22 jun. 2003

Pocas ocasiones como en este curso he sentido tan necesaria la llegada de las vacaciones. O me tomo un largo respiro o reviento. La mediocridad de esta sociedad en crisis me tira de las perneras para hundirme en el lodo. Los seis últimos meses hemos tocado techo en cuanto a zafiedad se refiere, mas para mi desconsuelo sé que en el baúl aún nos quedan muchos miserables dispuestos a batir marca. Si España, cuna de civilizaciones y referente para la cultura, interesa hoy en el exterior es por su despunte económico, no por nuestra generosa oferta de majaderos.

Para cuando lleguen las semanas de descanso, he planeado un escondite en un bello paraje sin receptores de radio ni televisión, inmune a los clamores de sobaco y calzoncillo por los que se pirran las masas. Sin ir más lejos, un Secretario de Estado justifica la marramachada de la Bienal de Venecia (les recuerdo: como representación del mejor arte patrio, un retrete sucio junto a un muro de obra, como tosca metáfora de la política europea de inmigración) con un alegato a la libertad de creación. O el susodicho artista está emparentado con un fantasma del Ministerio de Cultura, o mucho me temo que el encefalograma plano de la emoción se ha apoderado de los profesores y alumnos de las escuelas de bellas artes. Por no hablar de la novela, suerte en la que me toca lidiar, donde la creación literaria se planifica en la mesa de una junta de administración, en la que se decide lo que deben o no deben leer los españoles. Las estanterías que antes coparan obras merecedoras de estudio, están a rebosar de confidencias en forma de libro por parte de presentadores de telebasura y bastardos mendicantes. Por no tener, hasta carecemos de un poeta de referencia. Muertos Alberti y Hierro, se declama a Sabina, un ingenioso juglar barriobajero que no tardará en aposentarse, mucho me temo, en la Real Academia.El mito cultural canonizado en los últimos meses se llama “La bola de cristal”, un programa de televisión que puede completarse por entregas, cada semana, en el quiosco. En vez de arengas de Paco Ibáñez o entrevistas incendiarias con Carlos Barral, Alaska nos cae del cielo, y quienes pretenden salir en la foto se gastan en alabanzas por aquellos años en los que disfrazarse de muerto viviente ante las cámaras era más excitante que presumir de haber visitado el Louvre. A este paso, en un par de lustros, los gurús de la cultura se habrán convertido en apologistas de “Hotel Glamour”, <<aquello sí que era televisión>>, les estoy oyendo, <<con kamasutra y todo>>. Las putas en cinemascope y los chaperos del Caribe han podido con las series de autor, ese “Santa Teresa” que reponen en las madrugadas del viernes santo, o el genial “Juncal”, que trapicheaba por una Sevilla que aún existe. Gustos de la audiencia. Maldita audiencia, replico.

Con subvenciones o sin ellas, el cine peninsular también se ahoga en el fango. Lo más visto, “Mortadelo y Filemón” y las tetas de la serie del inefable “Torrente”. Con semejante plantel, ¿cómo vamos a aspirar a una sociedad regenerada? Bueno, nos queda Almodóvar, un director de culto más allá de nuestras fronteras, en donde son incapaces de comprender uno solo de sus guiños. Sus películas, singulares, coloristas y epidérmicas, retratan la sordidez de este libertinaje, en el que los meses se ocupan con el destino de la mochila de un pobre alelado.
Los partidos políticos no se cansan de hablar de la madurez de la sociedad democrática en la que vivimos. Brindis al sol, señores. Cuando menos se lo esperan, los socialistas que durante años se frotaron las ronchas del marxismo entran en la cama con los comunistas criados a los pechos de Fidel. Y en el País Vasco, con toda la sangre que ha llovido, el pueblo sigue otorgando su confianza a quienes se disfrazan de aldeanos y abrazan a los verdugos por mera frivolidad. Estamos en crisis, en una crisis vertebral mucho más grave que el crac del veintinueve. El bienestar nos ha deglutido, el temor a la verdad, también. Así, al mastuerzo que cobra millones por su retrete sucio se le llama artista, a la vedette que narra sus memorias de la mano de un amanuense, escritora, a la par que se echan flores sobre los sonetos del cantautor amargado. Las niñas ya no sueñan con ser bailarinas ni enfermeras, sino en hacerse famosas a golpe de polvo, y los niños suspiran por la próxima entrega de Santiago Segura, que también promete mucha teta. Mientras, la sombra del terror no mengua y los votos de los diputados saltan de mano en mano, pero la audiencia sigue sin dormir a cuenta del despecho de una tonadillera que alimenta su fama con el adulterio consistorial. Requiescant in pace, España.
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