16 dic. 2002

Los grandes momentos de la vida precisan signos. Por ejemplo: uno no se casa y al salir de la iglesia regresa a la oficina como si nada hubiese ocurrido. Semejante cambio vital precisa de una fiesta, incluso de un viaje y una lluvia de presentes. Pues con la Navidad ocurre otro tanto. Es una fiesta cristiana en la que festejamos que nada está perdido, pues Dios se ha hecho hombre para abrir los caminos que conducen al cielo. Por lo tanto, se trata del momento más esperanzador de año. Al igual que nadie entendería una boda sin fiesta, no me cabe en la cabeza una Navidad sin fulgor en las calles: luces, alegría, algunos excesos, regalos y encuentros familiares.

Sé que algunos resumen la Navidad en unos días de acíbar en los que se hacen especialmente presentes quienes han muerto o se encuentran lejos de casa. Entonces las bombillas de las calles aprietan la herida. Lo siento. Todos tenemos nuestras ausencias -cada año más numerosas-, pero debemos esforzarnos por encontrar motivos de esperanza a través de los símbolos que adornan la ciudad. Sé también que otros sólo descubren en la Navidad una excusa estúpida para gastar sin el peso de la conciencia, beber y comer como bestias y hacer el indio. Qué le vamos a hacer. Los manjares y el alcohol forman parte del festejar del hombre, y en prudente medida consiguen singularizar la razón de una reunión alrededor de la mesa. Por lo tanto, las buenas viandas, el fulgor de los escaparates, las ristras luminosas que cruzan las calles, las cabalgatas, los abetos decorados con cierta cursilería y hasta el almuerzo con los de la empresa son elementos que invitan a la alegría, a compartir y brindar por un futuro halagüeño.En Navidad solemos rescatar recuerdos de la infancia, porque el oropel de estos días resulta muy didáctico para los niños. Si alguien se toma la molestia de explicar a los pequeños que el motivo de semejante festival de colores y regalos no se debe a la conmemoración del Idolo bienestar, si no a la del misterio de un nacimiento que cambio el rumbo de nuestra civilización, los niños encuentran una razón justificada para el fogonazo y las felicitaciones. Por este motivo, incluso la amarga protesta de los ecologistas puede inyectar a la Navidad una medicina contra el despilfarro y otra que potencie la autenticidad. No se trata de enfrentar en guerra civil al petardo de Papa Noel contra los tradicionales Reyes Magos, sino de rescatar aquellos símbolos que nos hacían vivir la Nochebuena. En mi casa, al menos, se ponía el Belén y junto al Belén se cantaba, y al lado de las figuritas hacíamos propósitos de ser mejores personas, y trazábamos un puente imaginario de hermandad hacia quienes vivían la Navidad sin marisco ni cordero, sin besugo ni angulas, sin merluza ni salmón. En conclusión, que no nos apaguen los brillos de la Navidad mientras esos brillos nos conduzcan a la esencia de su fiesta.
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