17 jul. 2003

El verano suele llegar granado en bodas. Las celebraciones comienzan en el mes de junio y terminan bien entrado septiembre, cuando los bolsillos están desinflados. En todo caso, no es mi intención analizar los dispendios con los que solemos acompañar el inicio de cualquier matrimonio, sino reflexionar en voz alta sobre el incumplimiento de las promesas que uno asume ese día. Los índices de divorcios y separaciones, unos cien mil al año, reflejan que las cosas no van por donde debieran. Una vez creada la excepción (la Ley del divorcio como medida para los casos en los que la vida matrimonial resultaba insostenible), la mancha de aceite se ha extendido, hasta convertirse en recurso cotidiano que imposibilita a la conciencia colectiva creer en los compromisos para una vida en común. La imaginería ha inventado una nueva fórmula, bien acompasada a este mundo del te doy si me das: el matrimonio a prueba, es decir, el asentimiento sin convicción, el sí quiero con matices, hasta el punto de que quienes llevan una vida familiar sin sobresaltos emocionales, se están convirtiendo en caso de estudio.

La felicidad revolotea sobre todas las relaciones humanas, y el matrimonio no sólo no es una excepción, sino más bien la nuez que debería sustentar la estabilidad de hombres y mujeres, así como la de los hijos. El compromiso a largo plazo, sin fisuras, en lo bueno y lo malo, es la única garantía de esa estabilidad. En cuando se colocan condiciones al asentimiento (me comprometo mientras tú no cambies, me comprometo mientras me divierta contigo, me comprometo mientras la economía doméstica funcione, me comprometo mientras no me enamore de otro...) la felicidad queda herida de muerte, y donde debería existir diálogo comienzan las rencillas, y donde debería haber confianza flota un mar de dudas y recelos. ¿Quién no conoce o ha vivido esta experiencia? En ocasiones, ni siquiera hay que aguardar al final del viaje de novios para que se trunque el cuento de hadas.Los medios de comunicación se han inventado una compulsión psiquiátrica que nos empuja a regodearnos en la intimidad de los demás. Disfrutamos con mamarrachos que se acuestan con uno y se despiertan con otra, que se casan y descasan con una rapidez febril, aconsejándonos, además, sobre el modo de ser feliz. Sus risas, su atractivo social, ese ir y venir incesante bajo el peso de los focos alimenta la mentira de una alegría inexistente. Una amiga me confiesa que, de cuando en cuando, necesita un buen empacho de revistas
rosa: “Quiero creerme que también yo disfruto de la felicidad inalterable de toda esa gente, que cuando salgo de un fracaso puedo recomponerme como ellos, que tras haber sido abandonados afirman sentirse satisfechos”. ¿Cómo va a satisfacer la mentira? ¿Es que alguien puede sentirse feliz de que no le quieran o de no querer? Lamentablemente, muchos esposos se imaginan dentro de las viñetas del mismo tebeo, donde las desavenencias tienen como única solución un divorcio de colorín.

Es bueno saber que el matrimonio tiene sus fases, que en unos meses es posible pasar de la obnubilación al hastío, que sin sinceridad ni diálogo es difícil que uno se compenetre con la persona a la que quería. Que el perdón, borrado de casi todas las esferas de la vida, sigue siendo palabra necesaria en boca de los enamorados. Que aún habiendo otros, tal vez mejores, hicimos una elección, de una vez y para siempre, y nuestros gustos y caprichos quedaron subordinados a la felicidad de la persona con la que compartimos la vida. Que, en suma, nadie tiene libertad más auténtica que quien cada día se reafirma en los compromisos que aceptó, pocos pero esenciales, sin preocuparse por la dirección del viento.
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