4 jun. 2003

Hace sólo unos días, un grupo de científicos reclamaba el título de ser humano para el chimpancé. Lo justificaban por el 99,4% de genes que compartimos las dos especies, como si la diferencia se debiera a un freno casual en la cadena de la evolución, y no al chispazo genial por el que los hombres sólo tenemos, respecto al primate, semejanzas físicas, motrices y de relación, además de un tronco común demasiado lejano. Celebro la concesión del Príncipe de Asturias de Investigación Científica a Jane Goodall, una británica que ha dedicado su vida al estudio de los chimpancés en su hábitat, donde es posible contemplar las burdas similitudes entre el animal irracional y el racional. Ese empeño por desentrañar las pautas de comportamiento de estos antropoides justifica el premio aunque, en sus métodos, Jane Goodall contraviniera principios básicos de la conservación, como alimentar de su mano -¡y con bananas de explotación agrícola!- a los monos de sus primeros reportajes. La labor de Goodall en África coincide en el tiempo con la de otra sexagenaria, Biruté Galdikas, que ha despertado la conciencia del mundo sobre los orangutanes, presumiblemente condenados a la extinción a causa de la fiebre maderera en las islas indonesias. También con la de Dian Fossey, que perdió la vida en su empeño por estudiar a los gorilas de montaña. Las tres han sido fuente inagotable de ingresos para la industria del documental televisivo, que nació a mitad de la década de los sesenta y que, en nuestros días, es sustento importante de las cadenas de televisión que no han sucumbido a la perfidia de la telebasura. Gracias a la labor de Goodall, un asunto tan exclusivo de los zoólogos -como las costumbres de los grandes primates- se coló en nuestros hogares, hasta producirse la hiriente paradoja de que, para muchos, es más importante el destino de los gorilas de Ruanda o de los chimpancés de Tanzania que el bienestar de los habitantes de esos países castigados por la guerra y el hambre. Como ocurriera en la segunda mitad del siglo XIX, la sociedad muestra gran interés hacia la fauna salvaje. En Valencia se ha inaugurado un acuario que compite, en instalaciones y especies, con los de Monterrey y San Diego. Los parques zoológicos de Madrid y Barcelona han mejorado sus infraestructuras, pues son visita obligada para el turista. El zoo ya no es un lugar triste, que atufa a orines de medio mundo, sino una reproducción a escala de los hábitats de cada especie, donde las maravillas de la naturaleza son capaces de generar nuevas vidas ante la mirada divertida de los niños, la admirada de los padres y la escrutadora de los investigadores. Una tarde di un paseo por el zoológico, justo en el momento en el que los cuidadores abrían las habitaciones de descanso de los animales. En las de los chimpancés, esos chimpancés de Jane Goodall, habían colocado puñados de fruta. A través de un vidrio blindado contemplé cómo un magnífico ejemplar seleccionaba las piezas, eligiendo al final una manzana que fue mordisqueando con la ayuda de sus labios bulbosos. Después de cenar, tomó una brazada de virutas de madera para construir el nido sobre el que pasaría la noche. Me recordó al típico amigote que hay en todas las pandillas, preocupado en exclusiva por su bienestar, ajeno al resto del grupo. También visité a los gorilas, a un macho de lomo plateado que había pegado su rostro melancólico contra el cristal. Cientos de miles de años nos separan de semejante tótem viviente. En sus ojos descubrí el vacío rojizo y ausente de los animales. A fin de cuentas, es lo que es. Tal vez el juego de sus manos limitadas evoca nuestros gráciles dedos. Tal vez su expresión de aburrimiento nos diga algo de los enfermos ausentes, de los ancianos que han perdido la lucidez y pasan las horas con la vista perdida. No son seres humanos, señores científicos. No han recibido en ningún momento de su evolución ese chispazo que hace a los hombres tan diferentes. El alma animal constriñe su conducta, impide su libertad, por más que en el jeroglífico de su comportamiento instintivo Jane Goodall atisbe sombras de nuestro hacer. En la investigación de su desarrollo se encuentra la clave: Dios, porque quiso, nos hizo superiores. Bienvenido ese Príncipe de Asturias, doctora Goodall. Enhorabuena, querido chimpancé.
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