4 abr. 2003

Se está poniendo de moda como remedio contra la ansiedad la terapia de la risa. Los pacientes se reúnen en una sala junto con su psicólogo, que comienza una ronda de chistes. La carcajada entre desconocidos se va contagiando hasta que el ejecutivo estresado, el ama de familia con jaquecas y el estudiante de los suspensos terminan bañados en lágrimas, liberando con cada ataque de risa las angustias anudadas al estómago.

Tomarse a bien los envites de la vida no sólo nos ahorra muchos malos tragos; nos permite encarar el día a día con otro espíritu, borrar el aire de lunes en el que parecen adormecerse cientos de personas. Qué diferente sería ir al trabajo si el jefe comenzara la jornada con alguna pirueta que arrancara una sincera carcajada en sus subordinados. Estaría dispuesto a renunciar durante años a un aumento de sueldo con tal de tener un mandamás que se pareciera en su físico y en sus gestos a Woody Allen. ¿Se imaginan lo reconfortante que resultaría acudir a la oficina después del fin de semana? Porque dedicaríamos los primeros quince minutos de la jornada a reírnos en libertad, como si nos hicieran cosquillas en los pies.

Hace unas semanas tuve ocasión de volar con una compañía aérea italiana que en el despegue emite un vídeo para sordos sobre consejos de emergencia. La azafata que lo interpreta muestra, con gestos exagerados, la manera de atarse el cinturón de seguridad, de inflar el chaleco salvavidas y de saltar del avión al mar. Lo habitual es que las líneas aéreas elijan para semejantes menesteres a alguna muchacha discreta y de buen ver. Sin embargo, ésta era fea, tenía una boca exageradamente grande y unos años de más. Resultó una de las cómicas más logradas desde los años de oro del cine mudo. A las carcajadas del pasaje me remito. El vuelo resultó especialmente placentero, aunque la compañía no tuvo a bien repartirnos ni una bolsa de cacahuetes.El sentido del humor en parte es innato. Hay gente que te hace reír sin que se lo proponga, porque hagan lo que hagan parecen rodar escenas para una película absurda. Pero también es adquirido. El que no se propone reírse de su propia sombra termina por perder musculatura maxilofacial. ¿No conocen a más de una persona que no le gusta el verano, porque pasa mucho calor, ni tampoco el invierno, porque va de un catarro a otro, ni la primavera, porque le contagia de alergias, ni el otoño, porque los días se acortan...? Parece que viven en un perpetuo funeral de cuerpo presente en el que, sin saberlo, interpretan el papel de muerto. Desconocen que la risa, esa risa que sale de dentro de la tripa y nos causa agujetas, es la mejor terapia para sentirse bien.

En un internado, las monjas ponían música durante el almuerzo para que sus alumnas comieran en silencio. Una de las colegialas llevó el "Disco de la risa" disimulado en un estuche con las mejores arias. Se lo entregó a la hermana Esperanza, dura de oído, que colocó aquel vinilo en el tocadiscos. Por los altavoces del refectorio comenzó a tronar una carcajada ininterrumpida. Las alumnas se incorporaron, sorprendidas, frente a sus platos. Al instante comenzó una risita irreprimible al fondo de la sala, que se convirtió en una risotada contagiosa como una explosión de viruela. Mientras la hermana Sagrario corría por el pasillo para apagar el tocadiscos, la madre superiora, que se mordía la lengua, no pudo soportar más su seriedad forzada y rompió a reír, junto con todas sus pupilas. Aquella comida fue, para siempre, la más celebrada de la historia del colegio.
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