18 mar. 2002

Mi amigo, que acaba de estrenar la treintena, va a ser padre por cuarta vez. Me dice en un email cargado de sensatez, mientras estira las horas de estudio en su despacho de UCLA, Los Angeles, en donde se está doctorando, que él y su mujer se preparan con un poco más de cansancio para recibir a este pequeño, pues por experiencia saben que los hijos vienen cargados de sacrificios..., y de alegrías si aprendemos a manejar todas las negaciones que nos traen. Entiendo que los sacrificios son fáciles de enumerar: la paternidad repetida limita nuestras vacaciones porque nos dificulta el ahorro para viajar, para comprarnos ese capricho que ya habíamos demorado con la llegada del niño anterior, nos limita las ocasiones en las que podemos cenar fuera de casa o las de acudir al cine y, a menudo, nos obliga a aprovechar concienzudamente las sobras de la nevera. A los que no son padres les costará ver más allá de estas cortapisas y juzgarán que la paternidad repetida es un ataque contra el sentido común. Sin embargo mi amigo es experto en las alegrías que traen los hijos: el gozo de contemplarlos mientras duermen, ajenos a nuestras dificultades; la dicha de saber que te quieren por ser quién eres, a pesar de tus notorias limitaciones; la extraña satisfacción de comprender que dependen de ti a la vez que son únicos, irrepetibles e independientes y que, según lo que mamen durante su infancia y adolescencia, serán capaces hacer el bien a sus semejantes. Educar a los hijos en la verdad y en la libertad es un esfuerzo que está compensado en sí mismo y que hace de otros deseos, naderías.
Estoy de acuerdo en que esta opción vital -joven, optimista y generosa- no es la que más se airea. Hace unos días, en uno de tantos estúpidos programas de televisión, entrevistaban a una famosa que ha sido madre. La susodicha declaraba a micrófono abierto que ya ha cumplido..., que con un retoño tiene suficiente y que por nada del mundo quiere oír hablar de niños..., como si en vez de haber parido un hijo hubiese echado al mundo un enemigo, un triste relevo generacional, el compromiso que se había marcado para sentirse bien consigo misma o una cuota marcada por el CIS con pelo, orejas y una nariz diminuta. La famosa no habló de sacrificios ni de alegrías; aireó su empacho de maternidad y la morriña que sentía por las fiestas y otros saraos, zanjando con semejantes declaraciones una etapa de su vida que yo dudo si la habrá vivido como un sueño o como una pesadilla.

Ser padre, ser madre, no es fácil. Hoy las horas valen más que el oro y nada parece más irracional que malgastarlas con seres diminutos que lo exigen todo para ellos, pues necesitan aprender a la vez que contemplan a sus mayores. Por si fuera poco, la sociedad no reconoce el sacrificio de los padres, a juzgar por las exiguas ayudas que se nos conceden para la manutención y educación de nuestros hijos. Cuando algunas noches me siento con mi mujer para repasar nuestra economía doméstica, me pregunto qué mal le habremos hecho a los que nos mandan, pues de habitual la cuenta de resultados está escrita en rojo. Ni una puñetera colaboración que nos permita compaginar con más desahogo el trabajo y la crianza de los pequeños; ni un atisbo de apoyo cuando pretendemos elegir libremente la educación que nos garantiza su formación como hombres de bien. Alguien se molestó en indicarme el número de hijos que mi mujer y yo tendríamos que tener para recibir unas prestaciones similares a las que reciben los padres luxemburgueses por cada bebé que traen al mundo. Son cuarenta, ¡cuarenta hijos!..., y casi me echo a llorar... y a reír.
Ni mi amigo de UCLA, ni yo ni nuestras mujeres seremos ricos ni famosos. Construiremos la sociedad con nuevos ciudadanos educados en la justicia y en la responsablidad sin que los gobernantes nos lo tengan en cuenta..., pero que nos quiten lo bailado: nos basta saber que viviremos acompañados por un bullicio infantil, un torrente de vida que nos anima a resistir el desdén de esta sociedad abúlica y a festejar a diario nuestra paternidad.
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