4 mar. 2003

La sentencia de la juez británica que otorga la paternidad de un bebé 'probeta' al propietario del esperma equivocado, un hombre negro, es como el final de un mal chiste en el que la madre recién parida no sabe dar a su marido explicación sobre los rasgos sospechosamente africanizados de su bebé. Nos han contado el caso como si fuera una excepción, pero confirma la regla de que cuando se juega con la vida humana es bastante posible que el resultado parezca una broma macabra. No me cabe duda de que este ejemplo tan llamativo es la punta de un iceberg: el de la estafa de algunos médicos que -para salvar su prestigio de semidioses o la cuenta de resultados de sus clínicas- no ponen reparos a la hora de fecundar los óvulos de sus pacientes con semen fértil, sea o no el del marido o compañero de la interesada. Una vez el bebé viene al mundo, sano y salvo, ¿quién exige pruebas de ADN para resolver el misterio de su procedencia...? Supongo que sólo aquel a quien entregan un pequeño de otro color. Así, los niños de laboratorio ven despreciado su derecho a conocer a sus verdaderos progenitores, aparezcan o no en la ficha del Registro Civil. La ciencia ofrece al hombre un vastísimo campo de experimentación. Sabemos que aún estamos en el comienzo de una cadena de apasionantes descubrimientos que redundarán en una vida más larga y cómoda. Sin embargo, hemos dejado de lado la ética para experimentar sin límites en lo más sagrado: la concepción, olvidando que toda vida es un don, no un derecho de terceros. Los que somos padres lo entendemos con claridad: nuestros hijos -incluso durante las primeras horas después del parto, cuando es más fácil comprobar su vulnerabilidad- no nos pertenecen; son independientes, portadores de dignidad y derechos por sí mismos, aunque sobre nosotros pese la obligación de cuidarles. Por ese motivo, la paternidad no puede ser fruto de una exigencia: es un don gratuito, algo que va más allá de nuestros mejores deseos. Aunque es lícito buscar la manera de contentar este anhelo cuando existen dificultades físicas, la manipulación embrionaria rebasa todo límite. En España tenemos cuarenta mil embriones congelados, cuarenta mil vidas latentes bajo el frío del carbono, de quienes nadie quiere hacerse responsable. La paternidad de laboratorio se ha convertido en un ejercicio de selección: implanto tres y congelo diez. Si esos embriones son vidas humanas en la primera fase del desarrollo, ¿por qué esos tres y no los ocho restantes? ¿Cuál es el criterio que utiliza el médico para elegir? Los laboratorios se encuentran ante dos decisiones terribles: o descongelar y dejar morir a esos embriones sobrantes, o implantarlos en mujeres dispuestas al sacrificio de gestar unas vidas maltratadas por el frío. Alguien objetará que cabe el recurso de destinarlos a la investigación genética, mas la mayoría de los parlamentos se han apresurado a legislar para evitar que la vida humana, por muy precaria que sea, pueda convertirse en cobaya de quienes ya estamos acomodados sobre el mundo. Hace años, cuando se presentó el 'milagro' del primer niño probeta, hubo voces que apuntaron los problemas técnicos y morales a los que nos llevaría la fecundación artificial. Sus defensores alegaban que se trataba de prejuicios religiosos incompatibles con el desarrollo de la ciencia. El tiempo está demostrando que la ética sobre la generación de la vida no es exclusiva del hecho religioso, sino de toda la especie humana. El niño nacido en Reino Unido no se merece un problema tan complejo: el que era su padre no es su padre, porque su esperma no era fértil. Sin embargo, el médico experimentó sin permiso con el semen de otro paciente, y de aquel juego engendraron un puñado de embriones de los que seleccionaron uno que fue desarrollándose hasta convertirse en este niño mulato que ahora tiene un padre negro que, sin embargo, no es el marido de su madre, sino de otra paciente que también había pasado por aquel laboratorio en el que decidieron jugar a dioses para llenar el hueco afectivo de sus corazones. Todo un argumento para una telenovela macabra.
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