8 ago. 2003

El individualismo tiene aspectos positivos, como la conciencia de la singularidad. Si nos lo proponemos, podemos manejar –dentro de un orden– nuestro destino. Somos libres para elegir, para formar nuestra opinión, para aceptar o rechazar postulados que en otros tiempos eran inamovibles, lo que no elimina el desinterés que el hombre de hoy muestra hacia lo que le rodea, incluso hacia lo más próximo. No nos importan nuestros vecinos, quiénes son y a qué se dedican, mientras nos permitan dormir en paz. No nos preocupa la vida de nuestro portero, más allá del tiempo en el que limpia las escaleras. No damos conversación al farmacéutico, ni tenemos especial empeño en que nuestros compañeros de oficina conozcan cuáles son nuestras actividades durante el fin de semana. No disponemos de referentes ni héroes. Nos bastamos y sobramos, a pesar de que el individualismo nos condene a unos horizontes de vida cada vez más estrechos: salud y dinero.

Hace unos días he sido testigo de los frutos del individualismo, pero no en la protagonista de mi relato, sino en los testigos que encontraron en el dolor ajeno un mero entretenimiento. Eran las diez y media y en la calle aún había gente; milagros de la canícula. De pronto, un alarido rasgó la noche. Me asomé por el balcón, pero no vi más que a un hombre que paseaba a su perro y a los jóvenes que, como de costumbre, aporreaban los jembes en los bancos de la arboleda. Supuse que había sido una broma de la pandilla del parque, tan ducha en alterar el sueño del vecindario, pero no pasaron diez segundos cuando me estremeció un nuevo grito, más cercano, que parecía llegado del más allá. Esta vez descubrí que la autora de los bramidos era una mujer de mediana edad, ensangrentada de la cabeza a los pies. Desde la mitad de la calle mostraba sus muñecas, desgarradas a tijeretazos, mientras plañía por una mano hábil, capaz de rematar su mala obra. Bajé las escaleras a saltos, con intención de auxiliarla, al ver que el hombre del perro había variado de ruta para no cruzarse con la suicida y que los muchachos seguían marcando ritmos con sus tambores africanos, como en cualquier otra noche, insensibles ante la tétrica escena.Presa de su enajenación, la mujer echó a correr, envolviendo el barrio con el helador señuelo de sus voces. Dejó atrás la carretera, la cuesta, los columpios... Una señora que apoyó los brazos en la baranda de la terraza, curiosa, para contemplar aquel espectáculo que rompía su rutina nocturna, me indicó la dirección que había tomado en su huida hacia la nada. En los columpios aún quedaban niños rezagados en compañía de sus padres. También otros jóvenes pandilleros, que fumaban junto a sus motos y mochilas. Pregunté. La habían visto esconderse en los pórticos de la iglesia. ¿Y no han hecho nada por ella? No me respondieron.

La encontré tendida, arañándose las venas rotas, desesperada, pidiendo que alguien terminase lo que no había tenido valor o pericia para concluir. Cuando apresé sus brazos y los envolví con un paño y pude conversar y conocer la insólita historia que le había llevado a aquel lamentable estado, la señora de la terraza, los padres de los niños, los jóvenes del jembe, los de la moto y la mochila, se habían apostado alrededor de la parroquia, como si asistieran a un teatrillo de marionetas. A gritos, exigí que alguien se acercara a la comisaría y llamase por el teléfono móvil a un médico.

La mujer se recostó en el regazo de un agente y confesó haber ingerido unas cajas de medicinas. Le lavamos el rastro de la sangre de la cara mientras otro policía le reconocía las muñecas desmadejadas. Unos metros más allá, dos adolescentes se besaban a la luz de una farola. Aquella imagen resumía el individualismo de nuestra sociedad: dos adolescentes que juntan sus labios a unos metros de una moribunda, indiferentes al motivo que le había empujado hacia el suicidio, a su estado físico y a sus posibilidades de sobrevivir.
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