1 mar. 2002

Camino por la calle y me voy fijando en ese hombre que cojea, en aquel que sale a desmigar entre las palomas, en la mujer que espera su turno frente al colorido festival de una frutería, en el joven que se enciende un pitillo o en la muchacha que sube al autobús camino de la facultad, y sé que en todos ellos hubo un poeta, un aprendiz de trovador que al menos garabateó unos versos por cumplir con la obligación de una tarea escolar, por intentar desentrañar el misterio de la composición de un poema, por haberse enamoriscado con catorce o quince años... Yo también fui aprendiz de poeta y me daba igual no conseguir la métrica en una sola estrofa, pues al contar siempre me sobraran o me faltaban sílabas, según los cánones clásicos que mandaba al garete en favor de la poesía libre, que no precisa cuentas ni rimas con tal de que las palabras suenen a grito de amor, amor pasajero, una fiebre repentina ante aquella coleta rubia mal trabada, ante las rodillas que la falda del colegio no lograba cubrir, ante unos ojos cautivadores que me provocaban ganas de llorar sin motivo. Eramos aprendices de poeta sin la lección aprendida: por nuestras manos sólo habían pasado los sonetos de Quevedo de rigor, la triste copla de Manrique, que se recitaba en el aula con toniquete forzado, y aquel odioso "Con cien cañones por banda" que me identifica la lírica con un estúpido afán dirigido a los escolares de mala memoria.

La adolescencia trajo a mis manos <<Los versos del capitán>>, de Pablo Neruda, con un erotismo que a veces me ruborizaba, bajo el que descubría amores ciegos de infidelidad dibujados con las más bellas palabras. Eran años de colegio, y una vez más me enamorisqué con la misma vaguedad impetuosa del poeta chileno. Mi musa, una colegiala, amor para una quincena. No me resistí, en una carta, a reproducir el poema <<Tu cuerpo>>, firmándolo como si se tratara de una creación mía -usted perdone, don Pablo- con el que pretendía vencer al corazón de mi princesa. Desde que a la mañana siguiente eché la misiva por la boca del buzón, un comecome me arañó por dentro hasta impedirme la concentración necesaria para estudiar. En la carta, además del poema que con tan poca vergüenza había robado, le solicitaba a la chica una cita para el sábado siguiente, donde podría contestar a mi propuesta de vivir juntos el futuro.
El fin de semana llegó. Apenas probé bocado durante el almuerzo del sábado; el corazón tropezaba en mi garganta. Cosas de la edad, pensarían en casa, pero lo cierto es que gasté un cuarto de colonia e intenté hasta cinco veces la raya de mi peinado antes de salir a la calle rumbo al lugar de la cita. Mi amor imposible aguardaba bajo el letrero de la cafetería..., rodeada por siete u ocho amigas. Tomé aire, apreté los puños, crucé el semáforo y me detuve a unos metros de ella con las ideas hechas una maraña. No sabía si echar a correr o permanecer como un pasmarote, pues eran tales mis nervios que de intentar hablar no me hubiese salido una palabra. Ella jugaba a que miraba hacia otro lugar, y las que se acercaron fueron sus amigas que, a voz en coro, gritaron: <<¡nos ha encantado tu carta!>>. Aquel "nos" me supo a traición, y avergonzado por la publicidad de mi intimidad regresé a casa y suspiré el resto de la tarde apoyado en el alféizar de una ventana. Desde entonces rompí toda relación con la poesía. A lo sumo, algún acompañamiento musical mientras pintaba: la voz gris de Paco Ibáñez, que transforma en política contemporánea hasta los versos medievales.

Sin embargo, han caído en mis manos las poesías escogidas de Eugenio d'Ors. Animado por un amigo, me enfrenté al primer poema, con desconfianza, sin muchas ganas. Pero la poesía de d'Ors me ha reconciliado, y ahora leo sus poemas como los niños chupan las piruletas: regustándolos. Tus estrofas, poeta desconocido, tienen más rebeldía, amor más cierto y añoranzas más profundas que mil artículos como éste, si es que algún día los alcanzo a escribir, y me he sentido pequeño, muy pequeño, ante tu explosión de papel y belleza.
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