30 abr. 2003

Con ocasión del quinto viaje de Juan Pablo II a España, he revisado un archivo de fotografías de aquella primera visita, en octubre de 1982. Aunque sólo forme parte de lo anecdótico, en aquella peregrinación en la que recorrió nuestra geografía de norte a sur, de este a oeste, recibió en el aeropuerto de Barajas la bienvenida del Gobierno en funciones de UCD. No deja de ser una metáfora de la eternidad de la Iglesia que, en sus sucesivos viajes a España, Juan Pablo II saludara a los mandatarios socialistas, así como que dentro de unos días reciba en Madrid a José María Aznar, que ya ha comenzado la cuenta atrás de su destino.

¿Quién se imaginaba, hace veintiún años, que aquel polaco sería testigo de excepción de nuestro devenir democrático? Por aquel entonces, los periodistas le llamaban 'el atleta de Dios', pues aún no había rebasado los sesenta años, dedicaba algunas jornadas del invierno al esquí y agotaba a su séquito en cada uno de los viajes apostólicos por el mundo. Sin embargo, después del atentado terrorista y sus primeros achaques de salud, era un riesgo augurar un pontificado tan largo.

El tiempo ha venido a demostrar que los planes de Dios no comparten la lógica humana. Hace ocho años que las redacciones de todos los medios informativos aguardan la noticia del fallecimiento del anciano pontífice. Sin ir más lejos, en 2002, algunas voces exigieron la dimisión del Papa, al juzgar que su aspecto físico dañaba los cánones de este mundo comodón que nos hemos fabricado. Sin embargo, a pesar de que no puede apenas caminar, de que las cámaras de televisión recogen el temblor de sus manos y hasta la saliva que mancha el altar de sus misas, Juan Pablo II no sólo mantiene el timón de la barca que le fue confiada, sino que continúa sus peregrinaciones por el planeta y su voz se alza, una vez más, como principal referente para la paz y la justicia.¿Qué motivos animan al Papa a cargar sobre sus hombros la incomodidad de un nuevo viaje a España? Aunque durante los últimos meses ha recuperado un vigor sorprendente, le aguardan dos actos multitudinarios, de larga duración, así como un puñado de reuniones privadas. A tenor del ambiente paganizado de nuestro país, en el que los organismos públicos, la televisión y buena parte de la cultura han borrado hasta la sombra de Dios, podríamos juzgar que Juan Pablo II viene a predicar en el desierto del bienestar. ¿Nos dicen algo su mensaje de búsqueda de Cristo, sus palabras sobre la autenticidad de la vida, su repetida defensa del hombre desde su gestación hasta la muerte natural? Es posible que muchos cristianos de vieja escuela, acomodados en un mal entendido 'aggiornamento', se incomoden ante este Papa que no quita de su boca la palabra 'santidad' como único remedio ante los males del hombre. También es posible que se deslumbren si siguen algunos de los actos programados, cuando contemplen a la multitud congregada en las calles de Madrid, para la que el Papa, a pesar de sus achaques y de su exigencia, es un referente de verdad.

Juan Pablo II sabe que nuestro país es cantera de santos, como lo demuestran las canonizaciones en la plaza de Colón de cinco personas aún muy cercanas en el tiempo. También reconoce que aquí están el germen y el corazón de muchos de los nuevos movimientos cristianos que han inundado de savia a la Iglesia ante el tercer milenio, y que la vida parroquial, poco a poco, va tomando bríos. A este peregrino reincidente, le bastan estas razones para volver a un país con el que se siente muy identificado.
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