8 abr. 2003

En las manifestaciones contra la ocupación de Iraq que parchetean nuestro país desde hace meses, se corea con afectada prodigalidad el himno que compusiera John Lennon en 1969, y que no es tanto un canto a la paz soñada como una justificación de su acrático vacío, en el que todo vale con tal de que no te lo impongan. Supongo que, de estar aún vivo, el cantante de The Beatles sentiría cierto sonrojo al escuchar en boca de tantos hijos de la más acomodada sociedad del bienestar su himno a la nada, además de un gran cabreo porque, al parecer, ese corear público no lleva consigo ninguna rendición de derechos de autor.

La paz es una palabra que parece acomodarse en todas las bocas. Tanto en las del bando aliado como en el del iraquí. Tanto en las de los que gobiernan como en las de quienes cortan el tráfico, lanzan huevos, ladrillos y tildan gratuitamente de asesinos a los que osan cruzar el umbral de una sede del PP. A fin de cuentas, alzar la bandera de la paz sin más, no es un ejercicio comprometido, pues también la enarbolan los fanáticos de ETA, incluso con sangre aún caliente en las manos. Y aunque pudiera parecer que la paz ha perdido significado, al igual que la cantilena de Lennon, nada hay más cierto que la urgente necesidad que tenemos de ella.

Sería inútil negar que la movilización social ante la ocupación aliada de Iraq tiene cosas positivas. Son muchas: desde el estudiante de universidad al ama de casa se han visto motivados a abandonar sus quehaceres diarios para sumar su grito en contra de las bombas. Esta paz publicitaria (tan bien gestionada por el mundo de la cultura) ha provocado un miedo milenarista en occidente, al igual que ocurriese en la guerra del 91. A fuerza de transmisiones en directo de las terribles explosiones que asolan Bagdad, nos hemos convencido de que vivimos en un mundo globalizado, en el que el aleteo de los manifestantes de una aldea de Castilla puede provocar un vendaval en el despacho del presidente Bush.Pero, ¿sobre qué se asienta esa paz que coreamos al ritmo del Beatle? ¿Forma parte de nuestra vida? Porque la paz no es para gritarla, sino para vivirla. Se me cae el alma a los pies —aunque no me depara ninguna sorpresa— ante el desenlace violento de las manifestaciones en contra de la guerra. Mucha paloma de Picasso (que, por cierto, también tiene sus royalties), mucho Give a peace a chance, para terminar bajo las porras de los antidisturbios. Incluso hay quien ha tomado esta justa reivindicación como un pulso al gobierno, una guerra de guerrillas cuya estrategia se basa en el boicot, el insulto y el tomatazo. Por esta razón, los políticos no convencen a los ciudadanos de buena fe: utilizar el horror de la guerra como rédito electoral resulta tan patético como creer que uno tiene legitimidad para invadir un país a golpe de misil.

Estos días de guerra —terrible guerra— al menos nos brindan la ocasión de interrogarnos sobre nuestro compromiso personal con la paz. Basta responder algunas preguntas: ¿considero que tengo razones para no hablarme con algún familiar? ¿soy de los que envenena el ambiente criticando a diestra y siniestra? ¿son mis opciones ideológicas y políticas las únicas que pueden esgrimirse? ¿justifico a quienes utilizan la violencia verbal, e incluso física, a favor de mis teorías? ¿desconfío de los demás por naturaleza? ¿murmuro, calumnio, miento...? Aunque podría seguir, con este puñado de cuestiones podemos darnos cuenta si contribuimos realmente en la construcción de un mundo asentado sobre la paz, dejando de lado los eslóganes baratos (John Lennon me perdone). Lo demás, pura retórica, aunque sea sincero nuestro deseo de que, cuanto antes, callen para siempre los disparos.
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