara la música de los besos junto a sus oídos. Había sobrevivido, y el mejor destino que le aguardaba era una infancia en un orfanato donde sería bien atendida. Mis amigos se pusieron en la piel y en el corazón de aquel bebé negro al que habían cuidado durante sus primeros balbuceos. Entonces decidieron, por encima de las dificultades burocráticas, de las semanas que tendrían que prolongar su estancia en Malawi y de la incomprensión de la gente, adoptar a Cecilia. "Nosotros no necesitábamos a Cecilia para seguir siendo felices", me han confiado, "era ella quien necesitaba una familia". Entonces me acordé de los embriones, y de los laboratorios, y de las leyes de los políticos. Miré a Cecilia, que da sus primeros pasos, y me propuse contar su historia.
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